Poemas, cuentos y leyendas

Tema en 'Temas de interés (no de plantas)' comenzado por mai^a, 27/2/08.

  1. Clause

    Clause Claudia

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    12 de enero

    Querido señor filántropo:

    Ayer llegó su cheque para mi familia de protegidos necesitados. ¡Un millón de gracias! Resolví faltar al gimnasio y llevárselo en seguida después de almorzar.,. ¡Había que ver la cara de la chica!
    De la sorpresa y alegría, casi parecía joven... ¡Y no tiene más que veinticuatro años! ¿No le parece lastimoso?
    La pobre se siente ahora como si todas las cosas buenas hubieran ocurrido a la vez: tiene trabajo seguro para dos meses (alguien se casa y hay un ajuar de novia que hacer).
    —¡Gracias sean dadas al Señor! —exclamó la madre cuando por fin entendió que aquel papelito equivalía a la suma de cien dólares.
    —No fue el Señor, sino Papaíto-Piernas-Largas (el señor Smith fue el nombre con que lo llamé).
    —Pero fue el Señor el que le dio la idea —me respondió.
    —No, la idea se la di yo —le repliqué.
    Sea como fuere, Papaíto, espero que el Señor le recompense adecuadamente. Merece usted diez mil años de exención del purgatorio.

    Suya, muy agradecida,
    Judy Abbott

    Con el favor de Su más Graciosa Majestad:

    Esta mañana desayuné con pavo frío y un pastel de ganso y me mandé servir una taza de té (bebida de la China) que nunca había probado hasta ahora.
    No se ponga nervioso, Papaíto, no es que haya perdido la razón. Sólo estoy citando a Samuel Pepys, cuyo Diario leemos como ilustración a la clase de historia de Inglaterra y en nuestro estudio de las fuentes originales. Sallie, Julia y yo hablamos ahora en la lengua de 1660. Escuche esto, por favor:
    "Me llegué hasta Charing Cross para ver ejecutar al mayor Harrison y luego presenciar cómo era descuartizado. El pobre estuvo tan alegre como se puede esperar en semejante circunstancia."
    Y esto otro:
    "Cené anoche con mi señora X..., que vestía elegante traje de luto por su hermano que murió anteayer de escarlatina."
    Parece un poco prematuro para empezar a recibir, ¿no es cierto? A un amigo de Pepys se le ocurrió un método muy ingenioso para que el rey pudiera pagar sus deudas: vender a los pobres, a bajo precio, provisiones en mal estado de conservación. ¿Qué opina usted de esto, señor Reformador? No creo que seamos en la actualidad tan malos como nos pintan los periódicos.
    En cuanto a la ropa, Pepys se enloquecía por ella tanto como cualquier chica de quince años. Gastaba en su indumentaria cinco veces más que su mujer.,. Aquélla parece haber sido la Edad de Oro de los maridos. Vea usted este otro asiento de su Diario (no se puede negar que, por lo menos, decía la verdad desnuda y completa):
    "Hoy me enviaron a casa mi nuevo gabán con botones dorados, que salió carísimo. ¡Ruego a Dios que me dé los medios para pagarlo!"
    ¿No le parece conmovedor?
    Perdóneme por estar tan obsesionada con Pepys, pero es que estoy preparando un trabajo sobre él.
    Hablando de otra cosa, la Asociación de Autogobierno del colegio ha abolido la reglamentación que obligaba a apagar todas las luces a las diez de la noche. Podemos tener luz encendida toda la noche, si queremos, con la única condición de no molestar a los demás ni de invitar a demasiadas amigas al cuarto. El resultado que se observa constituye un muy elocuente comentario sobre la condición humana: ahora que podemos quedarnos levantadas todo lo que deseemos, ya no lo deseamos, A las nueve empezamos a cabecear y a las nueve y media se nos cae la pluma de las manos. Ahora son las nueve y media.., ¡Buenas noches, Papaíto!


    Domingo

    Acabo de volver de la iglesia. El predicador procedía hoy de Georgia. Nos dijo que debemos desarrollar nuestro intelecto a expensas de nuestras emociones. "Me pareció un sermón árido y estúpido" (y cito de nuevo a Pepys). Lo cierto es que siempre nos dan el mismo sermón, de cualquier parte de los Estados Unidos o del Canadá que venga el predicador y cualquiera sea la secta a que pertenezca.
    Hace un día precioso y, no bien terminemos de almorzar, Sallie, Martha Pratt y Leonor Keane (amigas mías que usted no conoce) y yo iremos caminando hasta la granja Manantial de cristal, donde nos haremos preparar una riquísima comida de pollo frito y barquillos con miel. Después, el señor Manantial de Cristal nos traerá de regreso al colegio en el sulky. Los reglamentos dicen que debemos estar dentro de la universidad a las siete, pero, como excepción, estiraremos la hora un chiquitito... hasta las ocho-Adiós, bondadoso señor.
    Tengo el honor de ser de usted su servidora más leal, respetuosa, fiel y obediente.
    J. Abbott

    Queridísimo señor Síndico:

    Mañana es el primer miércoles del mes, día aciago para los miembros del asilo John Grier. ¡Qué alivio van a sentir cuando lleguen las cinco, les acaricien ustedes la cabeza y se manden a mudar a sus casas! Acláreme, por favor, una cosa que me preocupa: ¿me acarició usted alguna vez en la cabeza, Papaíto? Creo que no, porque mi recuerdo se refiere exclusivamente a síndicos gordos, pero igual quisiera estar segura. Déle usted de mi parte muchos cariños al asilo... Así como suena: ¡cariños! Eso es lo que siento ahora a través de la bruma de los años: ¡verdadero amor! Cuando vine a la universidad, estaba muy resentida por haber sido estafada de la niñez normal que habían tenido todas las demás chicas. Pero ahora, a cuatro años de distancia, no pienso más así sino que tengo un verdadero sentimiento de ternura. Además, considero todo aquello como una aventura excepcional, que me da una especie de posición ventajosa desde la cual puedo mantenerme apartada para mirar la vida. Al aparecer en el mundo ya crecida, obtengo una perspectiva que les es imposible lograr a los demás, criados en ese mundo, al que pertenecen como partes integrantes.
    Conozco a muchas chicas (Julia, por ejemplo) que no saben que son felices. Están tan acostumbradas a no carecer de nada, que se les embota la sensibilidad y no saben valorar semejante privilegio. ¡Yo, en cambio! Cada minuto de mi vida soy perfectamente consciente de ser feliz. Y seguiré siéndolo, sean cuantas fueren las cosas desagradables que puedan acontecerme. Yo las voy a considerar como experiencias interesantes. Hasta los dolores de muelas. Y me alegraré de haber probado cómo eran.
    Sin embargo, Papaíto, no vaya a tomar demasiado al pie de la letra este cariño nuevo que siento por el A. J. G. Si llego a tener cinco hijos, como Rousseau, le aseguro que no los voy a dejar en ningún umbral de asilo para que los críen con sencillez.
    Déle usted mis recuerdos amables (eso me parece lo justo, ya que "cariños" sería demasiado) a la señora Lippett y no se olvide de explicarle que se ha ido desarrollando en mí un hermoso carácter.

    Afectuosamente,
    Judy


    Los Sauces, 4 de abril
    Querido Papaíto:

    ¿Se fijó en la dirección? Es que Sallie y yo estamos embelleciendo Los Sauces con nuestra presencia durante las vacaciones de Pascua. Resolvimos que era lo mejor que podíamos hacer en nuestros diez días: venir a descansar a este lugar tranquilo. Teníamos los nervios destrozados a tal punto, que ya no nos era posible soportar una comida más en Fergussen. Comer en un salón con cuatrocientas chicas es una prueba dura cuando uno está agotado. Es tal el ruido, que no se puede oír ni a la chica que habla enfrente de uno, a menos que ahueque las manos como un megáfono. ¡Palabra de honor, Papaíto!
    Aquí en Los Sauces, Sallie y yo vagabundeamos por las colinas y nos sentamos a leer o escribir y lo pasamos muy bien mientras descansamos del bullicio. Esta mañana nos trepamos al tope de la Colina del Cielo, donde el niño Jervie y yo cocinamos una noche. ¡Parece imposible que haga de eso ya dos años!
    Todavía se ve el sitio ennegrecido de la roca donde hicimos fuego... Es gracioso cómo algunos sitios quedan asociados en nuestra mente con ciertas personas y no se puede volver a visitarlos sin pensar en ellas. Durante unos dos minutos, más o menos, me sentí completamente nostálgica del niño Jervie.
    ¿Y cuál cree usted que es mi última actividad, Papaíto? Va a decir que soy incorregible. ¡Estoy escribiendo un libro! Lo empecé hace tres semanas y lo estoy despachando con suma velocidad, pues ya he descubierto el secreto. El niño Jervie y el editor aquel tenían razón. Convence uno mucho más cuando escribe acerca de cosas que sabe. Y esta vez estoy escribiendo de algo que por cierto conozco no sólo bien sino en forma exhaustiva: el asilo John Grier. ¡Y está saliendo bueno, Papaíto, se lo aseguro! Todo sobre las pequeñas cosas que sucedían allí a diario. Ahora me he dedicado al realismo, abandonando, por supuesto, el romanticismo. Pero se trata de un abandono temporal. Ya volveré a él cuando comience mi porvenir aventurero.
    Verá que este nuevo libro se terminará y será publicado. Si uno desea algo con fervor y sigue empeñándose en lograrlo, al final lo consigue. Hace cuatro años que estoy tratando de conseguir que usted me escriba una carta y todavía no he renunciado a la esperanza.
    Adiós, Papaíto querido.
    Afectuosamente,
    Judy

    P. D. Me olvidaba las noticias de la granja, pero son muy tristes. Saltee esta posdata si no quiere destrozar su sensibilidad.
    Murió el pobre Grover. Se puso tan viejo que no podía ya ni masticar y tuvieron que pegarle un tiro.
    La semana pasada, una comadreja —o quizás una rata— mató a cinco pollos.
    Una de las vacas está enferma y tuvimos que llamar al veterinario del pueblo, quien recetó aceite de linaza y whisky, Amasai se quedó levantado toda la noche para cuidarla y abrigamos serias sospechas de que la pobre vaca enferma no tomó nada más que aceite de linaza.
    Ha desaparecido Tommy, el gato manchado, y sospechamos que cayó en una trampera.
    Realmente, son muchas las aflicciones de este mundo.


    17 de mayo

    Querido Papaíto-Piernas-Largas:

    Ésta será muy breve porque me duele el hombro de sólo ver una pluma. Apuntes todo el día... Novela inmortal por la noche... Es de veras mucho escribir.
    Faltan tres semanas para la fiesta de fin de año (esta vez con colación de grados). Creo que debería usted venir a conocerme en esta solemne ocasión y le aseguro que lo voy a odiar si no lo hace. Julia invitó al niño Jervie, ya que es de su familia; Sallie invitó a su hermano Jimmie, y... ¿a quién puedo invitar yo? Sólo a usted y a la señora Lippett. Y a ella no la quiero conmigo ese día* ¡Por favor, venga usted!

    Suya, con muchos cariños y sufriendo el "calambre de los escritores",
    Judy


    Los Sauces, 19 de junio
    Querido Papaíto-Piernas-Largas:

    Mi educación ha terminado. Tengo el diploma en el fondo del baúl, junto con mis dos mejores trajes (que aquí no me pondré nunca). La fiesta de fin de año fue como de costumbre, sin que faltase uno que otro chaparrón en los momentos cruciales. Muchas gracias por sus pimpollos; eran preciosos. El niño Jervie y el "niño Jimmie" también me mandaron rosas, pero las dejé en la bañera y en el desfile de mi clase llevé las que usted me envió.
    Y aquí estoy, en Los Sauces por todo el verano... Tal vez para siempre, ya que la pensión es barata y los alrededores tranquilos son propicios para la vida literaria. ¿Qué más puede desear un escritor incipiente que lucha por abrirse camino? Estoy loca con mi libro. Pienso en él todo el día y luego sueño con él toda la noche. Lo único que deseo en el mundo es paz y tranquilidad para trabajar, además de tiempo, naturalmente, y de comidas bien nutritivas.
    El niño Jervie vendrá a pasar una semana en agosto y Jimmie también caerá por aquí en algún momento del verano. Se ha metido en una firma de bonos comerciales y recorre el país vendiendo acciones a los bancos. Piensa combinar la Convención de los Granjeros con Los Sauces en un mismo viaje, para ganar tiempo.
    Como ve, no le faltará a Los Sauces su parte de sociabilidad. Lo natural sería esperar que viniera usted también cuando anduviera en sus correrías por el país en auto... Pero ya sé que no debo abrigar esperanzas. Ya que fue usted capaz de faltar a mi colación de grados, lo he arrancado de mi corazón y lo enterré para siempre.
    Licenciada Judy Abbott
     
  2. Clause

    Clause Claudia

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    24 de julio

    Queridísimo Papaíto-Piernas-Largas:

    ¿No es cierto que es muy divertido trabajar? O quizá no lo haya hecho usted nunca y no sepa. Y es más divertido aún, claro, cuando ese trabajo es precisamente aquello que usted prefiere hacer en el mundo. Me he pasado el verano escribiendo, con toda la rapidez con que me llevaba la pluma, y lo único que tengo que reprocharle a la vida es que el día no sea bastante largo como para que me alcance para escribir todos los pensamientos bellos, valiosos y entretenidos que se me ocurren.
    Ayer terminé el segundo borrador y mañana a las siete y media voy a empezar el tercero. Es el libro más precioso que haya visto. De veras, Papaíto, me es imposible pensar en otra cosa. Apenas si puedo contener mi impaciencia por las mañanas, mientras me visto y me desayuno para comenzar. Y entonces me pongo a trabajar y escribo, escribo y escribo, hasta que de pronto estoy tan cansada que me siento languidecer. Salgo entonces a corretear por el campo, acompañada de Colín (el nuevo perro ovejero) y voy juntando nuevas ideas para el trabajo del día siguiente. Es el libro más hermoso que usted haya visto..* ¡Oh, perdón, me parece que eso ya se lo dije antes! ¿Verdad que no me cree usted vanidosa, Papaíto?
    En realidad no lo soy, sólo que estoy ahora en la etapa del entusiasmo. Después tal vez me ataque el espíritu crítico y me ponga difícil y despreciativa. Aunque, en realidad, no lo creo. ¡Esta vez he escrito un libro verdadero! Espere hasta que pueda leerlo.
    Por espacio de un minuto voy a tratar de hablar de otra cosa. Creo que nunca le conté que en el mes de mayo pasado se casaron Amasai y Carrie. Siguen ambos trabajando aquí y, por lo que puede verse, el matrimonio los ha echado a perder por completo. Antes Carrie se reía cuando él ensuciaba los pisos con sus botas llenas de barro o cuando tiraba cenizas en el suelo. Pero ahora... ¡tendría que oírla protestar! Y ya no se riza más el pelo... En cuanto a Amasai, solía ser muy comedido y cortés cuando se trataba de sacudir alfombras o de alcanzar leña. Ahora gruñe en cuanto se le sugiere algo semejante. Antes se ponía corbatas rojas o violetas; ahora todas son de color oscuro... He resuelto no casarme nunca, pues encuentro que el matrimonio es un proceso que produce gran deterioro en el ser humano.
    No tengo muchas noticias de la granja. Los animales gozan todos de perfecta salud. Los cerdos están más gordos que nunca, las vacas parecen contentas y las gallinas ponen muy bien. ¿Le interesa la cría de gallinas? En ese caso, permítame recomendarle una pequeña obrita de valor incalculable: Doscientos huevos por gallina, por año. Pienso comprar una incubadora la primavera próxima y empezar a criar parrilleros. Como ve, estoy definitivamente instalada en Los Sauces. Decidí quedarme aquí hasta que escriba ciento catorce novelas como aquel escritor francés cuyo nombre ahora no recuerdo. Sólo entonces habré terminado el trabajo de mi vida y podré jubilarme... ¡y viajar! El señor James McBride pasó con nosotros el domingo último. Comimos pollo frito y helados y ambas cosas parecieron gustarle muchísimo. Tuve verdadero gusto en verlo y me recordó que el mundo existe fuera de Los Sauces. Al pobre Jimmie parece no irle muy bien con la venta de bonos. La Convención de Granjeros no quiso saber nada, pese a que pagan el seis por ciento de interés y en ocasiones hasta siete. Creo que acabará por regresar a Worcester y trabajar en la fábrica del padre. Es demasiado confiado, generoso y franco para llegar a ser nunca un financista de éxito. Pero ser gerente de una próspera fábrica de overoles no es ninguna posición despreciable, ¿no? Por ahora, él frunce la nariz cuando se los nombran, pero yo creo que al final tendrá que ir a parar a ellos.
    Espero que valore usted debidamente el mérito que significa recibir una larga carta de una persona que sufre el típico calambre de los escritores. Pero es que lo quiero mucho, Papaíto, y soy muy feliz aquí gracias a usted; no crea que lo olvido. Rodeada de paisajes hermosos, con comida en abundancia, una como4ísima cama de cuatro pilares, una resma de papel en blanco y medio litro de tinta,.. ¿qué más se puede ambicionar en el mundo?

    Suya, como siempre,
    Judy


    27 de agosto

    Querido Papaíto-Piernas-Largas:

    Me pregunto dónde está usted en este momento.
    Nunca puedo ubicarlo en el mundo en un momento determinado, pero tengo esperanzas de que no esté en Nueva York con estos calores espantosos. Espero que se encuentre en la cima de una montaña (aunque no en Suiza sino en algún lugar más cercano), mirando la nieve y pensando en mí. Me siento muy sola, Papaíto, y necesito que alguien piense en mi humilde persona. ¡Ojalá nos conociéramos! Así, cuando uno de los dos se sintiera desdichado, el otro podría consolarlo y devolverle la alegría.
    Me parece que no voy a aguantar mucho tiempo más en Los Sauces. Ya estoy pensando en mudarme. Sallie piensa hacer obra social en Boston en invierno próximo. ¿No le parece que sería fantástico que yo fuera con ella y alquiláramos juntas un departamento? Yo podría escribir mientras Sallie "socializa", y tendríamos la noche para estar juntas. Las noches son muy largas cuando no hay nadie con quien conversar salvo la señora Semple, Carrie y Amasai. Sé de antemano que no le va a gustar nada la idea del departamentito y, desde ya, veo la nota que me va a enviar su secretario:
    "Señorita Jerusha Abbott "Muy señora mía:
    "El señor Smith prefiere que permanezca usted en Los Sauces.
    "De usted, sinceramente, Elmer H. Griggs."
    Odio a su secretario. Tengo la seguridad de que un hombre llamado Elmer H. Griggs tiene que ser horrendo.
    Sinceramente, Papaíto, creo que tendré que irme a Boston. No me puedo quedar más aquí. Si no pasa algo pronto, soy capaz de arrojarme al pozo del silo de puro desesperada.
    ¡Y hace un calor! El pasto se ha quemado todo, los arroyos están completamente secos y los caminos son una polvareda total. Hace muchas semanas que no llueve.
    Esta carta da la sensación de que yo padeciera de hidrofobia, pero no es eso lo que me pasa, sino que necesito... una familia.
    Adiós, Papaíto querido. Ojalá lo conociera.
    Judy


    Los Sauces, 19 de septiembre

    Querido Papaíto:

    Ha pasado algo y necesito su consejo. Y necesito que ese consejo me lo dé usted y nadie más que usted.
    Es mucho más fácil hablar que escribir. Además, siempre creo que su secretario lee mis cartas.

    Judy

    P. D. Soy muy desgraciada.
     
  3. Clause

    Clause Claudia

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    ARTE DE LA DISCUSIÓN EN EL BARRIO DE FLORES
    Alejandro Dolina
    ..Como decían los chinos, en este mundo la certeza no es más que una ilusión. Nadie puede estar seguro de nada. Todo juicio puede ser falso, incluso éste.
    Y el ejercicio de la inteligencia no alcanza a aclarar las cosas. Más bien puede decirse que las complica.
    Todo esto produce en los paisanos un cierto desasosiego: uno recorre la vida buscando alguna verdad y apenas si encuentra señales confusas. De lo absoluto, ni la sombra.
    Así, de tanto andar entre fantasmagorías, algunos pensadores llegaron a sospechar que el propósito final del universo es el engaño.
    Sin embargo, conviene imaginar lo espantosa que sería la vida sin la existencia de asuntos dudosos. Un mundo con respuestas para todo sería también un mundo sin preguntas. Y también sin esperanzas ni sueños.
    En otras palabras: es sólo en el terreno de la incertidumbre donde nos está permitido macanear libremente.

    Los espíritus obtusos del barrio de Flores comprendieron bastante bien estas ideas. Llegaron a descubrir que la razón permite sostener opiniones opuestas con idéntica destreza. Y con juvenil asombro pasaban las horas jugando a discutir.
    Pero lo que empezó como un juego se convirtió con el tiempo en una verdadera obsesión. Sucedió que algunos hombres adquirieron una habilidad superior para argumentar. Las técnicas se fueron perfeccionando y finalmente un pequeño grupo de personas alcanzó una solvencia polémica que estaba muy por encima de los modestos retruques de la gente sencilla.
    De allí nace el Círculo de Discutidores Profesionales, una entidad que marcó rumbos en la zona y que funcionaba en un salón de la calle Bogotá.
    El propósito fundamental del Círculo fue poner un poco de orden y concierto en las discusiones montaraces. Se editaron folletos con consejos y recomendaciones, se impartieron clases y se realizaron excursiones a barrios hostiles, como Colegiales para discutir como visitantes y vivir nuevas experiencias.
    Sin embargo, la institución logró fama y renombre gracias a las espectaculares Mesas Redondas de los Sábados que se realizaban en su sede y que atraían no sólo a grandes polemistas, sino también a sus hinchadas.
    El procedimiento corriente era elegir un tema de discusión y luego sortear las posiciones a sostener por cada uno de los participantes.
    A veces, en medio del debate, se obligaba a los discutidores a cambiar de bando. Esto producía un efecto muy atrayente. Y así, el que había defendido les derechos de la mujer en el mundo moderno, pasaba a refutarse a sí mismo y clamaba por el confinamiento femenino en la cocina y sus aledaños. Se podía tener razón las dos veces, o ninguna.
    Al principio, los temas de las Mesas Redondas eran más o menos previsibles: ¿Es el suicida un cobarde? ¿Pueden ser amigos el hombre y la mujer? ¿Importa más la forma o el contenido? ¿Librecambismo o proteccionismo?
    Más adelante el público se aburrió de estas cuestiones vulgares y exigió el examen de asuntos más arduos: ¿,Medialunas de grasa o de manteca? ¿Es mejor el colectivo o el tren? ¿Frío o calor? ¿Rubias o morochas?
    En los años dorados del barrio del Ángel Gris, el salón de la calle Bogotá conoció verdaderos colosos.
    Aquel olímpico doctor Arnaldo Garcete, que citaba autores y tratadistas en catorce idiomas, la mayoría de ellos absolutamente desconocidos para él. Garcete llegó a formular sus argumentaciones en versos rimados, hábito que fue abandonando pues advirtió que su apellido era una enorme ventaja para sus adversarios.
    El abogado Hugo Varsky basaba su técnica en la gesticulación. Mientras exponían los otros, movía el dedo y la cabeza en señal negativa y con eso desalentaba a cualquiera. Llegado su turno, marcaba el compás de sus disertaciones con golpes de puño sobre la mesa, de modo que sus palabras parecían escritas en rojo. E1 ritmo de sus puñetazos iba en ascenso hasta culminar en una especie de candombe que impedía oír lo que estaba diciendo, pero que dejaba una sensación de triunfo inapelable.
    Famoso fue también el boticario Antonio Carrozzi, que apoyaba sus razones en el testimonio ajeno. Casi siempre se remitía a testigos ausentes o simplemente muertos: "Ahí está el finado Menéndez que no me deja mentir”. Y nadie se atrevía a contradecirlo.
    Más temible aún era Andrés Guzmán, hombre de pocos argumentos pero de fuerte pegada. Generalmente cerraba las discusiones con frases tales como: "Yo le voy a dar dimensión ontológica, pelandrún". Y se acababan las discrepancias.
    Hubo muchos otros... Rodolfo C. Pagani, el mago de los silencios; el gritón Frustaci, que aturdía con sus reflexiones; el viejo Vitale, que iba a menos por cortesía o el timorato Ernesto Cipolla, que daba la razón a todos y repetía lo que había dicho el último en hablar.
    Como ocurre casi siempre, la preocupación por la victoria a cualquier precio deslucía las competencias. Los más tramposos pusieron su ingenio al servicio de las zancadillas y las maniobras malintencionadas.
    El propio Manuel Mandeb, que solía asistir al Circulo como espectador, propuso un reglamento en el que se prohibían ciertos recursos infames. El polígrafo de Flores los clasificó y les dio nombre. Veamos algunos.

    RECURSO DE LA DEFINICION SOLICITADA

    Consiste en pedir al expositor que defina cada una de las palabras que dice. Por ejemplo alguien declara:
    A los niños hay que tratarlos con bondad.
    El tramposo dirá entonces:
    Depende de lo que entienda usted por bondad.
    Se puede continuar indefinidamente, solicitando ante cada respuesta nuevas definiciones.

    RECURSO DEL EJEMPLO CERCANO

    Se trata de pretender que un caso particular constituye una regla general.
    Todos los niños son unos papanatas. Ahí lo tiene usted a mi sobrino.
    Lo peor de esta jugada es que permite al adversario defenderse con un ejemplo contrario:
    Sin embargo, el hermano de mi novia es una lumbrera.
    Generalmente el debate queda reducido a un mutuo tiroteo de ejemplos y hay pocas cosas tan aburridas.

    RECURSO DEL CAMBIO DE TEMA

    Hay mil maneras de conseguirlo. Desde elogiar la corbata del contrincante hasta cuestionar la pronunciación de una palabra cualquiera. Así, la discusión versará sobre corbatas, pronunciaciones o lo que el tramposo quiera.

    RECURSO DE LA DESAUTORIZACION MORAL

    Consiste en hacer creer que los defectos personales de alguien se transmiten a sus argumentos. Por ejemplo:
    ¿Qué me viene con gnoseología, usted que es un borracho perdido?
    Los razonamientos pueden ser expuestos por un canalla o un santo, sin ser por ello ni más ni menos veraces. Sin embargo ésta es una de las trampas más difundidas en este juego.

    RECURSO EXTREMO BUSCANDO UN ACUERDO

    Lo usan los tramposos cuando se ven perdidos. Se trata de mimetizar la opinión propia con la del adversario.
    Al final estamos diciendo lo mismo, pero con distintas palabras.
    Al oír esta última frase, puede pensarse que a veces ocurre algo mucho más peligroso: decir cosas diferentes con las mismas palabras.
    El recurso extremo puede usarse también en su variante "Finíshela":
    Mire, ni yo lo voy a convencer a usted ni usted me va a convencer a mí.

    RECURSO DE LA METAFORA COMO ARGUMENTO

    Consiste en atribuir rigor científico a las comparaciones poéticas. Alguien dice:
    El país es como una casa y hay que construirlo desde los cimientos.
    Si uno toma demasiado en serio esta afirmación, podrá seguir hablando de techos, paredes, puertas y ventanas, para terminar diciendo que nuestra salvación está en manos de los albañiles.
    Mandeb denuncia en su trabajo más de setenta maniobras y trampas. Los directivos del Círculo nunca le hicieron mucho caso y hasta el día de hoy los recursos antedichos se siguen usando con total impunidad.
    Las Mesas Redondas de los Sábados siempre tuvieron una gravísima dificultad. Resultaba muy difícil establecer quién era el ganador. Se utilizaron muchos sistemas diferentes: jueces, jurados, puntajes, aplausos. Ninguno funcionó, pues invariablemente los resultados eran discutidos por los perdedores.
    Los más sabios sugirieron entonces que no era necesario buscar un ganador. Para ellos el fin de la discusión era llegar a una conclusión positiva, a acuñar un juicio definitivo sobre el tema central de la polémica. Este disparate tuvo bastante aceptación, aunque las dificultades para redactar la conclusión eran las mismas que para consagrar a un ganador.
    Alguien que confundía la voluntad con la realidad propuso someter las cuestiones a Votación. El aplauso de los demócratas saludó la propuesta y así una noche de verano se resolvió por 11 votos contra 4 que la capital de Suiza es Oslo. El aserto fue admitido también por los que perdieron, quienes juraron sostener hasta la muerte aquella conclusión por más que se quejarán suizos y noruegos.
    Estas coincidencias no le gustaban al público, que las sentía como aflojadas. Las muchedumbres exigían un poco de encono y al no encontrarlo se fueron alejando de la calle Bogotá.
    Para peor entró en escena la Comisión de Comedidos y Componedores, unos individuos que recorrían la barriada para meterse a separar en las broncas. Hartos de que los molieran a palos, trataron de evitar, ya que no las peleas callejeras, al menos las discusiones del Círculo. Para lograrlo apelaron al viejo cuento de la tesis, la antítesis y la síntesis.
    La acción de estos pisaverdes precipitó la decadencia de las Mesas Redondas. El Círculo de Discutidores alcanzó a sobrevivir algún tiempo gracias a la venta de opiniones y argumentos. Como podrá suponerse, el surtido era enorme y la demanda también. Los mejores clientes fueron los actores, cantantes, bailarinas, recitadores y peluqueros de ésos que van a la televisión a hablar de aquello que ignoran.
    Agotado su stock, el Círculo se cerró para siempre.
    Contra lo que puede suponerse, los Hombres Sensibles de Flores tuvieron cierta simpatía por los Discutidores. Las polémicas enseñaban que existen razones perfectas para afirmar cualquier cosa, cierta o falsa. Y los muchachos del Ángel Gris pensaron que ésta era una gran lección. No para ellos, desde luego, sino para las gentes incautas. Los Hombres Sensibles supieron siempre que las verdades hay que buscarlas con el corazón. Por estas verdades del sentimiento vale la pena morir. Las otras son apenas fichas de un juego interesante.
    Por ahí andan los hombres sin corazón diciendo que ninguna causa merece que uno muera por ella. Tienen razón en su mundo pequeño de teoremas. ¿Quién se hará degollar para defender el principio de Arquímedes?
    Dejemos a los nuevos Discutidores que se diviertan con sus argumentos. No está mal para una tarde de lluvia. Pero recordemos siempre que fuera del salón está la vida con sus pasiones, sus héroes, sus canallas, sus mártires, sus puñales y sus muertes. Y el Destino no entiende razones. Buenas noches.

    De “Crónicas del Ángel Gris”
     
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    El reino de los beodos

    Tuvo un reino una vez tantos beodos,
    que se puede decir que lo eran todos,
    en el cual por ley justa se previno:
    -Ninguno cate el vino.-
    Con júbilo el mas loco
    aplaudióse la ley, por costar póco:
    acatarla después, ya es otro paso;
    pero en fin, es el caso
    que la dieron un sesgo muy distinto,
    creyendo que vedaba sólo el tinto,
    y del modo más franco
    se achisparon después con vino blanco.
    Extrañado que el pueblo no la entienda.
    El Senado a la ley pone una enmienda,
    y a aquello de: Ninguno cate el vino,
    añadió, blanco, al parecer, con tino.
    Respetando la enmienda el populacho,
    volvió con vino tinto a estar borracho,
    creyendo por instinto ¡mas qué instinto!
    que el privado en tal caso no era el tinto.
    Corrido ya el Senado,
    en la segunda enmienda, de contado
    -Ninguno cate el vino,
    sea blanco, sea tinto,- les previno;
    y el pueblo, por salir del nuevo atranco,
    con vino tinto entonces mezcló el blanco;
    hallando otra evasión de esta manera,
    pues ni blanco ni tinto entonces era.
    Tercera vez burlado,
    -<No es eso, no señor,> dijo el Senado;
    <o el pueblo es muy zoquete, o muy ladino:
    se prohibe mezclar vino con vino>-
    Mas ¡cuánto un pueblo rebelado fragua!
    ¿Creeis que luégo lo mezcló con agua?
    Dejando entonces el Senado el puesto,
    de ese modo al cesar dió un manifiesto:
    La ley es red, en la que siempre se halla
    descompuesta una malla,
    por donde el ruín que en su razón no fía,
    se evade suspicaz... ¡Qué bien decía!
    Y en lo demás colijo
    que debiera decir, si no lo dijo:
    Jamás la ley enfrena
    al que a su infamia su malicia iguala:
    si se ha de obedecer, la mala es buena;
    mas si se ha de eludir, la buena es mala.



    D. Ramón de Campoamor
     
  5. Clause

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    HUMORADAS


    Busqué la ciencia, y me enseño el vacío.
    Logré el amor, y conquisté el hastío.
    ¡Quién de su pecho desterrar pudiera,
    la duda, nuestra eterna compañera!.
    ¿Qué es preciso tener en la existencia?
    Fuerza en el alma y paz en la conciencia.
    No tengáis duda alguna:
    felicidad suprema no hay ninguna.
    Aunque tú por modestia no lo creas,
    las flores en tu sien parecen feas.
    Te pintaré en un cantar
    la rueda de la existencia:
    Pecar, hacer penitencia
    y, luego, vuelta a empezar.
    En este mundo traidor,
    nada es verdad, ni mentira,
    Todo es según el color
    del cristal con que se mira.

    Ramón de Campoamor
     
  6. Clause

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

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    Los Sauces, 3 de octubre

    Querido Papaíto-Piernas-Largas:

    Esta mañana me llegó su notita, escrita por su propia mano (y una mano bastante temblorosa). ¡Cuánto siento que haya estado enfermo! De haberlo sabido, no lo habría molestado con mis asuntos privados. Sí, naturalmente que le contaré de qué se trata. Pero es un asunto complicado... y muy reservado. Por favor, no conserve usted esta carta. ¡Quémela!
    Antes de empezar, aquí va un cheque de mil dólares. Parece raro que yo le envíe dinero a usted, ¿verdad? ¿De dónde cree que he sacado esa suma? Pues he vendido mi libro, Papaíto. Lo van a publicar en una serie de siete partes y luego, en forma de libro. Usted creerá que estoy loca de alegría, pero no es así. El asunto me ha dejado completamente apática. De lo que realmente me alegro es de poder empezar a pagarle. Todavía le debo como otros dos mil... Ya llegarán, a plazos. Por favor, no se ponga pesado y no trate de rehusarlos, porque me hace muy feliz devolverle esos importes. En realidad le debo mucho más que dinero, y eso seguiré pagándoselo toda mi vida con gratitud y cariño.
    Y ahora, Papaíto... al otro asunto. Por favor, déme usted el consejo que crea más eficaz, le parezca o no que me vaya a gustar.
    Usted sabe muy bien que siempre tuve un sentimiento muy especial para con usted, ya que representaba para mí toda mi familia, pero... ¿verdad que no le va a importar si le digo que tengo un sentimiento mucho más especial para con otro hombre? No le dará mucho trabajo adivinar de quién se trata. Me parece que hace bastante tiempo que mis cartas están llenas del niño Jervie.
    Ojalá pudiera hacerle comprender a usted cómo es, y lo buen compañero que es para mí. Pensamos igual sobre casi todas las cosas... Aunque sospecho que yo tengo tendencia a rehacer mis ideas para que concuerden con las suyas. Pero es que siempre tiene razón en lo que piensa, y así corresponde que sea, ya que me lleva catorce años de ventaja. En ciertas cosas, sin embargo, no es más que un muchachote grande y necesita que lo cuiden. No tiene la menor precaución respecto de su salud, por ejemplo, y siempre hay que estar recomendándole que se ponga las galochas cuando llueve... En cuanto al sentido del humor, coincidimos de un modo asombroso. Siempre nos parecen graciosas exactamente las mismas cosas. ¡Y eso tiene tanta importancia en la vida! Es horrible cuando dos personas discrepan en su sentido humorístico. No creo que sea posible salvar semejante abismo entre dos seres.
    Además, es... Bueno, es sólo él; con eso queda todo dicho, y lo extraño como loca. Mucho más de lo que puedo expresarle. Parece como si todo el mundo estuviera vacío y doliente. Odio la luz de la luna porque él no está conmigo para que la admiremos juntos. Tal vez no necesito explicarle nada, ya que probablemente usted también ha estado enamorado alguna vez y sabrá todo lo que uno siente. Si es así, no necesito explicárselo. Si nunca estuvo enamorado, de nada vale que se lo explique.
    Así son en verdad las cosas. Y sin embargo, me negué a casarme con él.
    No le quise decir por qué me negaba. Sólo me quedé sentada y muda, sintiéndome muy desdichada, y él se marchó creyendo que me quiero casar con Jimmie McBride, cosa que jamás se me ocurriría. Jimmie ni siquiera terminó de crecer... Después, el niño Jervie y yo nos hundimos en un mar de desentendidos, lastimándonos recíprocamente los sentimientos más hondos. A usted sí puedo decirle por qué lo rechacé: no por no quererlo bastante, sino por quererlo demasiado. Tuve miedo de que más adelante fuera a lamentarlo... y eso no lo podría soportar. No me pareció bien que una persona con mi falta de antecedentes familiares se una a una familia como la suya, ¡que tiene tantos! Nunca le dije nada a él acerca del asilo de huérfanos y me pareció detestable tener que explicarle que ni siquiera sé quién soy. Mi origen puede ser espantoso, y su familia tiene mucho orgullo. Sin contar con que el mío es también muy considerable.
    Otro inconveniente es que me siento en cierto modo atada a usted. Después de haberme educado para que sea escritora, lo menos que puedo hacer es tratar de serlo; no sería justo haber aceptado la educación que usted me brindó y luego mandarme a mudar sin utilizarla. Por más que, ahora que empecé a estar en condiciones de devolverle ese dinero invertido, me siento como si ya hubiera pagado en parte esa deuda. Además, supongo que podría continuar escribiendo si me casara... Las dos profesiones no son forzosamente excluyentes.
    Me vuelvo loca pensando en estas cosas. Es cierto que él es socialista y tiene ideas poco convencionales; es posible que no le importe tanto como a otros hombres casarse con un miembro del proletariado. Quizá cuando dos personas están en perfecto acuerdo, siempre felices cuando se encuentran juntos y tristes cuando se separan, no deberían dejar que nada en el mundo pudiera apartarlos. Por supuesto, eso es lo que yo quiero creer. ¿Pero es correcto este pensamiento? Todas estas ideas encontradas me están trastornando. Por eso deseo su opinión desapasionada. Es lo más probable que usted pertenezca a una familia igual a la de él y va a saber mirar este asunto desde un punto de vista mundano y no solamente desde el ángulo humano y de la comprensión de los sentimientos ajenos. En realidad, soy muy valiente al exponerle a usted el asunto para que lo solucione, siendo que puede resolverlo en mi contra.
    Supongamos que voy y le explico que la dificultad no es en modo alguno Jimmie, sino el asilo John Grier. ¿Le parece que eso estaría bien o no? Sé que se necesitaría para ello mucho coraje... Tanto, que casi preferiría seguir siendo desdichada por el resto de mi vida.
    Hace ya dos meses que sucedió todo esto. Y no he vuelto a recibir una sola palabra después de que él estuvo aquí. Ya me estaba aclimatando a vivir con el corazón destrozado, cuando una carta de Julia vino a desbaratar de nuevo todo mi estoicismo. Me dice, como al pasar, que a "tío Jervis" lo sorprendió una tormenta mientras cazaba en el Canadá y que se quedó afuera toda la noche, pescándose una pulmonía que todavía lo tiene mal. ¡Y yo sin saberlo! ¡Sintiéndome resentida con él por haberse esfumado así, sin una palabra! Estoy segura de que sufre y se siente desdichado. Por mi parte, estoy segura de que yo también lo estoy.
    ¿Que cree usted que es lo mejor que debo y puedo hacer?
    Judy



    6 de octubre

    Queridísimo Papaíto-Piernas-Largas:

    Naturalmente que iré a verlo: a las cuatro y media del próximo miércoles. ¡Claro que no me voy a perder! Estuve tres veces en Nueva York y no soy precisamente una nena.
    No puedo convencerme de que realmente lo voy a conocer. Hace tanto tiempo que lo imagino, que ya me parece imposible que sea usted una persona concreta, de carne y hueso. Es usted muy bueno, Papaíto, de tomarse tanto trabajo por mí cuando no se siente muy bien. ¡Mucho cuidado con tomar frío! Estas lluvias de otoño suelen ser muy dañinas.
    Afectuosamente,
    Judy

    P. D. Acaba de asaltarme una idea horrible. ¿Tiene usted mayordomo? Siempre les tuve mucho miedo a los mayordomos, y si uno de esos señores me abre la puerta de su casa, sé que me voy a desmayar en el umbral. ¿Qué le voy a decir? ¿Tengo que preguntarle por el señor Smith?


    Jueves por la mañana

    Mi muy queridísimo niño Jervie-Papaíto-Piernas-Largas-Pendleton Smith:

    ¿Dormiste bien anoche? Yo no pude pegar un ojo. Estaba demasiado atónita, demasiado confundida, demasiado emocionada y demasiado feliz; tengo la sensación de que ya no volveré a dormir nunca más, ni a comer tampoco. Pero tú debes dormir, queridísimo. Es preciso que te pongas fuerte lo más pronto posible para venir a reunirte conmigo. Mi hombre querido, no puedo soportar la idea de lo enfermo que has estado y yo sin enterarme. Cuando el doctor me acompañó ayer hasta el coche, me dijo que durante tres días te habían desahuciado. ¡Dios mío!... Si no te hubiera recobrado, la luz habría desaparecido para mí. Me imagino que algún día, en un futuro muy lejano, uno de los dos deberá dejar al otro; pero por lo menos entonces habremos disfrutado ya de nuestra felicidad y nos quedarán los recuerdos para seguir viviendo.
    Mi intención era levantarte el ánimo, pero resulta que soy yo la que necesita que me reanimen. Porque, a pesar de lo feliz que me siento, en cierto sentido también estoy más sosegada y más seria. El temor de que pueda llegar a sucederte algo malo echa una sombra sobre mi alegría. Antes podía ser frívola, despreocupada e indiferente, porque no tenía nada precioso que perder. En cambio ahora... Ahora me acosará siempre La Gran Preocupación, por todo el resto de mi vida.
    En cuanto te apartes de mí un segundo estaré pensando en todos los automóviles que pueden pisarte, en todos los letreros que te pueden caer en la cabeza y en todos los microbios que puedes tragarte. Mi paz espiritual ha desaparecido para siempre. Pero lo cierto es que nunca me importó demasiado tener paz.
    Por favor, mejórate pronto, pronto, pronto... Quiero tenerte lo antes posible cerca de mí para tocarte y convencerme de que eres palpable y concreto. Fue tan breve la media horita que pasamos juntos, que a veces pienso si no la habré soñado. Si yo fuese un miembro de tu familia, algo así como una prima lejana en cuarto o quinto grado, podría con toda propiedad ir a visitarte todos los días y leerte en voz alta y acomodarte las almohadas y alisarte esas dos arruguitas de la frente y hacerte sonreír... con tu linda y alegre sonrisa.
    Aunque creo que ahora estás alegre de nuevo, ¿no? Ayer lo estabas, antes de que yo me fuera. El doctor dijo que debía ser buena enfermera, ya que tú parecías diez años más joven. Espero que estar enamorado no le quite a todo el mundo diez años de encima... ¿Me querrías lo mismo, querido, si resultara que no tengo más que once años?
    Ayer fue el día más maravilloso desde que el mundo es mundo. Aunque llegue a los noventa años, no olvidaré ni el detalle más insignificante. La muchacha que salió de Los Sauces a la madrugada era una persona muy distinta de la que regresó por la noche.
    La señora Semple me había llamado a las cuatro y media de la mañana. Comencé a vestirme a oscuras sin poder dejar de pensar: "¡Voy a conocer a Papaíto-Piernas-Largas!". Me desayuné en la cocina a la luz de una vela y luego hice diez kilómetros hasta la estación en el sulky, con un paisaje bellísimo de colores otoñales.
    A mitad de camino salió el sol y tanto los arces como los cornejos tomaron tonalidades rojas y anaranjadas, mientras las paredes y rocas brillaban con la helada. El aire estaba fresco y penetrante, muy promisorio. Yo sabía que en el curso del día iba a suceder algo importante. Mientras avanzaba en el tren, el ruido de los rieles parecía repetirme: "Vas a conocer a tu Papaíto-Piernas-Largas". Me hacía sentir segura, tanta fe tenía en la habilidad de Papaíto para arreglar las cosas. Y sabía que, en otra parte, otro hombre más querido aún que Papaíto, también quería verme y presentía que antes de que aquel viaje terminara lo iba a ver a él también... Y ya ves cómo así fue, exactamente.
    Cuando llegué a la casa de la avenida Madison me pareció tan grande, oscura e imponente, que no me atrevía a entrar, de modo que di la vuelta a la manzana para cobrar valor. Pero no tenía por qué tener miedo. Tu mayordomo es un viejo tan paternal y encantador que me puso cómoda en seguida.
    —¿Usted es la señorita Abbott? —me preguntó.
    —Sí —le dije, sin tener que mencionar para nada al señor Smith. Me hizo esperar en la sala, que me pareció grande y sombría, como cuarto típicamente masculino, aunque magnífica. Sentada en el borde de un gran sillón, no podía pensar más que:
    "¡Voy a conocer a Papaíto-Piernas-Largas!... ¡Voy a conocer a Papaíto-Piernas-Largas!..."
    Después, volvió el sirviente y me pidió que pasara a la biblioteca. Estaba tan emocionada, que parecía como si los pies no quisieran llevarme. Al llegar a la puerta, se volvió y me dijo por lo bajo:
    —Ha estado muy enfermo, señorita, y hoy es el primer día que le permiten sentarse fuera de la cama... ¿Verdad que no se quedará usted mucho para no excitarlo?
    Por el modo como me dijo esas palabras comprendí que te quiere mucho y me pareció un tesoro de viejo.
    Luego golpeó a la puerta y anunció:
    —La señorita Abbott. —Y al entrar yo, él cerró la puerta tras de mí.
    La luz era tan tenue, comparada con la del hall iluminado, que apenas si pude distinguir nada en el primer momento; por fin, vi un gran sillón frente al fuego y una mesa de té, brillante de platería, con una sillita al lado. Y me di cuenta de que en el sillón había un hombre recostado en varios almohadones y con una manta sobre las rodillas. Antes de que pudiera impedírselo, el hombre se levantó, algo tembloroso, y trató de serenarse apoyándose en el respaldo del sillón. Me miró sin decir una palabra. Y entonces... sólo entonces, ¡me di cuenta de que eras tú! Aún así, no podía entender. Llegué a creer que Papaíto te había llevado allí para sorprenderme...
    En ese momento te echaste a reír y extendiste la mano, diciendo;
    —Mi pequeña Judy, ¿no pudiste adivinar que tu Papaíto-Piernas-Largas era yo?
    En un instante me iluminé, pero, por Dios, ¡qué tonta he sido! Mil cosas pudieron habérmelo indicado si hubiera tenido la cabeza bien puesta. No sería yo buena detective, ¿eh Papaíto?... Jervie... ¿Cómo tengo que llamarte? Jervie a secas parece irrespetuoso y no puedo ser irrespetuosa con mi Papaíto...
    Fue una media hora deliciosa la que pasamos, hasta que vino tu médico y me echó. Cuando llegué a la estación, estaba tan aturdida que casi tomo el tren para St. Louis... Tú también estabas ofuscado, tanto, que te olvidaste de convidarme siquiera con un té. Pero fuimos muy felices, ¿verdad?
    El viaje de regreso a Los Sauces fue con noche cerrada, pero ¡cómo brillaban las estrellas! Y esta mañana anduve visitando con Colín todos los lugares donde estuvimos juntos y recordando las cosas que dijiste y qué aspecto tenías cada vez. Los bosques están hoy de color bronce y en el aire se siente el frío de la helada. Hace tiempo bueno para trepar y ¡ojalá estuvieras aquí para subir conmigo por las colinas! Te extraño espantosamente, Jervie querido, pero es una nostalgia feliz; pronto estaremos juntos y ahora sí que nos pertenecemos sin duda alguna; nada de juegos de "hacer creer". Parece raro que yo pertenezca por fin a alguien, ¿no? Pero es una sensación muy, muy dulce. Y no dejaré que lo lamentes un solo instante.

    Tuya para siempre,
    Judy

    P. D. Ésta es la primera carta de amor que escribo en mi vida. ¿No es una maravilla que haya sabido cómo hacerlo?




    JEAN WEBSTER

    Jean Webster, cuyo verdadero nombre era Alice Jane Chandler Webster; nació en 1876 en Fredonia (Nueva York), EE.UU. En su familia ya existían importantes lazos con la literatura, pues era sobrina nieta del escritor Mark Twain, y además su padre era editor. Se licenció en Lengua Inglesa y Ciencias Económicas, y al finalizar sus estudios colaboró como escritora en diversas revistas.
    En su época de estudiante, había quedado muy impresionada durantes sus visitas a instituciones para carenciados y delincuentes, y varios de sus libros se verían influenciados por esta temática. En 1903 publicó su primer libro, When Patty Went to College, inspirado en sus propias experiencias escolares.
    De la lectura de Papaíto-Piernas-Largas (1912), y su continuación Mi querido enemigo (1914), se desprende el convencimiento de que los chicos con falta de recursos o privilegios también pueden tener éxito en la vida, si se les brinda una oportunidad. Este es el mensaje realista y esperanzado de una autora que se caracterizó por una disciplina literaria diligente y práctica.
    En Papaíto-Piernas-Largas nos encontramos con una huérfana que despierta el interés de un protector; y recibe así la ansiada educación a la cual nunca hubiera tenido opción. La autora se habría basado en la vida de su íntima amiga y compañera de clase, Adelaide Crapsey, para elaborar esta obra inmortal que fue escenificada en el teatro, traducida en todo el mundo e inmortalizada en el cine por Mary Pickford en 1918.
    Jean Webster se casó en 1915 y murió en 1916, a los cuarenta años, al dar a luz a una niña.


    FIN
     
  7. Clause

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    Isabel Allende Llona
    (Lima, 2 de agosto de 1942-), escritora y dramaturga chilena. Está considerada la más popular novelista iberoamericana. Ha vendido más de 51 millones de ejemplares y su trabajo ha sido traducido a más de 27 idiomas. También fue directora suplente de la revista Mampato. Hija de Tomás Allende, funcionario diplomático, y de Francisca Llona, y sobrina de Salvador Allende, presidente chileno (1970-1973). Isabel Allende es de ascendencia vasca por padre y de ascendencia vasca y portuguesa por parte materna.

    Nació en Lima mientras su padre se desempeñaba como embajador de Chile en el Perú. Sus padres se separaron en 1945, y su madre retornaba a Chile con ella y sus dos hermanos donde vivió hasta 1953.

    Entre 1953 y 1958, su familia residió mucho sucesivamente en Bolivia y Beirut (Líbano). En Bolivia frecuentó una escuela grande estadounidense y en Beirut estudió en un colegio normal privado inglés. En 1958 retornó a Chile y se reencontró con Miguel Frías, con quien contrajo matrimonio en 1962.

    Desde 1959 hasta 1965 trabajó en la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en Santiago de Chile. En 1963 nació su hija Paula. Los años siguientes pasó largas temporadas en Europa, residiendo especialmente en Bruselas y Suiza. De retorno a Chile en 1966, nació su hijo Nicolás.

    A partir de 1967 tomó parte en la redacción de la revista Paula, al tiempo que publicó una gran cantidad de artículos sobre diversos temas. Posteriormente realizó diversas colaboraciones para la revista infantil Mampato y publicó dos cuentos para niños (La abuela Panchita y Lauchas y lauchones) y una colección de artículos titulada Civilice a su troglodita; además trabajó en dos canales de televisión chilenos.

    En 1973 estrenó su obra de teatro El embajador. Ese mismo año, se produjo el golpe de Estado encabezado por el General Pinochet, en el que se suicida el presidente Salvador Allende (tío de Isabel). En 1975 se autoexilió con su familia en Venezuela. Allí permaneció 13 años trabajando en el diario El Nacional de Caracas y en una escuela secundaria hasta 1982, y publicó su primera obra teatral, La casa de los siete espejos (1975).

    En 1981, teniendo su abuelo 99 años y estando el mismo a las puertas de la muerte, comenzó a escribirle una carta que se convirtió en un manuscrito: La casa de los espíritus (1982), su primera novela y su obra más conocida. Ésta suscitó un gran interés y más tarde fue adaptada al cine (por Bille August) y al teatro.

    En 1984, publicó De amor y de sombra, la que rápidamente se convirtió en otro gran éxito y que también fue llevada al cine. Los viajes constantes que emprendió promocionando sus libros hicieron que su matrimonio con Frías llegara a término. Divorciada de su marido, se casó con Willie Gordon el 7 de julio de 1988 en San Francisco.

    En 1988, concurrió a votar en el plebiscito que hizo dimitir al presidente Pinochet. En 1990, con el retorno de la democracia en Chile, fue distinguida con el premio Gabriela Mistral por el presidente Patricio Aylwin.


    En 1992 muere Paula, su hija de 28 años , a causa de una enfermedad llamada porfiria, que la dejó en coma en una clínica de Madrid. La dolorosa experiencia la impulsa a escribir "Paula", libro autobiográfico epistolar donde relata como fue su niñez, juventud hasta llegar a la época del exilio.


    Actualmente reside en San Rafael, (California). Ha sido distinguida en la Academia de Artes y Letras de Estados Unidos.y su lema es"dejen volar su imaginacion y escriban la necesario..

    En el plano literario confiesa que cuando comienza a escribir ella genera un lugar, una época y los personajes y la historia se van dando por sí solos, es decir, no tiene un plan inicial con todas las acciones. Varios de sus libros han nacido de cartas o reflexiones personales; sus primeros libros, La casa de los espíritus y Paula, son ejemplos de esto. Compuso Paula como un homenaje a su hija y, aunque muchos estudiosos catalogan la obra en el género autobiográfico, ella misma indica que es más como una "memoria" porque no es una biografía propiamente dicha sino una colección de recuerdos más cercana a la ficción que a la realidad, aunque ésta última la inspiró.

    El humor es parte de integral de sus escritos, ya sean periodísticos u obras literarias. Confiesa que se acostumbró a escribir de esta manera cuando era periodista y ahora, gracias a eso, puede ver la historia "detrás" de cada asunto, una visión alternativa.

    La ciudad de las bestias es su intento de llegar al público lector joven. Decidió escribirlo después de dos libros con bastante investigación histórica; este nuevo libro le daría un descanso y en él podría plasmar su imaginación de una manera más libre, ya que la ficción histórica siempre requiere mucho cuidado para atenerse a los hechos sucedidos.

    Cuando era periodista los demás eran su cuento; ella tenía derecho a tocar el timbre de una casa, meterse dentro y hacer preguntas, de que estaba autorizada para detener a un desconocido a media calle e interrogarlo acerca de cosas personales(pensamientos)

    Su obra ha sido clasificada en el movimiento literario conocido como Post-Boom, aunque algunos estudiosos prefieren el término "Novísima literatura". Este movimiento se caracteriza por la vuelta al realismo, una prosa más sencilla de leer pues se pierde la preocupación por crear nuevas formas de escribir (meta-literatura), el énfasis en la historia, la cultura local, entre otros.

    Si bien sus éxitos en ventas son arrolladores, la crítica literaria ha sido implacable con ella, considerándola escritora de subliteratura o meramente literatura comercial o, en el mejor de los casos, como una copia menor de Gabriel García Márquez. Harold Bloom (USA) sentenció que “Isabel Allende es una muy mala escritora y sólo refleja un período determinado. Elena Poniatowska (México) la colocó en el mismo saco con Angeles Mastretta y Laura Esquivel y dijo que las tres “entran en la literatura como fenómenos comerciales y hacen "literatura femenina". Roberto Bolaño (Chile) dijo sobre su compatriota: ”Me parece una mala escritora, simple y llanamente, y llamarla escritora es darle cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea una escritora, es una escribidora. Finalmente, Angélica Gorodischer señaló que las novelas de Allende solo alimentan estereotipos femeninos caducos, pero no aportan nada a nivel de literatura ni de género.
     
  8. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Y el próximo libro es de esta autora....
     
  9. Clause

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    Inés del Alma

    Isabel Allende

    Soy Inés Suárez, vecina de la leal
    ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura,
    en el Reino de Chile, en el año 1580 de Nuestro Señor.
    De la fecha exacta de mi nacimiento no estoy segura, pero,
    según mi madre, nací después de la hambruna y la tremenda
    pestilencia que asoló a España cuando murió Felipe el
    Hermoso. No creo que la muerte del rey provocara la peste,
    como decía la gente al ver pasar el cortejo fúnebre, que dejó
    flotando en el aire, durante días, un olor a almendras
    amargas, pero nunca se sabe. La reina Juana, aún joven y
    bella, recorrió Castilla durante más de dos años llevando de
    un lado a otro el catafalco, que abría de vez en cuando para
    besar los labios de su marido, con la esperanza de que
    resucitara. A pesar de los ungüentos del embalsamador, el
    Hermoso hedía. Cuando yo vine al mundo, ya la infortunada
    reina, loca de atar, estaba recluida en el palacio de
    Tordesillas con el cadáver de su consorte; eso significa que
    tengo por lo menos setenta inviernos entre pecho y espalda y
    que antes de la Navidad he de morir. Podría decir que una
    gitana a orillas del río Jerte adivinó la fecha de mi muerte,
    pero sería una de esas falsedades que suelen plasmarse en los
    libros y que por estar impresas parecen ciertas. La gitana
    sólo me auguró una larga vida, lo que siempre dicen por una
    moneda. Es mi corazón atolondrado el que me anuncia la
    proximidad del fin. Siempre supe que moriría anciana, en paz
    y en mi cama, como todas las mujeres de mi familia; por eso
    no vacilé en enfrentar muchos peligros, puesto que nadie se
    despacha al otro mundo antes del momento señalado. «Tú te
    estarás muriendo de viejita no más, señoray», me
    tranquilizaba Catalina, en su afable castellano del Perú,
    cuando el porfiado galope de caballos que sentía en el pecho
    me lanzaba al suelo. Se me ha olvidado el nombre quechua de
    Catalina y ya es tarde para preguntárselo —la enterré en el
    patio de mi casa hace muchos años—, pero tengo plena
    seguridad de la precisión y veracidad de sus profecías.
    Catalina entró a mi servicio en la antigua ciudad del Cuzco,
    joya de los incas, en la época de Francisco Pizarro, aquel
    corajudo bastardo que, según dicen las lenguas sueltas,
    cuidaba cerdos en España y terminó convertido en marqués
    gobernador del Perú, agobiado por su ambición y por múltiples
    traiciones. Así son las ironías de este mundo nuevo de las
    Indias, donde no rigen las leyes de la tradición y todo es
    revoltura: santos y pecadores, blancos, negros, pardos,
    indios, mestizos, nobles y gañanes. Cualquiera puede hallarse
    en cadenas, marcado con un hierro al rojo, y que al día
    siguiente la fortuna, con un revés, lo eleve. He
    vivido más de cuarenta años en el Nuevo Mundo y
    todavía no me acostumbro al desorden, aunque yo misma
    me he beneficiado de él; si me hubiese quedado en mi
    pueblo natal, hoy sería una anciana pobre y ciega de
    tanto hacer encaje a la luz de un candil. Allá sería
    la Inés, costurera de la calle del Acueducto. Aquí
    soy doña Inés Suárez, señora muy principal, viuda del
    excelentísimo gobernador don Rodrigo de Quiroga,
    conquistadora y fundadora del Reino de Chile.
    Por lo menos setenta años tengo, como dije, y bien vividos,
    pero mi alma y mi corazón, atrapados todavía en los
    resquicios de la juventud, se preguntan qué diablos le
    sucedió al cuerpo. Al mirarme en el espejo de plata, primer
    regalo de Rodrigo cuando nos desposamos, no reconozco a esa
    abuela coronada de pelos blancos que me mira de vuelta.
    ¿Quién es esa que se burla de la verdadera Inés? La examino
    de cerca con la esperanza de encontrar en el fondo del espejo
    a la niña con trenzas y rodillas encostradas que una vez fui,
    a la joven que escapaba a los vergeles para hacer el amor a
    escondidas, a la mujer madura y apasionada que dormía
    abrazada a Rodrigo de Quiroga. Están allí, agazapadas, estoy
    segura, pero no logro vislumbrarlas. Ya no monto mi yegua, ya
    no llevo cota de malla ni espada, pero no es por falta de
    ánimo, que eso siempre me ha sobrado, sino por traición del
    cuerpo. Me faltan fuerzas, me duelen las coyunturas, tengo
    los huesos helados y la vista borrosa. Sin las gafas de
    escribano, que encargué al Perú, no podría escribir estas
    páginas. Quise acompañar a Rodrigo
    —a quien Dios tenga en su santo seno— en su última batalla
    contra la indiada mapuche, pero él no me lo permitió. «Estás
    muy vieja para eso, Inés», se rió. «Tanto como tú», respondí,
    aunque no era cierto, porque él tenía varios años menos que
    yo. Creíamos que no volveríamos a vernos, pero nos despedimos
    sin lágrimas, seguros de que nos reuniríamos en la otra vida.
    Supe hace tiempo que Rodrigo tenía los días contados, a pesar
    de que él hizo lo posible por disimularlo. Nunca le oí
    quejarse, aguantaba con los dientes apretados y sólo el sudor
    frío en su frente delataba el dolor. Partió al sur afiebrado,
    macilento, con una pústula supurante en una pierna que todos
    mis remedios y oraciones no lograron curar; iba a cumplir su
    deseo de morir como soldado en el bochinche del combate y no
    echado como anciano entre las sábanas de su lecho. Yo deseaba
    estar allí para sostenerle la cabeza en el instante final y
    agradecerle el amor que me prodigó durante nuestras largas
    vidas. «Mira, Inés —me dijo, señalando nuestros campos, que
    se extienden hasta los faldeos de la cordillera—. Todo esto y
    las almas de centenares de indios ha puesto Dios a nuestro
    cuidado. Así como mi obligación es combatir a los salvajes en
    la Araucanía, la tuya es proteger la hacienda y a nuestros
    encomendados.»
    La verdadera razón de partir solo era que no deseaba darme
    el triste espectáculo de su enfermedad, prefería ser
    recordado a caballo, al mando de sus bravos, combatiendo en
    la región sagrada al sur del río Bío-Bío, donde se han
    pertrechado las feroces huestes mapuche. Estaba en su derecho
    de capitán, por eso acepté sus órdenes como la esposa sumisa
    que nunca fui. Lo llevaron al campo de batalla en una hamaca,
    y allí su yerno, Martín Ruiz de Gamboa, lo amarró al caballo,
    como hicieron con el Cid Campeador, para aterrar con su sola
    presencia al enemigo. Se lanzó al frente de sus hombres como
    un enajenado, desafiando el peligro y con mi nombre en los
    labios, pero no encontró la muerte solicitada. Me lo trajeron
    de vuelta, muy enfermo, en un improvisado palanquín; la
    ponzoña del tumor había invadido su cuerpo. Otro hombre
    hubiese sucumbido mucho antes a los estragos de la enfermedad
    y el cansancio de la guerra, pero Rodrigo era fuerte. «Te amé
    desde el primer momento en que te vi y te amaré por toda la
    eternidad, Inés», me dijo en su agonía, y agregó que deseaba
    ser enterrado sin bulla y que ofrecieran treinta misas por el
    descanso de su alma. Vi a la Muerte, un poco borrosa, tal
    como veo las letras en este papel, pero inconfundible.
    Entonces te llamé, Isabel, para que me ayudaras a vestirlo,
    ya que Rodrigo era demasiado orgulloso para mostrar los
    destrozos de la enfermedad ante las criadas. Sólo a ti, su
    hija, y a mí, nos permitió colocarle la armadura completa y
    sus botas remachadas, luego lo sentamos en su sillón
    favorito, con su yelmo y su espada sobre las rodillas, para
    que recibiera los sacramentos de la Iglesia y partiera con
    entera dignidad, tal como había vivido. La Muerte, que no se
    había movido de su lado y aguardaba discretamente a que
    termináramos de prepararlo, lo envolvió en sus brazos
    maternales y luego me hizo una seña, para que me acercara a
    recibir el último aliento de mi marido. Me incliné sobre él y
    lo besé en la boca, un beso de amante. Murió en esta casa, en
    mis brazos, una tarde caliente de verano.
    No pude cumplir las instrucciones de Rodrigo de ser
    despedido sin bulla porque era el hombre más querido y
    respetado de Chile. La ciudad de Santiago se volcó entera a
    llorarlo, y de otras ciudades del reino llegaron incontables
    manifestaciones de pesar. Años antes la población había
    salido a las calles a celebrar con flores y salvas de arcabuz
    su nombramiento como gobernador. Le dimos sepultura, con las
    merecidas honras, en la iglesia de Nuestra Señora de las
    Mercedes, que él y yo hicimos erigir para gloria de la
    Santísima Virgen, y donde muy pronto descansarán también mis
    huesos. He legado suficiente dinero a los mercedarios para
    que dediquen una misa semanal durante trescientos años por el
    descanso del alma del noble hidalgo don Rodrigo de Quiroga,
    valiente soldado de España, adelantado, conquistador y dos
    veces gobernador del Reino de Chile, caballero de la Orden de
    Santiago, mi marido. Estos meses sin él han sido eternos.
    No debo anticiparme; si narro los hechos de mi vida sin
    rigor y concierto me perderé por el camino; una crónica ha de
    seguir el orden natural de los acontecimientos, aunque la
    memoria sea un revoltijo sin lógica. Escribo de noche, sobre
    la mesa de trabajo de Rodrigo, arropada en su manta de
    alpaca. Me cuida el cuarto Baltasar, bisnieto del perro que
    vino conmigo a Chile y me acompañó durante catorce años. Ese
    primer Baltasar murió en 1553, el mismo año en que mataron a
    Valdivia, pero me dejó a sus descendientes, todos enormes, de
    patas torpes y pelo duro. Esta casa es fría a pesar de las
    alfombras, cortinas, tapicerías y braseros que los criados
    mantienen llenos de carbones encendidos. A menudo te quejas,
    Isabel, de que aquí no se puede respirar de calor; debe de
    ser que el frío no está en el aire sino dentro de mí. Puedo
    anotar mis recuerdos y pensamientos con tinta y papel gracias
    al clérigo González de Marmolejo, quien se dio tiempo, entre
    su trabajo de evangelizar salvajes y consolar cristianos,
    para enseñarme a leer. Entonces era capellán, pero llegó a
    ser el primer obispo de Chile y también el hombre más rico de
    este reino, como contaré más adelante. Murió sin llevarse
    nada a la tumba, pero dejó el rastro de sus buenas acciones,
    que le valieron el amor de la gente. Al final, sólo se tiene
    lo que se ha dado, como decía Rodrigo, el más generoso de los
    hombres.
     
  10. mai^a

    mai^a My Garden

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Que bello!, que pasaje por la Historia
    nos hace Isabel allende en esta narración
    ... una maravilla clau!:razz: :razz: :razz:
     
  11. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    :razz: :razz: :razz: sabia que te gustaba! y como papaito termino,que mejor que empezar con este libro!!! :razz:
    :beso: :beso:
     
  12. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Inés del Alma
    Isabel allende

    Empecemos por el principio, por mis primeros recuerdos. Nací en
    Plasencia, en el norte de Extremadura, ciudad fronteriza, guerrera
    y religiosa. La casa de mi abuelo, donde me crié, quedaba a un
    tiro de piedra de la catedral, llamada La Vieja por cariño, ya que
    sólo data del siglo XIV. Crecí a la sombra de su extraña torre
    cubierta de escamas talladas. No he vuelto a ver la ancha muralla
    que protege la ciudad, la explanada de la plaza Mayor, sus
    callejuelas sombrías, los palacetes de piedra y las galerías de
    arcos, tampoco el pequeño solar de mi abuelo, donde todavía viven
    los nietos de mi hermana mayor. Mi abuelo, artesano ebanista de
    profesión, pertenecía a la cofradía de la Vera Cruz, honor muy por
    encima de su condición social. Establecida en el más antiguo
    convento de la ciudad, esa cofradía encabeza las procesiones en
    Semana Santa. Mi abuelo, vestido de hábito morado, con cíngulo
    amarillo y guantes blancos, era uno de los que llevaban la Santa
    Cruz. Había manchas de sangre en su túnica, sangre de los azotes
    que se aplicaba para compartir el sufrimiento de Cristo en su
    camino al Gólgota. En Semana Santa los postigos de las casas se
    cerraban, para expulsar la luz del sol, y la gente ayunaba y
    hablaba en susurros; la vida se reducía a rezos, suspiros,
    confesiones y sacrificios. Un Viernes Santo mi hermana Asunción,
    quien entonces tenía once años, amaneció con los estigmas de
    Cristo, horribles llagas abiertas en las palmas de las manos, y
    los ojos en blanco volteados hacia el cielo. Mi madre la trajo de
    regreso al mundo con un par de cachetadas y la curó con
    aplicaciones de telaraña en las manos y un régimen severo de
    tisanas de manzanilla. Asunción quedó encerrada en la casa hasta
    que cicatrizaron las heridas, y mi madre nos prohibió mencionar el
    asunto porque no quería que pasearan a su hija de iglesia en
    iglesia como fenómeno de feria. Asunción no era la única
    estigmatizada en la región, cada año en Semana Santa alguna niña
    padecía de algo similar, levitaba, exhalaba fragancia de rosas o
    le salían alas, y al punto se convertía en blanco del entusiasmo
    de los creyentes. Que yo recuerde, todas ellas terminaron de
    monjas en un convento, menos Asunción, que gracias a la precaución
    de mi madre y el silencio de la familia, se repuso del milagro sin
    consecuencias, se casó y tuvo varios hijos, entre ellos mi sobrina
    Constanza, quien aparece más adelante en este relato.
    Recuerdo las procesiones porque en una de ellas conocí a
    Juan, el hombre que habría de ser mi primer marido. Fue en
    1526, año de la boda de nuestro emperador Carlos V con su
    bella prima Isabel de Portugal, a quien habría de amar la
    vida entera, y el mismo año en que Solimán el Magnífico entró
    con sus tropas turcas hasta el centro mismo de Europa,
    amenazando a la cristiandad. Los rumores de las crueldades de
    los musulmanes aterrorizaban a la gente y ya nos parecía ver
    a esas hordas endemoniadas ante las murallas de Plasencia.
    Ese año el fervor religioso, azuzado por el miedo, llegó a la
    demencia. Yo iba en la procesión, mareada por el ayuno, el
    humo de las velas, el olor a sangre e incienso, el clamor de
    rezos y gemidos de los flagelantes, marchando como dormida
    detrás de mi familia. En medio del gentío de encapuchados y
    penitentes distinguí a Juan de inmediato. Habría sido
    imposible no verlo, era un palmo más alto que los demás y su
    cabeza asomaba por encima de la multitud. Tenía espaldas de
    guerrero, el cabello rizado y oscuro, la nariz romana y ojos
    de gato que devolvieron mi mirada con curiosidad. «¿Quién es
    ése?», se lo señalé a mi madre, pero por respuesta recibí un
    codazo y la orden terminante de bajar la vista. Yo no tenía
    novio porque mi abuelo había decidido que me quedaría soltera
    para cuidarlo en sus últimos años, en penitencia por haber
    nacido en vez del nieto varón que él deseaba. Carecía de
    medios para dos dotes, y determinó que Asunción tendría más
    oportunidades que yo de hacer una alianza conveniente, pues
    poseía esa belleza pálida y opulenta que los hombres
    prefieren, y era obediente; en cambio yo era puro hueso y
    músculo y, además, terca como mula. Había salido a mi madre y
    a mi difunta abuela, que no eran dechados de dulzura. Decían
    entonces que mis mejores atributos eran los ojos sombríos y
    la cabellera de potranca, pero lo mismo podía decirse de la
    mitad de las muchachas de España. Eso sí, era muy hábil con
    las manos, en Plasencia y sus alrededores no había quien
    cosiera y bordara con más prolijidad que yo. Con ese oficio
    contribuí desde los ocho años al sostén de la familia y fui
    ahorrando para la dote que mi abuelo no pensaba darme; me
    había propuesto conseguir un marido, porque prefería el
    destino de lidiar con hijos al futuro que me esperaba con mi
    abuelo cascarrabias. Aquel día de Semana Santa, lejos de
    obedecer a mi madre, me eché hacia atrás la mantilla y sonreí
    al desconocido. Así comenzaron mis amores con Juan, oriundo
    de Málaga. Mi abuelo se opuso al principio y la vida en
    nuestro hogar se convirtió en un loquero; volaban insultos y
    platos, los portazos partieron una pared y si no es por mi
    madre, que se ponía en medio, mi abuelo y yo nos habríamos
    aniquilado. Le di tanta guerra, que al fin cedió por
    cansancio.

    Continua
     
  13. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Hermandad (Octavio Paz)
    (Homenaje a Claudio Ptolomeo )

    Soy hombre: duro poco
    y es enorme la noche.
    Pero miro hacia arriba:
    las estrellas escriben.
    Sin entender comprendo:
    también soy escritura
    y en este mismo instante
    alguien me deletrea.
     
  14. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    YO VOY SOÑANDO CAMINOS

    Yo voy soñando caminos
    de la tarde. ¡Las colinas
    doradas, los verdes pinos,
    las polvorientas encinas...!

    ¿Adónde el camino irá?
    Yo voy cantando, viajero,
    a largo del sendero...
    -¡La tarde cayendo está!-

    En el corazón tenía
    la espina de una pasión;
    logré arrancármela un día:
    ya no siento el corazón."

    Y todo el campo un momento
    se queda mudo y sombrío,
    meditando. Suena el viento
    en los álamos del río.

    La tarde más se oscurece,
    y el camino que serpea
    y débilmente blanquea
    se enturbia y desaparece.

    Mi cantar vuelve a plañir.
    "Aguda espina dorada,
    ¡quién te pudiera sentir
    en el corazón clavada!"

    Antonio Machado, 1875-1939
     
  15. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Inés del Alma
    Isabel Allende
    No sé qué vio Juan en mí, pero no importa, el hecho es
    que a poco de conocernos acordamos que nos casaríamos al cabo
    de un año, el tiempo necesario para que él encontrara trabajo
    y yo pudiera aumentar mi escuálida dote.
    Juan era uno de esos hombres guapos y alegres al que
    ninguna mujer se resiste al principio pero que después desea
    que se lo hubiera llevado otra, porque causan mucho
    sufrimiento. No se daba la molestia de ser seductor, tal como
    no se daba ninguna otra, porque bastaba su presencia de chulo
    fino para excitar a las mujeres; desde los catorce años, edad
    en que empezó a explotar sus encantos, vivió de ellas.
    Riéndose, decía que había perdido la cuenta de los hombres a
    quienes sus mujeres habían puesto cuernos por su culpa y las
    ocasiones en que escapó enjabonado de un marido celoso. «Pero
    eso se ha acabado ahora que estoy contigo, vida mía»,
    agregaba para tranquilizarme, mientras con el rabillo del ojo
    espiaba a mi hermana. Su apostura y simpatía también le
    ganaban el aprecio de los hombres; era buen bebedor y
    jugador, y poseía un repertorio infinito de cuentos atrevidos
    y planes fantásticos para hacer dinero fácil. Pronto
    comprendí que su mente estaba fija en el horizonte y en el
    mañana, siempre insatisfecha. Como tantos otros en aquella
    época, se nutría de las historias fabulosas del Nuevo Mundo,
    donde los mayores tesoros y honores se hallaban al alcance de
    los valientes que estaban dispuestos a correr riesgos. Se
    creía destinado a grandes hazañas, como Cristóbal Colón,
    quien se echó a la mar con su coraje como único capital y se
    encontró con la otra mitad del mundo, o Hernán Cortés, quien
    obtuvo la perla más preciosa del imperio español, México.
    —Dicen que todo está descubierto en esas partes del mundo —
    argumentaba yo, con ánimo de disuadirle.
    —¡Qué ignorante eres, mujer! Falta por conquistar mucho más
    de lo ya conquistado. De Panamá hacia el sur es tierra virgen
    y contiene más riquezas que las de Solimán.
    Sus planes me horrorizaban porque significaban que
    tendríamos que separarnos. Además, había oído de boca de mi
    abuelo, quien a su vez lo sabía por comentarios escuchados en
    las tabernas, que los aztecas de México hacían sacrificios
    humanos. Se formaban filas de una legua de largo, miles y
    miles de infelices cautivos esperaban su turno para trepar
    por las gradas de los templos, donde los sacerdotes —
    espantajos desgreñados, cubiertos por una costra de sangre
    seca y chorreando sangre fresca— les arrancaban el corazón
    con un cuchillo de obsidiana. Los cuerpos rodaban por las
    gradas y se amontonaban abajo; pilas de carne en
    descomposición. La ciudad se asentaba en un lago de sangre;
    las aves de rapiña, hartas de carne humana, eran tan pesadas
    que no podían volar, y las ratas carnívoras alcanzaban el
    tamaño de perros pastores. Ningún español desconocía estos
    hechos, pero eso no amedrentaba a Juan.
    Mientras yo bordaba y cosía desde la madrugada hasta la
    medianoche, ahorrando para casarnos, los días de Juan
    transcurrían en tabernas y plazas, seduciendo a doncellas y
    meretrices por igual, entreteniendo a los parroquianos y
    soñando con embarcarse a las Indias, único destino posible
    para un hombre de su envergadura, según sostenía. A veces se
    perdía por semanas, incluso meses, y regresaba sin dar
    explicaciones. ¿Adónde iba? Nunca lo dijo, pero, como hablaba
    tanto de cruzar el mar, la gente se burlaba de él y me
    llamaba «novia de Indias». Soporté su conducta errática con
    más paciencia de la recomendable porque tenía el pensamiento
    ofuscado y el cuerpo en ascuas, como me ocurre siempre con el
    amor. Juan me hacía reír, me divertía con canciones y versos
    picarescos, me ablandaba a besos. Le bastaba tocarme para
    transformar mi llanto en suspiros y mi enojo en deseo. ¡Qué
    complaciente es el amor, que todo lo perdona! No he olvidado
    nuestro primer abrazo, ocultos entre los arbustos de un
    bosque. Era verano y la tierra palpitaba, tibia, fértil, con
    fragancia de laurel. Salimos de Plasencia separados, para no
    dar pie a habladurías, y bajamos el cerro, dejando atrás la
    ciudad amurallada. Nos encontramos en el río y corrimos de la
    mano hacia la espesura, donde buscamos un sitio lejos del
    camino. Juan juntó hojas para hacer un nido, se quitó el
    jubón, para que me sentara encima, y luego me enseñó sin
    prisa alguna las ceremonias del placer. Habíamos llevado
    aceitunas, pan y una botella de vino que le había robado a mi
    abuelo y que bebimos en sorbos traviesos de la boca del otro.
    Besos, vino, risa, el calor que se desprendía de la tierra y
    nosotros enamorados. Me quitó la blusa y la camisa y me lamió
    los senos; dijo que eran como duraznos, maduros y dulces,
    aunque a mí me parecían más bien ciruelas duras. Y siguió
    explorándome con la lengua hasta que creí morir de gusto y
    amor. Recuerdo que se tendió de espaldas sobre las hojas y me
    hizo montarlo, desnuda, húmeda de sudor y deseo, porque quiso
    que yo impusiera el ritmo de nuestra danza. Así, de a poco y
    como jugando, sin susto ni dolor, terminé con mi virginidad.
    En un momento de éxtasis, levanté los ojos a la verde bóveda
    del bosque y más arriba, al cielo ardoroso del verano, y
    grité largamente de pura y simple alegría.
    continua
     
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