Agatha Christie

Tema en 'Temas de interés (no de plantas)' comenzado por Malee, 7/3/12.

  1. sandybell

    sandybell Soñadora

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    MARISA :beso: :beso: :beso: :beso:

    La huella del pulgar de san Pedro


    Agatha Christie

    Ahora, tía Jane, te toca a ti -dijo Raymond West.

    -Sí, tía Jane, esperamos algo verdaderamente sabroso -exclamó en tono festivo Joyce Lempriére.

    -Vamos, vamos, no se burlen de mí, queridos -replicó la señorita Marple plácidamente-. Creen que por haber vivido toda mi vida en este apartado rincón del mundo probablemente no he tenido ninguna experiencia interesante.

    -Dios no permita que considere la vida de un pueblo como apacible y monótona -replicó Raymond acaloradamente-. ¡Nunca más después de las horribles revelaciones que acabamos de oír de tus labios! El mundo cosmopolita parece tranquilo y pacífico comparado con St. Mary Mead.

    -Bueno, querido -dijo la señorita Marple-, la naturaleza humana es la misma en todas partes y, claro está, en un pueblecito se tienen más ocasiones de observarla de cerca.

    -Es usted realmente única, tía Jane –exclamó Joyce-. Espero que no le importará que la llame tía Jane -agregó-. No sé por qué lo hago.

    -¿Seguro que no, querida? -replicó la señorita Marple.

    Y la contempló con una mirada tan burlona por unos instantes, que las mejillas de la muchacha se arrebolaran. Raymond carraspeó para aclararse la garganta de un modo algo embarazoso.

    La señorita Marple volvió a contemplarlos sonriente y luego dedicó de nuevo su atención a su labor de punto.

    -Es cierto que he llevado lo que se llama una vida tranquila, pero he tenido muchas experiencias resolviendo pequeños problemas que han ido surgiendo a mi alrededor. Algunos verdaderamente ingeniosos, pero de nada serviría contárselos, ya que son cosas de poca importancia y no les interesarían, como por ejemplo: "¿Quién cortó las mallas de la bolsa de la señora Jones?" y "¿Por qué la señora Simons sólo se puso una vez su abrigo de pieles nuevo?" Cosas realmente interesantes para cualquiera que guste de estudiar la naturaleza humana. No, la única experiencia que recuerdo que pueda tener interés para ustedes es la de mi pobre sobrina Mabel y su esposo. Ocurrió hace diez o quince años y, por fortuna, todo acabó y nadie lo recuerda. La memoria de las gentes es muy mala, afortunadamente.

    La señorita Marple hizo una pausa mientras murmuraba para sí:

    -Tengo que contar esta vuelta. El menguado es un poco difícil. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, y luego se menguan tres. Eso es. ¿Qué estaba diciendo? Oh, sí, hablaba de la pobre Mabel. Mabel era mi sobrina. Una muchacha simpática y muy agradable, sólo que lo que podríamos decir un poco tonta. Le gusta armar un drama por cualquier cosa, siempre que se enfada, y dice muchas más cosas de las que piensa. Se casó con un tal señor Denman cuando tenía veintidós años y me temo que no fue muy feliz en su matrimonio. Yo había esperado que aquella boda no llegara a celebrarse, ya que el tal señor Denman parecía un hombre de temperamento violento y no la clase de persona que hubiera sabido tener paciencia con las debilidades de Mabel. Y también porque supe que en su familia había habido algunos casos de locura. No obstante, entonces las muchachas eran tan obstinadas como ahora y como lo serán siempre, y Mabel se casó con él.

    "Después de su matrimonio no la vi muy a menudo. Vino a pasar unos días a mi casa un par de veces y me invitaron a la suya en varias ocasiones, pero, a decir verdad, no me gusta mucho estar en casas ajenas y siempre me las arreglé para excusarme. Llevaban diez años casados cuando el señor Denman falleció repentinamente. No habían tenido hijos y dejaba todo su dinero a Mabel. Yo le escribí, como es natural, ofreciéndome a hacerle compañía si me necesitaba, pero me contestó con una carta muy sensata y yo imaginé que no estaba demasiado abatida por la pena. Lo juzgué natural sabiendo que desde hacía algún tiempo hacían vidas separadas. No fue hasta unos tres meses después cuando recibí una carta de lo más histérica de mi sobrina, en la que me pedía que acudiera a su lado, que las cosas iban de mal en peor y que no sería capaz de soportarlo por mucho más tiempo.

    "Así que, por supuesto, recogí mis cosas, llevé la vajilla de plata al banco y acudí en seguida. Encontré a Mabel muy nerviosa. La casa, Myrtle Dene, era muy grande y estaba magníficamente amueblada. Tenían cocinera, doncella, así como una enfermera que cuidaba del anciano señor Denman, padre del esposo de Mabel, quien estaba lo que se dice "un poco mal de la cabeza". Era un hombre tranquilo y se portaba bien, aunque a veces era algo raro. Como ya he dicho, había habido casos de locura en la familia.

    "Me sorprendí realmente al ver el cambio sufrido por Mabel. Era un manojo de nervios y me resultó difícil que me contara el problema. Lo conseguí, como siempre se consiguen estas cosas, indirectamente. Le pregunté por unos amigos suyos a quienes siempre mencionaba en sus cartas, los Callagher. Ante mi sorpresa, me respondió que apenas los veía ya. Y lo mismo me contestó al preguntarle por otros. Le hablé de lo tonto que era encerrarse en casa y renunciar al trato social, y entonces me contó la verdad.

    "-No es cosa mía, sino suya. Ahora no hay una sola persona aquí que quiera dirigirme la palabra. Cuando paso por High Street todos se apartan para no tener que saludarme. Soy una especie de leprosa. Es horrible y no podré soportarlo por mucho tiempo. Tendré que vender la casa y marcharme al extranjero. Y, sin embargo, ¿por qué tienen que hacerme abandonar una casa como ésta? Yo no he hecho nada.

    "Me inquieté más de lo que puedan ustedes imaginar. Estaba tejiendo una bufanda para la anciana señora Hay y, en mi tribulación, dejé escapar unos puntos y no lo descubrí hasta mucho después.

    "-Mi querida Mabel -le dije-, me sorprendes. ¿Cuál es la causa de todo esto?

    "Incluso de niña Mabel fue siempre difícil y me costó muchísimo sacarle la verdad. Sólo sabía hablar con vaguedad de las personas ociosas y maliciosas que no tienen nada mejor que hacer que chismorrear y lanzar insidias a las mentes de los demás.

    "-Lo veo muy claro -le dije-. Evidentemente debe de circular algún rumor referente a ti. Tú debes saber muy bien cuál es esa historia, de modo que vas a contármela.

    "-¡Es algo tan malicioso! -gimió Mabel.

    "-Claro que es malicioso -repliqué-. No hay nada que puedas contarme acerca de la mentalidad humana que me sorprenda. Y ahora, Mabel, ¿quieres decirme lisa y llanamente lo que la gente anda diciendo de ti?

    "Entonces salió todo.

    "Al parecer, la repentina e inesperada muerte de Geoffrey Denman había suscitado varios rumores. En resumen, la gente pensaba que ella había envenenado a su esposo.

    "Ahora bien, como supongo que ustedes ya saben, no hay nada más cruel ni más difícil de combatir que los rumores. Cuando la gente habla a nuestras espaldas nada hay que pueda uno rebatir o negar, y las habladurías van creciendo sin que nadie pueda detenerlas. Yo estaba completamente segura de una cosa: Mabel era incapaz de envenenar a nadie y no comprendía por qué iban a arruinarle la vida haciéndole insoportable la estancia en aquella casa sólo porque, con toda probabilidad, había hecho alguna estupidez.

    "-No hay humo sin fuego -le dije-, Mabel. Ahora vas a decirme el motivo de que la gente comenzara a rumorear. Debió ser por algo.

    "Mabel se mostró muy incoherente, declarando que no había sido por nada, por nada en absoluto, como no fuese, naturalmente, por lo repentino del fallecimiento de Geoffrey. A la hora de cenar parecía encontrarse perfectamente y por la noche se puso muy enfermo. Naturalmente habían enviado a buscar al médico, pero el pobre Geoffrey falleció a los pocos minutos de su llegada. Su muerte fue atribuida a envenenamiento por haber comido setas venenosas.

    "-Bueno -le dije-, supongo que una muerte repentina de esa clase puede desatar las lenguas, pero sin duda no sin algunos hechos adicionales. ¿Te peleaste con Geoffrey o algo por el estilo?

    "Admitió que había sostenido una discusión con él la mañana anterior, a la hora del desayuno.

    "-Supongo que la oirían los criados... -comenté.

    "-No estaban en la habitación.

    "-No, querida, pero probablemente estaban al otro lado de la puerta -le contesté.

    "Yo sabía muy bien lo histérica que podía llegar a ponerse Mabel cuando se enfadaba. Geoffrey Denman también era un hombre dado a elevar la voz cuando se enfadaba.

    "-¿Por qué pelearon? -quise saber.

    "-Oh, por las tonterías de siempre. Siempre ocurría lo mismo. Cualquier cosa nos enzarzaba en una discusión. Geoffrey se ponía imposible y decía cosas abominables, y yo le contestaba a todo lo que pensaba de él.

    "-Entonces, ¿discutían a menudo? -pregunté.

    "-No era culpa mía.

    "-Mi querida niña -le dije-, no importa de quién fuera la culpa. Eso no es lo que estamos discutiendo ahora. En un sitio como éste, los asuntos privados de todo el mundo son poco más o menos del dominio público. Tú y tu marido estaban siempre discutiendo. Una mañana tienen una pelea mayor de lo normal y aquella noche tu marido muere repentina y misteriosamente. ¿Es eso todo o hay algo más?

    "-No sé qué quieres decir -afirmó Mabel apesadumbrada.

    "-Pues lo que he dicho, querida. Si has cometido alguna tontería, no lo ocultes. Yo sólo quiero ayudarte.

    "-Nadie ni nada puede ayudarme, excepto la muerte -declaró Mabel con desesperación.

    "-Ten un poco más de fe en la Providencia, querida -le dije-. Ahora sé perfectamente que hay algo más que tratas de ocultar.

    "Siempre supe, incluso cuando era una niña, cuándo no me decía la verdad. Tardó mucho tiempo, pero al fin lo dijo. Aquella misma mañana fue a la farmacia a comprar arsénico. Por supuesto firmó en el registro y, naturalmente, el farmacéutico lo había contado.

    "-¿Quién es tu médico? -le pregunté.

    "-El doctor Rawlinson.

    "Yo lo conocía de vista. Mabel me lo había señalado el día anterior y era lo que vulgarmente se llama un viejo decrépito. Además, yo tenía demasiada experiencia de la vida para creer en la infalibilidad de los médicos. Algunos son inteligentes y otros no, y la mayor parte de las veces no saben lo que le ocurre a uno. Yo no confío ni en los médicos ni en las medicinas.

    "Después de reflexionar sobre lo que había averiguado, me puse el sombrero y me fui a visitar al doctor Rawlinson. Era precisamente lo que yo había supuesto, un anciano amable y tan corto de vista que daba lástima, ligeramente sordo, y al mismo tiempo susceptible y quisquilloso en grado extremo. En cuanto mencioné la muerte de Geoffrey Denman se puso a la defensiva, y me habló largo rato de las setas, las comestibles y las que no. Había interrogado a la cocinera, quien admitió que una o dos setas de las que preparó le parecieron "un poco extrañas", pero pensó que debían ser buenas, puesto que se las habían enviado de la tienda. Cuanto más pensaba en ello desde aquél día, más convencida estaba de que su aspecto no era normal.

    "-Y no es extraño -dije yo-. Debieron empezar por ser semejantes a las demás en apariencia y terminar adquiriendo un color naranja con manchas rojas. No hay nada que esa gente no recuerde si se esfuerza.

    "Averigüé que Denman ya no podía hablar cuando llegó el doctor. No podía tragar y falleció a los pocos minutos. El médico parecía completamente satisfecho de su dictamen, pero yo no estaba segura de si era debido a un firme convencimiento o a su testarudez.

    "Me fui directa a casa y pregunté a Mabel por qué había comprado arsénico.

    "-Debiste hacerlo con algún propósito -le dije.

    "Mabel se echó a llorar.

    "-Quería suicidarme -gimió-. Me sentía tan desgraciada... y pensé que así terminaría todo.

    "-¿Tienes aún el arsénico? -le pregunté.

    "-No, lo tiré.

    "Estuve durante unos momentos dando vueltas en mi mente al problema.

    "-¿Qué ocurrió cuando se sintió mal? ¿Te llamó?

    "-No -meneó la cabeza-. Hizo sonar el timbre con violencia. Debió llamar varias veces y al fin Dorothy, la doncella, lo oyó y, tras despertar a la cocinera, bajó con ella. Cuando Dorothy lo vio se asustó mucho. Estaba inquieto y delirando. Dejó allí a la cocinera y vino corriendo a buscarme. Yo me levanté y al verlo comprendí en el acto que estaba muy grave. Por desgracia Brewster, que cuida del anciano señor Denman, tenía la noche libre, de modo que no había nadie en la casa que supiera lo que se debía hacer. Mandé a Dorothy a buscar al médico, y la cocinera y yo nos quedamos con él, pero al cabo de unos minutos no pude soportarlo más, era demasiado horrible, y regresé a mi habitación para encerrarme en ella.

    "-Fuiste muy egoísta y cruel -le dije-, y no hay duda de que tu comportamiento no te habrá ayudado precisamente, ya puedes estar segura. La cocinera lo habrá repetido por todas partes. Vaya, vaya, es un mal asunto.

    "Luego hablé con el servicio. La cocinera quería contarme lo de las setas, pero la contuve: estaba harta de aquellas setas. En vez de eso, la interrogué detalladamente acerca del estado de su amo en aquella trágica noche. Las dos estuvieron de acuerdo en que parecía agonizante, que apenas podía tragar, sólo hablaba con voz apagada y delirante, y que no dijo nada que tuviera sentido.

    "-¿Qué dijo cuando deliraba? -pregunté con curiosidad.

    "-Algo acerca de un pescado, ¿no? -dijo volviéndose a la otra.

    "Dorothy asintió.

    "-Un montón de pescado -dijo-, o alguna tontería por el estilo. En seguida comprendí que el pobre señor había perdido la cabeza.

    "No era posible sacar nada en claro de aquello. Como último recurso, fui a ver a Brewster, que era una mujer delgada de unos cincuenta años.

    "-Es una lástima que no estuviera yo aquella noche -dijo-. Al parecer nadie intentó hacer nada por él hasta que llegó el médico.

    "-Supongo que deliraba -dije pensativa-, pero eso no es síntoma de envenenamiento producido por alimentos en mal estado, ¿o sí?

    "-Eso depende -replicó Brewster.

    "Le pregunté por el estado de su paciente.

    "Meneó la cabeza.

    "-Está bastante mal -replicó.

    "-¿Débil?

    "-Oh, no. Físicamente está bastante bien, aparte de la vista, que le empieza a fallar. Puede que nos sobreviva a todos nosotros, pero su mente se está perdiendo muy deprisa. Les dije al señor y a la señora Denman que debían internarlo en un sanatorio, pero la señora Denman no quiere oír hablar de ello siquiera.

    "Debo decir que Mabel siempre ha tenido un corazón generoso.

    "Bien, así estaban las cosas. Consideré cuidadosamente todos los aspectos y finalmente decidí que sólo quedaba una cosa por hacer. En vista de los rumores que circulaban, debíamos solicitar un permiso para exhumar el cadáver, practicarle la debida autopsia y hacer que las lenguas se callaran para siempre. Desde luego, Mabel armó un gran alboroto diciendo que no se debía molestar a un muerto en su tumba, etc... pero yo me mantuve firme.

    "No me alargaré en esta parte de mi historia. Conseguimos el permiso y se llevó a cabo la autopsia, o como se llame eso, mas el resultado no fue lo satisfactorio que debiera haber sido. No se encontró el menor rastro de arsénico, cosa favorable, pero las palabras exactas del informe forense fueron "que no había nada que demostrase la causa de la muerte".

    "De modo que aquello no solucionó nada. La gente continuó hablando de venenos raros que no dejan rastro y tonterías por el estilo. Yo visité al patólogo que efectuó la autopsia, al que hice varias preguntas, aunque se esforzó cuanto le fue posible para no responder a la mayoría de ellas. Pero logré sonsacarle que consideraba altamente improbable que las setas venenosas hubieran sido la causa del fallecimiento. Una idea tomaba forma en mi mente y le pregunté qué veneno, si es que existía alguno, podía haber sido empleado para lograr aquellos efectos. Me dio una extensísima explicación, que en su mayor parte, debo admitirlo, no entendí, pero que puede resumirse así: la muerte pudo ser producida por algún fuerte alcaloide vegetal.

    "La idea que tuve era ésta. Suponiendo que Geoffrey Denman llevara también en la sangre la tara de la locura, ¿no pudo haberse suicidado? Durante un período de su vida estudió medicina y debía tener un buen conocimiento de los venenos y sus efectos.

    "No me parecía muy probable, pero fue lo único que se me ocurrió y puedo asegurarles que estuve a punto de volverme loca. Ahora, aunque ustedes los jóvenes lo tomen a risa, les confesaré que, cuando me encuentro en un verdadero apuro, siempre rezo para mis adentros, en cualquier parte donde me encuentre, caminando por la calle o en el interior de una tienda, y siempre obtengo una respuesta a mi plegaria. Tal vez parezca una cosa sin importancia y sin relación aparente con este asunto, pero la tiene. Cuando era niña tenía este lema escrito sobre mi cama: "Pide y recibirás". La mañana a la que me refiero yo estaba paseando por High Street y rezaba intensamente. Cerré los ojos y, al abrirlos, ¿qué creen ustedes que fue lo primero que vi?"

    Cinco rostros se volvieron hacia la señorita Marple, demostrando diversos grados de interés. Sin embargo, podía afirmarse con seguridad que ninguno había adivinado la respuesta a la pregunta.

    -Vi -dijo la señorita Marple con aire misterioso- el escaparate de la pescadería. Y sólo había una cosa en él: un ródalo fresco.

    Miró a su alrededor con aire triunfante.

    -¡Oh, cielos! -exclamó Raymond West-. La respuesta a tu plegaria fue... un ródalo fresco.

    -Sí, Raymond -contestó la señorita Marple con aire severo-. Y no hace falta que seas tan escéptico. La mano de Dios está en todas partes. Lo primero que vi fueron las manchas negras de ese pescado, las huellas del pulgar de san Pedro, según cuenta la leyenda, ya sabes. Y eso me hizo recordar cosas: que necesitaba fe, la verdadera fe de san Pedro, y relacioné las dos cosas, la fe y el pescado.

    Henry se sonó con bastante apresuramiento y Joyce se mordió el labio.

    -¿Qué es lo que trajo esto a mi memoria? Pues que la doncella y la cocinera mencionaran que el pescado había sido una de las palabras pronunciadas por el difunto. Eso me convenció, con un convencimiento absoluto, de que la solución del misterio había de encontrarse en aquellas palabras. Volví a casa resuelta a llegar al fondo del asunto.

    Hizo una pausa.

    -¿Se les ha ocurrido pensar -continuó la anciana- cuántas veces nos dejamos llevar por lo que creo se ha dado en llamar el contexto de las cosas? Hay un lugar en Dartmoor llamado Tiempo Gris. Si uno habla con un granjero de allí y menciona las palabras Tiempo Gris, sin duda deducirá que se refiere a aquellas rocas, aunque es posible que usted le esté hablando del día que hace. Del mismo modo, si uno hace referencia a ese lugar ante un extraño que sólo oiga un fragmento de la conversación, puede pensar que le hablan del tiempo. De modo que, al repetir una conversación, por lo general no empleamos las palabras exactas, sino otras que para nosotros tienen el mismo significado.

    "Me entrevisté por separado con la cocinera y Dorothy. Pregunté a la primera si estaba segura de que su amo había hablado de un montón de pescado y respondió afirmativamente.

    "-¿Fueron entonces ésas sus palabras exactas -pregunté- o nombró alguna clase especial de pescado?

    "-Eso es -replicó la cocinera-, una clase especial que ahora no puedo recordar. Un montón de... ¿qué era lo que dijo? No es ninguno de los que se sirven en la mesa. ¿Diría sollo o perca? No, no empezaba con P.

    "Dorothy también recordaba que su amo había mencionado una clase determinada de pescado.

    "-Era un nombre poco corriente -dijo-. Una pila de... ¿qué es lo que dijo?

    "-¿Dijo montón o pila? -pregunté.

    "-Creo que dijo pila. Pero no estoy segura, es tan difícil recordar las palabras exactas, ¿no es cierto, señorita?, especialmente cuando no tienen sentido. Pero ahora que lo pienso, estoy casi segura de que dijo pila, algo que me sonó muy extraño, y luego pronunció el nombre de un pescado que empieza con C, pero no era el congrio ni cangrejo."

    -Lo que sigue a continuación me enorgullece –dijo la señorita Marple-, porque, desde luego, nada sé de drogas, que considero desagradables y peligrosas. Tengo una receta de mi abuela para hacer infusión de tanaceto que vale más que todas las medicinas. Pero yo sabía que en la casa había varios libros de medicina y que uno de ellos era un índice de drogas. ¿Comprenden? Mi idea fue que Geoffrey había tomado alguna dosis de veneno e intentó decirlo. Bien, primero miré las que empezaban por R, sin encontrar nada que me pareciese probable. Luego seguí con la letra P y casi en seguida di con ella... ¿qué creen ustedes que era?

    Miró a su alrededor saboreando su triunfo.

    -Pilocarpina. ¿No adivinan cómo sonaría en labios de un hombre que apenas pudiera hablar? ¿Y cómo sonaría a oídos de una cocinera que nunca lo hubiera oído? ¿No debió de darle la impresión de que decía algo así como "pila de carpas"?

    -¡Por Júpiter! -exclamó Henry.

    -Nunca se me hubiera ocurrido -confesó el doctor Pender.

    -Es muy interesante -dijo la señora Petherick-. Interesantísimo.

    -Busqué apresuradamente la página que señalaba el índice y leí los efectos que la pilocarpina produce en los ojos y otras cosas que no hacen al caso, y al fin llegué a una frase muy significativa. Ha sido empleada con éxito como antídoto contra el envenenamiento producido por la atropina. Entonces lo vi todo con claridad. Nunca consideré muy probable que Geoffrey Denman se hubiera suicidado. No, esta nueva solución no sólo era posible, sino que estaba segura de que era la verdadera ya que todas las piezas del rompecabezas encajaban.

    -No voy a tratar de adivinarlo -dijo Raymond-. Continúa, tía Jane, y dinos lo que estaba tan claro para ti.

    -Yo no sé nada de medicina, por supuesto -replicó la señorita Marple-, pero lo que sí sabía era que, cuando mi vista empezó a fallar, el médico me recetó unas gotas de sulfato de atropina. Fui directamente a la habitación del anciano señor Denman y no me anduve por las ramas.

    "-Señor Denman -le dije-. Lo sé todo. ¿Por qué envenenó usted a su hijo?

    "Me miró durante un par de segundos, era un hombre bastante atractivo a su manera, y luego se echó a reír. Fue una de las risas más malvadas que he oído en mi vida y les aseguro que se me puso la piel de gallina. Sólo en una ocasión oí algo parecido, cuando la pobre señora Jones se volvió loca.

    "-Sí -me contestó-, yo maté a Geoffrey. Yo era demasiado listo para él y él quería quitarme de en medio ¿no es cierto? Encerrarme en un asilo. Lo oí hablar con Mabel. Mabel es una buena chica, se puso de mi parte, pero yo sabía que no iba a poder impedirlo indefinidamente. Al fin se habría salido con la suya, como siempre. Pero yo acabé con él, con mi hijo amable y cariñoso. ¡Ja, ja! Bajé durante la noche. Fue muy sencillo. Brewster había salido y mi querido hijo estaba durmiendo. Tenía un vaso de agua en la mesilla de noche, siempre bebía cuando se despertaba a medianoche. Lo vacié, ¡ja, ja!, y luego vertí en él mi botella de gotas para los ojos. Cuando se despertase se lo bebería antes de saber qué era. Sólo me quedaba una cucharada, pero fue suficiente, fue suficiente. ¡Así fue cómo lo hice! A la mañana siguiente me dieron la noticia con mucha delicadeza. Temían que me afectara, ¡ja, ja, ja!

    "Bien, éste es el final de mi historia. Desde luego el pobre viejo fue internado en un sanatorio. En realidad no era responsable de lo que había hecho, se supo la verdad y todo el mundo se compadeció de Mabel y no sabían qué hacer para compensarla de sus injustas sospechas. Pero de no haber sido porque Geoffrey se dio cuenta de lo que había tomado e intentó pedir que le trajeran el antídoto sin demora, es posible que nunca se hubiera descubierto. Creo que la atropina produce ciertos síntomas muy evidentes, dilatación de las pupilas y demás, pero desde luego y como ya les he dicho, el doctor Rawlinson era muy corto de vista, pobre viejo. Y en el mismo libro de medicina, que continué leyendo porque era muy interesante, se daban los síntomas del envenenamiento producido por la ingestión de alimentos en mal estado y por la atropina, y no se diferencian gran cosa. Pero les aseguro que no he vuelto a ver un ródalo fresco sin acordarme de la huella del pulgar de san Pedro."

    Hubo una larga pausa.

    -Mi querida amiga -dijo el señor Petherick-, es usted realmente maravillosa.

    -Recomendaré a Scotland Yard que vengan a pedirle consejo -intervino Henry.

    -Bueno, de todas formas hay una cosa que ignoras, tía Jane -dijo Raymond.

    -Oh, sí que lo sé, querido -replicó la señorita Marple-. Ha ocurrido precisamente antes de cenar ¿no es cierto? Cuando llevaste a Joyce a contemplar la puesta de sol. Es un lugar muy adecuado, junto a los jazmines. Allí es donde el lechero le preguntó a Annie si quería casarse con él.

    -Vaya, tía Jane -replicó el joven-, no estropees todo el romanticismo. Joyce y yo no somos como el lechero y Annie.

    -En eso te equivocas, querido -dijo la señorita Marple-. En realidad todos somos iguales, aunque afortunadamente tal vez no nos demos cuenta.
     
  2. sandybell

    sandybell Soñadora

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Frases de Agatha Christie

    1891-1976. Novelista inglesa, prolífica escritora de novelas policiacas.

    Libros de Agatha Christie
    Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único.

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    Cásate con un arqueólogo. Cuanto más vieja te hagas, más encantadora te encontrará

    Más frases sobre: Matrimonio
    Cuando no hay humildad, las personas se degradan.

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    Las conversaciones siempre son peligrosas si se quiere esconder alguna cosa.

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    Lo más razonable que se ha dicho sobre el matrimonio y sobre el celibato es esto: hagas lo que hagas te arrepentirás.

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    La mejor receta para la novela policiaca: el detective no debe saber nunca más que el lector.

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    En lo concerniente a las grandes sumas, lo más recomendable es no confiar en nadie.

    Más frases sobre: Dinero
    La maldad no es algo sobrehumano, es algo menos que humano.
     
  3. sandybell

    sandybell Soñadora

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

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  4. Inesa

    Inesa

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Felicito este Hilo. Es genial. Siempre he sentido predileccion por los libros de Agatha. Tengo la fortuna de haberlos leido todos. Aun cuando en mi coleccion personal me faltan dos de sus libros. Leyendo las historias cortas que han publicado aqui me traen recuerdos gratos. Todos sus personajes me han encantado. Mr Quinn es uno poco conocido y cuyo nombre es un "parafraseo" de Arlequin... Hablo de Mr Harley Quinn. Siempre misterioso y que aparece y desaparece sin dejar ningun rastro... Espero seguir leyendo mas publicaciones de la Dama del Crimen y Misterio. Gracias a todos! :razz:
     
  5. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola Inesa :beso:

    Bienvenida al club :52aleluya: :52aleluya:

    Me alegro que te guste el hilo. Que suerte que sólo te falten 2 libros para completar la colección :5-okey: A mí me faltan algunos más :icon_rolleyes:

    No sabia eso de Mr Quinn. Creo que el libro aún no lo he leído :icon_rolleyes:
     
  6. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Aqui os dejo esta historia: El crimen de la cinta métrica de Agatha Christie
    :happy:
    Asiendo el llamador, la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un tanto al hacerlo, y tuvo que volver a colocarlo en su sitio. En aquel paquete llevaba el nuevo vestido de invierno de la señora Spenlow, de color verde, dispuesto para la prueba. De la mano izquierda de la señorita Politt pendía una bolsa de seda negra, que contenía la cinta métrica, un acerico de alfileres y un par de tijeras grandes y prácticas.

    La señorita Politt era alta y delgada, de nariz puntiaguda, labios finos y cabellos grises. Vaciló unos momentos antes de llamar por tercera vez. Mirando al final de la calle, vio una figura que se aproximaba rápidamente y la señorita Hartnell, jovial y curtida, con sus cincuenta y cinco años, le gritó con su voz potente y grave:

    -¡Buenas tardes, señorita Politt!

    La modista respondió:

    -Buenas tardes, señorita Hartnell -su voz era extremadamente suave y moderada. Había comenzado a trabajar como doncella en casa de una gran señora-. Perdóneme -prosiguió-, pero ¿sabe por casualidad si está en casa la señora Spenlow?

    -No tengo la menor idea.

    -Es bastante extraño que no conteste a mis llamadas. Esta tarde tenía que probarle el vestido. Me dijo que viniese a las tres y media.

    La señorita Hartnell consultó su reloj de pulsera.

    -Ahora es un poco más de la media -contestó.

    -Sí. He llamado ya tres veces, pero no contesta nadie; por eso me preguntaba si no habría salido y habrá olvidado que tenía que venir yo. Por lo general no se olvida, y además quería estrenar el vestido pasado mañana.

    La señorita Hartnell atravesó la puerta de la verja y llegó al jardín para reunirse con la señorita Politt.

    -¿Y por qué no le ha abierto Gladys? -quiso saber-. Oh, no, claro, es jueves... es su día libre. Me figuro que la señora Spenlow se habrá quedado dormida. Me parece que no consigue usted hacer gran ruido con ese chisme.

    Y alzando el llamador lo descargó con todas sus fuerzas. Rat-tat-tat-tat y, además golpeó la puerta con las manos. También gritó con voz estentórea:

    -¡Eh! ¿No hay nadie ahí dentro?

    No obtuvo respuesta.

    -Oh, yo creo que la señora Spenlow debe de haberse olvidado y se habrá ido -murmuró la señorita Politt-. Volveré cualquier otro rato.

    -Tonterías -replicó la señorita Hartnell con firmeza-. No puede haber salido. Yo la hubiera encontrado. Voy a echar un vistazo por las ventanas para ver si da señales de vida.

    Y riendo con su habitual buen humor, para indicar que se trataba de una broma, miró superficialmente por la ventana más próxima, pues sabía que los señores Spenlow no utilizaban aquella habitación, ya que preferían la salita de la parte posterior.

    A pesar de ser una mirada superficial consiguió su objetivo. Es cierto que la señorita Hartnell no vio signos de vida. Al contrario, a través de la ventana distinguió a la señora Spenlow tendida sobre las alfombra... y muerta.

    -Claro que -decía la señorita Hartnell contándolo después- procuré no perder la cabeza. Esa criatura, la señorita Politt, no hubiera sabido qué hacer.

    Tenemos que conservar la serenidad -le dije-. Usted quédese aquí y yo iré a buscar al alguacil Palk. Ella protestó diciendo que no quería quedarse sola, pero no le hice el menor caso. Hay que mantenerse firme con esa clase de personas. Les encanta armar alboroto. De modo que cuando iba a marcharme, en aquel preciso momento, el señor Spenlow doblaba la esquina de la casa.

    La señorita Hartnell hizo una pausa significativa, permitiendo a su interlocutora que le preguntara impaciente:

    -Dígame: ¿qué aspecto tenía?

    La señorita Hartnell prosiguió:

    -Con franqueza, ¡inmediatamente sospeché algo! Estaba demasiado tranquilo. No se sorprendió lo más mínimo. Y puede usted decir lo que quiera, pero no es natural que un hombre que oye decir que su mujer está muerta no exteriorice la menor emoción.

    Todo el mundo tuvo que darle la razón.

    La policía también. Y no tardaron en averiguar cuál era su situación después de la muerte de su esposa, descubriendo que ella era rica y que todo su dinero iría a parar a manos del viudo gracias a un testamento hecho a toda prisa poco después del matrimonio, cosa que despertó generales sospechas.

    La señorita Marple, la solterona de rostro afable (y según algunos de lengua afilada), que vivía en la casa contigua a la rectoría, fue interrogada muy pronto... a la media hora del descubrimiento del crimen. El alguacil Palk, con una libreta de notas para datos, le dijo:

    -Si no le molesta, señora, tengo que hacerle unas preguntas.
    La señorita Marple repuso:

    -¿Acerca del asesinato de la señora Spenlow?

    Palk se sorprendió.

    -¿Puedo preguntarle cómo se enteró de ello?

    -Por el pescado.

    La respuesta fue perfectamente inteligible para el alguacil, quien supuso con gran acierto que el repartidor del pescado le habría llevado la noticia al mismo tiempo que la merluza o las sardinas.

    -Fue encontrada en el suelo de la sala estrangulada -continuó la señorita Marple-, posiblemente con un cinturón muy estrecho; pero fuera lo que fuese, no ha aparecido.

    -¿Cómo es posible que Fred se entere de todo...? -comenzó a decir Palk.

    La señorita Marple lo interrumpió.

    -Lleva un alfiler en la solapa.

    Palk se miró el lugar indicado.

    -Dicen: «Ver un alfiler y cogerlo, y todo el día tendrás buena suerte.»

    -Espero que sea verdad. Y ahora dígame, ¿qué es lo que quería decirme?

    El alguacil se aclaró la garganta y con aire de importancia consultó su libreta.

    -El señor Arturo Spenlow, esposo de la interfecta, ha prestado declaración. El señor Spenlow dice que a las dos y media, según sus cálculos, le telefoneó la señorita Marple para pedirle que fuera a verla a las tres y cuarto, pues tenía precisión de consultarle algo. Dígame, señorita, ¿es cierto?

    -Desde luego que no -repuso la señorita Marple.

    -¿No telefoneó al señor Spenlow a las dos y media?

    -Ni a esa hora ni a ninguna otra.

    -¡Ah! -exclamó Palk, retorciéndose el bigote con satisfacción.

    -¿Qué más dijo el señor Spenlow?

    -Según su declaración, él vino aquí atendiendo a su llamada, y salió de su casa a las tres y diez, y que al llegar, la doncella le comunicó que la señorita Marple «no estaba en casa».

    -Eso es cierto -replicó la solterona-. Él vino aquí, pero yo me encontraba en una reunión del Instituto Femenino.

    -¡Ah! -volvió a exclamar Palk.

    -Dígame, alguacil, ¿sospecha usted acaso que el señor Spenlow haya dado muerte a su esposa?

    -No puedo asegurar nada en este momento, pero me da la impresión de que alguien, sin mencionar a nadie, se las quiere dar de muy listo.

    -¿El señor Spenlow? -preguntó la señorita Marple, pensativa.

    Le agradaba el señor Spenlow. Era un hombre delgado, de pequeña estatura, de hablar mesurado y convencional y el colmo de la respetabilidad. Parecía extraño que hubiera ido a vivir al campo, pues era evidente que había pasado toda su vida en la ciudad, y confió sus razones a la señorita Marple.

    -Desde joven tuve deseos de vivir en el campo -le dijo- y tener un jardín de mi propiedad. Siempre me gustaron mucho las flores. Ya sabe, mi esposa tenía una floristería. Es donde la vi por primera vez.

    Un simple comentario, pero que dejaba adivinar el idilio: Una señora Spenlow mucho más joven y hermosa, con un fondo de flores.

    No obstante el señor Spenlow, en realidad, no sabía nada acerca de las flores... ni de semillas, poda, época de plantación, etc. Sólo tenía una imagen en su mente... la imagen de una casita con un jardín repleto de flores de brillantes colores y dulce aroma. Le pidió que le instruyera, y fue anotando en su libretita todas las respuestas de la señorita Marple.

    Era un hombre de ademanes reposados. Y tal vez por eso la policía se interesó por él cuando su esposa fue encontrada asesinada. A fuerza de paciencia y perseverancia averiguaron muchas cosas respecto a la difunta señora Spenlow... y pronto lo supo también todo Saint Mary Mead.

    La finada señora Spenlow había comenzado su vida como camarera de una gran casa, que dejó para casarse con el segundo jardinero, y con él puso una tienda de flores en Londres. El negocio había prosperado, pero no así el jardinero, que al poco tiempo enfermó y murió. Su viuda llevó adelante la tienda y tuvo que ampliarla, pues no cesaba de prosperar. Luego la había traspasado a muy buen precio y volvió a embarcarse en un segundo matrimonio... con el señor Spenlow, un joyero de mediana edad, que había heredado un negocio reducido y decadente. Poco después lo vendieron, yendo a vivir a Saint Mary Mead.

    La señora Spenlow era una mujer bien educada. Los beneficios del establecimiento de flores los había invertido... «con ayuda de los espíritus», según explicaba a todo el mundo. Y éstos le habían aconsejado con inesperado acierto.

    Todas sus inversiones resultaron magníficas. Sin embargo, en vez de afianzarse en sus creencias «espiritistas», la señora Spenlow abandonó las sesiones y los médiums, y se entregó rápidamente, pero de corazón, a una oscura religión con afinidades indias que se basaba en varias formas de inspiraciones profundas. No obstante, cuando llegó a Saint Mary Mead, se adscribió temporalmente a la iglesia anglicana. Pasaba muchos ratos con el vicario, y asistía a los oficios religiosos con asiduidad. Era parroquiana de los comercios de la localidad y jugaba al bridge en las reuniones.

    Una vida monótona.., sencilla. Y de repente... el crimen.

    El coronel Melchett, jefe de policía, había mandado llamar al inspector Slack.
    Slack era un tipo positivista. Cuando tomaba una resolución, no se volvía atrás, y ahora estaba seguro de sus hipótesis.

    -Fue el esposo quien la mató, señor -declaró.

    -¿Usted cree?

    -Estoy completamente seguro. Sólo tiene que mirarlo. Es culpable como el mismo diablo. No demuestra la menor pena o emoción. Volvió a la casa sabiendo que su mujer estaba muerta.

    -¿Y no hubiera intentado por lo menos representar el papel de marido desconsolado?

    -Él no, señor. Está demasiado seguro de sí mismo. Algunos caballeros no saben fingir.

    -¿Alguna otra mujer en su vida? -preguntó el coronel Melchett.

    -No he podido dar con el rastro de ninguna. Claro que este hombre es muy listo. Sabe «despistar». Yo creo que estaba harto de su esposa. Ella tenía el dinero y me parece que era de carácter difícil de soportar. Así que a sangre fría decidió deshacerse de ella y vivir cómodamente solo y a sus anchas.

    -Sí, supongo que puede haber sido ése el caso.

    -Puede usted estar seguro de que fue así. Trazó sus planes con todo cuidado. Fingió una llamada telefónica...

    Melchett le interrumpió:

    -¿No han podido comprobar la llamada?

    -No, señor. Eso significa que, o bien han mentido, o que fue hecha desde un teléfono público. Los únicos teléfonos públicos del pueblo son el de la estación y el de Correos. Desde Correos no llamó. La señorita Blade ve a todo el que entra. En el de la estación, tal vez. Hay un tren que llega a las dos y veintisiete y a esa hora se ve bastante concurrida. Pero lo principal es que él dice que fue la señorita Marple quien lo llamó, y eso, desde luego, no es cierto. La llamada no fue hecha desde su casa, y ella estaba en el Instituto Femenino.

    -¿Y no habrá pasado por alto la posibilidad de que alguien quitara de en medio al marido... para poder asesinar a la señora Spenlow?

    -Se refiere a Ted Gerard, ¿verdad? He estado investigando..., pero tropezamos con la falta de motivos. Él no iba a ganar nada. Sin embargo, es un indeseable. Y tiene un buen número de desfalcos en su haber.

    -Es miembro del Grupo Oxford.

    -No digo que no sea un equivocado. No obstante, él mismo fue a confesárselo a su patrón. Dijo que estaba arrepentido y comenzó a devolver el dinero. Y no digo que no fuera una artimaña... pudo pensar que sospechaban y decidir representar la comedia.

    -Tiene usted una mentalidad muy escéptica, Slack -dijo el coronel Melchett-. A propósito, ¿ha hablado usted con la señorita Marple?

    -¿Qué tiene ella que ver con esto, señor?

    -Oh, nada. Pero ya sabe... oye cosas... ¿Por qué no va a charlar un rato con ella? Es una anciana muy inteligente.

    Slack cambió de tema.

    -Quería preguntarle una cosa, señor: en casa de Robert Abercrombie, donde la difunta trabajaba, hubo un robo de esmeraldas... que valían una fortuna. No aparecieron. He estado calculando... y debió ser cuando estaba allí la señora Spenlow, aunque entonces sería casi una niña. No creerá que estuviera complicada en el robo, ¿verdad, señor? Spenlow, como ya sabe, era uno de esos joyeros de vía estrecha...

    -No creo que tuviera nada que ver -repuso Melchett meneando la cabeza-. Entonces ni siquiera conocía a Spenlow. Recuerdo el caso. La opinión policíaca fue que el hijo de la casa, Jim Abercrombie, estaba mezclado en el asunto... Era un joven muy gastador. Tenía un montón de deudas, que pagó precisamente después de ocurrido el robo... El viejo Abercrombie dificultó un poco las cosas... y quiso distraer la atención de la policía.
    -Era sólo una idea, señor -dijo Slack.

    La señorita Marple recibió al inspector Slack con satisfacción, sobre todo al saber que lo enviaba el coronel Melchett.

    -Vaya, la verdad, el coronel Melchett es muy amable. No sabía que me recordaba.

    -Me indicó el coronel que viniera a verla, pues, sin duda, sabía todo lo que ocurre en Saint Mary Mead, que valga la pena.

    -Es muy amable, pero la verdad es que no sé nada en absoluto. Quiero decir, con respecto a este crimen.

    -Pero sabe lo que se murmura.

    -Oh, claro..., pero no va una a repetir simples habladurías.

    -Ésta no es una conversación oficial -dijo Slack queriendo animarla-, sino una charla en confianza, por así decir.

    -¿Y quiere usted saber lo que dice la gente... sea o no verdad?

    -Eso es.

    -Bien, pues, desde luego, se habla y se imagina mucho. Las opiniones se dividen en dos campos opuestos, no sé si me comprende. Para empezar, hay personas que creen que ha sido el marido. En cierto modo, un marido o una esposa, es el sospechoso más natural, ¿no cree?

    -Es posible -repuso el inspector con precaución.

    -La vida en común... ya sabe... y muy a menudo la parte monetaria. He oído decir que quien tenía el dinero era la señora Spenlow y que su esposo se beneficia con su muerte. En este perverso mundo, suposiciones menos caritativas a menudo están justificadas.

    -Sí, entra en posesión de una bonita suma.

    -Por eso... parece muy verosímil que la estrangulara, saliera por la puerta posterior y viniera a mi casa a través de los campos, para preguntar por mí con la excusa de haber recibido una llamada telefónica: luego regresar y descubrir que su mujer había sido asesinada durante su ausencia... Naturalmente, con la esperanza de que achacaran el crimen a cualquier ladrón o vagabundo.

    -Y añadiendo a eso la parte monetaria... y si últimamente no se llevaban muy bien... -continuó el inspector.

    -¡Oh, pero si se llevaban muy bien! -interrumpió la señorita Marple.

    -¿Lo sabe a ciencia cierta?

    -¡Si se hubieran peleado lo sabría todo el mundo! La doncella, Gladys Brent, hubiera hecho circular la noticia por todo el pueblo.

    -Tal vez no lo supiera -dijo el inspector sin gran convencimiento... y recibiendo a cambio una sonrisa compasiva.

    -Y luego tenemos la opinión del otro campo -prosiguió la señorita Marple-: Ted Gerad. Un joven muy simpático. Creo que el aspecto personal tiene mucha importancia sobre los demás. ¡Nuestro último vicario produjo un efecto mágico! Todas las muchachas iban a la iglesia... por la tarde y por la mañana. Y muchas mujeres ya mayores desplegaron una desacostumbrada actividad...; ¡la de zapatillas que le hicieron! Al pobre hombre le resultaba muy violento. Pero... ¿dónde estaba? Oh, sí, hablaba de ese joven, Ted Gerad. Claro que se ha hablado de él. Venía a verla muy a menudo. A pesar de que la propia señora Spenlow me dijo que era miembro de un movimiento religioso que llaman el Grupo Oxford. Creo que son muy sinceros y esforzados, y la señora Spenlow se sintió muy impresionada.

    La señorita Marple tomó un poco de aliento antes de proseguir.

    -Y estoy convencida de que no hay razón para creer que hubiera algo más que eso, pero ya sabe usted cómo es la gente. Muchas personas opinan que la señora Spenlow se dejó embaucar por ese joven, y que le prestó mucho dinero. Y es positivamente cierto que lo vieron en la estación aquel día... En el tren de las dos veintisiete. Pero hubiera sido muy sencillo para él apearse por el lado contrario y saltar la cerca y no pasar por la entrada de la estación. De ese modo no lo hubieran visto ir a la casa. Y claro, la gente considera que el atuendo de la señora Spenlow era, digamos, bastante particular.

    -¿Particular?

    -Sí. Iba en quimono -la señorita Marple se sonrojó-. Eso resulta bastante sugestivo para ciertas personas.

    -¿Y para usted resulta positivo?

    -¡Oh, no, yo no lo creo! A mí me parece perfectamente natural.

    -¿Lo considera natural?

    -En aquellas circunstancias, sí -la mirada de la señorita Marple era fría y reflexiva.

    -Eso pudiera darnos otro motivo para el esposo. Celos -dijo el inspector Slack.

    -¡Oh, no! El señor Spenlow no hubiera sentido nunca celos. Es de esos hombres que se dan cuenta de las cosas. Si su esposa le hubiera abandonado dejándole una nota en la almohada, él sería el primero en explicarlo.
    El inspector Slack se sintió interesado por el modo significativo con que le miraba. Tenía la impresión de que toda su charla pretendía ocultarle algo que él no alcanzaba a comprender.

    -¿Ha encontrado alguna pista, inspector? -le preguntó la señorita Marple con cierto énfasis.

    -Hoy en día los criminales no dejan sus huellas dactilares ni puntas de cigarros, señorita.

    -Pues yo creo... que este crimen es anticuado...

    -¿Qué quiere decir con eso? -preguntó Slack con extrañeza.

    -Creo que el alguacil Palk puede ayudarle -repuso la señora Marple despacio-. Fue la primera persona en acudir al «escenario del crimen», como dicen.

    El señor Spenlow se hallaba sentado en una silla y parecía asustado. Dijo con su voz fina y precisa:

    -Claro que puedo imaginarme lo ocurrido. Mi oído no es tan fino como antes, pero oí claramente cómo un chiquillo gritaba tras de mí: «¡Eh, miren a ese asesino...!» Y.., eso me dio la impresión de que pensaba que yo... había matado a mi querida esposa.

    La señorita Marple, cortando una rosa marchita, repuso:

    -Ésa es, sin duda, la impresión que quiso dar.

    -Pero ¿cómo es posible que metieran esa idea en la cabeza de un niño?

    -Pues lo más probable es que la asimiló escuchando las opiniones de sus mayores -repuso miss Marple.

    -Usted... ¿usted cree de verdad que lo piensan también otras personas?

    -La mitad de los habitantes de Saint Mary Mead.

    -Pero... mi querida señora... ¿cómo es posible que se les haya ocurrido una idea semejante? Yo quería sinceramente a mi esposa. A ella no le agradaba vivir en el campo tanto como yo esperaba, pero el estar de completo acuerdo en todo es un ideal inasequible. Le aseguro que he sentido intensamente su pérdida.

    -Es probable. Pero si me perdona le diré que no lo parece.

    El señor Spenlow irguió cuanto pudo su menguada figura.

    -Mi querida señora, hace muchos años leí que un filósofo chino, cuando tuvo que separarse de su adorada esposa, continuó tranquilamente tocando su batintín en la calle, como tenía por costumbre...; me figuro que debe ser un pasatiempo chino. Los habitantes de aquella ciudad se sintieron muy impresionados por su entereza.

    -Mas la gente de Saint Mead ha reaccionado de un modo bastante distinto -dijo la señorita Marple-. La filosofía china no va con ellos.

    -¿Pero usted lo comprende?

    Miss Marple asintió.

    -Mi buen tío Enrique -explicó- era un hombre con un extraordinario dominio de sí mismo. Su lema fue: «Nunca exteriorices tu emoción.» Él también era muy aficionado a las flores.

    -Estaba pensando que tal vez pudiera colocar una pérgola en el lado oeste de la casa -dijo Spenlow con cierta vehemencia-. Con rosas de té, y tal vez glicinias... Y hay una florecita blanca, en forma de estrella, que ahora no recuerdo cómo se llama...

    -Tengo un catálogo muy bonito, con fotografías -le dijo la señorita Marple en un tono semejante al que empleaba para dirigirse a su sobrinito de tres años-. Tal vez le agradara hojearlo. Yo tengo que ir ahora mismo al pueblo.
    Y dejando al señor Spenlow sentado en el jardín con el catálogo, la señorita Marple subió a su habitación, envolvió apresuradamente un vestido en un trozo de papel castaño, y saliendo de la casa, se encaminó a toda prisa a la oficina de Correos. La señorita Politt, la modista, vivía en una de las habitaciones de la parte alta del edificio.

    Mas la señorita Marple no subió directamente la escalera. Eran las dos y media, y un minuto después, el autobús de Much Benham se detendría ante la puerta de la oficina de Correos... constituyendo uno de los mayores acontecimientos de la vida cotidiana de Saint Mary Mead. La encargada saldría a toda prisa a recoger los paquetes relacionados con la parte de venta de su negocio, pues también vendía dulces, libros baratos y juguetes.
    Durante algunos minutos la señorita Marple estuvo sola en la oficina de Correos.

    Y hasta que la encargada hubo regresado a su puesto, no subió a ver a la señorita Politt para explicarle que quería que retocara su viejo vestido de crepé gris y lo pusiera a la moda, a ser posible. La modista le prometió hacer cuanto pudiera.

    El jefe de policía quedó bastante asombrado al saber que la señorita Marple deseaba verlo. La solterona entró disculpándose:

    -No sabe cuánto siento molestarlo. Sé que está muy ocupado, pero usted ha sido siempre tan amable conmigo, coronel Melchett, que creí que debía verlo a usted en vez de acudir al inspector Slack. En primer lugar no me gustaría complicar al alguacil Palk... Hablando con toda claridad, supongo que él no habría tocado nada en absoluto.

    El coronel Melchett estaba ligeramente extrañado.

    -¿Palk? Es el alguacil de Saint Mary Mead, ¿verdad? ¿Qué es lo que ha hecho?

    -Cogió un alfiler. Lo llevaba prendido en su traje y a mí se me ocurrió que tal vez lo hubiese cogido en casa de la señora Spenlow.

    -Desde luego. Pero, después de todo, ¿qué es un alfiler? A decir verdad, lo cogió junto al cadáver de la señora Spenlow. Ayer vino Slack y me lo dijo...; me figuro que usted lo obligó a ello. Claro que no debía haber tocado nada, pero como le dije ya, ¿qué es un alfiler? Era sólo un simple alfiler. De esos que emplean todas las mujeres.

    -Oh, no, coronel Melchett, ahí es donde se equivoca. Tal vez a los ojos de un hombre parezca un alfiler vulgar, pero no lo es. Se trata de uno especial... muy fino... de los que se compran por cajas y que usan especialmente las modistas.

    Melchett la miraba mientras se iba haciendo una pequeña luz en su mente. La señorita Marple inclinó varias veces la cabeza en señal de asentimiento.

    -Sí, naturalmente. A mí me parece todo claro. Llevaba el quimono porque iba a probarse su nuevo vestido, y nada más abrir la puerta, la señorita Politt debió decir algo de las medidas y le puso la cinta métrica alrededor del cuello... y luego su tarea se limitó a cruzarla y apretar...; muy sencillo, según he oído decir. Luego saldría cerrando la puerta, y, haciendo ver que acababa de llegar, comenzó a golpearla con el llamador. Mas el alfiler demuestra que ya había estado en la casa.

    -¿Y fue la señorita Politt la que telefoneó a Spenlow?

    -Sí. Desde la oficina de Correos, a las dos y media... precisamente cuando llega el autobús y la oficina se queda vacía.

    -Pero, mi querida señorita Marple, ¿por qué? No es posible cometer un crimen sin motivo.

    -Bueno, a mí me parece, coronel Melchett, por todo lo que he oído, que este crimen data de mucho tiempo atrás. Y esto me recuerda a mis dos primos Antonio y Gordon. Todo lo que hacía Antonio le salía bien; en cambio, Gordon era el lado opuesto: perdía en las carreras de caballos, sus valores bajaron y sus acciones fueron depreciadas... Tal como lo veo, las dos mujeres actuaron juntas.

    -¿En qué?

    -En el robo. Hace mucho tiempo. Según he oído eran unas esmeraldas de gran valor. Fueron robadas por la doncella de la señora y la ayudante de camarera. Porque hay una cosa que todavía no se ha explicado... Cuando se casó con el jardinero, ¿de dónde sacaron el capital para montar una tienda de flores? La respuesta es: de su parte en la... rapiña... creo que es la expresión adecuada. Todo lo que emprendió le salió bien. El dinero trae dinero. Pero la otra, la doncella de la señora, debió ser poco afortunada... y tuvo que conformarse con ser una modista de pueblo. Luego volvieron a encontrarse. Todo fue bien al principio, supongo, hasta que apareció en escena Ted Gerard. La señora Spenlow seguía sintiendo remordimiento e inclinación por todas las religiones emocionales. Este joven le apremiaría para que «hiciese frente a los hechos» y «limpiara su conciencia», y me atrevo a asegurar que estaba dispuesta a hacerlo. Mas la señorita Politt no lo apreciaba así... sino que podía verse en la cárcel por un delito cometido muchos años atrás. Así que decidió poner fin a todo aquello. Me temo que haya sido siempre una mujer perversa. No creo que hubiera movido ni un dedo para impedir que ahorcaran al afable y estúpido señor Spenlow.

    -Podemos... er... comprobar su teoría... si logramos identificar a la señorita Politt como la doncella de los Abercrombie -dijo el coronel Melchett-, pero...

    -Será muy sencillo -lo tranquilizó miss Marple-. Es de esas mujeres que confesará en seguida al verse descubierta. Y, ¿sabe usted?, además tengo su cinta métrica. Se... se la quité distraídamente cuando me estuvo probando ayer. Cuando la eche de menos y sepa que está en manos de la policía... bien, es una mujer ignorante y creerá que eso la acusa definitivamente. No le dará trabajo, se lo aseguro -terminó la solterona animándolo, con el mismo tono con que una tía suya le aseguró que no lo suspenderían en los exámenes de ingreso en Sandhurst. Y había aprobado.

    FIN
     
  7. sandybell

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    El Rey del Trébol


    Agatha Christie
    La verdad -observé dejando el Daily Newsmonger a un lado- tiene más fuerza que la ficción. La observación no era original, pero pareció gustar a mi amigo, que, ladeando la cabeza de nuevo, se quitó una mota imaginaria de polvo de los bien planchados pantalones y observó:

    -¡Qué idea tan profunda! ¡Mi amigo Hastings es un pensador!

    Sin enojarme por la evidente ironía, di un golpecito sobre el periódico que acababa de soltar de la mano.

    -¿Lo ha leído ya? -pregunté.

    -Sí. Y después de leerlo lo he vuelto a doblar simétricamente. No lo he tirado al suelo como acaba usted de hacer, con una lamentable falta de orden y de método.



    -¿Entonces ha leído la nota del asesinato de Henry Reedbum, el empresario? Él ha originado mi reciente observación. Porque es cierto que no sólo la verdad es más fuerte que la ficción, sino, asimismo, mucho más dramática. Vea por ejemplo esa sólida familia de la clase media, los Ogiander. El padre, la madre, el hijo, la hija son típicos, como tantos cientos de familias de este país. Los hombres van al centro de la ciudad todos los días; las mujeres se ocupan de la casa. Sus vidas son pacíficas, monótonas incluso. Anoche estuvieron sentados en el salón de su casa de Daisymead, en Streatham, jugando al bridge. De improviso, se abre una puerta de cristales y entra en la habitación una mujer tambaleándose. Lleva manchado de sangre el vestido de seda gris. Antes de caer desmayada al suelo dice una sola palabra: «asesinado». La familia la reconoce al punto. Es Valerie Sinclair, famosa bailarina, de quien habla todo Londres.

    -¿Habla usted por sí mismo o está refiriendo lo que dice el Daily Newmonger? -interrogó Poirot con ánimo de puntualizar.

    -El periódico entró a último momento en prensa y se contentó con narrar hechos escuetos. A mí me han impresionado enseguida las posibilidades dramáticas del suceso.

    Poirot aprobó pensativo mis palabras.

    -Dondequiera que exista la naturaleza humana existe el drama. Sólo que no siempre es como uno se lo imagina. Recuérdelo. Sin embargo, me interesa ese caso porque es posible que me vea relacionado con él.

    -¿De verdad?

    -Sí. Esta mañana me llamó por teléfono un caballero para solicitar una entrevista en nombre del príncipe Paul de Mauritania.

    -Pero ¿qué tiene eso que ver con lo ocurrido?

    -Usted no lee todos nuestros periódicos. Me refiero a esos que relatan acontecimientos escandalosos y que comienzan por: «Nos cuenta un ratoncito...» o «A un pajarito le gustaría saber...». Vea esto.

    Yo seguí el párrafo que me señalaba con el grueso índice.

    -...desearíamos saber si el príncipe extranjero y la famosa bailarina poseen en realidad afinidades y, ¡si a la dama le gustaba la nueva sortija de diamantes!

    -Bueno, continúe su historia. Quedamos en que mademoiselle Sinclair se desmayó en Daisymead sobre la alfombra del salón, ¿lo recuerda?

    Yo me encogí de hombros.

    -Como resultado de sus palabras, los dos Ogiander salieron; uno en busca de un médico que asistiera a la dama, que sufría una terrible conmoción nerviosa, y el otro a la Jefatura de policía, desde donde, tras contar lo ocurrido, los acompañó a Mon Désir, la magnífica villa del señor Reedburn, que se halla a corta distancia de Daisymead. Allí encontraron al gran hombre, que, dicho sea de paso, goza de mala fama, tendido en la mitad de la biblioteca con la cabeza abierta.

    -Yo he criticado su estilo -dijo Poirot con afecto-. Perdóneme, se lo ruego. ¡Oh, aquí tenemos al príncipe!

    Nos anunciaron al distinguido visitante con el nombre de conde Feodor. Era un joven alto, extraño, de barbilla débil, con la famosa boca de los Mauranberg y los ojos ardientes y oscuros de un fanático.

    -¿Monsieur Poirot?

    Mí amigo se inclinó.

    -Monsieur, me encuentro en un apuro tan grande que no puede expresarse con palabras...

    Poirot hizo un ademán de inteligencia.

    -Comprendo su ansiedad. Mademoiselle Sinclair es una amiga querida, ¿no es cierto?

    El príncipe repuso sencillamente:

    -Confío en que será mi mujer.

    Poirot se incorporó con los ojos muy abiertos.

    El príncipe continuó:

    -No seré yo el primero de la familia que contraiga matrimonio morganático. Mi hermano Alejandro ha desafiado también las iras del Emperador. Hoy vivimos en otros tiempos, más adelantados, libres de prejuicios de casta. Además, mademoiselle Sinclair es igual a mí, posee rango. Supongo que conocerá su historia, o por lo menos una parte de ella.

    -Corren por ahí, en efecto, muchas románticas versiones de su origen. Dicen unos que es hija de una irlandesa gitana; otros, que su madre es una aristócrata, una archiduquesa rusa.

    -La primera versión es una tontería, desde luego -repuso el príncipe-. Pero la segunda es verdadera. Aunque está obligada a guardar el secreto, Valerie me ha dado a entender eso. Además, lo demuestra, sin darse cuenta, y yo creo en la ley de herencia, monsieur Poirot.

    -También yo creo en ella -repuso Poirot, pensativo-. Yo, moi qui vous parle, he presenciado cosas muy raras... Pero vamos a lo que importa, monsieur le Prince. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué es lo que teme? Puedo hablar con franqueza, ¿verdad? ¿Se hallaba relacionada mademoiselle de algún modo con ese crimen? Porque conocía al señor Reedburn, naturalmente...

    -Sí. Él confesaba su amor por ella.

    -¿Y ella?

    -Ella no tenía nada que decirle.

    Poirot le dirigió una mirada penetrante.

    -Pero, ¿le temía? ¿Tenía motivos?

    El joven titubeó.

    -Le diré... ¿Conoce a Zara, la vidente?

    -No.

    -Es maravillosa. Consúltela cuando tenga tiempo. Valerie y yo fuimos a verla la semana pasada. Y nos echó las cartas. Habló a Valerie de unas nubes que asomaban en el horizonte y le predijo males inminentes; luego volvió la última carta. Era el rey de trébol. Dijo a Valerie: «Tenga mucho cuidado. Existe un hombre que la tiene en su poder. Usted le teme, se expone a un gran peligro. ¿Sabe de quién le hablo?». Valerie estaba blanca hasta los labios. Hizo un gesto afirmativo y contestó: «Sí, sí, lo sé». Las últimas palabras de Zara a Valerie fueron: «Cuidado con el rey de trébol. ¡Le amenaza un peligro!». Entonces la interrogué. Me aseguró que todo iba bien y no quiso confiarme nada. Pero ahora, después de lo ocurrido la noche pasada, estoy seguro de que Valerie vio a Reedburn en el rey de trébol y de que él era el hombre a quien temía.

    El príncipe guardó brusco silencio.

    -Ahora comprenderá mi agitación cuando abrí el periódico esta mañana. Suponiendo que en un ataque de locura, Valerie... pero no, ¡es imposible...!, ¡no puedo concebirlo, ni en sueños!

    Poirot se levantó del sillón y dio unas palmaditas afectuosas en el hombro del joven.

    -No se aflija, se lo ruego. Déjelo todo en mis manos.

    -¿Irá a Streatham? Sé que está en Daisymead, postrada por la conmoción sufrida.

    -Iré en seguida.

    -Ya lo he arreglado todo por medio de la Embajada. Tendrá usted acceso a todas partes.

    -Marchemos entonces. Hastings, ¿quiere acompañarme? Au revoir, monsieur le Prince.

    Mon Désir era una preciosa villa moderna y cómoda. Una calzada para coches conducía a ella y detrás de la casa tenía un terreno de varias hectáreas de magníficos jardines.

    En cuanto mencionamos al príncipe Paul, el mayordomo que nos abrió la puerta nos llevó al instante al lugar de la tragedia. La biblioteca era una habitación magnífica que ocupaba toda la fachada del edificio con una ventana a cada extremo, de las cuales una daba a la calzada y otra a los jardines. El cadáver yacía junto a esta última. No hacía mucho que se lo habían llevado después de concluir su examen la policía.

    -¡Qué lástima! -murmuré al oído de Poirot-. La de pruebas que habrán destruido.

    Mi amigo sonrió.

    -¡Eh, eh! ¿Cuántas veces habré de decirle que las pruebas vienen de dentro?. En las pequeñas células grises del cerebro es donde se halla la solución de cada misterio.

    Se volvió al mayordomo y preguntó:

    -Supongo que a excepción del levantamiento del cadáver no se habrá tocado la habitación.

    -No, señor. Se halla en el mismo estado que cuando llegó la policía anoche.

    -Veamos. Veo que esas cortinas pueden correrse y que ocultan el alféizar de la ventana. Lo mismo sucede con las cortinas de la ventana opuesta. ¿Estaban corridas anoche también?

    -Sí, señor. Yo verifico la operación todas las noches.

    -Entonces, ¿debió descorrerlas el propio Reedburn?

    -Así parece, señor.

    -¿Sabía usted que esperaba visita?

    -No me lo dijo, señor. Pero dio orden de que no se le molestase después de la cena. Ve, señor, por esa puerta se sale de la biblioteca a una terraza lateral. Quizá dio entrada a alguien por ella.

    -¿Tenía por costumbre hacerlo así?

    El mayordomo tosió discretamente.

    -Creo que sí, señor.

    Poirot se dirigió a aquella puerta. No estaba cerrada con llave. En vista de ello salió a la terraza que iba a parar a la calzada sita a su derecha; a la izquierda se levantaba una pared de ladrillo rojo.

    -Al otro lado está el huerto, señor. Más allá hay otra puerta que conduce a él, pero permanece cerrada desde las seis de la tarde.

    Poirot entró en la biblioteca seguido del mayordomo.

    -¿Oyó algo de los acontecimientos de anoche? -preguntó Poirot.

    -Oímos, señor, voces, una de ellas de mujer, en la biblioteca, poco antes de dar las nueve. Pero no era un hecho extraordinario. Luego, cuando nos retiramos al vestíbulo de servicio que está a la derecha del edificio, ya no oímos nada, naturalmente. Y la policía llegó a las once en punto.

    -¿Cuántas voces oyeron?

    -No sabría decírselo, señor. Sólo reparé en la voz de mujer.

    -¡Ah!

    -Perdón, señor. Si desea ver al doctor Ryan está aquí todavía.

    La idea nos pareció de perlas y poco después se reunió con nosotros el doctor, hombre de edad madura, muy jovial, que proporcionó a Poirot los informes que solicitaba. Se encontró a Reedburn tendido cerca de la ventana con la cabeza apoyada en el asiento de mármol adosado a aquélla. Tenía dos heridas: una entre ambos ojos; otra, la fatal, en la nuca.

    -¿Yacía de espaldas?

    -Sí. Ahí está la prueba.

    El doctor nos indicó una pequeña mancha negra en el suelo.

    -¿Y no pudo ocasionarle la caída el golpe que recibió en la cabeza?

    -Imposible. Porque el arma, sea cualquiera que fuese, penetró en el cráneo.

    Poirot miró pensativo el vacío. En el vano de cada ventana había un asiento, esculpido, de mármol, cuyas armas representaban la cabeza de un león. Los ojos de Poirot se iluminaron.

    -Suponiendo que cayera de espaldas sobre esta cabeza saliente de león y que de ella resbalase hasta el suelo, ¿podría haberse abierto una herida como la que usted describe?

    -Sí, es posible. Pero el ángulo en que yacía nos obliga a considerar esa teoría imposible. Además, hubiera dejado huellas de sangre en el asiento de mármol.

    -Sí, contando con que no se hayan borrado.

    El doctor se encogió de hombros.

    -Es improbable. Sobre todo porque no veo qué ventaja puede aportar convertir un accidente en crimen.

    -No, claro está. ¿Qué le parece? ¿Pudo asestar una mujer uno de los dos golpes?

    -Oh, no, señor. Supongo que está pensando en mademoiselle Sinclair.

    -No pienso en ninguna persona determinada -repuso con acento suave Poirot.

    Concentró su atención en la ventaba abierta mientras decía el doctor:

    -Mademoiselle Sinclair huyó por allí. Vean cómo se divisa Daisymead por entre los árboles. Naturalmente, que hay muchas otras casas en la carretera, frente a ésta, pero Daisymead es la única visible por este lado.

    -Gracias por sus informes, doctor -dijo Poirot-. Venga, Hastings. Vamos a seguir los pasos de mademoiselle.

    Echó a andar delante de mí y en este orden pasamos por el jardín, dejando atrás la verja de hierro y llegamos, también por la puerta del jardín, a Daisymead, finca poco ostentosa, que poseía media hectárea de terreno. Un pequeño tramo de escalera conducía a la puerta de cristales a la francesa. Poirot me la indicó con el gesto.

    -Por ahí entró anoche mademoiselle Sinclair. Nosotros no tenemos ninguna prisa y lo haremos por la puerta principal.

    La doncella que nos abrió la puerta nos llevó al salón, donde nos dejó para ir en busca de la señora Ogiander. Era evidente que no se había limpiado la habitación desde el día anterior, porque el hogar estaba todavía lleno de cenizas y la mesa de bridge colocada en el centro con una jota boca arriba y varias manos de naipes puestas aún sobre el tablero. Vimos a nuestro alrededor innumerables objetos de adorno y unos cuantos retratos de familia de una fealdad sorprendente, colgados de las paredes.

    Poirot los examinó con más indulgencia que la que mostré yo, enderezando uno o dos que se habían ladeado.

    -¡Qué lazo tan fuerte el de la famille! El sentimiento ocupa en ella el lugar de la estética.

    Yo asentí a estas palabras sin separar la vista de un grupo fotográfico compuesto de un caballero con patillas, de una señora de moño alto, de un muchacho fornido y de dos muchachas adornadas con una multitud de lazos innecesarios. Suponiendo que era la familia Ogiander de los tiempos pasados la contemplé con interés.

    En este momento se abrió la puerta del salón y entró una mujer joven. Llevaba bien peinado el cabello oscuro y vestía un jersey y una falda a cuadros.

    Poirot avanzó unos pasos como respuesta a una mirada de interrogación de la recién llegada.

    -¿Señora Ogiander? –dijo-. Lamento tener que molestarla... sobre todo después de lo ocurrido. ¡Ha sido espantoso!

    -Sí, y nos tiene a todos muy trastornados -confesó la muchacha sin demostrar emoción.

    Yo empezaba a creer que los elementos del drama pasaban inadvertidos para la señora Ogiander, que su falta de imaginación era superior a cualquier tragedia y me confirmó en esta creencia su actitud, cuando continuó diciendo:

    -Disculpen el desorden de la habitación. Los sirvientes están muy excitados.

    -¿Es aquí donde pasaron ustedes la velada anoche, n 'est-ce pas?

    -Sí, jugábamos al bridge después de cenar cuando...

    -Perdón. ¿Cuánto hacía que jugaban ustedes?

    -Pues... -la señora Ogiander reflexionó- la verdad es que no lo recuerdo. Supongo que comenzamos a las diez.

    -¿Dónde estaba usted sentada?

    -Frente a la puerta de cristales. Jugaba con mi madre y acababa de echar una carta. De súbito, sin previo aviso, se abrió la puerta y entró la señorita Sinclair tambaleándose en el salón.

    -¿La reconoció?

    -Me di vaga cuenta de que su rostro me era familiar.

    -Sigue aquí, ¿verdad?

    -Sí, pero está postrada y no quiere ver a nadie.

    -Creo que me recibirá. Dígale que vengo a petición del príncipe Paul de Mauritania.

    Me pareció que el nombre del príncipe alteraba la calma imperturbable de la señora Ogiander. Pero salió sin hacer comentarios del salón y volvió casi en seguida para comunicarnos que mademoiselle nos esperaba en su dormitorio.

    La seguimos y por la escalera llegamos a una bonita habitación, bien iluminada, empapelada de color claro. En un diván, junto a la ventana, vimos a una señorita que volvió la cabeza al hacer nuestra entrada. El contraste que ella y la señora Ogiander ofrecían me llamó en seguida la atención, pues si bien en las facciones y en el color del cabello se parecían, ¡qué diferencia tan notable existía entre las dos! La palabra, el gesto de Valerie Sinclair constituían un poema. De ella se desprendía un aura romántica. Vestía una prenda muy casera, una bata de franela encarnada que le llegaba a los pies, pero el encanto de su personalidad le daba un sabor exótico y semejaba una vestidura oriental de encendido color. En cuanto entró Poirot, fijó sus grandes ojos en él.

    -¿Vienen de parte de Paul? -su voz armonizaba con su aspecto, era lánguida y llena.

    -Sí, mademoiselle. Estoy aquí para servir a él... y a usted.

    -¿Qué es lo que desea saber?

    -Todo lo que sucedió anoche, ¡absolutamente todo!

    La bailarina sonrió con visible expresión de cansancio.

    -¿Supone que voy a mentir? No soy tan estúpida. Veo con claridad que no debo ocultarle nada. Ese hombre, me refiero al que ha muerto, poseía un secreto mío y me amenazaba con él. En bien de Paul traté de llegar a un acuerdo con él. No podía arriesgarme a perder al príncipe. Ahora que ha muerto me siento segura, pero no lo maté.

    Poirot meneó la cabeza, sonriendo.

    -No es necesario que lo afirme, mademoiselle –dijo-. Cuénteme lo que sucedió la noche pasada.

    -Parecía dispuesto a hacer un trato conmigo y le ofrecí dinero. Me citó en su casa a las nueve en punto. Yo conocía ya Mon Désir, había estado en ella. Debía entrar en la biblioteca por la puerta falsa para que no me vieran los criados.

    -Perdón, mademoiselle, pero ¿no tuvo miedo de ir allí sola y por la noche?

    ¿Lo imaginé o Valerie hizo una pausa antes de contestar?

    -Sí, es posible. Pero no podía pedir a nadie que me acompañara y estaba desesperada. Reedburn me recibió en la biblioteca. ¡Celebro que haya muerto! ¡Oh, qué hombre! Jugó conmigo como el gato y el ratón. Me puso los nervios en tensión. Yo le rogué, le supliqué de rodillas, le ofrecí todas mis joyas. ¡Todo en vano! Luego me dictó sus condiciones. Ya adivinará las que fueron. Me negué a complacerle. Le dije lo que pensaba de él, rabié, me encolericé. Él sonreía sin perder la calma. Y de pronto, en un momento de silencio, sonó algo en la ventana, tras la cortina corrida. Reedburn lo oyó también. Se acercó a ella y la descorrió rápidamente. Detrás había un hombre escondido, era un vagabundo de feo aspecto. Atacó al señor Reedburn, al que dio primero un golpe... luego otro. Reedburn cayó al suelo. El vagabundo me asió entonces con la mano cubierta de sangre, pero yo me solté, me deslicé al exterior por la ventana y corrí para salvar la vida. En aquel momento distinguí las luces de esta casa y a ella me encaminé. Los visillos estaban descorridos y vi que los habitantes de la casa jugaban al bridge. Yo entré, tropezando, en el salón. Recuerdo que pude gritar: «asesinado», y luego caí al suelo y ya no vi nada...

    -Gracias, mademoiselle. El espectáculo debió constituir un gran choque para su sistema nervioso. ¿Podría describirme al vagabundo? ¿Recuerda lo que llevaba puesto?

    -No. Fue todo tan rápido... Pero su rostro está grabado en mi pensamiento y estoy segura de poder conocerlo en cuanto lo vea.

    -Una pregunta todavía, mademoiselle. ¿Estaban corridas las cortinas de la otra ventana, de la que mira a la calzada?

    En el rostro de la bailarina se pintó por vez primera una expresión de perplejidad. Pero trató de recordar con precisión.

    -¿Eh, bien mademoiselle?

    -Creo... casi estoy segura... ¡sí, segurísima!, de que no estaban corridas.

    -Es curioso, sobre todo estando corridas las primeras. No importa, la cosa tiene poca importancia. ¿Permanecerá todavía aquí mucho tiempo, mademoiselle?

    -El doctor cree que mañana podré volver a la ciudad.

    Valerie miró a su alrededor. La señora Ogiander había salido.

    -Estas gentes son muy amables, pero... no pertenecen a mi esfera. Yo las escandalizo... bien, no simpatizo con la bourgeoisie.

    Sus palabras tenían un matiz de amargura.

    Poirot repuso:

    -Comprendo y confío en que no la habré fatigado con mis preguntas.

    -Nada de eso, monsieur. No deseo más sino que Paul lo sepa todo lo antes posible.

    -Entonces, ¡muy buenos días, mademoiselle!

    Antes de salir Poirot de la habitación se paró y preguntó señalando un par de zapatos de piel.

    -¿Son suyos, mademoiselle?

    -Sí. Ya están limpios. Me los acaban de traer.

    -¡Ah! -exclamó Poirot mientras bajábamos la escalera-. Los criados estaban muy excitados, pero por lo visto no lo están para limpiar un par de zapatos. Bien, mon ami, el caso me pareció interesante, de momento, pero se me figura que se está concluyendo.

    -Pero ¿y el asesino?

    -¿Cree que Hércules Poirot se dedica a la caza de vagabundos? -replicó con acento grandilocuente el detective.

    Al llegar al vestíbulo nos tropezamos con la señora Ogiander que salía a nuestro encuentro.

    -Háganme el favor de esperar en el salón. Mamá quiere hablar con ustedes -nos dijo.

    La habitación seguía sin arreglar y Poirot tomó la baraja y comenzó a barajar los naipes al azar con sus manos pequeñas y bien cuidadas.

    -¿Sabe lo que pienso, amigo mío?

    -¡No! -repuse ansiosamente.

    -Pues que la señora Ogiander hizo mal en no echar un triunfo. Debió poner sobre la mesa el tres de picas.

    -¡Poirot! Es usted el colmo.

    -¡Mon Dieu! No voy a estar siempre hablando de rayos y de sangre.

    De repente olfateó el aire y dijo:

    -Hastings, Hastings, mire. Falta el rey de trébol de la baraja.

    -¡Zara! -exclamé.

    -¿Cómo?

    -De momento Poirot no comprendió mi alusión. Maquinalmente guardó las barajas, ordenadas, en sus cajas. Su rostro asumía una expresión grave.

    -Hastings -dijo por fin-. Yo, Hércules Poirot, he estado a punto de cometer un error, un gran error.

    Lo miré impresionado, pero sin comprender. Lo interrumpió la entrada en el salón de una hermosa señora de alguna edad que llevaba un libro de cuentas en la mano. Poirot le dedicó un galante saludo. La dama le preguntó:

    -Según tengo entendido, es usted amigo de... la señorita Sinclair.

    -Precisamente su amigo, no, señora. He venido de parte de un amigo.

    -Ah, comprendo. Me pareció que...

    Poirot señaló bruscamente la ventana y dijo, interrumpiéndola:

    -¿Anoche tenían ustedes corridos los visillos?

    -No, y supongo que por eso vio luz la señorita Sinclair y se orientó.

    -Anoche estaba la luna llena. ¿Vio usted a la señorita Sinclair, sentada como estaba delante de la ventana?

    -No, porque me abstraía el juego. Además porque, naturalmente, nunca nos ha sucedido nada parecido a esto.

    -Lo creo, madame. Mademoiselle Sinclair proyecta marcharse mañana.

    -¡Oh! -el rostro de la dama se iluminó.

    -Le deseo muy buenos días, madame.

    Una criada limpiaba la escalera cuando salimos por la puerta principal de la casa. Poirot dijo:

    -¿Fue usted la que limpió los zapatos de la señora forastera?

    La doncella meneó la cabeza.

    -No, señor. No creo tampoco que haya que limpiarlos.

    -¿Quién los limpió entonces? -pregunté a Poirot mientras bajábamos por la calzada.

    -Nadie. No estaban sucios.

    -Concedo que por bajar por el camino o por un sendero, en una noche de luna, no se ensucien, pero después de aplastar con ellos la hierba del jardín se manchan y ensucian.

    -Sí, estoy de acuerdo -repuso Poirot con una sonrisa singular.

    -Entonces...

    -Tenga paciencia, amigo mío. Vamos a volver a Mon Désir.

    El mayordomo nos vio llegar con visible sorpresa, pero no se opuso a que volviéramos a entrar en la biblioteca.

    -Oiga, Poirot, se equivoca de ventana -exclamé al ver que se aproximaba a la que daba sobre la calzada de coches.

    -Me parece que no. Vea -repuso indicándome la cabeza marmórea del león en la que vi una mancha oscura.

    Poirot levantó un dedo y me mostró otra parecida en el suelo.

    -Alguien asestó a Reedburn un golpe, con el puño cerrado, entre los dos ojos. Cayó hacia atrás sobre la protuberante cabeza de mármol y a continuación resbaló hasta el suelo. Luego lo arrastraron hasta la otra ventana y allí lo dejaron, pero no en el mismo ángulo como observó el doctor.

    -Pero ¿por qué? No parece que fuera necesario.

    -Por el contrario, era esencial. Y también es la clave de la identidad del asesino aunque sepa usted que no tuvo intención de matar a Reedburn y que por ello no podemos tacharlo de criminal. ¡Debe poseer mucha fuerza!

    -¿Porque pudo arrastrar a Reedburn por el suelo?

    -No. Éste es un caso muy interesante. Pero me he portado como un imbécil.

    -¿De manera que se ha terminado, que ya sabe usted todo lo sucedido?

    -Sí.

    -¡No! -exclamé recordando algo de repente-. Todavía hay algo que ignora.

    -¿Qué?

    -Ignora dónde se halla el rey de trébol.

    -¡Bah! Pero qué tontería. ¡Qué tontería, mon ami!

    -¿Por qué?

    -Porque lo tengo en el bolsillo.

    Y, en efecto, Poirot lo sacó y me lo mostró.

    -¡Oh! -dije alicaído-. ¿Dónde lo ha encontrado? ¿Acaso aquí?

    -No tiene nada de sensacional. Estaba dentro de la caja de la baraja. No la utilizaron.

    -¡Hum! De todas maneras sirvió para darle alguna idea, ¿verdad?

    -Sí, amigo mío. Y ofrezco mis respetos a Su Majestad.

    -Y ¡a madame Zara!

    -Ah, sí, también a esa señora.

    -Bueno, ¿qué piensa hacer ahora?

    -Volver a Londres. Pero antes de ausentarme deseo decirle dos palabras a una persona que vive en Daisymead.

    La misma doncella nos abrió la puerta.

    -Están en el comedor, señor. Si desea ver a la señorita Sinclair se halla descansando.

    -Deseo ver a la señora Ogiander. Haga el favor de llamarla. Es cuestión de un instante.

    Nos condujeron al salón y allí esperamos. Al pasar por delante del comedor distinguí a la familia Ogiander, acrecentada ahora por la presencia de dos fornidos caballeros, uno afeitado, otro con barba y bigote.

    Poco después entró la señora Ogiander en el salón mirando con aire de interrogación a Poirot, que se inclinó ante ella.

    -Madame, en mi país sentimos suma ternura, un gran respeto por la madre. La mere de famille es todo para nosotros -dijo.

    La señora Ogiander lo miró con asombro.

    -Y esta única razón es la que me trae aquí, en estos momentos, pues deseo disipar su ansiedad. No tema, el asesino del señor Reedburn no será descubierto. Yo, Hércules Poirot, se lo aseguro a usted. ¿Digo bien o es la ansiedad de una esposa la que debo calmar?

    Hubo un momento de silencio en el que la señora Ogiander dirigió a Poirot una mirada penetrante. Por fin repuso en voz baja:

    -No sé lo que quiere decir pero, sí, dice usted bien sin duda.

    Poirot hizo un gesto con el rostro grave.

    -Eso es, madame. No se inquiete. La policía inglesa no posee los ojos de Hércules Poirot.

    Así diciendo dio un golpecito sobre el retrato de la familia que pendía de la pared e interrogó:

    -¿Usted tuvo dos hijas, madame? ¿Ha muerto una de ellas?

    Hubo una pausa durante la cual la señora Ogiander volvió a dirigir una mirada profunda a mi amigo. Luego respondió:

    -Sí, ha muerto.

    -¡Ah! -exclamó Poirot vivamente-. Bien, vamos a volver a la ciudad. Permítame que le devuelva el rey de trébol y que lo coloque en la caja. Constituye su único resbalón. Comprenda que no se puede jugar al bridge, por espacio de una hora, con únicamente cincuenta y una cartas para cuatro personas. Nadie que sepa jugar creerá en su palabra. ¡Bonjour!

    -Y ahora, amigo mío, ¿se da cuenta de lo ocurrido? -me dijo cuando emprendimos el camino de la estación.

    -¡En absoluto! –contesté-. ¿Quién mató a Reedburn?

    -John Ogiander, hijo. Yo no estaba seguro de si había sido él o su padre, pero me pareció que debía ser el hijo el culpable por ser el más joven y el más fuerte de los dos. Asimismo tuvo que ser culpable uno de ellos a causa de las ventanas.

    -¿Por qué?

    -Mire, la biblioteca tiene cuatro salidas: dos puertas, dos ventanas; y de éstas eligió una sola. La tragedia se desarrolló delante de una ventana que lo mismo que las dos puertas da, directa o indirectamente, a la parte de delante de la casa. Pero se simuló que se había desarrollado ante la ventana que cae sobre la puerta de atrás para que pareciera pura casualidad que Valerie eligiera Daisymead como refugio. En realidad, lo que sucedió fue que se desmayó y que John se la echó sobre los hombros. Por eso dije y ahora afirmo que posee mucha fuerza.

    -¿De modo que los hermanos se dirigieron juntos a Mon Désir?

    -Sí. Recordará la vacilación de Valerie cuando le pregunté si no tuvo miedo de ir sola a casa de Reedburn. John Ogiander la acompañó, suscitando la cólera de Reedburn, si no me engaño. El tercero disputó y probablemente un insulto dirigido por el dueño de la casa a Valerie motivó que Ogiander le pegase un puñetazo. Ya conoce el resto.

    -Pero ¿por qué motivo le llamó la atención la partida de bridge?

    -Porque para jugar a él se requieren cuatro jugadores y únicamente tres personas ocuparon, durante la velada, el salón.

    Yo seguía perplejo.

    -Pero ¿qué tienen que ver los Ogiander con la bailarina Sinclair?- pregunté-. No acabo de comprenderlo.

    -Amigo, me maravilla que no se haya dado cuenta, a pesar de que miró con más atención que yo la fotografía de la familia que adorna la pared del salón. No dudo de que para dicha familia haya muerto la hija segunda de la señora Ogiander, pero el mundo la conoce ¡con el nombre de Valerie Sinclair!

    -¿Qué?

    -¿De veras no se ha dado cuenta del parecido de las dos hermanas?

    -No –confesé-. Por el contrario, me dije que no podían ser más distintas.

    -Es porque, querido Hastings, su imaginación se halla abierta a las románticas impresiones exteriores. Las facciones de las dos son idénticas lo mismo que el color de sus ojos y cabello. Pero lo más gracioso es que Valerie se avergüenza de los suyos y que los suyos se avergüenzan de ella. Sin embargo, en un momento de peligro pidió ayuda a su hermano y cuando las cosas adoptaron un giro desagradable y amenazador todos se unieron de manera notable. ¡No hay ni existe nada tan maravilloso como el amor de la familia! Y ésta sabe representar. De ella ha sacado Valerie su talento. ¡Yo, lo mismo que el príncipe Paul, creo en la ley de la herencia! Ellos me engañaron. Pero por una feliz casualidad y una pregunta dirigida a la señora Ogiander que contradecía la explicación, acerca de cómo estaban sentados alrededor de la mesa de bridge, que nos hizo su hija, no salió Hércules Poirot chasqueado.

    -¿Qué dirá usted al príncipe?

    -Que Valerie no ha cometido ese crimen y que dudo mucho que pueda llegar a darse con el vagabundo asesino. Asimismo que transmita mis cumplidos a Zara. ¡Qué curiosa coincidencia! Me parece que voy a ponerle a este pequeño caso un titulo: «La aventura del rey de trébol». ¿Le gusta, amigo mío?

    FIN
     
  8. Inesa

    Inesa

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Muchas Gracias por la bienvenida! El libro se llama : El Enigmatico Mr Quinn. Son historias cortas donde el aparece y ayuda a la resolucion de los casos y luego desaparece de un modo misterioso... Espero puedas leerlo... :smile: :5-okey:
     
  9. sandybell

    sandybell Soñadora

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Un falso veneno y una muerte verdadera

    Hay quien dice que son infinitos los alcances de la mente. Por el contrario, están los que afirman que los “poderes” mentales están groseramente exagerados. Pero parece haber un consenso en torno al tema de la curación por sugestión: una persona puede sanar o mejorar tras ingerir una falsa medicina, un placebo. La mente es la encargada de tal mejoría, se explica, y hasta los más escépticos lo admiten.

    Pero, ¿qué pasaría si se bebe un falso veneno, un nocebo? ¿La capacidad de la mente para sanar, mediante un piadoso autoengaño, puede usarse, en sentido opuesto, para enfermar? Eso, seguro. Creo que todos podemos citar algún caso. Pero, ¿puede llevar a la misma muerte? ¿Y no de forma lenta, mediante una pausada degeneración, sino repentinamente, como lo haría un potente veneno?

    Me gustaría pensar que el responderse a estas preguntas fue el motivo que llevó a Agatha Christie a escribir su famoso relato “Philomel Cottage”, traducido al español como Villa Ruiseñor. En sus biografías se cuenta que la famosa autora era una verdadera fanática de los venenos. No para usarlos claro, pero sí para saber de ellos todo lo posible e incluirlos en sus libros.

    El relato que reseñamos esta ocasión está incluido en el libro “El misterio de Listerdale”, una antología de cuentos de diversa naturaleza—románticos, detectivescos y de terror suave—que lleva el nombre de uno de los relatos.

    Villa Ruiseñor comienza como una convencional historia de amor. El cuento de la Cenicienta después de la boda: la mecanógrafa—treintona, huérfana y no muy agraciada—Alix, que acaba de heredar una fortunita de una parienta, se enamora locamente de Gerard Martin, y él de ella. A pocas semanas de conocerse están casados. Gerard tiene buena posición, pero no puede tocar el dinero, dice, por cuestiones bancarias. Ella le entrega una buena suma de su dinero para comprar una linda casita: Philomel Cottage.

    Arranca la acción una mañana—ha pasado un mes del matrimonio—en que Alix recuerda que ya ha soñado tres veces una escena terrible: su esposo está en el piso, muerto, asesinado por Dick, su eterno enamorado. Ella se siente feliz de lo ocurrido y además, se echa en brazos del asesino.

    Se siente culpable y preocupada por ese sueño recurrente. La ansiedad que experimenta crece cuando Dick la llama para decirle que está de visita en el pueblo y quiere pasar a saludarlos. Ella rechaza la idea bruscamente, pues teme que el sueño se haga realidad: que Dick asesine a Gerard, movido por los celos. Ofendido, su amigo le dice que sólo estará en el pueblo hasta el día siguiente.

    Durante esa mañana ocurren otros pequeños hechos que la alteran más. Encuentra la agenda de su esposo, tirada en el jardín. Hay una extraña cita apuntada para esa misma noche. Por otro lado, el jardinero le cuenta que su esposo le avisó que se irían de la casa por un tiempo. Ella lo niega y trata de restarle importancia, pero la conversación le deja un muy mal sabor de boca.

    Esa tarde, cuenta a su esposo lo de la agenda y la plática con el jardinero. Gerard se enfurece: “¡Ese viejo imbécil!”, dice. Pero se domina. Luego, le explica que esa cita apuntada en su agenda es para no olvidar revelar algunas fotografías.

    A la mañana siguiente, Alix ya no puede más de inquietud. En el fondo de su mente algo se forma y presiona para hacerse visible. Al tratar de explicárselo a sí misma, se dice que está celosa. “Sé tan poco de él… ¿y si hubo otra mujer?”. Revisa todos los libros, papeles y cartas. No hay rastro de nada, como no sea de negocios. Al final, sin embargo, da con un cajón cerrado. Con la llave de otro mueble logra abrirlo. Dentro, solo hay recortes de periódico que hablan de un proceso judicial: el juicio en contra de Carlos Lemaitre, estafador y presunto asesino de mujeres. La fotografía no es muy buena, y el sujeto usa barba y anteojos, pero no hay duda: Carlos Lemaitre es Gerard Martin, su esposo.

    Lemaitre, dicen los recortes, fue acusado de matar a sus sucesivas esposas para quedarse con el dinero de sus seguros de vida. Todas ellas eran—como Alix—mujeres sencillas, confiadas. Con todas había vivido en pueblos pequeños, en casas apartadas. Todas eran huérfanas. Lemaitre era un hombre obsesivo con el orden: apuntaba la hora de asesinar en su pequeña agenda, como si de una cita de negocios se tratara.

    Alix adquiere el convencimiento de que Gerard intentará matarla esa misma noche. Y todas sus facultades se aguzan para salvar su vida. Cuando anochece y su marido le dice que es la hora de bajar al sótano para “revelar esas fotografías”, Alix determina pedir auxilio a Dick. Llama al hotel donde se hospeda—fingiendo hablar con el carnicero—y le pide que acuda a su casa.

    Pero Gerard ya tiene prisa. La hora de matar ha llegado y no puede, ni quiere esperar más. Para entretenerlo hasta la hora de que llegue la ayuda (ella sabe que no tiene caso intentar huir, él la alcanzaría fácilmente), construye una historia para atrapar su atención. Inspirada por la propia historia de Martin-Lemaitre, Alix le “confiesa” su pasado.

    Le cuenta una historia de maridos envenenados y herencias que de inmediato interesa a Gerard. (El asesino se interesa por el asesinato, afirma el libro). Asegura tener en su poder un veneno que no deja rastro, de sabor amargo, que acostumbra mezclar con el café. Por cierto, Gerard, durante la cena, se había quejado del mal sabor de café. Gerard, atando cabos, llega a la falsa—pero totalmente convincente—conclusión de que su mujer lo ha envenenado. Trata de atacarla, pero cae al piso, muerto de un paro cardíaco provocado por la impresión, al tiempo que Dick entra en la casa, acompañado por un policía.

    Alix no ha envenenado a Gerard, sólo lo ha convencido de haberlo hecho. El veneno misterioso no existe. En la taza del café que tan amargo le supo a Gerard solo había eso: café.

    La forma de resolverlo es simplemente magistral. Christie construye una escena final fuerte, absolutamente integrada dramática y literariamente, completamente justificada y verosímil, con un cierre estupendo.

    Este relato ha sido llevado al cine al menos un par de veces. Se le ha titulado “The love of a stranger”, en una de las versiones. Se ha editado dentro del libro·”El misterio de Listerdale” y también por separado. Es uno de los grandes favoritos de los seguidores de la obra de Agatha Christie.

    Esta reseña no puede, ni intenta, hacer justicia a la obra, así que lo mejor es disfrutar con su lectura.
     
  10. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola a tod@s :beso: :beso:

    El otro día me compré el libro El misterioso caso de Styles de Agatha :smile:
    Tengo entendido que es el primer libro que escribió Agatha.
    Ahora estoy leyendo otro pero espero poder leerlo en breve :happy: Ya os contaré cuando lo lea.

    Norma me encantan los relatos que has puesto :5-okey:
    Yo leí el Misterio de Listerdale y me gustó bastante.
     
  11. Bettina 3

    Bettina 3 bettina

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB


    MARISA :94-bienvenida:

    Esta novela la leí hace mucho tiempo, pero recuerdo que me gustó...de las que más de Agatha.

    Aquí tienes a otra incondicional de esta escritora. :adorando:
     
  12. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola Bettina :beso:

    Qué bien otra fan :52aleluya: :52aleluya: :52aleluya:
    Bienvenida al club :5-okey:

    Ya sabes puedes compartir lo que quieras, espero que te lo pases bien en este club del misterio :13mellado:

    Me lo leeré pero tendrá que esperar ya que antes quiero leer otros :icon_rolleyes:
     
  13. sandybell

    sandybell Soñadora

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Marisa , Bettina :beso: :beso: :beso: :beso: :beso: :beso:


    La lechuza

    La gran novela de Ágatha Christie

    Son muchos los que conocen a Ágatha Christie y pocos los que han oído hablar de Teresa Neele, quien tuvo un papel importante, aunque secundario, en la vida de la escritora. Teresa fue encontrada el 14 de diciembre de 1926 en un hotel de Harrogate (Inglaterra). Once días antes, Christie había salido de su casa tras darle un beso a su hija. Cogió el coche y despareció inexplicablemente. El automóvil apareció junto a un manantial, pero de la “reina del crimen” no había ni rastro. El hecho coincidió con el éxito que estaba teniendo la publicación de su sexta novela. El secreto de Chimneys era una pieza más del universo perfecto que ella creó. Las novelas que componen el mundo literario de Christie, encierran historias en las que no cabe el azar y donde cada personaje tiene un lugar específico, cada frase un porqué y cada hecho una causa justificada y una consecuencia lógica. El final de todos sus relatos produce en el lector la agradable satisfacción de que lo aparentemente inexplicable cobra sentido. El velo de la ignorancia no nos deja ver las respuestas, pero lo cierto es que todas las incógnitas tienen solución. Por eso, cada libro es una ecuación completa y acabada, con números enteros y ni sombra de incómodos decimales que puedan sembrar la duda. Cualquier detalle es necesario e insustituible. Asimismo, el orden de los hechos es inalterable y una simple modificación cambiaría el resultado. La incertidumbre y el caos abren la brecha por la que se filtra el pánico y, con él, el descontrol. Esas eran palabras que la escritora fingía no conocer. Así era Ágatha Christie: exacta, puntual, impecable, disciplinada, ordenada, realista, racional, estricta y perfeccionista hasta la médula. Novela tras novela, crimen tras crimen, trató de demostrar, a ella misma y al mundo, que hay reglas inviolables implícitas. Su visión del “todo está escrito” era literal y luchó por ella toda la vida plasmando esta filosofía en su obra. Trataba así de satisfacer su necesidad de precisión y suplir las imperfecciones de su propia historia.
    No es de extrañar, por lo tanto, que no salga en ninguna foto sonriendo, pues su dentadura tenía algún defecto. Y tampoco sorprende que casi todas las fotografías que hay de ella sean de cuando era aún joven. No aceptó su deterioro físico, acrecentado por sus continuos problemas matrimoniales. La novelista no soportaba la infidelidad de su marido, pero afrontarla suponía reconocer su fracaso. Eso era algo inadmisible para ella y trató de negarse lo evidente. Gracias a esa angustia vital, como les pasa a todos los genios, se refugió en sus historias y dio lugar a una brillante carrera literaria. Aún así, el peso de la realidad era aplastante incluso para la estoica Christie y finalmente la vida le ganó el pulso a la ficción y la verdad al deseo. Por eso escapó de casa y desapareció durante once días. Cuando la encontraron en aquel hotel la situación se tornó absurda. Una mujer con la cara de Christie, la ropa de Christie, la voz de Christie, vivía convencida de que era una tal Teresa Neele (apellido de la amante de su marido). Ante la pregunta de cómo había llegado hasta allí, la escritora miraría con sorpresa: “¿Qué? Yo estaba aquí”. No se acordaba de nada. El suceso dio lugar a especulaciones macabras, pero nadie halló la respuesta. El orden se rompió irremediablemente. Hasta ahora.
    El médico y escritor Andrew Norman cree haber resuelto el misterio recientemente y ha publicado sus investigaciones en la biografía El retrato acabado. Norman supone que el estado de la escritora respondía a un “estado de fuga”, un trance amnésico generado por una tragedia o una depresión. En el caso de la novelista parece que se debió a ambas cosas. La historia ha llegado por fin a su perfecto final. El resultado de la ecuación es científico y exacto. Seguro que a la “reina del crimen” le hubiera parecido el idóneo. Excepto por un detalle: ella no fue capaz de resolver su mayor misterio ni de sujetar su vida a las normas que tanto adoraba. Christie creó solo una historia en contra de su voluntad, pero ésta fue su gran novela: su propia vida.​
     
  14. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola a tod@s :beso:

    Hoy me he comprado unos libros de Agatha Christie

    Los títulos son:

    * El misterio de las siete esferas.
    * Un puñado de centeno.
    * La casa torcida.
    * Testigo de cargo.

    También me he comprado un libro que escribió Agatha bajo el pseudónimo de Mary Westmacott: Una hija es una hija.

    A ver cuando los puedo empezar que de estos solo me he leído Un puñado de centeno y no me acuerdo de que iba, solo recuerdo que era de Miss Marple :icon_rolleyes:
     
  15. Bettina 3

    Bettina 3 bettina

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola Marisa ;)

    De los que te has comprado La casa torcida está muy bien aunque lo leí hace tiempo lo recuerdo como una buena novela le daría un 8. Un puñado de centeno también lo he leído pero no lo recuerdo.

    Una hija es una hija no lo conozco, lo miraré en la casa del libro o por internet a ver que pinta tiene. :94-bienvenida: