Poemas, cuentos y leyendas

Tema en 'Temas de interés (no de plantas)' comenzado por mai^a, 27/2/08.

  1. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Explicando una tarde Anatomía
    un sabio profesor,
    del corazón a sus alumnos daba
    perfecta descripción.
    Anonadado por sus propias penas,
    la cátedra olvidó;
    y a riesgo de que loco le creyeran
    con alterada voz:
    "Dicen, señores, exclamaba pálido,
    que nadie consiguió
    vivir sin esa víscera precisa.
    ¡Error, extraño error!
    Hay un ser de mi ser, una hija mía,
    que ayer me abandonó;
    ¡las hijas que abandonan a sus padres
    no tienen corazón!"
    Un estudiante que del aula oscura
    se oculta en un rincón,
    mientras los otros, asombrados, oyen
    tan público dolor,
    sonriendo a un amigo y compañero
    le dijo a media voz:
    "¡Piensa que a su hija el corazón le falta...
    y es que lo tengo yo!"

    Eusebio Blasco (1844-1903).
     
  2. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    ¿Qué pasa que ya no cortas las flores del camino ?

    Me dijo un alba de la primavera:

    Yo florecí en tu corazón sombrío

    ha muchos años, caminante viejo

    que no cortas las flores del camino.

    Tu corazón de sombra ¿acaso guarda

    el viejo aroma de mis viejos lirios ?

    ¿Perfuman aún mis rosas la alba frente

    del hada de tu sueño adamantino ?

    Respondí a la mañana:

    Sólo tienen cristal los sueños míos.

    Yo no conozco el hada de mis sueños

    ni sé si está mi corazón florido.

    Pero si aguardas la mañana pura

    que ha de romper el vaso cristalino,

    quizás el hada te dará tus rosas,

    mi corazón tus lirios.

    Antonio Machado
     
  3. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Mi querido enemigo
    Jean Weabster

    [​IMG]
    27 de enero.
    Mi querido doctor Mac Rae:
    ¿Le encontrará despierto esta nota? Quizá no se ha entera-
    do usted de que he estado cuatro veces en su casa, a darle las


    gracias y acompañarlo. Me emociona saber que la señora Mac
    Gurk constantemente le lleva flores, jaleas y caldo de gallina,
    que las encantadoras señoras de la parroquia envían al poco
    atento héroe forrado en yeso. Ya sé que para usted es más
    cómodo un gorro casero que una aureola, pero opino que me
    debía haber considerado a mí diferente de las señoras en cues-
    tión. Usted y yo acostumbrábamos a ser amigos (aunque con
    intermitencias), y a pesar de que hay uno o dos detalles en
    nuestras relaciones pasadas que sería mejor olvidar, no creo
    que debamos dejar que destruyan del todo nuestra amistad.
    ¿No podríamos ser razonables y olvidarlos?
    Con el incendio ha salido a luz una cantidad tan grande de
    bondad y amabilidad, que yo confiaba que de usted también
    saldría algo bueno. Lo conozco a usted muy bien, Mac Rae.
    Puede presentarse ante el mundo como áspero, brusco, des-
    atento, inhumano y escocés; pero a mí no me engaña.
    Mi ojo, recientemente acostumbrado a las observaciones
    psicológicas, ha estado sobre usted durante diez meses y sé
    que en realidad, es amigable, compasivo, sabio y grande, así
    es que haga el favor de estar en casa la próxima vez que vaya
    a verlo.
    ¿Recuerda usted aquel domingo por la tarde que salimos al
    campo y nos divertimos tanto? Amputemos cinco meses y en-
    tonces hoy es el día siguiente a aquél.
    Sallie Mac Bride
    P. S. Si yo condesciendo en ir otra vez, hará el favor de con-
    descender usted en recibirme, porque le aseguro que no trataré
    de importunarle nunca más. Le aseguro que no derramaré lá-
    grimas sobre su cama ni trataré de besarle la mano como sé
    que ha hecho una de sus admiradoras.
    Hogar John Grier, jueves
    Mí querido Enemigo:

    Ahora me siento muy amiga suya. Cuando lo llamo Mac
    Rae, lo detesto, y cuando lo llamo Enemigo, lo aprecio.
    Sadie Kate me ha traído su nota rectificando su actitud, que
    es una producción notable para un hombre reducido a la mano
    izquierda. A primera vista creí que era de Barrabás.
    Puede usted esperarme mañana a las cuatro y procurar es-
    tar despierto. Me alegro que usted crea que somos amigos.
    Realmente me parece haber encontrado algo precioso que
    hubiera perdido descuidadamente.
    S. Mac Bride.
    P. S. Java se acatarró la noche del fuego y le duelen las mue-
    las y se toca la cara como un niño pequeño.
    Jueves 29 de enero.
    Querida Judith:
    Creo que fueron diez páginas incoherentes las que te man-
    dé la semana pasada. ¿Rompiste mi carta cómo te pedí? No
    me gustaría verla aparecer en mi correspondencia colecciona-
    da. Ya sé que mi estado de ánimo es vergonzoso y escandalo-
    so, pero una no puede evitar sus sentimientos. Ordinariamente
    el estar comprometida es considerado como una sensación
    agradable, pero, ¡oh!, no es nada comparada con la gozosa y
    libre sensación de romper el compromiso. El último tiempo fue
    para mí de terrible incertidumbre; pero por fin ahora estoy tran-
    quila. Nadie ha mirado la soltería con mayor gusto que yo.
    He llegado a creer que el incendio fue providencial, que el
    cielo lo envió para aclararle el camino a un nuevo John Grier.
    Ya estamos discutiendo los proyectos para las casitas. Yo me
    inclino al estuco gris, Betsy al ladrillo y Percy a la madera. No
    sé lo que le gustará más al doctor. A lo mejor las preferiría ver-
    de oliva con tejado abuhardillado.
    Con diez cocinas diferentes para practicar, sin duda las ni-
    ñas aprenderán a cocinar. Estoy ya buscando diez amables
    mamás que poner al frente de cada casa. Creo más bien que


    buscaré once, para poner una al cuidado del doctor. La necesi-
    ta tanto como cualquiera de los niños. Debe de ser bastante
    desolador estar todas las noches bajo el cuidado de la señora
    Mac Gurk.
    ¡Cuánto me molesta esa mujer! Cuatro veces me ha dicho
    complacida que el doctor dormía y no quería ser molestado.
    Todavía no lo he visto y se me está acabando la paciencia.
    Esperaré, sin embargo, hasta mañana a las cuatro en que,
    por indicación suya, voy a hacerle una corta visita de media
    hora. Si la señora Mac Gurk me dice que está dormido, le daré
    un empujón y pasaré por encima de ella (está muy gorda y se
    caerá con facilidad), le pondré un pie en el estómago, y seguiré
    tranquilamente mi camino. Luellen, antes chofer, ayuda de cá-
    mara y jardinero, es ahora enfermero. Me gustaría verlo con
    delantal blanco.
    Acaba de llegar el correo con una carta de la señora Bre-
    tland, diciéndome lo feliz que es con los tres chicos. Incluye su
    primera fotografía, todos en un coche con Clifford llevando or-
    gullosamente las riendas. ¡Qué cambio para tres pupilos del
    Hogar John Grier! Me conforta pensar en su porvenir, pero en-
    tristece un poco pensar en su pobre padre, que trabajó por
    ellos hasta morir y que lo van a olvidar pronto.
    (Viernes)
    Hoy vi al doctor. Es patético. Lo más que se ve son los ven-
    dajes. Mal o bien, acabamos con nuestras diferencias. Es tre-
    mendo que dos seres humanos, dotados de facultades para
    hablar, no puedan transmitirse nada. No he comprendido su ac-
    titud mental desde el principio, ni él todavía comprende la mía.
    ¿Te acuerdas que el año pasado estuvo diez días visitando
    una institución psiquiátrica y que yo dije sobre ello tantas tonte-
    rías? ¡Oh querida, qué cosas más horribles hago yo! Fue para
    atender el entierro de su esposa, que había muerto allí, en la
    institución. La señora Mac Gurk lo sabía y podía habérmelo di-
    cho, pero no lo hizo.


    Él me lo contó con mucha dulzura. Ha sufrido años y años
    ese terrible peso, y creo que la muerte de ella ha sido un alivio.
    Me contó que sabía cuando se casó que tenía una enfermedad
    nerviosa; pero creía que, siendo médico, podría dominarla. De-
    jó de ejercer en la ciudad para instalarse en el campo, por ella.
    Después de nacer su hija, sus nervios se destrozaron por com-
    pleto y tuvo que mandarla al manicomio. La niña tiene ahora
    seis años y es una preciosidad, pero por lo que él dice, me te-
    mo sea completamente anormal. Tiene una mujer especialmen-
    te entrenada para ella. Piensa en toda esta tragedia pesando
    sobre nuestro pobre y paciente doctor, porque es paciente a
    pesar de ser el hombre más impaciente que pisa la tierra.
    Gracias a Jervis por su carta. Es un encanto de hombre y
    me alegra verlo dominando sus desiertos. ¡Cuánto nos vamos a
    divertir cuando ustedes vuelvan y hagamos nuestros proyectos
    para el nuevo Hogar John Grier! Me parece que he estado
    aprendiendo todo el año pasado y que ahora voy a empezar a
    trabajar. Vamos a convertir esto en el mejor hogar de huérfanos
    del mundo.
    Soy tan feliz que empiezo dando un salto por las mañanas y
    paso el día cantando por dentro en mis múltiples ocupaciones.
    El asilo de John Grier manda su bendición a los dos mejores
    amigos que ha tenido jamás.
    Adiós.
    Sallie.
     
  4. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas


    [​IMG]
    Poema Poema de la Cantidad
    de Jorge Luis Borges




    Pienso en el parco cielo puritano
    de solitarias y perdidas luces
    que Emerson miraría tantas noches
    desde la nieve y el rigor de Concord.
    Aquí son demasiadas las estrellas.
    El hombre es demasiado. Las innúmeras
    generaciones de aves y de insectos,
    del jaguar constelado y de la sierpe,
    de ramas que se tejen y entretejen,
    del café, de la arena y de las hojas
    oprimen las mañanas y prodigan
    su minucioso laberinto inútil.
    Acaso cada hormiga que pisamos
    es única ante Dios, que la precisa
    para la ejecución de las puntuales
    leyes que rigen su curiosos mundo.
    Si así no fuera, el universo entero
    sería un error y un oneroso caos.
    los espejos del ébano y del agua,
    el espejo inventivo de los sueños,
    los líquenes, los peces, las madréporas,
    las filas de tortugas en el tiempo,
    las luciérnagas de una sola tarde,
    las dinastías de las araucarias,
    las perfiladas letras de un volumen
    que la noche no borra, son sin duda
    no menos personales y enigmáticas
    que yo, que las confundo. no me atrevo
    a juzgar la lepra o a Calígula.
     
  5. Clause

    Clause Claudia

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    Mi querido enemigo
    Jean Weabster

    [​IMG]
    Hogar John Grier. "Sábado a las seis y media de la mañana!
    Mi queridísimo Enemigo:
    "Algún día, pronto, ocurrirá una cosa agradable." ¿No te has
    sorprendido al despertar, cuando te has acordado de la ver-
    dad? ¡Yo sí! y han pasado dos minutos antes de que me diese
    cuenta de que era tan feliz.
    Todavía no es de día, pero estoy despierta del todo y tengo
    que escribirte. Despacharé esta carta con el primer niño de


    confianza que comparezca y te la servirán en la misma bandeja
    que el desayuno.
    Yo la seguiré esta tarde a las cuatro en punto. ¿Crees que
    la señora Mac Gurk tolerará el escándalo de que permanezca
    dos horas sola contigo?
    Con completa buena fe te prometí no llorar sobre tu colcha,
    pero me temo que lo hice y algo peor. No sabía cuánto te que-
    ría hasta que atravesé el umbral de aquella puerta y te vi recos-
    tado en las almohadas, cubierto con vendas y con el pelo cha-
    muscado. Si ahora, que más de la mitad de tu persona es yeso
    y vendajes, te amo tanto, imagínate cómo te voy a querer
    cuando seas tú todo entero.
    Pero, mi querido Robin, ¡qué hombre tan tonto eres! ¿Cómo
    podía soñar cuando te portabas tan horriblemente escocés, que
    me querías tanto? Debías haber dejado traslucir, aunque sólo
    fuera un poco, la verdad, y puede que nos hubieras evitado a
    los dos algunos disgustos.
    Pero no miremos hacia atrás. Y hacia delante estoy segura
    de que podemos estar felices. Dispondremos de las dos cosas
    más maravillosas para un matrimonio: nos comprendemos y
    tenemos un trabajo que adoramos.
    Ayer, después de dejarte, volví al Hogar como aturdida.
    Quería pensar, pero en lugar de ello, tuve que atender a Betsy,
    Helen y la señora Livermore, a quienes había invitado a cenar.
    Luego tuve que bajar a hablar con los niños. El viernes por la
    noche la señora Livermore les había regalado nuevos discos
    para el fonógrafo y tuve que escucharlos. Y mi querido Robin,
    creerás que tocaron una de esas canciones sentimentales es-
    cocesas y me encontré de pronto con que estaba llorando. Tu-
    ve que abrazar al niño más próximo para ocultar mi cara.
    ¡Qué espléndido se me presenta mi porvenir! ¡Una vida de
    trabajo y placer, con pequeñas aventuras diarias junto ti, a
    quien tanto quiero! Ya no le tengo miedo al futuro. No me im-
    porta envejecer a tu lado.
    He llegado a querer tanto a estos niños porque me necesi-
    tan, y ésta es la razón, por lo menos una de las razones, por-


    que te he llegado a querer a ti. Y si no quieres ser feliz, es pre-
    ciso que alguien te haga serIo.
    Edificaremos una casa en la falda de la colina, un poco más
    allá del Hogar. ¿Qué te parecería una villa italiana color amari-
    llo? Mejor que el triste verde, ¿verdad? Tendremos un salón
    grande y alegre con una gran chimenea, y muchas ventanas y
    nada de Mac Gurk. ¡Pobre mujer! ¿No se enfadará al saber la
    noticia? Te prepararía una cena horrible. Pero no se lo diremos
    en mucho tiempo, ni a ella ni a nadie. Sería un proceder escan-
    daloso a raíz de mi ruptura con Gordon. Anoche escribí a Judith
    con una prudencia sin precedentes. No se me escapó la más
    mínima alusión. Me estoy convirtiendo en escocesa yo también.
    Quizá no te dije la verdad exacta pretendiendo que no me
    había dado cuenta de cuánto te quería. Creo que vi la realidad
    la noche en que se quemó el Hogar John Grier. Cuando esta-
    bas bajo aquel llameante tejado y durante todo el tiempo que
    siguió sin saber si vivirías o no, pasé por una agonía que no
    puedo describirte. Me parecía que si tú te ibas, no me repon-
    dría jamás. Y todas esas desavenencias entre nos otros... Bue-
    no, no podía esperar el momento de verte y hablarte de todo lo
    que he tenido tanto tiempo callado. Y entonces diste aquellas
    órdenes estrictas para que no me dejasen entrar, que me ofen-
    dieron terriblemente. ¿Cómo iba yo a pensar que tú deseabas
    verme más que a nadie y que sólo tu terrible moral escocesa te
    detenía? Si alguna vez se vuelve a presentar en nuestras vidas
    la más ligera nube, prometamos los dos no guardarla en nues-
    tro interior, sino hablar de ella.
    Anoche, después de marcharse todos, temprano, puesto
    que ninguno de los niños duerme aquí, terminé mi carta para
    Judith y hubiera deseado llamarte por teléfono para decirte
    buenas noches, pero no me atreví. Entonces, me puse a leer a
    Burns durante un buen rato. Luego me quedé dormida con to-
    dos esos cantos de amor escoceses sonando en mi cabeza, y
    ahora, al amanecer me he puesto a escribirte.
    Te amo, Robin
    Sallie.



    FIN
     
  6. mai^a

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    Emilia Pardo Bazán


    [​IMG]

    Era hija de una familia de nobles de España: el conde José Pardo Bazán título
    heredado en 1890. Su madre Amalia de la Rúa quien le inculcó el amor a la
    lectura desde muy temprana edad donde ya comenzaba también a mostrar
    interés en la escritura. Su casa estaba situada en la calle de Tabernas.
    En la biblioteca de su padre comenzó a leer diversos escritos. Sus libros
    preferidos fueron La Biblia, Don Quijote de la Mancha, La Iliada entre otros.
    En su mansión de La Coruña leyó La conquista de México de Antonio Solís y
    las Vidas paralelas de Plutarco.

    La Revolución Francesa le apasionaba y cuando se hallaban en Madrid
    durante el invierno Emilia concurría a un colegio francés protegido por la Real
    Casa. Allí fue donde se introdujo a la obra literaria de La Fontaine y Jean
    Racine.
    Con 12 años la familia decide quedarse en, La Coruña y comienza a estudiar
    con maestros privados dedicando todo el tiempo a la lectura.
    En 1869 se instala en Madrid y 1868 contrae matrimonio con José Quiroga.
    Su padre José Pardo fue nombrado diputado, pero éste se desilusionó pronto
    de la política y toda la familia se marchó a Francia residiendo en Inglaterra,
    Italia y Alemania donde aprendió los idiomas. En 1876 se conoció como
    escritora con un Estudio crítico de las obras del padre Feijoo con el que ganó
    un premio, compitiendo con Concepción Arenal. Nace su primer hijo ese
    mismo años, a quien le dedica el libro de poemas titulado Jaime.

    En 1879 nace su hija, Blanca, y publicó su primera novela “Pascual López”.
    En 1881 nace su hija Cármen y publica “Con Un viaje de novios” y “La
    tribuna” (1882)
    Evoluciona hacia el Naturalismo; comenzó en la revista “La Época”, a publicar
    una serie de artículos sobre Emile Zola, una novela experimental, que se
    reúnen en 1883 en “La cuestión palpitante” (1883), que la llevaron a ser
    uno de los principales impulsores del Naturalismo en España, publicación que
    causó un escándalo, hasta llegar a su marido que le exigió que dejara de
    escribir y que se retractase públicamente de sus escritos hecho que llevo a
    la separación de la .
    En 1884 Publico la “La ama joven”, e inicia un romance con Benito Pérez
    Galdós hombre muy cercano al Naturalismo.
    El Naturalismo practicado por Pardo Bazán, y Galdós, frente a los principios
    ideológicos y literarios de Zola, se conectaban con la escuela francesa y la
    tradición realista española y europea, con un ideario conservador, católico
    en lo que respecta a ella, que nunca abominó de su catolicismo aunque
    admitía las bases ideológicas del determinismo social y Darwinista.

    Otras obras fueron “La revolución” y “la novela en Rusia” , “Polémicas y
    estudios literarios” y “La literatura francesa moderna”, El método naturalista
    termina en “Los Pazos de Ulloa”. Su obra cumbre fue la patética pintura de
    la decadencia del mundo rural gallego y de la aristocracia, y su continuación
    “La madre naturaleza”.
    En 1888 visita en Venecia al pretendiente carlista al trono de España; los
    artículos que escribe al respecto contribuyen a la ruptura del “Carlismo”

    En 1889 publica “Insolación” y “Morriña” (1889) y prosigue inserta en la
    ideología y la estética naturalista . Al morir su padre en 1890 evoluciona
    hacia un marcado simbolismo y espiritualismo, publica “Una cristiana”,
    “La prueba” , “La piedra angular” , “La quimera” y “Dulce sueño”, “Cuentos
    escogidos “, “Cuentos de Marineda”, “Cuentos sacroprofanos “.

    Aprovechando su herencia crea la revista “ El Nuevo Teatro Crítico.
    En 1892 funda la publicación “La Biblioteca de la mujer” y comienza a asistir
    a congresos en donde se avoca a denuncia la desigualdad educativa entre
    el hombre y la mujer. Consciente del sexisimo existente en la época dentro
    de los círculos intelectuales, propone a Concepción Arenal a la Real
    Academia de Lengua, pero fue rechazadas las propuestas 3 veces en 1889,
    1892 y en 1912. En 1906 fue la primera mujer en presidir la Sección de
    literatura del Ateneo de Madrid y la primera en ocupar una cátedra de
    literaturas en la Universidad de Madrid. Tras el veto para su entrada en la
    Real Academia Española, por su condición de mujer, se retira a su querido
    Pazo de Meirás donde muere el 12 de mayo de 1921.
     
  7. mai^a

    mai^a My Garden

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Al buen callar

    Emilia Pardo Bazán



    No tenían más hijo que aquel los duques de Toledo, pero era un niño como
    unas flores; sano, apuesto, intrépido, y, en la edad tierna, de condición tan
    angelical y noble, que le amaban sus servidores punto menos que sus padres.
    Traíale su madre vestido de terciopelo que guarnecían encajes de Holanda,
    luciendo guantes de olorosa gamuza y brincos y joyeles de pedrería en el
    cintillo del birrete; y al mirarle pasar por la calle, bizarro y galán cual un
    caballero en miniatura, las mujeres le echaban besos con la punta de los
    dedos, las vejezuelas reían guiñando el ojo para significar «¡Quién te verá a
    los veinte!», y los graves beneficiados y los frailes austeros, sacando la
    cabeza de la capucha y las manos de las mangas, le enviaban al paso una
    bendición.

    Sin embargo, el duque de Toledo, aunque muy orgulloso de su vástago,
    observaba con inquietud creciente una mala cualidad que tenía, y que según
    avanzaba en edad el niño don Sancho iba en aumento. Consistía el defecto
    en una especie de manía tenacísima de cantar la verdad a troche y moche,
    viniese a cuento o no viniese, en cualquier asunto y delante de cualquier
    persona. Cortesano viejo ya el duque de Toledo, ducho en saber que en la
    corte todo es disfraz, adivinaba con terror que su hijo, por más alentado,
    generoso, listo y agudo que se mostrase, jamás obtendría el alto puesto que
    le era debido en el mundo, si no corregía tan funesta propensión.

    -Reñida está la discreción con la verdad: como que la verdad es a menudo la
    indiscreción misma -advertía a su hijo el duque-. Por la boca solemos morir
    como los simples peces, y no es muerte propia de hombre avisado, sino de
    animal bruto, frío y torpe -solía añadir.
    Corríase y afligíase el rapaz de tales reprensiones y advertencias, y
    persuadido de que erraba al ser tan sincero, proponía en su corazón
    enmendarse; pero su natural no lo consentía: una fuerza extraña le traía la
    verdad a los labios, no dándole punto de reposo hasta que la soltaba por fin,
    con gran aflicción del duque, que se mataba en repetir:
    -Hijo Sancho, mira que lo que haces... La verdad es un veneno de los más
    activos; pero en vez de tomarse por la boca, sale de ella. Esparcida en el
    aire, es cuando mata. Si tan atractiva te parece la fatal verdad, guárdala en
    ti y para ti; no la repartas con nadie, y a nadie envenenarás.

    Acaeció, pues, que frisando en los trece años y siendo cada vez más lindo,
    dispuesto y gentil el hijo de los duques de Toledo, un día que la reina salió a
    oír misa de parida a la catedral, hubo de verle al paso, y prendada de su
    apostura y de la buena gracia con que le hizo una reverencia profundísima,
    quiso informarse de quién era, y apenas lo supo, llamó al duque y con
    grandes instancias le pidió a don Sancho para paje de su real persona. Más
    aterrado que lisonjeado, participó el duque a su hijo el honor que les
    dispensaba la reina.

    -Aquí de mis recelos, aquí del peligro, Sancho... Tu funesto achaque de
    veracidad ahora es cuando va a perderte y perdernos. Si la reserva y el arte
    de bien callar son siempre provechosas, en la cámara de los reyes son
    indispensables, te lo juro.
    -Antes pienso, padre -replicó el precoz don Sancho-, que al lado de los
    reyes, por ser ellos figura e imagen de Dios, alentará la verdad misma. No
    cabrá en ellos mentira ni acción que deba ser oculta o reservada.

    Confuso y perplejo dejó la respuesta al duque, pues le escarabajeaban en la
    memoria ciertas murmuraciones cortesanas referentes a liviandades y amoríos
    regios; pero tomando aliento:
    -No, hijo -exclamó por fin-, no es así como tú supones... Cuando seas mayor
    y tu razón madure, entenderás estos enigmas. Por ahora solo te diré que si
    vas a la corte resuelto a decir verdades, mejor será que tomes ya mi cabeza
    y se la entregues al verdugo.
    Cabizbajo y melancólico se quedó algún tiempo don Sancho, hasta que, como
    el que promete, extendió la mano con extraña gravedad, impropia de su
    juventud.

    -Yo sé el remedio -afirmó. Mentir me es imposible, pero no así guardar
    silencio. Haced vos, padre, correr la voz de que un accidente me ha privado
    del habla, y yo os prometo, por dispensaros favor, ser mudo hasta el último
    día de mi vida si es preciso.
    Pareció bien el arbitrio al duque y divulgó lo de la mudez; siendo lo notable
    del caso que la reina, sabedora de que el bello rapaz era mudo, mostró
    alegría suma y mayor empeño en tenerle a su servicio y órdenes. En efecto,
    desde aquel día asistió don Sancho como paje en la cámara de la reina,
    sellados los labios por el candado de la voluntad, viendo y oyendo todo
    cuanto ocurría, pero sin medios de propalarlo. Poco a poco la reina iba
    cobrándole extremado cariño. Sancho se pasaba las horas muertas echado
    en cojines de terciopelo al pie del sillón de su ama y recostando la cabeza
    en sus faldas, mientras ella con la fina mano cargada de sortijas le acariciaba
    maternalmente los oscuros y sedosos bucles.

    Las primeras veces que don Sancho fue encargado de abrir la puerta
    secreta a cierto magnate, y le vio
    penetrar furtivamente y a deshora en el camarín, y a la reina echarle al
    cuello los brazos, el pajecillo se dolió, se indignó, y, a poder soltar la lengua,
    Dios sabe la tragedia que en el palacio se arma. Por fortuna, Sancho era
    mudo; oía, eso sí, y las pláticas de los dos enamorados le pusieron al
    corriente de cosas harto graves, de secretos de Estado y familia; entre
    otros, de que el rey, a su vez, salía todas las noches con maravilloso recato
    a visitar a cierta judía muy hermosa, por quien olvidaba sus obligaciones de
    esposo y de monarca, y merced a cuyo influjo protegía desmedidamente a los
    hebreos, con perjuicio de sus reinos y mengua de sus tesoros. Envuelta en
    el misterio esta intriga, no la sabían más que el magnate y la reina; y don
    Sancho, trasladando su indignación del delito de la mujer al del marido,

    celebró nuevamente no haber tenido voz, porque así no se veía en riesgo de
    revelar verdad tan infame. Pasado algún tiempo, la confianza con que se
    hablaban delante del mudo pajecillo instruyó a éste de varias maldades
    gordas que se tramaban en la corte: supo cómo el privado, disimuladamente,
    hacía mangas y capirotes de la hacienda pública, y cómo el tío del rey
    conspiraba para destronarle, con otras infinitas tunantadas y bellaquerías
    que a cada momento soliviantaban y encrespaban la cólera y la virtuosa
    impaciencia de don Sancho, poniendo a prueba su constancia, en el mutismo
    absoluto a que se había comprometido.

    Sucedía entretanto que le amaban todos mucho, porque aquel lindo paje
    silencioso, tan hidalgo y tan obediente, jamás había causado daño alguno a
    nadie. No hay para qué decir si le favorecían las damas, viéndole tan gentil y
    estando ciertas de su discreción; y desde el rey hasta el último criado,
    todos le deseaban bienes. Tanto aumentó su crédito y favor, que al cumplir
    los veinte años y tener que dejar su oficio de paje por el noble empleo de las
    armas, colmáronle de mercedes a porfía el rey, la reina, el privado y el
    infante, acrecentando los honores y preeminencias de su casa y haciéndole
    donación de alcaldías, fortalezas, villas y castillos. Y cuando, húmedas las
    mejillas de beso empapado de lágrimas con que le despidió la reina, que le
    quería como a otro hijo; oprimido el cuello con el peso de la cadena de oro
    que acababa de ceñirle el rey, salió don Sancho del alcázar y cabalgó en el
    fogoso andaluz de que el infante le había hecho presente; al ver cuántos
    males había evitado y cuántas prosperidades había traído su extraña
    determinación, tentóse la lengua con los dientes, y, meditabundo, dijo
    para sí (pues para los demás estaba bien determinado a no decir oxte ni
    moxte): «A la primera palabra que sueltes al aire, lengua mía, con estos
    dientes o con mi puñal te corto y te hecho a los canes.»
    Hay eruditos que sostienen la opinión de que de esta historia procede la
    frase vulgar, sin otra explicación plausible: «Al buen callar llaman Sancho.»
     
  8. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    que bueno maia!!! :razz: :razz: :razz: no lo conocia!!!
     
  9. mai^a

    mai^a My Garden

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Si clau todos los cuentos de esta escritora!
    son formidables!! ...
    :razz:
     
  10. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    la voy a buscar!!! :razz: :razz: :razz:
     
  11. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Gastón Leroux
    Gastón Louis Alfred Leroux (París, 6 de mayo de 1868 – Niza, 15 de abril de 1927), escritor francés de principios del siglo XX, que ganó gran fama en su tiempo gracias a sus novelas de aventuras y policiacas tales como El fantasma de la ópera (Le Fantôme de l'opéra, 1910), El misterio del cuarto amarillo (Mystère de la chambre jaune, 1907) y su secuela El Perfume de la Dama de Negro (Le parfum de la Dame en noir, 190:icon_cool:Trabajó en los periódicos L'Écho de Paris y Le Matin. Viajó como reportero por Suecia, Finlandia, Inglaterra, Egipto, Corea, Marruecos. En Rusia cubrió las primeras etapas de la revolución bolchevique. Aparte de su trabajo como periodista, tuvo tiempo para escribir más de cuarenta novelas que fueron publicadas como cuentos por entregas en periódicos de París.

    Gastón Leroux fue a la escuela en Normandía, estudió derecho en París y se graduó en 1889. En 1890 él comenzó a trabajar en el diario L'Écho, de París, como crítico de teatro y reportero. Se volvió famoso por un reportaje que hizo, en el cual se hizo pasar por un antropólogo que estudiaba las cárceles de París para poder entrar a la celda de un convicto que, según Gastón, había sido condenado injustamente.Luego, pasó a trabajar para Le Matin, como reportero.

    Su hija fue la actriz Madeleine Aile. Leroux murió a sus 57 años, por culpa de una complicación después de una cirugía, la cual hizo que se infectara su tracto urinario, y sus restos descansan en el Château du cimetière, en Niza, Francia.
     
  12. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    El Fantasma de la Opera Gastón Leroux

    PREFACIO Donde el autor de esta obra singular cuenta al lector cómo se vio obligado a adquirir la certidumbre de que el fantasma de la Ópera existió realmente .
    El fantasma de la ópera existió. No fue, congo se creyó durante mucho tiempo, una inspiración de artistas, una superstición de, directores, la grotesca creación de los cerebros excitados de esas damiselas del cuerpo de baile, de sus madres, de las acomodadoras, de los encargados del vestuario y de la portería. Sí, existió, en carne y hueso, a pesar de que tomara toda la apariencia de un verdadero fantasma, es decir de una sombra. Desde el momento en que comencé a compulsar los archivos de la Academia Nacional de Música, me sorprendió la asombrosa coincidencia de los fenómenos atribuidos al ,fantasma, y del más misterioso, el más fantástico de los dramas; y no tardé mucho en pensar de que quizá se podría explicar racionalmente a éste mediante aquéllos. Los acontecimientos tan sólo distan unos treinta años, y no sería nada difícil encontrar aún hoy, en el foyer1ancianos muy respetables, cuya palabra no podríamos poner en duda, que recuerdan, como si la cosa hubiera sido ayer, las condiciones misteriosas y trágicas que acompañaron el rapto de Christine Daaé, la desaparición del vizconde de Chagny y la muerte de su hermano mayor, el conde Philippe, cuyo cuerpo fue hallado a orillas del lago que se extiende bajo la ópera, del lado de la calle Scribe. Pero ninguno de estos testigos creía hasta ahora oportuno mezclar en esta horrible aventura al personaje más bien legendario del fantasma de la ópera. La verdad tardó en penetrar mi cabeza, alterada por una investigación que a cada momento tropezaba con acontecimientos que, a primera vista, podían ser juzgados de extraterrestres, y más de una vez estuve a punto de abandonar una labor en la que me extenuaba persiguiendo, sin alcanzar jamás, una vana imagen. Por fin tuve la prueba de que mis presentimientos no me habían engañado, y fui recompensado de todos mis esfuerzos el día en que adquirí la certidumbre de que el fantasma de la ópera había sido algo más que una sombra. Ese día, había pasado largas horas leyendo las Memorias de un director, obra ligera del excesivamente escéptico Moncharmin, que no comprendió nada, durante su paso por la ópera, de la conducta tenebrosa del fantasma, y que se burló de él todo lo que pudo, en 'el preciso momento en que era la primera víctima de la curiosa operación financiera que acontecía en el interior del «sobre mágico» Desesperado, acababa de abandonar la biblioteca cuando encontré al amable administrador de nuestra Academia Nacional que charlaba en un rellano con un viejecillo vivo y pulcro, a quien me presentó alegremente. El señor administrador estaba al corriente de mis investigaciones y sabía con qué impaciencia había intentado descubrir el paradero del juez de instrucción del famoso caso Chagny, el señor Faure. Se ignoraba qué había sido de él, vivo o muerto. Y he aquí que, a su vuelta Canadá, donde había pasado quince años, su primera salida en París había sido para solicitar un pase de favor a la secretaría de la Ópera. Ese viejecillo era el señor Faure en persona. Pasamos juntos buena parte de la tarde y me contó todo el caso Chagny tal como lo había entendido él anteriormente. Se había visto obligado a llegar a la conclusión, falto de pruebas, por la locura del vizconde y la muerte accidental del hermano mayor, pero seguía convencido de que un drama terrible se había producido a causa de Christine Daaé entre los dos hermanos. No supo decirme qué había sido de Christine ni del vizconde. Por descontado, cuando le hablé del fantasma, se limitó a reír. También él había estado al corriente de las curiosas manifestaciones que parecían entonces atestiguar la existencia de un ser excepcional que hubiera elegido por domicilio uno de los rincones más misteriosos de la ópera, y había conocido la historia del «sobre», pero no había visto en todo esto nada que mereciera la atención de un magistrado encargado de instruir el caso Chagny, y apenas escuchó unos instantes la declaración de un testigo, que se había presentado espontáneamente para afirmar que en una ocasión se encontró con el fantasma. Ese personaje -el testigo- no era otro que aquel al que todo París llamaba «el Persa», y que era bien conocido por todos los abonados a la Opera. El juez lo había tomado por un iluminado.

    continua
     
  13. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    LXI

    Vuelve hacia atrás la vista, caminante,
    verás lo que te queda de camino;
    desde el oriente de tu cuna el sino
    ilumina tu marcha hacia adelante.

    Es del pasado el porvenir semblante;
    como se irá la vida así se vino;
    cabe volver las riendas del destino
    como se vuelve del revés un guante.

    Lleva tu espalda reflejado el frente;
    sube la niebla por el río arriba
    y se resuelve encima de la fuente;

    la lanzadera en su vaivén se aviva;
    desnacerás un día de repente;
    nunca sabrás dónde el misterio estriba.

    23 junio.
    [​IMG]

    Miguel de Unamuno
     
  14. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Cállate, corazón, son tus pesares
    de los que no deben decirse, deja
    se pudran en tu seno; si te aqueja
    un dolor de ti solo no acíbares

    a los demás la paz de sus hogares
    con importuno grito. Esa tu queja,
    siendo egoísta como es, refleja
    tu vanidad no más. Nunca separes


    tu dolor del común dolor humano,
    busca el íntimo aquel en que radica
    la hermandad que te liga con tu hermano,


    el que agranda la mente y no la achica;
    solitario y carnal es siempre vano;
    sólo el dolor común nos santifica.
    Miguel de Unamuno
     
  15. Clause

    Clause Claudia

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    Re: ... de poetas, cuentos y leyendas

    Incidente Doméstico

    Traza la niña toscos garrapatos,
    de escritura remedo,
    me los presenta y dice
    con un mohín de inteligente gesto:


    "¿Qué dice aquí, papá?"


    Miro unas líneas que parecen versos.
    "¿Aquí ?" "Si, aquí; lo he escrito yo;
    ¿qué dice?
    porque yo no sé leerlo..."
    "¡Aquí no dice nada!", le contesté al momento.


    "¿Nada ?", y se queda un rato pensativa
    -o así me lo parece, por lo menos,
    pues ¿está en los demás o está en nosotros
    eso a que damos en llamar talento?-.


    Luego, reflexionando, me decía:
    ¿Hice bien revelándole el secreto?
    No el suyo ni el de aquellas
    toscas líneas, el mío, por supuesto.


    ¿Sé yo si alguna musa misteriosa,
    un subterráneo genio,
    un espíritu errante que a la espera
    para encarnar está de humano cuerpo,
    no le dictó esas líneas
    de enigmáticos versos?


    ¿Sé yo si son la gráfica envoltura
    de un idioma de siglos venideros?
    ¿Sé yo si dicen algo?
    ¿He vivido yo acaso de ellas dentro?


    No dicen más los árboles, las nubes,
    los pájaros, los ríos, los luceros.
    ¡No dicen más y nos lo dicen todo!
    ¿Quién sabe de secretos?
    Miguell de Unamuno
     
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