Poemas, cuentos y leyendas

Tema en 'Temas de interés (no de plantas)' comenzado por mai^a, 27/2/08.

  1. Clause

    Clause Claudia

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    si , viste yo a veces no se si ponerlos por la epoca, pero ahi esta la riqueza,este es originalmente en castellano antiguo, aca lo puse adaptado!!:razz:
     
  2. Clause

    Clause Claudia

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    Alejandro Dumas (Padre)
    El Conde de Montecristo

    Parte Quinta

    Capítulo catorce

    El foso de los leones

    Una de las divisiones de la cárcel de la Fuerza, en donde se custodian los presos más peligrosos, lleva el nombre de patio de San Bernardo.

    En su lenguaje enérgico, los presos le han dado el sobrenombre de Foso de los Leones, probablemente porque los cautivos muerden frecuentemente los hierros y muchas veces a los guardianes.

    Es una prisión dentro de otra. Los muros tienen doble espesor que los demás de la cárcel. Todos los días un guardián registra cuidadosamente las rejas, y es fácil conocer, al observar su estatura hercúlea y sus miradas frías a inquisidoras, que los alcaides han sido escogidos para reinar sobre su pueblo por el terror y la actividad de la inteligencia.

    El patio de aquella división está rodeado de muros enormes sobre los que resbala oblicuamente el sol cuando se decide a penetrar en aquel abismo de fealdades morales y físicas. En aquel patio, desde la hora de levantarse, vagan pensativos, espantados y pálidos como espectros, aquellos hombres que la justicia tiene bajo el peso de su aguda cuchilla.

    Se les ve arrimarse, formar grupos a lo largo de la pared que recibe y conserva mayor parte de calor. Permanecen allí hablando dos a dos, las más veces solos, con la vista fija en la puerta, que se abre para llamar a alguno de los habitantes de aquella lúgubre mansión, para vomitar en aquel golfo una acerba escoria expulsada del seno de la sociedad.

    El patio de San Bernardo posee su locutorio particular, un cuadrílongo dividido en dos partes por dos rejas de hierro colocadas a distancia de tres pies la una de la otra, de suerte que el que visita aquel local no puede dar la mano al preso. Aquel locutorio es sombrío, húmedo y horroroso, sobre todo cuando se tienen en cuenta las espantosas confidencias de que han sido testigos aquellas enmohecidas rejas.

    Sin embargo, por espantoso que sea aquel sitio, es el paraíso donde vienen a gozar de una sociedad esperada con impaciencia aquellos hombres cuyos días están contados, pues rara vez sale uno del Foso de los Leones que no vaya a la barrera de Santiago o a presidio perpetuamente.

    En el patio que acabamos de describir, y que estaba sumamente húmedo, se paseaba con las manos en los bolsillos del frac un joven a quien examinaban con curiosidad los habitantes de la Fuerza.

    Habría podido pasar por hombre elegante, gracias a sus ropas, si éstas no hubiesen estado hechas pedazos. Con todo, no eran viejas. El paño fino y sedoso en los sitios intactos, recobraba fácilmente su brillo al pasarle la mano el joven, que procuraba rehacer su frac.

    Con el mismo cuidado, dedicábase a abrocharse una camisa de batista, que había cambiado considerablemente de color desde su entrada en la cárcel, y pasaba sobre sus botas barnizadas un pañuelo de Holanda, en cuyos picos estaban bordadas unas iniciales y encima una corona heráldica.

    Algunos de los pupilos del Foso de los Leones contemplaban con un interés particular los manejos del preso.

    -¡Toma!, mira, mira cómo se compone el príncipe -dijo uno de los ladrones.

    -Tiene un aire muy distinguido -respondió otro-, y seguro que si tuviese un peine y pomada, eclipsaría a todos los elegantes de guante blanco.

    -Su frac no es aún viejo, y sus botas relucen lindamente. Es muy lisonjero para nosotros tener compañeros de buen tono, y esos tunos de gendarmes son bien villanos. ¡Los envidiosos! ¡Pues no han destrozado tan hermoso traje!

    -Parece que es un sujeto famoso -dijo otro-, ha hecho de todo... y en gran estilo..., ¡viene de allá abajo tan joven! ¡Oh! ¡Eso es magnífico... !

    Y el que era objeto de aquella vergonzosa admiración parecía saborear los elogios o los vapores de los elogios, porque no oía las palabras.

    Cuando hubo dado fin a su aseo, se acercó a la reja de la cantina, contra la que estaba recostado el guardián.

    -Veamos -le dijo-, prestadme sólo veinte francos, que pronto os los devolveré. Conmigo no arriesgáis nada. Pensad que tengo parientes que poseen más millones que cuantos tenéis vos. Pronto, prestadme esos veinte francos, necesito comprar algunas cosas, padezco horriblemente de verme todo el día con frac y botas... ¡Qué frac para un príncipe Cavalcanti!

    El guardián le volvió la espalda y se encogió de hombros. No se rió de aquellas palabras, que habrían hecho gracia a otro cualquiera porque aquel hombre había oído muchas semejantes, o mejor dicho, siempre oía las mismas cosas.

    -Idos de aquí -dijo Cavalcanti-, sois hombre de cruel corazón y os haré perder vuestro destino.

    Aquellas palabras hicieron volver la cara al guardián, que soltó una carcajada.

    Los presos se acercaron y formaron un corro.

    -Os aseguro que con esa pequeña cantidad podría comprar una bata y obtener un cuarto particular para recibir dignamente la ilustre visita que espero de un día a otro.

    -¡Tiene razón! ¡Tiene razón! -exclamaron los demás presos-, bien se ve que es hombre de importancia.

    -Prestadle, entonces, los veinte francos -dijo el guardián apoyándose contra la reja-. ¿Por ventura no debéis hacer ese favor a un camarada?

    -Yo no soy camarada de esas gentes -dijo con altivez el joven-, no me insultéis, porque no tenéis ese derecho.

    -¿Lo oís? -dijo el guardián con una maligna sonrisa-, os trata bien, prestadle los veinte francos..., ¿eh?

    Los presos se miraron con un murmullo sordo, y una tempestad levantada por la provocación del guardián más aún que por las palabras de Cavalcanti empezó a formarse contra el preso aristócrata.

    El guardián, seguro de poder hacer el Quos ego, cuando las olas fuesen demasiado fuertes, las dejó crecer poco a poco, representando el papel del pretendiente importuno para divertirse luego un buen rato.

    Los ladrones se acercaban ya a Cavalcanti, y los unos decían:

    -¡El zapato!, ¡el zapato!

    Cruel operación, que consiste en azotar, no con una chinela, sino con un zapato lleno de clavos, al que cae en desgracia.

    Otros eran de opinión que sufriese la anguila, género de diversión que consiste en llenar de arena, de chinas y monedas, cuando las tienen, un pañuelo, torcerlo, y descargar golpes en la cabeza y en las espaldas de la víctima.

    -Azotemos al hermoso caballero -dijeron otros-, ¡al hombre de bien!

    Pero Cavalcanti se volvió hacia ellos, guiñó los ojos, infló la mejilla con la lengua, a hizo oír un sonido con los labios, que equivale a mil signos de inteligencia entre los bandidos y les obliga a callarse.

    Aquel signo masónico lo aprendió de Caderousse.

    Reconocieron en seguida a uno de los suyos.

    En seguida estuvieron todos a favor del preso. Se oyeron algunas voces que decían: ¡tiene razón!, ¡puede ser hombre de bien a su modo!, y los presos querían dar el ejemplo de la libertad de conciencia.

    La tempestad se apaciguó. El guardián, atónito, tomó las manos de Cavalcanti, las sujetó y empezó a registrarle, atribuyendo aquel repentino cambio de los habitantes del Foso de los Leones a alguna otra señal mucho más significativa.

    Cavalcanti le dejó hacer, aunque protestando.

    De pronto se oyó una voz en la reja.

    -¡Benedetto! -gritaba un inspector.

    El guardián le dejó.

    -¡Al locutorio! -dijo la voz.

    -Ya lo veis, vienen a visitarme... ¡Ah!, pronto veréis si se puede tratar a Cavalcanti como a un hombre cualquiera.

    Y Cavalcanti salió del patio como una sombra negra, se precipitó por la reja entreabierta, dejando admirados a sus compañeros y hasta al guardián.

    Llamábanle al locutorio, y no debemos admirarnos menos que él, porque el tuno, desde su entrada en la cárcel, en vez de escribir para hacerse reclamar como otros, había guardado el más obstinado silencio.

    «Estoy protegido por algún poderoso -pensaba-; todo me lo prueba. Mi improvisada fortuna, la facilidad con que he allanado todos los obstáculos, una familia improvisada, un nombre ilustre, magníficas alianzas prometidas a mi ambición, todo, todo está en mi favor. Una mala hora en mi suerte, la ausencia de mi protector quizá, me ha perdido, pero no del todo y para siempre. La mano se ha retirado por un momento, pero pronto llegará de nuevo hasta mí, y me salvará cuando ya me crea yo hundido en el abismo.

    »¿Por qué arriesgaré un paso imprudente? Tal vez perdería con ello la confianza de mi protector. Hay dos medios para salir adelante: la evasión misteriosa comprada a peso de oro, o comprometer a los jueces en términos que obtenga la absolución. Esperemos para hablar y para obrar a estar seguro de que me han abandonado, y entonces...»

    Cavalcanti había edificado un plan que podría calificarse de hábil. El miserable era fuerte en el ataque y obstinado en la defensa.

    Había soportado las privaciones y escasez de la prisión común, y sin embargo, la costumbre le hacían insoportable el verse mal vestido, sucio y hambriento. El tiempo le parecía eterno.

    En aquellos instantes insoportables fue cuando la voz del inspector le llamó al locutorio.

    El corazón de Cavalcanti saltó de alegría. No podía ser la visita del juez de Instrucción, ni tampoco podían llamarle el director de Prisiones o el médico. Por consiguiente, sólo podía ser la esperada visita.

    A través de la reja del locutorio en que fue introducido, distinguió Cavalcanti la cara sombría a inteligente de Bertuccio, que le miraba con dolorosa admiración, observando cuidadosamente las rejas, las puertas y el triste sitio en que le encontraba.

    -¡Ah! -dijo Cavalcanti con el corazón oprimido.

    -Buenos días, Benedetto -dijo Bertuccio con voz profunda y sonora.

    -¡Vos!, ¡vos! -continuó el joven mirando espantado alrededor.

    -¿Me conoces? -dijo Bertuccio-, ¡joven desgraciado!

    -¡Silencio!, ¡silencio! -respondió Cavalcanti, que sabía cuán fino era el oído de aquellas paredes-. ¡Dios mío! ¡Dios mío!, ¡no habléis tan alto!

    -Tú desearías hablar conmigo a solas, ¿no es cierto? -dijo Bertuccio.

    -Sí, sí -respondió Cavalcanti.

    -Está bien.

    Y Bertuccio metiendo la mano en el bolsillo, hizo señas al guardián, que se veía a través de la reja.

    -Leed -le dijo.

    -¿Qué es eso? -preguntó Cavalcanti.

    -La orden de ponerte en un cuarto solo y dejarte comunicar conmigo.

    -¡Oh! -dijo Cavalcanti rebosando alegría, y volviendo sobre sí, pensó: «El protector misterioso no me olvida, el secreto es lo que ante todo se han propuesto obtener, puesto que quieren hable en un cuarto solo..., mi protector es el que ha enviado a Bertuccio.»

    El guardián habló un momento con el superior, abrió las dos rejas, y condujo al preso a un cuarto del primer piso, que daba al patio. La alegría de Cavalcanti era indescriptible.

    La habitación estaba blanqueada según es costumbre en las cárceles. Su aspecto pareció muy alegre al preso; una estufa, una cama, una silla y una mesa; estaba amueblada con lujo.

    Bertuccio se sentó en la silla, Cavalcanti se echó sobre la cama y el guardián se retiró.

    -Veamos -dijo el intendente del conde- lo que tienes que decirme.

    -¿Y vos? -respondió Cavalcanti.

    -Pero habla tú primero.

    -¡Oh, no; a vos corresponde, puesto que venís a visitarme.

    -Pues bien, sea. Has continuado el curso de tus crímenes. Has robado y asesinado.

    -Bueno; si me habéis mandado poner en un cuarto aparte únicamente para decirme esto, tanto valía que no os hubieseis molestado. Esas cosas ya me las sé; hay otras que ignoro. Hablemos de ellas, si gustáis. ¿Quién os ha enviado?.

    -¡Oh! ¡Oh! Muy ligero andáis, Benedetto.

    -No es verdad; solamente voy derecho al fin. Pero excusémonos palabras inútiles. ¿Quién os envía?

    -Nadie.

    -¿Cómo supisteis que estaba preso?

    -Hace mucho que lo he reconocido en el elegante insolente que paseaba a caballo por los Campos Elíseos.

    -¡Los Campos Elíseos...!, los Campos Elíseos... No nos apartemos de lo principal. Hablemos de mi padre, ¿queréis?

    -¡Qué soy yo, a fin de cuentas!

    -Vos, buen hombre, vos sois mi padre adoptivo, pero no pienso que seáis vos quien ha dispuesto en mi favor de cien mil francos, que he devorado en cuatro o cinco meses. No sois vos el que me ha forjado un padre italiano y noble, ni el que me ha presentado en el mundo y convidado a cierta comida en Auteuil, en la que se hallaba reunida la mejor sociedad de Paris y cierto procurador del Rey, cuya amistad he hecho mal en no cultivar, pues me sería muy útil en este momento. No sois vos, finalmente, el que respondió de dos millones cuando me ocurrió el accidente fatal de la descubierta. Vamos, hablad, estimable corso, hablad...

    -¿Qué quieres que diga?

    -Yo os ayudaré.

    -Hablabais de los Campos Elíseos hace un instante, mi digno padre postizo.

    -¡Y bien!

    -En los Campos Elíseos hay un caballero muy rico, muy rico.

    -En cuya casa has robado y asesinado, ¿verdad?

    -Me parece que sí.

    -El señor conde de Montecristo.

    -Vos le habéis nombrado, como dice Racine... Pues bien, debo arrojarme en sus brazos, estrecharle contra mi corazón, y exclamar: ¡padre mío!, como dice el señor Pixérécourt.

    -Dejemos a un lado las chanzas -respondió gravemente Bertuccio-, y que semejante nombre no se pronuncie jamás como os habéis atrevido a hacerlo.

    -¡Bah! -dijo Cavalcanti, algo desconcertado por la solemnidad de Bertuccio-, ¿por qué no?

    -Porque el que lleva ese nombre es demasiado favorecido del cielo para ser padre de un miserable como vos.

    -¡Bah!, ¡monsergas!

    -Os aconsejo que andéis con cuidado.

    -¡Amenazas...!, no las temo, diré...

    -¿Creéis que tratáis con pigmeos de vuestra especie? -dijo Bertuccio con un tono tan tranquilo y firme que removió hasta las entrañas del joven-. ¿Creéis que tratáis con vuestros malvados compañeros de presidio o con vuestros imbéciles del gran mundo? Benedetto, estáis bajo un poder terrible. Una mano protectora tiene a bien llegar hasta vos, aprovechaos de la ayuda que os ofrece. No juguéis con el rayo, que deja por un instante, pero que volverá a tronar si hacéis la menor demostración para detener su noble curso.

    -Mi padre..., yo quiero saber quién es mi padre..., pereceré si es necesario, pero lo sabré. ¿Qué me importa a mí el escándalo? Bienes..., «reclamaciones», como dice el señor de Beauchamp, el periodista. Pero vosotros, los del gran mundo, siempre tenéis algo que perder con el escándalo, a pesar de vuestros millones y vuestros escudos de armas... ¿Quién es mi padre?

    -He venido para decírtelo.

    -¡Ah! -dijo Benedetto rebosando alegría.

    En aquel instante, abrióse la puerta, presentóse el carcelero, y dirigiéndose a Bertuccio, le dijo:

    -Escuchadme, caballero. El juez de Instrucción espera al reo.

    -Es el final de mi interrogatorio -dijo Benedetto-. Llévese el diablo al importuno.

    -Volveré mañana -le dijo Bertuccio.

    -¡Bien! -repuso el joven-. Señores gendarmes, estoy a vuestra disposición. ¡Ah!, mi estimable señor, dejad algún dinero en la escribanía para que me den lo que me haga falta.

    -Lo haré -dijo Bertuccio.

    Benedetto le alargó la mano, Bertuccio metió la suya en el bolsillo e hizo sonar dinero.

    -Eso es lo que quería decir -dijo el reo tratando de esbozar una sonrisa; pero subyugado por la extraña impasibilidad de Bertuccio: -¿Me habré engañado? -se dijo al subir en el carruaje que debía conducirle al gabinete del juez-. Hasta mañana, pues -añadió volviéndose a Bertuccio.

    -Hasta mañana-respondió éste.
     
  3. mai^a

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    El payasito

    Lunes, 20



    Toda la ciudad es un hervidero bullicioso a causa del carnaval, que está
    terminando. En las plazas hay carruseles y barracones de titiriteros. Ante
    nuestras ventanas tenemos, precisamente, un circo de lona, donde
    trabaja una pequeña compañía veneciana que tiene cinco caballos.

    El circo se encuentra en medio de la plaza, y en sitio aparte hay tres
    grandes carretas, donde los artistas duermen y se visten; tres casitas
    sobre ruedas, con sus ventanitas y una chimeneíta cada una, que siempre
    está echando humo; entre las ventanitas se ve tendida ropa de criaturas.


    Hay una mujer que da de mamar a un niño de pecho, hace la comida y baila,
    además, en la cuerda.

    ¡Pobre gente!

    Se les llama titiriteros de forma despectiva, y, sin embargo, se ganan
    honradamente el pan divirtiendo a la gente. ¡Y hay que ver lo que se
    esfuerzan y trabajan!

    Todo el santo día van del circo a las carretas y viceversa, en camiseta,
    ¡con el frío que hace! Toman dos bocados de prisa y corriendo, sin ni siquiera
    sentarse, entre una y otra representación, y a veces, cuando tienen ya lleno
    el circo, se mueve un viento fuerte que rasga las lonas y apaga las luces, y
    ¡adiós espectáculo! Se ven obligados a devolver el dinero y a trabajar toda la
    noche para reparar los desperfectos del barracón.

    En el circo trabajan dos muchachos, a uno de los cuales reconoció mi padre
    cuando cruzaba la plaza. Es el hijo del dueño, el mismo a quien vimos el año
    pasado hacer los juegos a caballo en un circo de la plaza de Víctor Manuel.


    Ha crecido; tendrá unos ocho años; es un chaval guapo, de carita redonda
    y morena, ojos de pillín, con muchos rizos negros que se le salen del sombrero
    cónico. Viste de payaso, metido en una especie de saco grande con mangas,
    de color blanco y bordados negros. Calza zapatitos de tela. Es un diablillo,
    que gusta a todos. Hace de todo. Por la mañana temprano se le ve envuelto
    en un mantón, llevando la leche a su casita de madera; luego va a buscar los
    caballos a la cuadra, que está en una calle inmediata; tiene en brazos al niño
    de pecho; transporta aros, caballetes, barras, cuerdas; limpia los carros,
    enciende el fuego y en los momentos de descanso no se aparta de su madre.


    Mi padre lo observa desde la ventana y no cesa de hablar de él y de los
    suyos, que parecen buena gente y tienen traza de querer mucho a sus hijos.
    Una noche fuimos al circo. Hacía frío y no había casi nadie; pero no por eso
    dejaba el payasito de estar en continuo movimiento para entretener al escaso
    público: daba saltos mortales, se agarraba al rabo de los caballos, andaba
    con las piernas en alto él solo, y cantaba, mostrando siempre sonriente su
    graciosa cara morena; su padre, vestido de rojo, con pantalones blancos,
    botas altas y la fusta en la mano, le miraba; pero estaba triste.


    Mi padre sintió compasión de ellos y al día siguiente habló del asunto con el
    pintor Delis, que vino a casa. ¡Esa pobre gente se mata trabajando para
    ganar muy poco! El que da más lástima es el gracioso payasito. ¿Qué se
    podría hacer por ellos? El pintor tuvo una idea.

    -Publica un buen artículo en el periódico -le dijo-, ya que sabes escribir;
    cuenta los prodigios del payasito y yo haré un esbozo de su retrato; todos
    leen el periódico y al menos una vez irá gente.

    Así lo hicieron. Mi padre escribió un bonito artículo, lleno de gracia en que
    decía lo que nosotros veíamos desde las ventanas y ponía ganas de conocer
    y acariciar al pequeño artista, y el pintor trazó un bonito retrato artístico que
    fue publicado el sábado por la tarde. En la representación del domingo acudió
    una gran multitud al circo. Estaba anunciado: Gran función a beneficio del
    payasito como se le llamaba en el periódico. Mi padre me llevó a los asientos
    de la primera fila.

    En la entrada habían fijado un ejemplar del periódico. No cabía un alfiler.
    Muchos de los espectadores llevaban en la mano el periódico, que enseñaban
    al payasito, el cual se reía y corría de un lado para otro sumamente
    satisfecho.

    El circo se llenó por completo y faltaron localidades.

    El dueño estaba que no cabía en sí de gozo. Hasta entonces ningún periódico
    se había ocupado de su espectáculo, y el éxito estaba a la vista. No hay que
    decir que la recaudación superó todas las previsiones.

    Mi padre se sentó a mi lado. Entre los espectadores había gente conocida.
    Cerca de la entrada por donde aparecían los caballos se hallaba, de pie,
    nuestro maestro de gimnasia, que había militado a las órdenes de Garibaldi, y
    frente a nosotros, en la segunda fila vi al albañilito, con su carita redonda,
    sentado junto al gigante de su padre; en cuanto se cruzó con mi mirada, me
    hizo la mueca del hocico de liebre. Algo más allá vi a Garoffi, que contaba los
    espectadores y calculaba con los dedos lo que se habría recaudado. En las
    sillas de la primera fila, a cierta distancia de nosotros, estaba el pobre
    Robetti, el que salvó a un niño de ser atropellado por el ómnibus, teniendo las
    muletas entre las rodillas, junto a su padre, el capitán de Artillería, que tenía
    apoyada una mano sobre su hombro.

    Empezó la función.

    En cierto momento vi que el maestro de gimnasia hablaba al oído con el dueño
    del circo, y que éste dirigía repentinamente una mirada por las sillas de la
    primera fila, como si buscase a alguien. Su vista se quedó fija en nosotros. Mi
    padre lo advirtió, comprendiendo que el maestro le habría dicho que era el
    autor del artículo aparecido en el periódico y, para evitar compromisos y que
    acudiera el buen hombre a darle las gracias, se ausentó del local diciéndome:

    -Quédate, Enrique. Te esperaré fuera.

    El payasito, tras haber intercambiado unas palabras con su padre, realizó un
    ejercicio más. De pie sobre el caballo, que galopaba, se vistió cuatro veces:
    primero de peregrino, luego de marinero, después de soldado, y, por último,
    de acróbata, y cuantas veces pasaba por delante de mí me dirigía una mirada
    afectuosa.

    Al bajarse, empezó a dar una vuelta por la pista con el sombrero de payaso
    en la mano, a modo de bandeja, y la gente le echaba monedas, dulces, y
    otras cosas; pero cuando llegó frente a mí, puso el sombrero atrás, me miró y
    pasó adelante. Quedé mortificado. ¿Por qué me había hecho aquello?

    Una vez terminada la representación, el dueño dio las gracias al público y
    todos los espectadores se levantaron y se dirigieron en tropel hacia la salida.
    Yo iba entre la multitud y estaba para salir cuando noté que me tocaban una
    mano. Me volví; era el payasín, de agraciada carita morena y de negros
    ricitos, que me sonreía. Tenía las manos llenas de confites. Entonces
    comprendí.

    -¿Querrías -me dijo- aceptar estos dulces del payasito?

    Yo le indiqué que sí y tomé tres o cuatro.

    -Entonces -añadió-, acepta también un beso.

    -Dame dos -respondí, y le ofrecí la cara. El se limpió con la manga la cara
    enharinada, me rodeó el cuello con un brazo y me dio dos besos en las mejillas,
    diciéndome: -Toma y lleva uno a tu padre.
     
  4. Clause

    Clause Claudia

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    que bonito maia!:razz:
     
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    Wat Whitman

    Reseña biográfica
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    Poeta norteamericano nacido en Long Island, N.Y. en 1819.
    Desde niño leyó con avidez los clásicos, interesándose muy especialmente en Goethe, Hegel y Emerson, quienes se convirtieron luego en su fuente de inspiración. Abandonó los estudios básicos para emplearse como ayudante de imprenta y más tarde ofició como maestro y periodista, escribiendo artículos para diversas revistas y periódicos.
    En 1850 se trasladó a New Orleans para trabajar en el campo de la construcción. Cinco años más tarde, tras un gran esfuerzo económico, publicó su famosa obra "Hojas de hierba", alabada en todos los medios literarios y reeditada un sinnúmero de veces.
    Durante la Guerra Civil norteamericana sirvió como ayudante de enfermería. Al terminar el conflicto continuó añadiendo poemas para las nuevas ediciones de su obra y escribiendo ensayos de contenido político.
    Aquejado por varias enfermedades, se estableció en New Jersey donde falleció en marzo de 1892



    Cuando escuché al docto astrónomo...

    Cuando escuché al docto astrónomo,
    cuando me presentaron en columnas
    las pruebas y guarismos,
    cuando me mostraron las tablas y diagramas
    para medir, sumar y dividir,
    cuando escuché al astrónomo discurrir
    con gran aplauso de la sala,
    qué pronto me sentí inexplicablemente
    hastiado,
    hasta que me escabullí de mi asiento y
    me fui a caminar solo,
    en el húmedo y místico aire nocturno,
    mirando de rato en rato,
    en silencio perfecto a las estrellas.

    Wat Whitman


    Versión de Leandro Wolfson


    Una hoja de hierba

    Creo que una hoja de hierba, no es menos
    que el día de trabajo de las estrellas,
    y que una hormiga es perfecta,
    y un grano de arena,
    y el huevo del régulo,
    son igualmente perfectos,
    y que la rana es una obra maestra,
    digna de los señalados,
    y que la zarzamora podría adornar,
    los salones del paraíso,
    y que la articulación más pequeña de mi mano,
    avergüenza a las máquinas,
    y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
    supera todas las estatuas,
    y que un ratón es milagro suficiente,
    como para hacer dudar,
    a seis trillones de infieles.

    Descubro que en mí,
    se incorporaron, el gneiss y el carbón,
    el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
    Que estoy estucado totalmente
    con los cuadrúpedos y los pájaros,
    que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos
    y que puedo hacerlo volver atrás,
    y hacia mí, cuando quiera.
    Es vano acelerar la vergüenza,
    es vano que las plutónicas rocas,
    me envíen su calor al acercarme,
    es vano que el mastodonte se retrase,
    y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
    es vano que se alejen los objetos muchas leguas
    y asuman formas multitudinales,
    es vano que el océano esculpa calaveras
    y se oculten en ellas los monstruos marinos,
    es vano que el aguilucho
    use de morada el cielo,
    es vano que la serpiente se deslice
    entre lianas y troncos,
    es vano que el reno huya
    refugiándose en lo recóndito del bosque,
    es vano que las morsas se dirijan al norte
    al Labrador.
    Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido
    en la fisura del peñasco.

    Versión de León Felipe






     
  6. Clause

    Clause Claudia

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    14. Estoy enamorado de cuánto crece al aire libre,
    de los hombres que viven entre el ganado,
    o de los que paladean el bosque o el océano,
    de los constructores de barcos y de los timoneles,
    de los hacheros y de los jinetes,
    podría comer y dormir con ellos semana tras semana.

    Lo más común, vulgar, próximo y simple,
    eso soy Yo,
    Yo, buscando mi oportunidad, brindándome
    para recibir amplia recompensa,
    engalanándome para entregar mi ser
    al primero que haya de tomarlo,
    sin pedir al cielo que descienda cuando yo lo deseo,
    esparciéndolo libremente para siempre.
    Wat Whitman
    Versión de León Felipe
     
  7. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Juan Antonio López Cordero

    nació en Pegalajar (Jaén), en 1957, casado y con cuatro hijos. Ejerce como enfermero desde 1977, cuando obtuvo el título de A.T.S., convalidado en 1983 por el de Diplomado en Enfermería. En 1983 se licenció en Filosofía y Letras (División Geografía e Historia ‑ Sección Historia) y realizó el Curso de Adaptación Pedagógica, por el Instituto de Ciencias de la Educación de Granada. Realizó la Tesis de Licenciatura en 1986 con el trabajo “La Revolución de 1854 en Jaén". Cursó el Doctorado y en 1988 obtuvo el título de Doctor en Filosofía y Letras (Sección Historia) con la tesis “Jaén durante el reinado de Isabel II: las bases materiales y sociales”, calificación apto “cum laude”. En 1990 se hizo Experto Universitario en "Las Nuevas Tecnologías de la Información y su Integración en el Currículum. Aplicaciones del Software", curso organizado por el Departamento de Didáctica de las Ciencias Sociales de la Universidad de Granada, y desde entonces ha continuado realizando diversos cursos de actualización en nuevas tecnologías y la docencia.

    Ha sido director y profesor de diversos cursos organizados por la Universidad de Jaén, Universidad Internacional de Andalucía y UNED, o asociaciones como Colectivo de Investigación de Sierra Mágina, Asociación de Amigos del Archivo de la Catedral de Jaén, Asociación para el Desarrollo Rural de Sierra Mágina. Desde 1993 ejerce como profesor tutor de la Universidad Nacional de Educación a Distancia en el Centro Asociado Andrés de Vandelvira.

    En tu trayectoria investigadora ha recibido diversos premios y ha sido ponente y comunicante en jornadas de estudios, cursos y congresos, además de numerosas publicaciones y otras actividades, que más abajo se recogen.






    Aventura de amistad
    [​IMG]
    (Poesía de Juan López Cordero, Sevilla, España)

    Las velas francas de la amistad desplegadas, listas para enfrentar cualquier viento, cualquier tormenta.

    Así zarpamos tú y yo, amigo, por las aguas turbulentas de la vida.

    Primero hubo tiempos de soles y de estrellas, cada uno vació su tesoro en el otro, y así supimos quienes éramos. Pero luego la calma cedió y los vientos soplaron fuertes y hubo que poner a prueba todo lo que alguna vez habíamos puesto en palabras.

    La lucha fue cruenta e impiadosa. El barco giró y ambos caímos al agua. Era difícil reconocernos en la noche entre las olas, la lluvia y los truenos.



    A veces parecía que estábamos solos, pero luego nos veíamos, apenas a lo lejos. Y un débil hilo de voz llegaba del uno al otro con palabra blancas como palomas: "Resiste" "Ya pasará" "Atravesaremos esto juntos".



    Pero la tormenta siguió y arrastró al barco hasta el fondo helado del océano, y nosotros, exhaustos, solo pudimos aferrarnos a un pedazo de madera para mantenernos a flote.

    Pero el pedazo era demasiado pequeño como para soportarnos a los dos, así que nos miramos a los ojos en ese momento y supimos que había llegado la hora de la verdad. El instante preciso en que la amistad se pone en juego.

    Debajo de la lluvia, que aún caía, no hicieron falta palabras para saber exactamente lo que debíamos hacer. Emprendimos nuestro regreso a casa juntos. El pequeño trozo de madera nos hizo ver cuan grande era nuestra amistad.



    Turnados para flotar en la madera, llegamos a la costa. Uno nadaba y el otro descansaba, después cambiábamos los roles. Allí esta encerrada toda la filosofía de la amistad: cuando uno está caído su amigo lo levanta, y viceversa
     
  8. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Vuelo

    Un bosquejo en mi mente
    con trazos sutiles e insistentes
    y es mi pensamiento
    un nuevo universo.


    Una realidad cambiante,
    que me quita cargas
    y aliviana la vida,
    encadenandome a una mirada.

    Contradiccion risueña
    que lo que me libera
    tremulamente me ciñe
    con sus dulces cadenas.

    y son las alas de mi corazón
    nuevas y arrogantes,
    pero el vuelo es siempre
    interior y rasante.

    un grito de emoción,
    que se deprende del alma
    y se plasma en un sonrisa
    o en una lágrima.

    Utopia flagrante,
    Quimera tangible,
    pero basta una señal
    y todo es posible.
    cms
     
  9. Clause

    Clause Claudia

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    Alejandro Dumas (Padre)
    El Conde de Montecristo

    Parte Quinta

    Educar.org: Comunidades Virtuales de Aprendizaje Colaborativo

    Capítulo quince

    El juez

    Seguramente recordará el lector que el abate Busoni había quedado solo con Noirtier en el cuarto mortuorio, y que el anciano y el sacerdote se encargaron de velar el cuerpo de Valentina.

    Acaso las exhortaciones cristianas del abate, su dulce caridad, su palabra persuasiva, devolvieron el valor al anciano, porque desde el momento en que pudo entrar en relación con el sacerdote, en vez de la desesperación que se había apoderado de él, todo en Noirtier anunciaba una gran resignación, una calma bien sorprendente para todos los que recordaban la afección profunda que profesaba a Valentina.

    El señor de Villefort no había vuelto a ver al anciano desde la mañana en que murió su hija. Toda la casa se había renovado. Tomóse otro criado para él, otro para Noirtier. Entraron dos mujeres al servicio de la señora de Villefort. Todos, hasta el mayordomo, el cochero, ofrecían un aspecto distinto entre los diferentes señores de esta casa maldita, interponiéndose entre las frías relaciones que entre ellos existían. Por otra parte, el jurado se abría dentro de dos o tres días, y Villefort, encerrado en su gabinete, trabajaba febrilmente en los procedimientos contra el asesino de Caderousse. Este asunto, como aquellos en que el conde de Montecristo se hallaba envuelto, había promovido gran ruido en el mundo parisiense. Las pruebas no eran convincentes, puesto que se basaban en algunas palabras escritas por un presidiario moribundo, antiguo compañero de reclusión de un hombre a quien podía acusar por odio o por venganza. El convencimiento sólo existía en la conciencia del magistrado. El señor de Villefort había acabado por adquirir la terrible convicción de que Benedetto era culpable, y debía sacar de esta difícil victoria una de las satisfacciones de amor propio, únicas que conmovían un poco las fibras de su helado corazón.

    Instruíase, pues, el proceso, gracias al trabajo incesante de Villefort, que quería inaugurar el próximo jurado. Veíase precisado a ocultarse para evitar el responder al prodigioso número de demandas de billetes de audiencia que se le hacían.

    Hacía poco tiempo que la pobre Valentina había sido depositada en el sepulcro, estaba aún tan reciente el dolor de la casa, que nadie se admiraba de ver al padre tan sumamente absorbido por sus deberes, es decir, en la única distracción que podía hallar a sus pesares.

    Una sola vez, la víspera del día en que Benedetto recibió la segunda visita de Bertuccio, en que éste debía haber dado el nombre de su padre, la víspera de este día, que era domingo, una sola vez, decimos, Villefort había visto a su padre. Era un momento en que el magistrado, rendido de fatiga, había bajado al jardín de su casa, y sombrío, encorvado bajo el peso de un tenaz pensamiento, parecido a Tarquino dando con su vara en las cabezas de las adormideras más altas, el señor de Villefort daba con su bastón en los largos y macilentos tallos de las enredaderas que se enlazaban por los pilares como los espectros de estas flores tan brillantes en la estación que conducía. Más de una vez había llegado al fondo del jardín, es decir, a la famosa valla que daba al huerto abandonado, volviendo siempre por el mismo punto, y emprendiendo su paseo del propio modo y con igual semblante, cuando sus ojos se dirigieron maquinalmente hacia la casa, en la cual oía jugar alegremente a su hijo, que había vuelto del colegio para pasar el domingo y el lunes cerca de su madre.

    A este movimiento, vio en una de las ventanas abiertas al señor Noirtier, que se había hecho arrastrar en su silla de mano hasta ella, para gozar de los últimos rayos del sol, aún tibio, que venían a saludar las flores mustias de las enredaderas y las hojas de las parras que tapizaban el edificio. Los ojos del paralítico estaban clavados, por decirlo así, sobre un punto que Villefort distinguía imperfectamente. Esa mirada de Noirtier era tan repugnante, tan salvaje, tan ardiente de impaciencia, que el procurador del rey, hábil en aprovechar todas las impresiones de un rostro que tan bien conocía, dirigió a otro punto la vista por si distinguía la casa o persona a que aquélla se dirigía.

    Entonces vio bajo un bosque de tilos, cuyas ramas estaban ya casi sin hojas, a la señora de Villefort, que sentada y con un libro en la mano interrumpía de vez en cuando su lectura para sonreír a su hijo y devolverle una pelota de goma que lanzaba obstinadamente desde el salón al jardín.

    Villefort palideció, porque comprendió lo que quería decir el anciano con su mirada. Noirtier tenía los ojos fijos en el mismo objeto, pero de pronto separó la vista de la mujer para fijarla en el marido, y Villefort tuvo que sufrir el ataque de aquellos ojos aterradores, que al cambiar de objeto habían también cambiado de lenguaje, sin perder nada de su expresión amenazadora.

    La señora de Villefort, ignorante de la tempestad que se formaba sobre su cabeza, retenía en aquel momento la pelota del niño y le hizo señas de que viniese a buscarla con un beso, pero Eduardo se hizo rogar por mucho tiempo. La caricia maternal no le parecía suficiente recompensa para el trabajo que iba a tomarse. Finalmente se decidió, saltó por la ventana y corrió hacia su madre con la frente cubierta de sudor. Enjugósela ésta, puso en ella sus labios y le dejó ir con la pelota en una mano y en la otra un puñado de caramelos.

    Villefort, atraído como el pájaro por la serpiente, se acercó a la casa, y a medida que se acercaba a ella, la mirada del anciano descendía, siguiéndole de tal modo que le penetraba hasta lo más recóndito del corazón. Aquella mirada era un sangriento vituperio al mismo tiempo que una terrible amenaza. Los ojos de Noirtier se levantaron al cielo como recordando a su hijo el olvido de su juramento.

    -Está bien, señor, está bien. Tened paciencia siquiera un día; lo dicho, dicho.

    Pareció como si aquellas palabras hubieran tranquilizado a Noirtier, cuya mirada se volvió con indiferencia a otra parte.

    La noche fue como de costumbre, todos se acostaron y durmieron. Sólo Villefort no lo hizo, y trabajó hasta las cinco de la mañana, revisando los interrogatorios hechos la víspera por los magistrados instructores y compulsando las declaraciones de los testigos que debían esclarecer una de las actas de acusación más difíciles y bien combinadas que hubiese hecho jamás.

    Al día siguiente, lunes, debía celebrarse la primera sesión de los jurados. Villefort vio amanecer aquel día nublado y siniestro. Su azulada luz se reflejó sobre el papel y las líneas que en él trazara con tinta roja. El magistrado se había dormido por un instante, y le despertó el ruido que hacía su lámpara chisporroteando al apagarse. Sus dedos llenos de tinta encarnada parecían mojados en sangre.

    Abrió del todo la ventana, una faja anaranjada dividía el horizonte. Un ruiseñor dejaba oír su canto matinal. El aire húmedo de la mañana refrescó la cabeza del magistrado.

    -En el día de hoy -dijo con esfuerzo-, el hombre que tiene la espada de la justicia la hará caer en todas partes sobre los culpables.

    Sus ojos buscaron ávidamente la ventana en que viera a Noirtier el día antes.

    La cortina estaba corrida.

    Y sin embargo, tenía tan presente la imagen de su padre, que sus ojos se dirigieron a aquella ventana cerrada como si estuviera abierta, y viese en ella la imagen amenazadora del anciano.

    -Sí -murmuró-; sí, vive tranquilo.

    Dejó caer la cabeza sobre el pecho y dio unas cuantas vueltas por el despacho. Finalmente, se arrojó vestido sobre un sofá, menos para dormir que para que descansasen sus fatigados miembros.

    Poco a poco se despertaron todos. Villefort oyó desde su despacho los diferentes ruidos que constituyen, por decirlo así, la vida de una casa, las puertas, puestas en movimiento, y el sonido de la campanilla de la señora de Villefort, que llamaba a su doncella, y los primeros gritos del niño, que se levantaba alegre, como sucede siempre a su edad.

    Villefort tiró de su campanilla. Su nuevo ayuda de cámara entró y le trajo los periódicos.

    Al mismo tiempo, le presentó también una taza de chocolate.

    -¿Qué me traes ahí? -preguntó Villefort.

    -Una taza de chocolate.

    -No la he pedido. ¿Quién se ha ocupado de mí?

    -Ha dicho la señora que el señor debería hablar mucho hoy ante el jurado, y que necesitaba tomar fuerzas.

    Y puso sobre una mesa que había junto al sofá, llena de papeles como todas las demás, la taza de plata.

    Villefort contempló un momento la taza con aire sombrío, tomóla en seguida con un movimiento nervioso, y bebió de una sola vez su contenido. Hubiérase dicho que esperaba contuviese el mortal veneno, que llamando a la muerte, le libertara de cumplir con un deber más penoso aún que morir. Levantóse en seguida, y empezó a pasear por el despacho con una sonrisa que hubiera espantado al que lo hubiera estado contemplando.

    El chocolate era inofensivo, y el señor Villefort nada sintió.

    Llegó la hora del almuerzo, y el señor Villefort no se presentó a la mesa.

    El ayuda de cámara entró en el despacho.

    -La señora dice que son las once, y la audiencia empieza a mediodía.

    -Y bien -dijo Villefort-, ¿y luego?

    -La señora está vestida, y pregunta si acompañará al señor.

    -¿Adónde?

    -Al Palacio de Justicia.

    -¿Para qué?

    -Dice la señora que desea asistir a esta sesión.

    -¡Ah! -dijo Villefort con un acento espantoso-, ¿lo desea?

    El criado dio un paso atrás y dijo:

    -Si el señor quiere salir solo, iré a decirlo a la señora.

    Villefort permaneció un instante silencioso; con sus uñas rascaba su pálida mejilla y retorcía su barba de ébano.

    -Decid a la señora que deseo hablarle, y que le ruego me espere en su cuarto.

    -Sí, señor.

    -Después volveréis para afeitarme y vestirme.

    -Al instante.

    El ayuda de cámara fue a cumplir su encargo, y volvió al momento, afeitó a Villefort, y le vistió completamente de negro.

    Cuando concluyó le dijo:

    -La señora ha dicho que esperaba.

    -Voy.

    Villefort, con los extractos bajo el brazo y el sombrero en la mano, se dirigió a la habitación de su mujer.

    La señora de Villefort se hallaba sentada en una otomana, hojeando con impaciencia los periódicos y folletos que Eduardo se entretenía en hacer pedazos antes de que su madre hubiese acabado su lectura.

    Estaba completamente vestida para salir. Tenía el sombrero sobre una silla y puestos los guantes.

    -¡Ah!, ¿estáis aquí? --dijo con una voz natural y tranquila-. ¡Dios mío!, ¡estáis muy pálido! ¿Habéis trabajado toda la noche?

    ¿Por qué no habéis venido a almorzar con nosotros? ¡Y bien!, ¿voy con vos, o sola con Eduardo?

    La señora de Villefort había multiplicado las preguntas para obtener una respuesta, pero el señor de Villefort estaba mudo y frío como una estatua.

    -Eduardo -dijo Villefort fijando en el niño una mirada imperiosa-, id a jugar al salón, amigo mío, es preciso que hable a vuestra madre.

    La señora de Villefort, viendo aquella frialdad y tono resuelto, tembló sin saber la causa de aquellos preámbulos.

    Eduardo levantó la cabeza, miró a su madre, y viendo que no confirmaba la orden de Villefort, volvió a jugar con sus soldados de plomo.

    -Eduardo -dijo el señor de Villefort tan ásperamente que el chico saltó sobre la silla-, ¿me oís?, id.

    El niño, que no estaba acostumbrado a que le tratasen con tanta severidad, se levantó pálido, no sabríamos decir si de cólera o de miedo.

    Su padre se acercó a él, le tomó por un brazo y le dio un beso en la frente.

    -Vete, hijo mío-dijo-, vete.

    Eduardo salió de la estancia.

    El señor de Villefort se dirigió a la puerta y pasó el cerrojo.

    -¡Oh, Dios mío! -dijo la joven mirando a su marido, y procurando esbozar una sonrisa que heló sobre sus labios la impasibilidad de Villefort-. ¿Qué ocurre?

    -Señora, ¿dónde guardáis el veneno de que os servís comúnmente? -dijo claramente y sin preámbulos el magistrado, colocándose entre su mujer y la puerta.

    La señora de Villefort sintió lo que una tórtola a la que un milano hinca las garras en la cabeza.

    De su pecho brotó un sonido ronco, que no era grito ni suspiro, y palideció hasta ponerse lívida.

    -Señor-dijo-, yo... no os comprendo.

    Y como herida por un accidente mortal, se dejó caer sobre el sofá.

    -Os pregunto -repitió Villefort con una voz completamente tranquila-, en qué sitio ocultáis el veneno con el que habéis matado a mi suegro, el señor de Saint-Merán, a mi suegra, a Barrois y a mi hija Valentina.

    -¡Ah!, señor -dijo la señora de Villefort-, ¿qué decís?

    -No os corresponde preguntar, sino responder.

    -¿Al juez o al marido? -balbució la señora de Villefort.

    -¡Al juez!, señora, ¡al juez!

    Espantosa era la palidez de aquella mujer, la angustia de su mirada y el temblor de todo su cuerpo.

    -iAh!, ¡señor! -dijo-, ¡señor! -y no pudo continuar.

    -¿No respondéis? -prosiguió el terrible inquisidor, y añadió en seguida con una risa más espantosa aún que su cólera:- ¿es verdad que no negáis?

    Ella hizo un movimiento.

    -Y no podríais negar -añadió Villefort extendiendo el brazo como para cogerla en nombre de la justicia-, consumasteis estos crímenes con impúdica desvergüenza, pero no han podido engañar más que a las personas cuyo afecto hacia vos las cegaba. Desde la muerte de la señora de Saint-Merán, he sabido que existía en mi casa un envenenador; después de la de Barrois, Dios me perdone, mis sospechas recayeron sobre un ángel. Mis sospechas, que aun sin necesidad de crimen están siempre despiertas en el fondo de mi alma; pero después de la muerte de Valentina ya no hay duda para mí, señora, y no solamente para mí, sino ni aun para otros. Así, vuestro crimen, conocido de dos personas y sospechado por muchas, va a hacerse público, y como os dije hace un momento, no habláis, señora, al marido, sino al juez.

    La mujer escondió el rostro entre las manos.

    -¡Oh!, señor-dijo-, os suplico..., no creáis en apariencias.

    -¡Seríais tan cobarde! -gritó Villefort con tono de desprecio-. En efecto, he notado siempre que los envenenadores son cobardes. ¿Seréis cobarde vos, que habéis tenido valor para ver expirar a dos ancianos y una joven asesinados por vos?

    -¡Señor! ¡Señor!

    -¿Seréis tan cobarde, vos que habéis contado uno a uno los minutos de cuatro agonías? -continuó Villefort con una exaltación que aumentaba a cada instante-. ¿Vos, que habéis combinado vuestros planes infernales y preparado vuestras bebidas con una precisión y habilidad milagrosas? Vos, que todo lo habéis calculado tan bien, habéis olvidado una cosa, es decir, adónde podía conduciros el descubrimiento de vuestros crímenes. ¡Oh!, esto es imposible, sin duda habéis reservado algún veneno más dulce, más sutil y más mortífero que los demás para escapar al castigo que merecéis... Lo habéis hecho, al menos yo así lo espero.

    La señora de Villefort retorcióse las manos y cayó de rodillas.

    -¡Lo sé! ¡Lo sé! -dijo el magistrado-, confesáis; pero la confesión hecha a los jueces, la confesión en el último trance, cuando ya es imposible negar, no disminuye el castigo.

    -¡El castigo!, ¡el castigo!, ¡señor!, ¡es la segunda vez que pronunciáis esa palabra!

    -Sin duda. ¿Creíais escapar porque habéis sido cuatro veces culpable? ¿O porque sois la esposa del que pide la aplicación de la pena, pensasteis sustraeros a ella? No, señora, no. Sea cual fuere la envenenadora, el cadalso la espera, si, como os lo decía hace un momento, no ha tenido cuidado de conservar para ella algunas gotas de su veneno, el más activo.

    La señora de Villefort lanzó un grito horrible, un terror espantoso se dejó ver en sus desencajadas facciones.

    -¡Oh!, no temáis el cadalso. No quiero deshonraros, porque sería deshonrarme. Al contrario, si me habéis entendido, debéis comprender que no estáis destinada a morir en el patíbulo.

    -No os comprendo, ¿qué queréis decir? -balbució la desgraciada mujer, completamente aterrada.

    -Quiero decir que la mujer del primer magistrado de la capital no cubrirá de oprobio un nombre sin mancilla, y no deshonrará a la vez a su marido y a su hijo.

    -¡No!, ¡oh!, ¡no!

    -Pues bien, haréis una buena acción, y os doy por ello las gracias.

    -Me dais las gracias, ¿de qué?

    -De lo que habéis dicho.

    -¿Y qué he dicho? Yo me vuelvo loca. No comprendo nada. ¡Dios mío! ¡Dios mío!

    Y se levantó con el cabello suelto y los labios llenos de espuma.

    -¿Habéis respondido, señora, a la pregunta que os hice al entrar aquí, dónde está el veneno de que os servís corrientemente?

    La señora de Villefort levantó los brazos al cielo y juntó convulsivamente las manos.

    -No -vociferó-, no queréis eso...

    -Lo que no quiero, señora, es que acabéis en el cadalso, ¿me oís?

    -¡Oh!, señor, piedad.

    -Lo que quiero es que se haga justicia. Estoy en el mundo para castigar, señora -añadió con una mirada encendida-. A cualquier otra mujer, aunque fuese una reina, la enviaría al verdugo. Pero con vos quiero ser misericordioso, y os digo, señora, habéis guardado algunas gotas del veneno más seguro?

    -¡Oh!, perdonadme, dejadme vivir.

    -¡Cobarde! -dijo Villefort.

    -Pensad que soy vuestra esposa.

    -¡Sois una envenenadora!

    -En nombre del cielo!

    -¡No!

    -¡Por el amor que me habéis profesado siempre!

    -¡No!, ¡no!

    -iPor mi hijo, por nuestro hijo, dejadme vivir!

    -No, no, no, os digo; si os dejase vivir le envenenaríais algún día como a los demás.

    -¡Yo! ¡Matar a mi hijo! -gritó aquella madre salvaje arrojándose sobre Villefort-, ¡matar a mi Eduardo! ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!

    Una sonrisa infernal, de demonio, de demente, terminó la frase y se perdió en un ronco suspiro.

    La señora de Villefort cayó a los pies de su marido.

    Escuchaba temblando, aterrada. Sólo había vida en sus ojos, y éstos ocultaban un fuego terrible.

    -Pensad en ello, os digo. Si a mi vuelta no lo habéis hecho, os denuncio con mis propios labios, os prendo con mis propias manos.

    Villefort se acercó aún más a ella.

    -¿Me entendéis? -le dijo-, voy allá abajo a pedir la pena de muerte contra un asesino... Si os encuentro viva a la vuelta, dormiréis esta noche en la Conserjería.

    La señora de Villefort lanzó un suspiro. Sus nervios se crisparon y cayó sobre la alfombra.

    El procurador del rey sintió un instante de piedad, la miró menos severamente, e inclinándose un poco ante ella:

    -Adiós, señora -dijo lentamente-, ¡adiós!

    Aquel adiós cayó sobre ella como la mortífera cuchilla.

    Cayó al suelo sin sentido.

    El señor de Villefort salió y cerró la puerta dando doble vuelta a la llave.

    El caso Benedetto, como se decía entonces en el Palacio de justicia y en la sociedad, había producido una enorme sensación. Parroquiano del café de París, del boulevard de Gante y del bosque de Bolonia, el falso Cavalcanti había hecho una porción de amistades y relaciones durante los tres meses de esplendor que había vivido en París. Los diarios habían contado las diversas vicisitudes del acusado, tanto durante su vida elegante, como la de presidiario. Aquello suscitó una curiosidad muy viva. Sobre todo entre los que habían conocido al príncipe Cavalcanti personalmente, y éstos estaban decididos a no perdonar medio para ir a ver en el banquillo de los acusados a Benedetto, asesino de su compañero de cadena.

    A los ojos de muchas personas, Benedetto no era una víctima, sino una equivocación de la justicia. Habían visto al señor Cavalcanti padre, en París, y esperaban verle aparecer de nuevo para reclamar a su ilustre descendiente. Los que no habían oído hablar jamás de la famosa polaca, con la que llegó a casa de Montecristo, se hallaban prevenidos a su favor por el aire de dignidad, nobleza y conocimiento del mundo del anciano patricio, el que, preciso es decirlo, parecía completamente un gran señor cuando no hablaba o se ocupaba de aritmética.

    En cuanto al acusado, muchos recordaban haberle visto tan amable, apuesto y liberal, que preferían creer que se había urdido contra él alguna trama por parte de alguno de aquellos enemigos que encuentran en el mundo las personas extraordinariamente ricas, y que poseen los medios de hacer el bien o el mal de un modo maravilloso.

    Todo el mundo se apresuró a asistir a la sesión del tribunal del Jurado, unos para divertirse con el espectáculo, otros para comentarlo. Desde las siete de la mañana acudió gente a la reja, y la sala de las sesiones estaba ya llena de privilegiados.

    En los días de los procesos famosos, antes de que se constituya el tribunal, y muchas veces aun después, la sala de Audiencia se parece a un salón particular, en el que muchas personas se reconocen, se juntan unas con otras cuando están cerca y se hablan por señas, temiendo perder su sitio, cuando están separadas por el pueblo, los abogados y los gendarmes.

    Hacía uno de aquellos magníficos días de otoño que varias veces vienen a consolarnos de la ausencia del estío. Las nubes que el señor de Villefort viera al despuntar la aurora, se disiparon como por arte de magia al rayar el sol, y dejaron lucir con toda su brillantez uno de los días más hermosos de septiembre.

    Beauchamp, uno de los magnates de la prensa diaria, tenía su sitio seguro en el tribunal, como en todas partes, lo había ocupado y miraba con sus gemelos a derecha a izquierda. Vio a Chateau-Renaud y a Debray, que habían merecido las consideraciones de un guardia municipal, el cual les cedió su sitio, colocándose detrás para no impedirles la vista. El digno agente había conocido al millonario y secretario del ministro, y se mostró muy cortés con sus nobles vecinos, permitiéndoles se acercasen a Beauchamp, y prometiéndoles guardarles sus sitios.

    -Y bien -dijo Beauchamp-, ¿venimos a ver a nuestro amigo?

    -Sí, ¡Dios mío!, sí, ¡al digno príncipe! Llévese el diablo a todos los príncipes italianos, ¡bah... !

    -Un hombre que tenía a Dante por genealogista, y cuyo origen se remontaba hasta la Divina Comedia.

    -Nobleza de cuerda -dijo con sorna Chateau-Renaud.

    -Será condenado, ¿no es cierto? -preguntó Debray a Beauchamp

    -¡Eh!, querido mío, no sois vos el que debéis preguntarnos eso. ¿Ayer visteis al presidente a la salida del baffle del ministro?

    -Sí.

    -¿Y qué os dijo?

    -Una cosa que os dejará maravillado.

    -¡Ah!, entonces hablad pronto, mi querido amigo. Hace mucho tiempo que no me sucede tal cosa.

    -Pues bien, me ha dicho que Benedetto, al que suele considerarse como un fénix de sutileza y astucia, es un pillo de orden muy subalterno, a indigno de los experimentos frenológicos que se harán con su cabeza después de guillotinado.

    -¡Bah! -dijo Beauchamp-, no representaba del todo mal el papel de príncipe.

    -Para vos, Beauchamp, que detestáis a los príncipes, y que estáis encantado cuando les halláis maneras poco finas, pero para mí, que a la legua descubro el noble, y deduzco el origen de una familia aristocrática, en seguida le conocí.

    -¿Así, jamás creísteis en su principado?

    -Creí en que era principal, sí; príncipe, no.

    -No está mal -dijo Debray-, pero para cualquier otro podría pasar por tal, yo le he visto en casa de los ministros.

    -¡Ah!, sí -dijo Chateau-Renaud-, ¡como si vuestros ministros conociesen a los verdaderos nobles!

    -Hay mucho de verdad en lo que acabáis de decir, Chateau-Renaud -respondió Beauchamp echándose a reír-; la frase es corta, pero agradable. Os pido permiso para usar de ella cuando dé cuenta a mis lectores de lo que ha sucedido.

    -Como gustéis, Beauchamp -dijo Chateau-Renaud-, os doy mi frase por lo que vale.

    -Pero -dijo Debray a Beauchamp-, si yo he hablado al presidente, vos debéis haber hablado al procurador del rey.

    -Imposible. Hace ocho días que el señor de Villefort se oculta, y es muy natural. Tantas desgracias domésticas, coronadas por la extraña muerte de su hija...

    -¡La extraña muerte! ¿Qué decís?

    -¡Ah!, sí; haceos el ignorante bajo el pretexto de que eso sucede en casa de la nobleza de toga -dijo Beauchamp llevando su lente a los ojos.

    -Permitidme, amigo mío, que os diga que para los gemelos no valéis tanto como Debray. Y vos, Debray, dad una lección al señor Beauchamp.

    -Toma -dijo Beauchamp-, no me equivoco.

    -¿Qué es, pues?

    -Es ella.

    -¿Quién?

    -Decían que se había marchado.

    -¿La señorita Eugenia? -preguntó Chateau-Renaud-, ¿habrá regresado ya?

    -No, pero su madre...

    -¿La señora Danglars?

    -¡Cómo! -dijo Chateau-Renaud-, ¡es terrible, diez días después de haberse fugado su hija, y tres después de la quiebra de su marido!

    Debray se sonrojó un poco y miró hacia el sitio que señalaba su amigo Beauchamp.

    -Vaya, pues. Es una mujer cubierta con un velo, una desconocida, quizá la madre del príncipe Cavalcanti. ¿Pero decíais o ibais a decir cosas muy interesantes, Beauchamp?

    -¿Yo?

    -Sí; hablabais de la extraña muerte de Valentina.

    -¡Ah!, sí; es verdad. Pero ¿por qué la señora de Villefort no está presente?

    -¡Pobre mujer! -dijo Debray-, estará ocupada en destilar agua de melisa para los hospitales, o en preparar cosméticos para ella y sus amigas. ¿Sabéis que gasta en esa diversión dos o tres mil escudos al año? Y en efecto, tenéis razón. ¿Por qué no está aquí la señora del procurador del rey? La habría visto con gran placer. Me gusta mucho esa mujer.

    -Y yo la detesto -dijo Chateau-Renaud.

    -¿Por qué?

    -No lo sé. ¿Por qué amamos? ¿Por qué aborrecemos? La detesto por antipatía.

    -O, al menos, por instinto.

    -No lo creo. .. pero volvamos a lo que decíais, Beauchamp.

    -¡Y bien! -respondió éste-, ¿tenéis curiosidad por saber cómo hay con frecuencia tantos muertos en casa de Villefort?

    -Con frecuencia, ésta es la expresión exacta -dijo Chateau-Renaud.

    -Querido, es la que usa San Simón.

    -Y la muerte en casa del señor de Villefort es donde se la encuentra. Volvamos, pues, a ella.

    -¡Por vida mía!, confieso que hace tres meses tengo fija mi atención en esa casa, y precisamente anteayer la señora me hablaba de ella con motivo de la muerte de Valentina.

    -¿Y quién es la señora? -preguntó Chateau-Renaud.

    -La mujer del ministro.

    -¡Ah!, disculpad mi ignorancia, yo no frecuento las casas de los ministros. Eso queda para los príncipes.

    -Erais magnífico y os volvéis divino, barón. Tened piedad de nosotros. Vuestras palabras van a abrasarnos como los rayos de Júpiter.

    -No volveré a decir nada. ¡Pero que el diablo tenga piedad de mí! ¡No me deis lugar para replicar!

    -Vamos, ¿podremos llegar al fin de nuestro diálogo, Beauchamp? Os decía que la señora me preguntaba anteayer sobre las muertes de Villefort; informadme, y podré satisfacerla.

    -Pues bien, señores, en casa de Villefort hay un asesino.

    Ambos jóvenes temblaron, porque más de una vez se les había ocurrido la misma idea.

    -¿Y quién es el asesino? -preguntaron a una.

    -El pequeño Eduardo.

    Una risotada de los jóvenes no fue bastante para turbar al orador, que prosiguió:

    -Sí, señores; un niño que es un fenómeno, y que mata ya como padre y madre.

    -¿Es una broma?

    -No. Ayer recibí un criado que sale de casa de Villefort, y ahora escuchad con atención.

    -Escuchemos.

    -Mañana voy a despedirlo, porque come enormemente para reponerse de los ayunos que se había impuesto voluntariamente en aquella casa. Pues bien. Parece que el niño se sirve de vez en cuando de un frasco de drogas contra los que le desagradan. Primero la tomó con el señor y la señora de Saint-Merán, y les dio tres gotas de su elixir. Después a Barrois, el criado de Noirtier, que le regañó en varias ocasiones, le suministró otras tres gotas, y últimamente, a Valentina, a la que tenía envidia, le suministró también la dosis, y la suerte de ella fue la misma de los demás.

    continua
     
  10. mai^a

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas



    ¡Qué escena más impresionante presenciamos hoy en el desfile de
    las máscaras! Terminó bien, pero podía haber ocurrido una desgracia.
    En la plaza de san Carlos, decorada con banderolas y festones amarillos,
    rojos y blancos, se apiñaba una gran multitud; daban vueltas máscaras
    de todo color; pasaban carrozas doradas y aguirnaldadas, llenas de
    colgaduras, en forma de escenarios y de barcas, ocupadas por arlequines
    y guerreros, cocineros, marineros y pastorcillas; entre tanta confusión
    no se sabía a dónde mirar; un estrépito ensordecedor de trompetas,
    cuernos y platillos; las máscaras de las carrozas bebían y cantaban,
    apostrofando a la gente de la calle y a la de las ventanas, que respondían
    hasta desgañitarse, y se tiraban con furia naranjas, confetti y serpentinas.

    Por encima de las carrozas y de la multitud, hasta donde alcanzaba la vista,
    se veían ondear banderolas, brillar cascos, tremolar penachos, agitarse
    cabezudos de cartón piedra, gorros gigantescos, trompas enormes, armas
    extravagantes, tambores, castañuelas, gorros rojos y botellas; todos
    parecían locos.

    Cuando nuestro carruaje entró en la plaza iba delante de nosotros una
    magnífica carroza, tirada por cuatro caballos con gualdrapas bordadas de
    oro, llena de guirnaldas de rosas artificiales, y en la que iban catorce o
    quince jóvenes disfrazados de caballeros de la corte de Francia, con
    brillantes trajes de seda, peluca blanca rizada, sombrero de pluma bajo el
    brazo y espadín, luciendo en el pecho muchos lazos y encajes.

    Todos cantaban a coro una cancioncilla francesa, arrojaban dulces,
    confetti y serpentinas a la gente, y ésta aplaudía y lanzaba exclamaciones
    jubilosas. De pronto vimos que un hombre, situado a nuestra izquierda,
    levantaba sobre las cabezas de la multitud a una niña de cinco o seis años,
    que lloraba desconsoladamente, agitando los brazos como acometida por
    ataques convulsivos.

    El hombre se abrió paso hacia la carroza; uno de los que iban en ella se
    inclinó, y el hombre dijo en voz alta:

    -Tome a esta niña, que ha perdido a su madre entre la gente; téngala en
    brazos; su madre no debe estar lejos, y la verá; creo que es lo mejor que
    puede hacerse.

    El de la carroza tomó a la niña en brazos; todos los demás dejaron de cantar;
    la niña chillaba y manoteaba; el joven se quitó la careta y la carroza
    prosiguió su marcha con lentitud.

    Mientras tanto, según nos dijeron después, en el extremo opuesto de la
    plaza, una afligida mujer, medio enloquecida, se abría paso entre la multitud
    a codazos y empellones, gritando:

    -¡María! ¡María! ¡María! ¿Dónde está mi hijita? ¡Me la han robado! ¡Habrá
    muerto pisoteada!

    Hacía un cuarto de hora que se hallaba en aquel estado de desesperación,
    yendo hacia un lado y otro, apretujada por la gente, que, a duras penas,
    lograba abrirle paso.

    El de la carroza, entretanto, no cesaba de estrechar contra las cintas y los
    bordados de su pecho a la desconsolada niña, girando su mirada por la plaza
    y tratando de aquietar a la pobre criatura, que se tapaba la cara con las
    manos, sin saber dónde se hallaba y sin parar de llorar.

    El que la llevaba estaba desconcertado; aquellos gritos le llegaban al alma;
    los otros ofrecían a la niña naranjas y dulces; pero ella todo lo rechazaba,
    cada vez más asustada y convulsa.

    -¡Busquen a su madre! -gritaba el de la carroza a la multitud-. ¡Busquen a su
    madre!

    Todos se volvían a derecha e izquierda, pero la madre no aparecía. Por fin a
    unos pasos de la entrada de la calle de Roma, una mujer se lanzaba hacia la
    carroza... ¡Jamás la olvidaré! No parecía persona humana: tenía la cabellera
    suelta, la cara desfigurada y el vestido roto. Se lanzó hacia adelante, dando
    un grito que no se sabía si era de gozo, de angustia o de rabia, y alzó las
    manos como dos garras para asir a su hijita. La carroza se detuvo.


    -¡Aquí la tiene! -dijo el que la llevaba, entregándole la niña, después de
    haberle dado un beso; y la puso en los brazos de su madre que la apretó
    fuertemente contra su pecho... Pero una de las manecitas quedó por unos
    segundos entre las manos del joven, y éste, sacándose de la mano derecha
    un anillo de oro con un grueso diamante, lo puso con rapidez en un dedo de
    la niña.

    -Toma -le dijo-, guárdate esto que podrá ser tu dote de esposa.

    La madre se puso muy contenta, la gente prorrumpió en plausos; el de la
    carroza y sus compañeros reanudaron el canto, y el vehículo prosiguió
    lentamente en medio de una tempestad de aplausos y de vítores.
     
  11. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Poema del Olvido

    Tú puedes olvidar y los recuerdos
    Se pegan a mi piel como un castigo

    Tú puedes olvidar, yo sólo vivo
    Añorando el querer que se ha perdido

    Tú puedes olvidar y a cada noche
    Mil vueltas yo le doy buscando olvido

    Tú puedes olvidar. ¡Ay si pudiera!
    Olvidar como tú... sin un suspiro.

    Ramón de Almagro
     
  12. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas


    [​IMG]

    Ramón Valdez, cuyo Nom de Plume es Ramón de Almagro, debido al barrio en que ha vivido durante más de 60 años, nació el 10 de Abril de 1934 en Arrecifes, ciudad al noroeste de la provincia de Buenos Aires.

    El poeta dedicó la mayor parte de su vida a un negocio de almacén. Sus actividades diarias lo mantenían suficientemente ocupado para brindar atención adecuada a cierta inquietud que estuvo latente durante toda su vida, muy al fondo de su corazón... ¡la Poesía! En 1996 la economía del país envió a pique gran cantidad de negocios y el almacén de este gran poeta no fue una excepción. Al verse sin trabajo, Ramón decide continuar su educación atendiendo un plantel secundario del cual se gradúa en diciembre de 1998. Fue durante ese tiempo que volvió a reencontrarse con la poesía. Esta vez, su pasión venía acompañada de la necesidad, la cual obliga al poeta a publicar para comer. Empieza a escribir y a publicar folletos que vende él, personalmente, en el “Subte” (Tren subterráneo) “D” El poeta lleva ahora una vida al igual que los antiguos juglares que iban de pueblo en pueblo recitando sus épicas y romances para obtener el sustento de cada día. Y gracias a Dios, Metrovías y su personal, y a los pasajeros. El poeta dedica tiempo completo a la escritura, publicación y venta de sus obras.




    PÁGINA EN BLANCO

    ... y me vuelco a una página en blanco,
    a llenar los renglones vacíos...

    ...a tratar de formar con palabras,
    el poema que venza tu hastío...

    ... el que logre llevar a tus ojos
    unas gotas de suave rocío ...

    ...el que arranque por fin de tus labios
    un susurro que suene a suspiro...

    ... el que pueda poner en tu pecho
    algo de esto que hoy late en el mío...

    Ramon de Almagro
     
  13. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    En Alemán, Francés, Inglés, en Portugués y en muchosotros idiomas, no dicen como nosotros "aprender de memoria", ellos dicen "aprender de corazón".
    Ramón de Almagro


    Junto al Fuego

    por

    Ramón de Almagro

    [​IMG]

    El nieto y el abuelo se han quedado solos en la sala, el viejo toma entre sus manos una de las manitas del niño y éste aprovecha esa muestra de debilidad para pedir como siempre:
    - Recítame abuelo, recítame uno de tus poemas.
    - Ya te he dicho que no son míos, le contesta el viejo.
    - Si que son tuyos, los tiénes tú, están en tu cabeza, si yo tengo algo es mío - insiste el pequeño.
    - Es distinto, un poema es del autor, del que lo escribió y los poemas que yo te recito no son míos, son versos que aprendí de memoria siendo chico en mis libros de lectura del primario, los guardé en el corazón y me han acompañado toda la vida, bueno ¿cuál quieres escuchar hoy? - finaliza el viejo con una sonrisa.
    - El de la rosa - responde el nieto.
    - El de la rosa es de José Martí un gran patriota y poeta cubano, se llama "La Rosa Blanca", dice así:
    - "Cultivo una rosa blanca
    en Julio como en Enero
    para el amigo sincero.."
    El viejo nota cuanta atención hay en la mirada del nieto y piensa, este chaval va a ser como yo, un poeta, y seguramente como yo, un poeta frustrado, con versos escondidos por los cajones, pero es tan hermoso que el nieto se nos parezca y termina el recitado:
    - "cardo ni ortiga cultivo
    cultivo la rosa blanca."
    El pequeño lleno de entusiasmo grita:
    - Otro, otro .
    El viejo, siempre dispuesto pregunta
    - ¿Cuál?
    - El del pirata - grita el niño.
    - El del pirata, como tú dices, se llama "La canción del Pirata" y es de Espronceda un español extraordinario, nació en Badajoz ¿Te acuerdas de Badajoz? bueno comienza así:
    - "Con diez cañones por banda
    viento en popa a toda vela
    no corta el mar si no vuela
    un velero bergantín..."
    Brilla el entusiasmo en los ojos del chiquillo y el abuelo piensa, "Los poetas oscuros los que nunca triunfaremos, también hacen falta, acaso ¿No somos nosotros los que damos más brillo a los elegidos?", una sonrisa recorre su rostro, mientras prosigue:
    - "...que es mi barco mi tesoro... mi única patria la mar"
    Terminado el poema, mientras el nieto agradecido acaricia las arrugadas manos, el viejo poeta siente de pronto un chispazo de inspiración, no es un poema, es sólo un pensamiento pero corre y lo anota en su libreta, dice así:

    "Aprende un buen poema y lo disfrutaras toda tu vida. Enséñaselo a tus hijos para que nunca se sientan solos. Enséñaselo a tus nietos para que siempre te recuerden."
     
  14. mai^a

    mai^a My Garden

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Un bello poema lo disfrutas toda la Vida!
    ...mirá que nos trae Almagro
    "La canción del Pirata" de la cual
    estoy enamorada, y seguiré estándolo toda mi vida de este poema
    escrito con el corazón de este gran poeta.

    Gracias clau por traernos a este otro poeta del cual nada sabía :razz: :razz: :razz:
    cuanto descubrimos y aprendemos
     
  15. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    y pra mi fue una sorpresa tambien ...a mi me emociono esta poesia de el que una vez puse sin conocerlo ,solo porque me gusto el poema...

    El Velero Blanco

    Desde que era niño siempre tuvo el sueño,
    que lo dio un barquito hecho de papel,
    y fue desde entonces que quiso ser dueño
    de del velero blanco y bogar en él,
    no por los paisajes de cielos lejano
    donde están las islas de hermoso coral
    él solo soñaba sentarse en su barco
    y por una brisa dejarse llevar.

    Al pasar el tiempo se quedó en un sueño
    como tantos sueños, su sueño de mar
    nunca dijo nada, pues siempre temía
    que si alguien sabía se fuera a burlar.

    Hoy que ya está viejo, que nadie le ofrece
    por sus pocas fuerzas un trozo de pan,
    agarra la silla, esa que se mece,
    y se va hasta el patio, buscando soñar,
    en la vieja silla, se siente en el barco,
    cerrando los ojos escucha la mar
    y hasta hay una brisa...
    que baja a sus labios
    olas pequeñitas...
    con sabor...
    a sal...

    y despues busque mas de el...y hoy se me dio por ver la biografia y me lleve una sorpresa muy linda!! ...como el cuento ese y la cita a Espronceda, y la forma en que difunde su poesia!!!!!:razz:
     
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