Agatha Christie

Tema en 'Temas de interés (no de plantas)' comenzado por Malee, 7/3/12.

  1. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola Bettina :beso:

    Gracias por la recomendación :5-okey:

    Mira este es el libro, aunque yo lo tengo en otra edición:

    [​IMG]

    Y la sinopsis:

    Novela romántica escrita por Agatha Christie bajo el seudónimo de Mary Westmacott.

    Ann Prentice se enamora de Richard Cauldfield y espera ser muy feliz. Su única hija, Sarah, no puede soportar la idea de que su madre se vuelva a casar y trata de arruinar la boda. El resentimiento y los celos corroen su relación y hacen que cada una busque consuelo de diferentes formas. ¿Están madre e hija destinadas a ser enemigas de por vida, o vencerá el amor que aún subyace entre ellas?
     
  2. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Mirad lo que he encontrado :happy:

    II FESTIVAL INTERNACIONAL AGATHA CHRISTIE DE PUERTO DE LA CRUZ

    RUTA AGATHA CHRISTIE


    Dentro de la programación del II Festival Internacional Agatha Christie de Puerto de la Cruz, se ofrece la posibilidad de disfrutar de la Ruta Agatha Christie, donde podrán visitarse los emplazamientos frecuentados por la célebre escritora durante su estancia en la Ciudad y los lugares emblemáticos que encontramos a lo largo del paseo.

    La Ruta se podrá realizar previa cita en la oficina del CIT de Puerto de la Cruz, donde se confeccionarán los grupos con un mínimo de 6 personas y un máximo de 12.

    IGLESIA ANGLICANA: el edificio de la iglesia protestante data del año 1890. La iglesia se construyó con dinero donado por visitantes y extranjeros británicos residentes de la época.

    BIBLIOTECA BRITÁNICA: la biblioteca inglesa se creó en 1903. Ya a principio del siglo XX la biblioteca constaba con más de 6.000 volumenes. La iglesia fue considerada por algunos autores ingleses como: la biblioteca más importantes fuera del territorio británico.

    PARQUE TAORO: el parque Taoro corresponde al antiguo jardín que ofrecía el gran hotel Taoro. Antiguamente este emplazamiento era conocido como el monte de la miseria, llamado así por ser un malpaís. Hoy día aun se conserva como lugar de ocio y recreo para los ciudadanos.

    HOTEL TAORO: primer hotel de lujo construido en España, diseñado por el arquitecto francés Adolph Coquet e inagurado en 1890. Fue el lugar de hospedaje de importantes personalidades como Agatha Christie.

    JARDÍN ACUÁTICO RISCO BELLO: el jardín contiene una una gran colección de plantas exóticas. Fue diseñado por su propietario, el Sr. René, como acto de amor para la recuperación de su esposa enferma.

    SITIO LITRE Y JARDÍN: jardín privado más antiguo de Tenerife que cuenta con la mayor colección de orquideas de la isla. La mansión data de 1730 y en ella se han alojado a lo largo de su historia personajes tan ilustres como Alexander von Humboldt, William R. Wilde, André-Pierre Ledrú, Sir Richard Burton, Marianne North y Agatha Christie. En la actualidad se encuentra abierto al público y posee el drago más antiguo de la ciudad.

    PLAZA VIERA Y CLAVIJO: formaba parte de los impresionantes jardines del antiguo y emblemático Hotel Martiánez que estaba orientado a recibir turistas y enfermos fundamentalmente británicos. El Puerto de la Cruz se convirtió en ese entonces en el primer centro turístico más al sur de la tierra.

    ACANTILADOS MARTIÁNEZ: los 45 metros de altura del Acantilado de Martiánez se conforman como una sucesión de estratos geológicos de diferentes materiales volcánicos que encierra importantes valores ecológicos, patrimoniales históricos, etnográficos y arqueológicospuesto que se han encontrado abundantes vestigios y yacimientos aborígenes.

    LLANOS DE MARTIANEZ: En los llanos de Martiánez se encontraba la única playa portuense susceptible para el baño. Dentro de un inmenso paisaje de plataneras, el entorno se completaba con el Thermal Palace (1912-1936).

    LAGO MARTIANEZ: El auténtico emblema turístico de Puerto de la Cruz es el Complejo Municipal ‘Costa de Martiánez’, un moderno y confortable conjunto de grandes piscinas artificiales de agua de mar diseñado con un originalísimo estilo arquitectónico integrador por el artista lanzaroteño César Manrique.

    PASEO Y ERMITA DE SAN TELMO: El paseo de San Telmo es un pintoresco paseo peatonal y comercial junto al borde costero. Da acceso a una cala del mismo nombre, con charcos naturales de agua de mar, que es una de las zonas de baño más populares entre los residentes. Un extremo del paseo lo preside la ermita de San Telmo, fundada hacia 1780 por el gremio de los mareantes y dedicada al padre dominico San Pedro Telmo, patrón de los marineros.

    HOTEL MONOPOL: Construída en 1742, perteneció a la familia de Betancourt-Molina y en ella nació el prestigioso y universalmente conocido ingeniero Agustín de Betancourt Molina, padre de la ingeniería moderna. Más tarde se la conoció como “Casa de Baile y Teatro” por sus representaciones escénicas entre la Comunidad Británica.

    HOTEL MARQUESA: Casa solariega de la familia Valois-Cólogan que data del siglo XVIII (1712 ). Este hotel era un museo hogareño donde se conservaban todos los enseres y mobiliario de la familia irlandesa. En ella se alojaron viajeros y científicos famosos, como Alexander von Humboldt y el músico Charles Camile Saint-Saëns. Se trata de uno de los primeros hoteles de la ciudad.

    IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA PEÑA DE FRANCIA: Templo del siglo XVII que guarda las imágenes más veneradas por los portuenses: el Señor del Gran Poder de Dios y la Virgen del Carmen, entre otros tesoros. En honor de estas dos imágenes se celebran cada mes de julio las fiestas mayores del municipio.

    La ruta terminará en la Plaza de la Iglesia de la Peña de Francia donde se ofrecerá un pequeño refrigerio.
     
  3. Malee

    Malee MARISA

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  4. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Aqui os dejo esta historia:

    Manchas De Sangre En El Suelo

    Agatha Christie

    Estos relatos son contados por los miembros del Club de los Martes que se reúnen cada semana. En la cual cada uno de los miembros y por turno expone un problema o algún misterio que cada uno conozca personalmente y del que, desde luego sepa la solución.

    Para así el resto del grupo poder dar con la solución del problema o misterio.

    El grupo esta formado por seis personas:
    Miss Marple, Mujer ya mayor pero especialista en resolver cualquier tipo de misterio.
    Raymond West: Sobrino de Miss Marple y escritor.
    Sir Henry Clithering:Hombre de mundo y comisionado de Scotland Yard.
    Doctor Pender: Anciano clérigo de parroquia
    Mr. Petherick:Notable abogado
    Joyce Lempriére:Joven artista



    Es curioso —comenzó a decir Joyce Lemprière—, pero casi me siento inclinada a no contarles mi historia. Sucedió hace mucho tiempo, hace cinco años, para ser exacta, y desde entonces me tiene obsesionada. Tanto su lado brillante, alegre y superficial, como el horror que se escondía en el fondo. Y lo curioso del caso es que el cuadro que pinté entonces está impregnado de la misma atmósfera. Cuando se mira por primera vez, parece sólo el simple boceto de una callejuela de Cornualles bañada por la luz del sol. Pero al contemplarlo con más atención, se descubre en él algo siniestro. Nunca quise venderlo, pero nunca lo miro. Está en mi estudio, en un rincón y de cara a la pared.

    »El nombre del lugar es Rathole, un extraño pueblecito pesquero de Cornualles, muy pintoresco, tal vez demasiado pintoresco. En él se respira demasiado la atmósfera de una antigua sala de té de Cornualles. Tiene tiendas en las que muchachas de pelo a lo garçon pintan a mano leyendas sobre pergaminos. Es bonito y original, pero se lo creen demasiado.

    —No sé por qué será —dijo Raymond West con un gruñido—. Supongo que será debido a esa maldita invasión de autocares llenos de gente. Por estrechos que sean los caminos que llevan a ellos, ninguno de esos pintorescos pueblecitos se libra de ellos.

    Joyce asintió.

    —Los que conducen a Rathole son muy estrechos y empinados como una pared. Bien, sigo con mi historia. Yo había ido a Cornualles a pasar quince días dibujando- En Rathole existía una antigua posada, Las Armas de Polharwith, que se supone es la única casa que dejaron en pie los atacantes españoles cuando bombardearon ferozmente el lugar hacia el 1500 o algo por el estilo.

    —No lo bombardearon —replicó Raymond West con el entrecejo fruncido—. Procura no desvirtuar la historia, Joyce.

    —Bueno, sea como fuere, desembarcaron cañones a lo largo de toda la costa y con ellos destrozaron las casas. De todas maneras no es ésta la cuestión. La posada era un lugar maravilloso por su antigüedad, con una especie de porche sostenido por cuatro pilares. Conseguí un buen apunte y me disponía a trabajar de firme cuando un coche subió serpenteando por la colina. Por supuesto, fue a detenerse delante de la posada, en el lugar en que más me estorbaba. Se apearon sus ocupantes, un hombre y una mujer, en los que no me fijé gran cosa. Ella llevaba un vestido de lino malva y un sombrero del mismo color.

    »E1 hombre volvió a salir de nuevo y, para mi gran satisfacción, llevó el coche hasta el muelle y lo dejó aparcado allí. Al regresar a la posada tuvo que pasar junto a mí, en el preciso momento en que llegaba otro coche, del que se apeó una mujer vestida con el traje más llamativo que viera en mi vida. Creo que su estampado consistía en ponsetias rojas y llevaba uno de esos enormes sombreros de paja que utilizan los nativos, me parece que de Cuba ¿no es eso?, y que también era de un brillante rojo escarlata.

    »La mujer no se detuvo delante de la posada, sino que llevó su coche más abajo en el otro lado. Luego se apeó y el hombre le dijo asombrado:

    »—Carol, esto sí que es maravilloso. Qué casualidad encontrarte en este apartado rincón del mundo. Hace años que no te veía. Margery está aquí también, mi esposa, ya sabes. Debes venir a conocerla.

    »Subieron juntos la empinada calle en dirección a la posada y vi que la otra mujer acababa de salir a la puerta y se dirigía a ellos. Cuando pasaron ante mí, pude echar un vistazo a la mujer llamada Carol, lo suficiente para ver una barbilla muy empolvada y una boca muy roja, y me pregunté, sólo me pregunté, si Margery se alegraría mucho de conocerla. A Margery no la había visto de cerca, pero así de lejos me pareció muy formal, estirada y poco maquillada.

    »Bueno, desde luego no era asunto mío, pero a veces se ven pequeños retazos de la vida y no puedes evitar especular sobre ellos. Desde donde estaba podía oír fragmentos de su conversación. Hablaban de ir a bañarse. El marido, cuyo nombre al parecer era Denis, deseaba alquilar un bote y remar por la costa. Había allí una cueva famosa que merecía la pena ver a cosa de una milla de distancia, según dijo. Carol deseaba verla también, pero sugirió la idea de ir andando por los acantilados y verla desde la costa. Dijo que odiaba los botes. Al fin lo acordaron así. Carol iría andando por el camino del acantilado y se reuniría con ellos en la cueva, mientras Denis y Margery cogerían una barca y remarían hasta allí.

    »Al oírles hablar de bañarse me entraron ganas a mí también. Era una mañana muy calurosa y no adelantaba apenas mi trabajo. Además, imaginé que la luz de la tarde daría al lugar un efecto más atrayente, de modo que recogí mis bártulos y me dirigí a una pequeña playa que había descubierto, en dirección completamente opuesta a la cueva. Tomé un delicioso baño allí y comí lengua enlatada y dos tomates, volviendo por la tarde a continuar mi apunte llena de entusiasmo y confianza.

    »Todo Rathole parecía dormido. Había acertado al imaginar la luz del sol por la tarde: las sombras resultaban mucho más sugerentes, Las Armas de Polharwith eran el tema principal de mi apunte. Un rayo de sol caía oblicuamente sobre la tierra ante la posada y producía un efecto curioso. Supuse que los bañistas habrían regresado felizmente ya que dos trajes de baño, uno rojo y otro azul oscuro, estaban tendidos en el balcón, secándose al sol.

    »Había algo que no me salía bien en una de las esquinas de mi apunte y me incliné unos instantes para arreglarlo. Cuando volví a alzar la vista, había una figura apoyada en uno de los pilares de la posada que parecía haber aparecido por arte de magia. Vestía ropas de marinero y supuse que sería un pescador. Además, llevaba una larga barba negra y, si hubiera buscado un modelo para dibujar a un malvado capitán español, no lo hubiera podido encontrar mejor. Me puse a trabajar con entusiasmo antes de que se marchara, aunque a juzgar por su actitud, parecía dispuesto a sostener el pilar por toda la eternidad.

    »Sin embargo, al fin se movió. Afortunadamente, yo ya había obtenido lo que deseaba. Se acercó a mí y empezamos a charlar. ¡Cómo hablaba aquel hombre!

    »—Rathole es un lugar muy interesante —me dijo.

    «Yo ya lo sabía, pero, aunque se lo dije, eso no me salvó. Tuve que oír toda la historia del bombardeo, quiero decir de la destrucción del pueblo, y como el propietario de Las Armas de Polharwith murió en el mismo umbral de su puerta, atravesado por la espada de un capitán español, y que su sangre manchó el suelo y nadie consiguió limpiar la mancha durante cien años.

    «Todo aquello concordaba admirablemente con la lánguida pesadez de la tarde. La voz del hombre era muy suave y, no obstante, al mismo tiempo resultaba un tanto amenazadora. Sus modales eran obsequiosos, pero comprendí que en el fondo debía de ser un hombre cruel. Me hizo comprender el papel de la Inquisición y el horror de todas las cosas que habían hecho los españoles mejor de lo que nunca lo hubiera hecho.

    «Mientras me estuvo hablando, continué mi trabajo y de pronto me di cuenta de que, distraída escuchando su historia, había pintado algo que no estaba allí. Sobre el blanco suelo, en el lugar donde el sol caía ante la puerta de Las Armas de Polharwith, había pintado manchas de sangre. Parece extraordinario que el subconsciente pudiera jugar semejante treta a mi mano, mas al mirar de nuevo hacia la posada tuve un segundo sobresalto. Mi mano había pintado únicamente lo que veían mis ojos, gotas de sangre en el blanco suelo.

    «Las miré durante unos instantes. Después, cerrando los ojos, dije para mis adentros: «No seas tonta, allí no hay nada en realidad». Los volví a abrir y las manchas de sangre seguían allí.

    »De pronto me di cuenta de que no podría soportarlo e interrumpí con una pregunta el torrente de palabras del pescador.

    »—Dígame —le dije—, no tengo muy buena vista. ¿Eso que se ve en el suelo son manchas de sangre?

    «Me miró con benevolencia.

    »—No hay manchas de sangre hoy en día, señora. Le estoy contando lo que ocurrió hace casi quinientos años.

    «—Sí —respondí—, pero ahora, en el suelo... —las palabras se ahogaron en mi garganta.

    »Sabía... me daba cuenta de que él no vería lo mismo que yo. Me puse de pie y, con las manos temblorosas, empecé a recoger mis cosas, y entonces observé que el joven que había llegado en coche aquella mañana salía de la posada mirando a ambos lados de la calle con perplejidad. En el balcón apareció su esposa para recoger los trajes de baño. Echó a andar hacia el coche, pero cambió de idea y cruzó la calle hacia el pescador.

    »—Oiga, buen hombre —le dijo—, ¿sabe usted si la señora que llegó en el otro coche ha regresado ya?

    »—¿Una señora con un vestido floreado? No, señor, no la he visto. Esta mañana se fue hacia la cueva por los acantilados.

    «—Lo sé, lo sé. Nos bañamos todos juntos y luego nos dejó para volver a casa, y no hemos vuelto a verla desde entonces. No es posible que tarde tanto. Los acantilados no serán peligrosos, ¿verdad?

    «—Depende de por donde se vaya, señor. Lo mejor es ir con alguien que conozca el lugar.

    «Era evidente que se refería a sí mismo y se disponía a seguir hablando, mas el joven le interrumpió sin ninguna clase de ceremonias y volvió de nuevo a la posada, gritando a su esposa, que estaba en el balcón:

    «—Oye, Margery, Carol no ha regresado todavía. Es extraño, ¿no te parece?

    »No oí la respuesta de Margery, pero su esposo continuó diciendo:

    »—Bueno, no podemos esperar más. Tenemos que continuar hasta Penrithar. ¿Estás lista? Iré a sacar el coche.

    »Hizo lo que decía y en seguida se marcharon juntos. Entretanto, yo había esperado ansiosa el momento de probar lo ridículo de mis imaginaciones.

    Cuando el automóvil se hubo alejado, fui hasta la posada para examinar de cerca el suelo. Desde luego allí no había manchas de sangre. No, todo había sido producto de mi exaltada imaginación. Y eso, en cierto modo todavía resultaba más aterrador. Fue entonces, mientras permanecía en pie como clavada en aquel lugar, cuando oí la voz del pescador, que me miraba con curiosidad.

    »—Usted creyó ver manchas de sangre aquí, ¿eh, señora?

    Asentí.

    »—Es muy curioso, muy curioso. Aquí tenemos una superstición, señora. Si alguien ve esas manchas de sangre...

    »Hizo una pausa.

    »—¿Y bien? —le animé.

    »Continuó hablando con su voz melosa, con una entonación
    inconfundiblemente cornuallesa, pero suave y educada en el acento, completamente libre de todos los giros y peculiaridades del habla de Cornualles.

    »—Dicen, señora, que si alguien ve esas manchas de sangre habrá una muerte antes de veinticuatro horas.

    »—¡Qué terrible! Sentí que un estremecimiento recorría mi espina dorsal.

    »El continuó en tono persuasivo:

    »—Hay una lápida muy interesante en la iglesia acerca de una muerte...

    »—No, gracias —le dije decidida. Y girando sobre mis talones, eché a andar calle arriba hacia la casita donde me hospedaba.

    »Cuando llegué vi a lo lejos a la mujer llamada Carol, que venía corriendo por el camino del acantilado. En contraste con el color gris de las rocas, parecía una venenosa flor roja. Su sombrero era rojo como la sangre...

    »Me dominé. La verdad es que estaba obsesionada por la idea de la sangre.

    »Más tarde oí el ruido de su coche y me pregunté si también ella se dirigía a Penrithar, pero tomó la carretera de la izquierda, en dirección contraria.

    Observé cómo desaparecía por la colina y respiré un poco más tranquila.

    Rathole volvía a parecer dormido una vez más.

    —Si eso es todo —dijo Raymond West cuando Joyce se detuvo para tomar aliento—, daré mi dictamen en seguida. Indigestión. Hace ver manchas ante los ojos después de las comidas.

    —Eso no es todo —replicó Joyce—. Tienes que oír el final. Dos días más tarde lo leí en el periódico con este titular: «Baño fatal en el mar». El artículo contaba cómo Mrs. Dacre, esposa del capitán Denis Dacre, se ahogó desgraciadamente en la Ensenada de Landeer, a poca distancia de donde yo me hallaba, siguiendo la línea de la costa. Ella y su esposo se encontraban hospedados en el hotel del lugar y expresaron su intención de bañarse, pero comenzó a soplar un viento helado y el capitán Dacre declaró que hacía demasiado frío y por ello se fue en compañía de otros huéspedes del hotel a las pistas de golf cercanas al lugar. No obstante, Mrs. Dacre dijo que ella no tenía frío y se marchó sola a la ensenada. Como no regresaba, su esposo empezó a alarmarse y bajó a la playa acompañado de sus amigos.

    Encontraron sus ropas junto a una roca, pero ni rastro de la infortunada esposa. Su cadáver no fue hallado hasta casi una semana más tarde, cuando el mar lo arrojó a la playa bastante más lejos del lugar del suceso. Tenía un gran golpe en la cabeza, que debió recibir antes de morir, y la opinión general fue que, al zambullirse en el mar, se había golpeado contra una roca.
    Por lo que pude averiguar, su muerte debió de ocurrir veinticuatro horas después de que yo viera las manchas de sangre.

    —Protesto —dijo sir Henry—. Esto no es un problema, sino una historia de fantasmas. Evidentemente miss Lemprire es una médium.

    Mr Petherick emitió su acostumbrada tosecilla.

    —Me sorprende una cosa —dijo—: el golpe en la cabeza. Creo que no debemos descartar la posibilidad de que su muerte fuese violenta, pero no veo que tengamos dato alguno en que basarnos. La alucinación o visión de miss Lemprière desde luego es interesante, pero no comprendo qué quiere que digamos.

    —Indigestión y pura coincidencia —dijo Raymond—. De todas formas no puede estar segura de que fueran las mismas personas. Además, la maldición o lo que fuera solo podría afectar a los habitantes de Rathole.

    —Yo tengo la impresión —dijo sir Henry— de que el siniestro pescador tiene algo que ver en esta historia, pero estoy de acuerdo con Mr. Petherick en que miss Lemprière nos ha dado pocos datos.

    Joyce se volvió hacia el doctor Pender, que negó con la cabeza.

    —Es una historia muy interesante —dijo—, pero estoy de acuerdo con sir Henry y Mr. Petherick en que son muy pocos los datos que nos ha dado.
    Joyce miró a miss Marple, que le sonrió.

    —Yo también considero que eres un poco tramposa, Joyce, querida —le dijo—. Claro que para mí es distinto. Quiero decir que nosotras, por ser mujeres, sabemos apreciar la importancia que tienen los vestidos y, por lo tanto, no creo que sea justo presentar un problema así a un hombre. Debió de cambiarse con inusitada rapidez. ¡Qué mujer más perversa! Y él es todavía peor.

    Joyce la miraba con ojos muy abiertos.

    —Tía Jane... —le dijo—... quiero decir miss Marple, creo que... me parece que ya sabe usted la verdad.

    —Sí, querida —dijo miss Marple—. A mí, que estoy sentada tranquilamente, me ha resultado mucho más sencillo que a ti. Y eso que, por ser artista, eres muy sensible a tu entorno, ¿no es cierto? Sentada aquí con mi labor de punto, puedo ver los hechos con claridad. Las gotas de sangre cayeron desde el balcón, del traje de baño, ya que, al ser rojo, los mismos criminales no se dieron cuenta de que estaba manchado de sangre. ¡Pobrecilla, pobrecilla infeliz!

    —Perdóneme, miss Marpie —intervino sir Henry—, pero usted sabe que sigo todavía en la más completa oscuridad. Usted y miss Lemprièe parecen saber de qué están hablando, pero nosotros los hombres seguimos ignorantes de todo.

    —Ahora les contaré el final de la historia —dijo la joven—. Ocurrió un año más tarde. Yo me encontraba en un pueblecito de la costa pintando, cuando de pronto experimenté la extraña sensación de presenciar algo que ya había ocurrido antes. Ante mí tenía a dos personas, un hombre y una mujer que saludaban a una tercera, una mujer vestida con un traje estampado con ponsetias rojas.

    »—¡Carol, esto sí que es maravilloso! ¡Qué casualidad encontrarse después de tantos años. ¿No conoces a mi esposa? Joan, te presento a una antigua amiga mía, miss Harding.

    »Reconocí al hombre al instante. Era el mismo Denis que había visto en Rathole. La esposa era distinta, es decir, se llamaba Joan en vez de Margerv, pero era el mismo tipo de mujer: joven, bastante sencilla y corriente. Por un momento creí que me había vuelto loca. Empezaron a hablar de irse a bañar.

    Les diré lo que hice: dirigirme directamente al puesto de policía. Pensé que lo más probable era que me tomasen por loca, pero no me importaba y todo salió bien. Encontré allí a un hombre de Scotland Yard que había acudido precisamente por aquel asunto. Al parecer, ¡oh, es horrible hablar de esto!, la policía sospechaba de Denis Dacre. No era su verdadero nombre, se lo cambiaba según las distintas ocasiones. Acostumbraba a hacer amistad con muchachas sencillas que no tuvieran muchos parientes ni amigos y, después de casarse con ellas, aseguraba sus vidas por grandes sumas y luego... ¡oh, es horrible! La mujer llamada Carol era su verdadera esposa y juntos llevaban a cabo siempre el mismo plan. Así es como llegaron a atraparlo. Las compañías de seguros empezaron a sospechar. Acudía a algún lugar de veraneo con su nueva esposa, allí se encontraba con la otra mujer y se iban a bañar juntos. Entonces asesinaban a la esposa, y Carol, poniéndose sus ropas, regresaba en el bote con él. Más tarde abandonaban el lugar, después de preguntar por la supuesta Carol y, al llegar a las afueras del pueblo, Carol regresaba con sus ropas llamativas y su extremado maquillaje para marcharse de allí en su propio coche. Averiguaban en qué direccion iba la corriente y la supuesta muerte ocurría en el próximo pueblo que quedase en esa misma dirección. Carol hacía el papel de esposa y se iba sola a alguna playa solitaria para dejar las ropas de ésta junto a una roca y ella se marchaba con su traje llamativo a esperar tranquilamente que su esposo fuera a reunirse con ella.

    »Supongo que, cuando asesinaron a la pobre Margery, parte de la sangre debió empapar el traje de baño de Carol y, al ser de color rojo, no lo notaron, tal como dice miss Marpie. Mas al tenderlo en el balcón cayeron algunas gotas al suelo. ¡Uf! —se estremeció—. Todavía puedo verlas.

    —Claro —exclamó sir Henry—. Ahora lo recuerdo muy bien. Su nombre verdadero era Davis. Había olvidado que uno de sus muchos alias fue Dacre.

    Era una pareja extraordinaria. Siempre me sorprendió que nadie descubriera su cambio de personalidad. Supongo, tal como dice miss Marple, que sería porque los trajes se identifican más fácilmente que los rostros. Pero fue un plan muy inteligente ya que, aunque sospechábamos de Davis, no fue fácil detenerlo, pues siempre parecía tener una coartada impecable.

    —Tía Jane —dijo Raymond—, ¿cómo lo haces? Has llevado una vida apacible y nada parece sorprenderte.

    —No hay nada nuevo en este mundo —replicó miss Marpie—. Ahí tienes a Mrs. Green, ya sabes, la que enterró a cinco niños... todos con la vida asegurada. Y bueno, naturalmente, una no puede dejar de sospechar...

    Meneó la cabeza.

    —Hay mucha perversidad en la vida de un pueblecito y espero que vosotros los jóvenes no lleguéis a saber nunca lo malvado que es el mundo.
     
  5. Inesa

    Inesa

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Gracias por todos esos cuentos cortos. Los extraen de alguna pagina de Internet? Saludos desde Venezuela.
     
  6. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    De nada Inesa, me alegro que te gusten los relatos.

    Yo los saco de libros que tengo guardados en la Pc.
    Cuando pueda pondré alguno más :happy: También tengo libros enteros en versión digital pero no los puedo poner porque son muy largos :(
     
  7. traviata

    traviata

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    ¿Puedo dejar un enlace a una página que contiene libros de descarga? He leído que hay países donde no se encuentran bien los libros de Agatha y en esta página hay 90 para descargar...no se si lo consideraréis spam.

    Desde niña leo sus libros y ahora estoy releyendo 10 negritos...
     
  8. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola Traviata :beso:

    Puedes poner lo que quieras siempre que esté relacionado con Agatha :happy:
    A mí me encantó 10 negritos.

    Saludos

     
  9. traviata

    traviata

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Bien pues allá va, si incumplo alguna norma por favor que un moderador borre el mensaje

    http://papyrefb2.net/frames/index.php

    Para descargar hay que registrarse y cambiarle el formato. Yo lo hago con un programa que se llama calibre


    Me hubiese gustado dejar el enlace abierto en la página de Aghata pero no se puede :losiento:
     
  10. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola a tod@s :beso:

    Traviata yo no sé cuando veré el enlace ya que estoy sin internet en casa, ahora estoy en la biblioteca :( pero descuida que ya lo miraré :happy:

    Ahora estoy leyendo Tragedia en tres actos, me está gustando mucho, según un amigo es uno de los mejores libros de Agatha y tengo que darle la razón :razz:

    Diez negritos me lo leí y también fue uno de mis libros favoritos. Traviata si te fijas creo que puse la pelicula de Diez negritos, aunque no es nada fiel al libro, la verdad :icon_rolleyes: Mejor el libro que la película.
     
  11. traviata

    traviata

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Subo este relato corto, que es muy apropiado el título para el foro ;) y además creo que nadie lo ha puesto todavía...espero que os guste



    EL GERANIO AZUL
    Cuando estuve aquí el año pasado... -comenzó a decir sir Henry Clithering, pero se detuvo.
    Su anfitriona, Mrs. Bantry, le miraba con curiosidad. El ex comisionado de Scotland Yard se
    hallaba pasando unos días en casa de unos viejos amigos suyos, el coronel y Mrs. Bantry,
    quienes vivían cerca de St. Mary Mead.
    Mrs. Bantry, con la pluma en ristre, acababa precisamente de pedirle consejo sobre a quién
    invitar a cenar aquella noche.
    -¿Sí? -le dijo Mrs. Bantry animándole-. Cuando estuvo usted aquí el año pasado...
    -Dígame -preguntó sir Henry-, ¿conoce a miss
    Marple?
    Mrs. Bantry se sorprendió. Era lo último que hubiera esperado.
    -¿Que si la conozco? ¡Y quién no! Es la típica solterona de las comedias. Encantadora, pero
    pasada de moda. ¿Quiere decir que le gustaría que la invitara a cenar a ella?
    -¿Le sorprende?
    -Un poco, debo confesarlo. Nunca hubiera dicho que usted... Pero supongo que debe de
    haber una explicación.
    -La explicación es bastante sencilla. Cuando estuve aquí el año pasado teníamos la costumbre
    de discutir casos misteriosos que habían ocurrido. Éramos cinco o seis. Raymond West, el
    novelista, fue quien lo propuso. Cada uno de nosotros debía contar una historia de la que
    conociera la solución y los demás debían ejercitar sus facultades deductivas para ver quién se
    aproximaba más a la verdad.
    -¿Y bien?
    -Pues, igual que en esa vieja historia, apenas nos dimos cuenta de que miss Marple estaba
    entre nosotros, pero nos mostramos muy amables y la dejamos participar en el juego para no
    herir sus sentimientos. Y ahora viene lo mejor. ¡Ella nos ganó todas las veces!
    -¿Qué?
    -Se lo aseguro, iba directa a la verdad como una paloma mensajera de regreso al palomar.
    -¡Es extraordinario! ¡Vaya, si la anciana miss Marple apenas ha salido de St. Mary Mead!
    -¡Ah! Pero según ella ha tenido ilimitadas oportunidades de observar la naturaleza humana,
    prácticamente al microscopio.
    -Supongo que tiene razón -concedió Mrs. Bantry-. Es inevitable que se llegue a conocer el
    lado mezquino de las personas. Pero no creo que tengamos criminales interesantes en este
    rincón del mundo. Después de cenar le contaremos la historia del fantasma de Arthur. Le
    agradecería que encontrase la solución.
    -No sabía que Arthur creyese en fantasmas.
    -¡Oh! Claro que no cree. Eso es lo que más le preocupa. Y le ocurrió a un amigo suyo,
    George Prit-chard, una persona sumamente prosaica. En realidad fue bastante trágico para el
    pobre George. O bien su extraordinaria historia es cierta o bien...-,
    -¿O bien qué?
    Mrs. Bantry no contestó, mas al cabo de un par de minutos dijo:
    -A mí me gusta George, y a todo el mundo también. No es posible creer que él... pero la
    gente hace cosas tan extraordinarias.
    Sir Henry asintió. Conocía mejor que Mrs. Bantry las cosas que la gente es capaz de hacer.

    De modo que aquella noche, cuando Mrs. Bantry miró a sus comensales (estremeciéndose un
    tanto, ya que su comedor, como la mayoría de los comedores ingleses, era extremadamente
    frío), sus ojos se fijaron en la anciana sentada muy erguida a la derecha de su esposo. Miss
    Marple vestía de negro con mitones de encaje. Una pañoleta de encaje antiguo cubría sus
    hombros y un gorrito también de encaje antiguo rodeaba sus cabellos blancos. Estaba
    charlando animadamente con el anciano doctor Lloyd del orfanato y de las supuestas
    negligencias de las enfermeras del distrito.
    Mrs. Bantry volvió a maravillarse. Incluso se preguntaba si sir Henry no le habría gastado una
    broma, aunque no veía motivo para ello. Era increíble que fuera cierto lo que le había contado.
    Su mirada fue a detenerse afectuosamente en su esposo, de rostro sonrosado y anchas
    espaldas, que hablaba de caballos con Jane Helier, la hermosa y popular actriz. Jane, más
    hermosa, si cabe, vista de cerca que en el escenario, abría sus enormes ojos azules y
    murmuraba de vez en cuando: «¿De veras? ¡Oh, sí! ¡Qué extraordinario!». No entendía nada
    de caballos y le interesaban aún menos. Arthur -dijo Mrs. Bantry-, estás aburriendo a la
    pobre Jane. Deja ya los caballos y cuéntale mejor tu historia de fantasmas. Ya sabes, la de
    George Pritchard.
    - ¿Dolly? ¡Oh! No sé si...
    -Sir Henry desea oírla también. Le he hablado de ella esta mañana. Y sería interesante oír las
    opiniones de todos.
    -¡Oh, hágalo! -dijo Jane-. ¡Me encantan las historias de fantasmas!
    -Bueno... -el coronel Bantry vacilaba-, nunca he creído en lo sobrenatural. Pero esto... No
    creo que ninguno de ustedes conozca a George Pritchard. Es una excelente persona. Su
    esposa, que ahora ya ha muerto, pobre mujer, no le dio un momento de descanso mientras
    vivió. Era una de esas personas semi-inválidas. Creo que realmente estaba enferma, pero
    fuera cual fuese su mal lo explotaba a conciencia. Era caprichosa, exigente e insoportable y se
    quejaba de la mañana a la noche. George tenía que servirle de pies y de manos, y aun así todo
    lo que hacía lo encontraba mal y encima le reprendía. Estoy convencido de que cualquier otro
    hombre le hubiera abierto la cabeza con un hacha mucho antes. ¿No te parece, Dolly?
    -Era una mujer terrible -respondió Mrs. Bantry con convicción-. Si George Pritchard la
    hubiese matado con un hacha y hubiera habido alguna mujer en el jurado, lo hubiesen
    absuelto.
    -No sé bien cómo empezó todo. George se mostraba muy vago sobre el asunto. Pero deduje
    que Mrs. Pritchard tuvo siempre debilidad por los adivinos, los quirománticos y las
    clarividentes. A George no le importaba. Con tal de que me su esposa encontrase alguna
    diversión todo le parecía estupendo, pero él se negaba a participar y eso era otro de los
    muchos agravios que tenía que soportar de ella.
    »Por la casa desfilaron un sinfín de enfermeras, pues Mrs. Pritchard solía cansarse de ellas al
    cabo de pocas semanas. Una enfermera joven supo ser muy hábil en lo de la predecirle el
    futuro y, durante un tiempo, le tuvo gran afecto. Luego, de pronto se cansó también de ella e
    insistió en que se marchara. Volvió a tomar a una mujer ya de edad, experimentada y con
    mucha mano derecha para tratar con neuróticos, que ya la había asistido anteriormente. La
    enfermera Copling, según George, era una buena persona, muy sensata, con la que daba gusto
    hablar y que soportaba los ataques de nervios de Mrs. Pritchard con absoluta indiferencia.
    »Mrs. Pritchard siempre comía arriba, en su habitación, y por lo general, durante el almuerzo,
    George y la enfermera organizaban la tarde. En teoría la enfermera salía de dos a cuatro, pero
    algunas veces, cuando George deseaba tener libre la sobremesa, tomaba sus horas libres

    después del té. En aquella ocasión anunció que pensaba ir a Golders Green a visitar a una
    hermana suya y que tal vez regresaría un poco tarde. George se contrarió ya que había
    quedado para ir a jugar una partida de golf, pero la enfermera Copling le tranquilizó:
    »-No nos echará de menos, Mr. Pritchard -sus ojos brillaron-. Mrs. Pritchard va a tener una
    compañía mucho más excitante que la nuestra. »— ¿Quién?
    »—Espere un segundo -a la enfermera Copling le brillaron los ojos más que nunca-. Déjeme
    decírselo bien: Zarida, adivinadora del porvenir.»
    -¡Cielo santo! -rugió mi amigo-. ¿Ésa es nueva, no?
    «-Completamente nueva. Creo que la envía mi predecesora, la enfermera Carstairs. Mrs.
    Pritchard aún no la ha visto. Ha hecho que yo le escribiera para fijar una cita para esta tarde.
    «-Bueno, de todas maneras no pienso perderme mi partido de golf -exclamó George, y se
    marchó con un sentimiento de gratitud hacia Zarida, la adivinadora del porvenir.
    »A su regreso, encontró a Mrs. Pritchard en un estado de gran agitación, sentada en su sillón
    de inválida como casi siempre y con un frasquito de sales en la mano que aspiraba
    frecuentemente.
    «-George -exclamó al verle-. ¿Qué te dije yo de esta casa? ¡Desde el momento que entré en
    ella sentí que aquí había algo raro! ¿Acaso no te lo dije entonces?
    «Conteniendo su deseo de contestarle «Siempre lo dices», George replicó: »-No lo recuerdo.
    »-Tú nunca recuerdas nada que tenga que ver conmigo. Los hombres sois extraordinariamente
    insensibles, pero creo que tú lo eres incluso más que la mayoría.
    »-Oh, vamos, Mary, querida, eso no es justo.
    «-Bueno, como te decía, esa mujer lo supo en seguida. Casi retrocedió al pisar el umbral de
    esta puerta y dijo: «Puedo sentir el mal aquí, sí, el mal y el peligro. Lo presiento».
    «George se echó a reír con muy poco tacto.
    »-Vaya, parece que esta tarde sí has obtenido algo por tu dinero.
    »Su esposa cerró los ojos y aspiró profundamente el frasquito de sales.
    »-¡Cómo me odias! ¡Te burlarías y reirías de mí aunque me estuviera muriendo!
    »George protestó y, al cabo de unos instantes, su esposa se dispuso a continuar:
    «-Puedes reírte, pero voy a contártelo todo. Esta casa es peligrosa para mí, esa mujer me lo
    ha dicho.
    »Los sentimientos de gratitud que George sintiera anteriormente hacia Zarida sufrieron un
    cambio, pues sabía que su esposa era bien capaz de pretender que se trasladasen a una casa
    nueva si se encaprichaba.
    »-¿Qué más te ha dicho? -le preguntó.
    »-No pudo decirme mucho. ¡Estaba tan trastornada! Sólo me dijo una cosa. Yo tenía unas
    violetas en un vaso y las señaló exclamando: «Sáquelas de aquí. Nada de flores azules, no
    tenga nunca flores azules. Las flores azules son fatales para usted, recuérdelo». Y ya sabes -
    agregó Mrs. Pritchard- que siempre te he dicho que el azul es un color que me repele. Siento
    como una especie de prevención natural hacia el
    color azul.
    »George era demasiado inteligente para hacerle observar que nunca le había oído decir
    semejante cosa y, en lugar de eso, le preguntó cómo era la misteriosa Zarida, y Mrs. Pritchard
    tuvo gran placer en describírsela con todo detalle.
    »-Tiene el pelo negro, y lo lleva recogido en dos rodetes sobre las orejas, los ojos
    semicerrados con grandes ojeras oscuras, y se cubre la boca y la barbilla con un velo negro,
    habla con voz melodiosa, con marcado acento extranjero, español, según creo.

    »-En resumen, el aspecto más comercialmente adecuado -dijo mi amigo alegremente.
    »Su esposa cerró los ojos inmediatamente.
    »-Me siento muy mal -dijo-. Llama a la enfermera. La falta de comprensión me afecta mucho
    y tú lo sabes demasiado bien.
    «Dos días más tarde la enfermera Copling se acercó a George con el rostro grave.
    »-¿ Quiere usted venir a ver a la señora, por favor? Acaba de recibir una carta que la ha
    afectado mucho.
    «Encontró a su esposa con la carta en la mano y al verle se la alargó.
    «-Lee -le dijo.
    «George la leyó. Estaba escrita en un papel muy perfumado y las letras eran grandes y negras:
    He visto el porvenir. Actúe antes de que sea demasiado tarde. Tenga cuidado cuando llegue la
    Luna llena. La primavera Azul significa Aviso; la Malva Azul, Peligro; y el Geranio Azul
    simboliza la muerte.
    «Cuando estaba a punto de soltar una carcajada, George captó la mirada de la enfermera
    Copling, que le hizo un rápido gesto de advertencia, y dijo bastante sorprendido:
    »-Esa mujer trata de asustarte, Mary. De todas formas, no existen primaveras ni geranios
    azules.
    «Mas Mrs. Pritchard empezó a llorar y a decir que sus días estaban contados. La enfermera
    Copling salió al pasillo con George.
    «-Esto es una estupidez -exclamó mi amigo.
    «-Supongo que sí.
    «Algo en el tono de la enfermera le sorprendió y la contempló extrañado.
    »-No irá usted a creer...
    »-No, no, Mr. Pritchard. No creo en las adivinadoras, es una tontería. Lo que no entiendo es
    qué puede significar todo esto. Las adivinadoras suelen hacer estas cosas para ver qué sacan.
    Pero esta mujer parece querer asustar a Mrs. Pritchard y no veo en qué puede beneficiarle
    eso. No, no acabo de entenderlo. Y hay otra cosa.
    »-¿Sí?
    »-Mrs. Pritchard dice que esa Zarida le era ligeramente familiar.
    »-¿Y qué?
    »-Pues que no me gusta, Mr. Pritchard, eso es todo.
    »-No sabía que fuera usted tan supersticiosa, Mrs. Copling.
    »-No soy supersticiosa, pero sé cuando una cosa no tiene explicación.
    »Cuatro días después tuvo lugar el primer incidente. Para que lo vean mejor voy a describirles
    la habitación de Mrs. Pritchard.
    -Será mejor que lo haga yo -le interrumpió Mrs. Bantry-. Tenía las paredes empapeladas con
    esos papeles en los que se aplican grupos de flores formando una cenefa. El efecto es casi
    como estar en un jardín, aunque desde luego las flores no tienen lógica. Quiero decir que en la
    realidad no sería posible que florecieran todas al mismo tiempo.
    -No te dejes llevar por tu afición a la horticultura, Dolly -le dijo su esposo-. Todos sabemos
    que eres una jardinera vocacional.
    -Bueno, es absurdo -protestó Mrs. Bantry- tener campanillas azules, narcisos, altramuces,
    malvas y margaritas de san Miguel reunidos en un solo grupo.
    -No es nada científico -dijo sir Henry-, pero siga con su historia.
    -Bien, entre esos grupos de flores había primaveras amarillas y rosadas y... oh, pero sigue tú,
    Arthur, es tu historia . . .

    El coronel Bantry retomó el hilo del relato.
    -Una mañana, Mrs. Pritchard hizo sonar el timbre violentamente. El servicio acudió corriendo,
    pensando que estaba in extremis, pero en absoluto. La encontraron muy excitada y señalando
    el papel de las paredes. Allí, desde luego, se veía una primavera azul en medio de las otras.
    -¡Oh! -exclamó miss Helier- ¡Qué horrible!
    -La cuestión era: ¿Había estado siempre allí? Eso fue lo que sugirieron George y la enfermera,
    pero Mrs. Pritchard no se dejó convencer de ninguna manera. Ella no la había visto hasta
    aquella misma mañana y la noche anterior había habido luna llena. Estaba muy preocupada.
    -Aquel mismo día encontré a George Pritchard y me lo contó -dijo Mrs. Bantry-. Fui a visitar
    a Mrs. Pritchard e hice cuanto pude por ridiculizar aquel asunto, pero sin éxito. Regresé
    realmente preocupada y recuerdo que encontré a Jean Instow y se lo expliqué. Jean es una
    muchacha extraña y me dijo: «¿De modo que está muy preocupada?». Yo le contesté que la
    creía capaz de morir de terror ya que era extraordinariamente supersticiosa.
    «Recuerdo que Jean me sobresaltó al responderme: «Bueno, eso sería lo mejor, ¿no le
    parece?». Y lo dijo en un tono tan frío y extraño que, la verdad, me chocó. Claro que ahora
    se estila ser franco y brusco, pero nunca me acostumbro a ello. Jean me sonrió de un modo
    extraño y me dijo: «A usted no le gusta que lo diga, pero es cierto. ¿Para que le sirve la vida a
    Mrs. Pritchard? Para nada en absoluto. Además convierte en un infierno la de su esposo. Lo
    mejor que podría ocurrirle a él es que su mujer se muriera de miedo». Yo le respondí:
    «George es siempre muy bueno con ella siempre». Y me contestó: «Sí, se merece un premio el
    pobrecito. Es una persona muy atractiva, George Pritchard. Eso pensaba la última enfermera,
    aquella tan mona, ¿cómo se llamaba? Carstairs. Ésa fue la causa de la pelea entre ella y Mrs.
    Pritchard».
    »No me gustó que Jean dijera eso. Aunque una no puede evitar preguntarse...
    Mrs. Bantry movió la cabeza e hizo una pausa significativa.
    -Si, querida -comentó miss Marple plácidamente-. Uno siempre se pregunta cosas. ¿Esa Jane
    Instow es bonita? Y supongo que jugará al golf.
    -Sí, es una gran deportista, y muy atractiva, muy rubia, de cutis blanco y con unos preciosos
    ojos azules. Desde luego, siempre hemos pensado que ella y George Pritchard hubieran hecho
    muy buena pareja, es decir, si hubieran sido otras las circunstancias.
    -¿Y eran amigos? -preguntó miss Marple con interés.
    -Oh, sí, grandes amigos.
    -¿Crees que podrás dejarme continuar mi historia, Dolly? -dijo el coronel Bantry en tono
    plañidero e infantil.
    -Arthur -dijo Mrs. Bantry con aire resignado- desea volver a sus fantasmas.
    -Supe el resto de lo ocurrido por el propio George -continuó el coronel-. Ni que decir tiene
    que Mrs. Pritchard armó un gran revuelo a finales del mes siguiente. Marcó en el calendario el
    día en que iba a haber luna llena y aquella noche hizo que la enfermera y su esposo
    permanecieran en su habitación estudiando atentamente el papel de las paredes. Había
    narcisos rojos, pero ninguno azul. Luego, cuando George salió de su dormitorio, ella cerró la
    puerta con llave.
    -Y a la mañana siguiente había un gran narciso azul -dijo miss Helier en tono alegre.
    -Cierto -replicó el coronel Bantry-. O por lo menos casi ha acertado. Una flor de uno de los
    narcisos, la que estaba precisamente encima de su cabeza, se había vuelto azul. Aquello
    asustó a George y claro, cuanto más se asustaba, menos quería tomarlo en serio e insistió en
    que todo aquello tenía que ser una broma. Hizo caso omiso de la evidencia de que la puerta

    había estado cerrada con llave y de que Mrs. Pritchard hubiera descubierto el cambio antes
    de que nadie, ni siquiera la enfermera Copling, entrara en su habitación.
    «George estaba asustado y se comportó de un modo irracional. Su esposa deseaba
    abandonar la casa y él no quiso permitírselo. Por primera vez se sentía inclinado a creer en lo
    sobrenatural, pero no estaba dispuesto a admitirlo. Por lo general dejaba que su esposa se
    saliera siempre con la suya, pero aquella vez no lo consentiría. Mary no debía ponerse en
    evidencia y dijo que todo aquello era una tontería. »Y así transcurrió rápidamente otro mes.
    Mrs. Pritchard protestó menos de lo que era de esperar. Creo que era lo bastante
    supersticiosa para creer que no podría escapar a su destino, y se repetía una y otra vez: «La
    primavera azul, aviso. El narciso azul, peligro. El geranio azul, muerte». Y contemplaba
    durante horas y horas el grupo de geranios rosados y rojos más cercano a su cama.
    «Aquel asunto iba alterando los nervios de todos, de tal modo que incluso la enfermera se
    contagió y fue a ver a George dos días antes de la luna llena para suplicarle que se llevara de
    allí a Mrs. Pritchard. George se puso furioso.
    «-¡Aunque todas las flores de esa condenada pared se volvieran azules no podrían de ningún
    modo matar a nadie! -gritó.
    »-Sí que pueden. Muchas personas han muerto de shock antes de ahora.
    «-Tonterías -contestó George.
    »George había sido siempre un poco testarudo. Era imposible manejarlo. Creo que albergaba
    la secreta idea de que su esposa era la autora de aquellos cambios de color y que formaba
    parte de alguno de sus histéricos y morbosos planes.
    »Pues bien, llegó la noche fatal. Mrs. Pritchard cerró la puerta con llave como de costumbre.
    Estaba muy tranquila, pero con una calma extraña. La enfermera se sentía muy preocupada
    por su estado de ánimo. Quería darle un estimulante, una inyección de estricnina, pero Mrs.
    Pritchard se negó. Creo que en cierto modo aquello le divertía. Por lo menos eso dijo George.
    -Creo que es muy posible -dijo Mrs. Bantry-. Para ella debía tener una especie de extraño
    encanto.
    -A la mañana siguiente no sonó violentamente el timbre. Mrs. Pritchard solía despertarse a las
    ocho. Como a las ocho y media no había dado aún señales de vida, la enfermera golpeó con
    fuerza la puerta de su habitación y, al no obtener respuesta, fue a buscar a George e insistió en
    que la echaran abajo. Al fin lograron abrirla con un escoplo.
    »Una mirada a la figura inmóvil que yacía en la cama fue suficiente para la enfermera Copling.
    Envió a George a telefonear al médico, pero era demasiado tarde. Mrs. Pritchard, según dijo,
    debía llevar muerta por lo menos ocho horas. El frasco de sales estaba sobre la cama junto a
    su mano y en la pared uno de los geranios rosados había adquirido un intenso color azul.
    -¡Horrible! -exclamó miss Helier con un estremecimiento.
    Sir Henry meditaba con el entrecejo fruncido.
    -¿No hay algún otro detalle que podamos conocer? El coronel Bantry negó con la cabeza,
    mas su esposa intervino rápidamente.
    -El gas.
    -¿Qué sucede con el gas? -quiso saber sir Henry.
    -Cuando llegó el médico, se olía ligeramente a gas y en la chimenea un hornillo de gas estaba
    ligeramente abierto, pero tan poco que no pudo haberle ocasionado la muerte.
    -¿Lo notaron Mr. Pritchard y la enfermera cuando entraron por primera vez?

    -La enfermera dijo que notó un ligero olor y George que no olió a gas, pero sí a algo que le
    hizo sentirse incómodo. Lo atribuyó a la sorpresa y probablemente fue eso. De todas formas
    no murió por causa del gas y el olor era casi imperceptible.
    -¿Y éste es el final de la historia?
    -No, no lo es. El asunto suscitó muchos rumores. Comprendan, los criados habían oído
    cosas. Por ejemplo, que Mrs. Pritchard dijo a su esposo que él la odiaba y que se alegraría y
    se reiría aunque ella se estuviera muriendo. Y también algunos comentarios más recientes. Un
    día había dicho, a propósito de su negativa para que abandonara la casa: «Muy bien, cuando
    haya muerto espero que la gente comprenda que tú me has matado». Y dio la mala suerte de
    que él había estado preparando un líquido matahierbas para el jardín el día anterior. Uno de
    los criados jóvenes lo vio y luego le vio llevarle un vaso de leche caliente a su esposa.
    »Las habladurías seguían circulando. El médico puso en el certificado, aunque no sé
    exactamente en qué términos, que había muerto de shock, de síncope, fallo cardiaco o algo
    parecido. Sin embargo, la pobre mujer no llevaba aún un mes en la tumba cuando se solicitó
    una orden de exhumación, que fue concedida.
    -Y recuerdo que el resultado de la autopsia fue negativo -dijo sir Henry en tono grave-. Por
    una vez, hubo humo sin fuego.
    -Todo el asunto es realmente extraño -dijo Mrs. Bantry-. Por ejemplo, la adivinadora,
    Zarida... ¡En la dirección que dio nunca habían oído hablar de ella!
    -Apareció de pronto, como por arte de magia -dijo su esposo-, y como por arte de magia se
    desvaneció.
    ¡Tiene gracia!
    -Y lo que es más -continuó Mrs. Bantry-, la enfermera Carstairs, que se suponía que fue
    quien la recomendó, nunca había oído hablar de ella.
    Se miraron unos a otros.
    -Es una historia misteriosa -dijo el doctor Lloyd-. Se pueden hacer mil conjeturas, pero
    adivinar la verdad...
    Meneó la cabeza.
    -¿Se ha casado Mr. Pritchard con miss Instow? -preguntó miss Marple con su dulce voz.
    -¿Por qué lo pregunta? -quiso saber sir Henry. Miss Marple abrió desmesuradamente sus
    ojos azules.
    -Me parece importante -explicó-. ¿Se han casado?
    El coronel Bantry meneó la cabeza.
    -Lo cierto es que esperábamos que ocurriera, pero ya han transcurrido dieciocho meses y no
    creo ni siquiera que se vean a menudo.
    -Eso es importante -dijo miss Marple-, muy importante.
    -Entonces piensa usted lo mismo que yo -intervino Mrs. Bantry-. Usted cree...
    -Vamos, Dolly -la atajó su esposo-. Lo que vas a decir no tiene justificación. No podemos
    acusar a la gente sin tener la más leve prueba.
    -No seas tan... tan masculino, Arthur. Los hombres siempre tenéis miedo a decir cualquier
    cosa. De todas formas, esto queda entre nosotros. Es sólo una fantástica idea que se me ha
    ocurrido, que Jean Instow pudo haberse disfrazado de adivinadora. Tal vez lo hiciera para
    gastarle una broma. No creo ni por un momento que tuviera intención de ocasionarle daño
    alguno. Pero, si lo hizo y Mrs. Pritchard fue lo bastante tonta como para morirse de miedo...
    bueno, eso es lo que ha querido decir miss Marple, ¿no es cierto?

    No, querida, no exactamente -replicó miss Marple-. Mire, si yo fuera a matar a alguien, lo
    cual, por supuesto, no imagino ni por un momento porque sería una maldad y además no me
    gusta matar, ni siquiera a las avispas, aunque sé que debe hacerse y estoy segura de que los
    jardineros lo hacen tan humanamente como es posible. Pero veamos, ¿que estaba diciendo?
    -Que si usted fuera a matar a alguien... -le recordó sir Henry.
    -Oh, sí. Bien, si quisiera hacerlo, no me contentaría con asustar. Leemos a menudo que la
    gente fallece de terror, pero considero que es un método un tanto incierto y las personas más
    nerviosas son mucho más valientes de lo que uno cree. Preferiría algo definitivo y seguro, y
    trazaría a conciencia un buen plan para ponerlo en práctica.
    -Miss Marple -dijo sir Henry-, me asusta usted. Espero que nunca se le ocurra eliminarme. Su
    plan sería demasiado bueno.
    Miss Marple le miró con aire de reproche.
    -Creí haber dejado bien patente que nunca sería capaz de una maldad semejante -exclamó
    miss Marple-. No, sólo intentaba situarme en el lugar de... de cierta persona.
    -¿Se refiere a George Pritchard? -preguntó el coronel Bantry-. Yo nunca creí que George...
    aunque, si quiere saber la verdad, hasta la enfermera lo cree. Fui a verle un mes después,
    cuando la exhumación. Ella ignoraba cómo lo hizo, la verdad es que no dijo nada en absoluto,
    pero era evidente que creía que George era responsable de la muerte de su esposa. Estaba
    convencida.
    -Bueno -comentó el doctor Lloyd-, tal vez no anduviera muy equivocada. Permítame que le
    diga que una enfermera puede saber esas cosas. Quizá no pueda decir nada concreto, ni tenga
    pruebas, pero lo sabe.
    Sir Henry se inclinó hacia delante.
    -Vamos, miss Marple -le dijo en tono persuasivo-. Está usted perdida en sus pensamientos.
    ¿Por qué no nos los cuenta?
    Miss Marple se sobresaltó y se puso muy colorada.
    -Le ruego me perdone -replicó-, estaba pensando en la enfermera de nuestro distrito. Un
    caso muy difícil.
    -¿Mas difícil que el problema del geranio azul?
    -En realidad todo depende de las primaveras -dijo miss Marple-. Quiero decir que Mrs.
    Bantry dijo que eran amarillas y rosadas. Si la que se volvió azul era de color rosa, desde
    luego encaja perfectamente, pero si fue una de las amarillas...
    -Fue una de las rosadas -respondió Mrs. Bantry. Todos miraron a miss Marple.
    -Entonces todo encaja -explicó la anciana moviendo la cabeza con pesar-. La estación de las
    avispas y todo lo demás. Y desde luego el gas.
    -Supongo que le recordará incontables tragedias ocurridas en el pueblo -dijo sir Henry.
    -Tragedias no -contestó miss Marple-. Y desde luego nada criminal. Pero sí me recuerda
    ciertas complicaciones que hemos tenido con la enfermera del distrito. Después de todo, las
    enfermeras son seres humanos y, a pesar de tener que ser tan correctas y de llevar esos
    cuellos tan incómodos... bueno, ¿puede uno extrañarse de que a veces ocurran ciertas cosas?
    Una tenue lucecita iluminó la mente de sir Henry.
    -¿Se refiere a la enfermera Carstairs?
    -Oh, no, a la enfermera Copling. Mire, ella ya había estado antes en la casa y apreciaba a Mr.
    Pritchard, que según ustedes es un hombre atractivo. Yo diría que la pobre pensó... bueno, no
    es necesario entrar en detalles. No creo que supiera lo de miss Instow y, cuando lo descubrió,

    quiso revolverse y ocasionarle todo el daño posible. Claro que la carta la delata, ¿no le
    parece?
    -¿Qué carta?
    -Bueno, fue ella quien escribió a la adivinadora a petición de Mrs. Pritchard y la adivinadora
    acudió al parecer como respuesta a la carta. Pero más tarde descubrieron que en aquella
    dirección no existía semejante persona. Por lo tanto, eso demuestra que la enfermera Copling
    únicamente simuló escribirla, de manera que, ¿no es muy probable que fuese ella misma la
    adivinadora?
    -No me había fijado en el detalle de la carta -comentó sir Henry-. Y desde luego es un dato
    muy importante.
    -Un paso muy arriesgado -dijo miss Marple-, ya que Mrs. Pritchard pudo haberla reconocido
    a pesar de su disfraz. Aunque, de haber sido así, la enfermera hubiera dicho que se trataba de
    una broma.
    -¿Qué quiso significar al decir que si usted fuera cierta persona no hubiera confiado sólo en
    asustar? -preguntó sir Henry.
    -No se puede estar seguro de esa manera -replicó miss Marple-. No, yo creo que la amenaza
    y las flores azules fueron, si me permite emplear un término militar, camuflaje -se rió satisfecha.
    -¿Y lo auténtico?
    -Sé -dijo miss Marple a modo de disculpa- que tengo metida en la cabeza la idea de las
    avispas. Pobrecillas, son destruidas a miles y, por lo general, en días de verano tan herniosos
    como éste. Pero recuerdo haber pensado al ver a un jardinero mezclando cianuro de potasio
    en una botella con agua que se parecía mucho a las sales. Y si se coloca en un frasco de sales
    sustituyéndolo por éstas... La pobre señora tenía la costumbre de utilizar su frasquito de sales
    y dicen que lo encontraron junto a su mano. Luego, mientras Mr. Pritchard fue a telefonear al
    médico, la enfermera lo cambiaría por el frasco auténtico y abriría un poco el gas para
    disimular el olor a almendras amargas. Siempre he oído decir que el cianuro no deja rastro si
    se espera lo suficiente. Pero es posible que me equivoque y tal vez puso algo completamente
    distinto en la botella, pero eso no tiene importancia, ¿verdad?
    Miss Marple hizo una pausa para cobrar aliento.
    Jane Helier, inclinándose hacia delante, dijo:
    -Pero, ¿y el geranio azul y las otras flores?
    -Las enfermeras siempre tienen papel tornasol, ¿no es cierto? -exclamó miss Marple-, para...
    para hacer pruebas. No es un tema muy agradable y no vamos a entrar en detalles. Yo he
    hecho también de enfermera.
    -Enrojeció ligeramente-. El azul se vuelve rojo por la acción de un ácido y el rojo azul por la
    de un álcali. Fue fácil pegar un pedazo de papel tornasol rojo encima de una flor roja, cerca
    de la cama desde luego, y después, cuando la pobre señora destapara su frasquito de sales,
    las emanaciones del fuerte álcali volátil la transformaron en azul. Realmente muy ingenioso.
    Claro que el geranio no sería azul la primera vez que entraron en la habitación. Nadie se fijó
    en él hasta después. Cuando la enfermera cambió las botellas, acercó la de las sales alcalinas
    a la pared durante un minuto.
    -Parece como si hubiera estado presente, miss Marple -dijo sir Henry.
    -Los que me preocupan -continuó miss Marple-son Mr. Pritchard y esa muchacha tan
    encantadora, miss Instow. Probablemente sospecharían el uno del otro y por ello se han ido
    distanciando, y la vida es tan corta.
    Meneó la cabeza.

    No necesita preocuparse -replicó sir Henry-. A decir verdad, yo ya sospechaba algo. Acaba
    de ser detenida una enfermera acusada de haber asesinado a un anciano paciente suyo que le
    había dejado su herencia. Para ello sustituyó las sales de su frasco por cianuro de potasio. La
    enfermera Copling quiso repetir el mismo truco. Miss Instow y Mr. Pritchard ya no pueden
    tener dudas sobre cuál es la verdad.
    -¿No es estupendo? -exclamó miss Marple-. No me refiero al nuevo crimen, desde luego. Es
    muy triste y demuestra la maldad que hay en el mundo y que, cuando se tropieza una vez...
    eso me recuerda que debo terminar mi conversación con el doctor Lloyd acerca de la
    enfermera de mi pueblecito.
     
  12. Inesa

    Inesa

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    Maracay- Venezuela
    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Muchas gracias a todas por publicar los cuentos cortos de A. C. Los disfruto mucho. No he podido conseguir libros en la web para compartirlos con ustedes. Un abrazo cordial desde Venezuela ;)
     
  13. traviata

    traviata

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    La hierba mortal

    [Cuento. Texto completo]

    Agatha Christie






    Ahora usted, señora B -dijo don Henry Clithering. La señora Bantry, su anfitriona, lo miró con aire de reproche.
    -Le he dicho muchas veces que no me gusta que me llame señora B. Es una falta de respeto.

    -Scherezade, entonces...

    -¡Y menos aún Sch... cómo se llame! Nunca fui capaz de contar una historia con propiedad. Pregúntele a Arthur si no me cree.

    -Eres bastante buena relatando los hechos, Dolly -exclamó el coronel Bantry-, pero no sabes adornarlos.

    -Eso es -respondió la señora Bantry, hojeando el catálogo de bulbos que tenía ante ella-. Les he estado escuchando a todos y no sé cómo lo hacen. "Él dijo, ella dijo, yo me pregunté, ellos pensaron, todos supieron..." Bueno, pues ¡yo no sé! Y además no tengo ninguna historia interesante que contar.

    -No podemos creerlo, señora Bantry -dijo el doctor Lloyd meneando su cabeza de grises cabellos con incredulidad.

    La anciana señorita Marple dijo con su dulce voz:

    -Seguramente, querida...

    La señora Bantry continuó insistiendo obstinadamente.

    -Ustedes no saben lo monótona que es mi vida. Entre las dificultades del servicio, ir a la ciudad de compras, al dentista y a Ascot (lo que por cierto odia Arthur), y luego el jardín...

    -¡Ah! -dijo el doctor Lloyd-. El jardín. Ya sabemos todos dónde tiene usted puesto su corazón, señora Bantry.

    -Debe de ser muy bonito tener un jardín -dijo Jane Helier, la hermosa y joven actriz-. Es decir, cuando no hay que cavar y ensuciarse las manos. ¡Me gustan tanto las flores!

    -El jardín -exclamó don Henry-. ¿No podríamos tomarlo como punto de partida? Vamos, señora. ¡El bulbo envenenado, los narcisos de la muerte, la hierba mortal!

    -Es curioso que haya dicho eso -observó la señora Bantry-. Acabo de recordar una cosa. Arthur, ¿te acuerdas de aquel caso que se presentó ante el juzgado de Clodderham? Ya sabes. El del viejo don Ambrose Bercy. ¿Recuerdas que lo considerábamos un anciano cortés y encantador?

    -Vaya, pues es verdad. Sí, fue un caso extraño. Adelante, Dolly.

    -Sería mejor que lo contaras tú, querido.

    -Tonterías, adelante. Eres muy capaz de dirigir tu propio barco. Yo ya he cumplido con mi parte.

    La señora Bantry inhaló profundamente y, entrelazando las manos y con rostro angustiado, empezó a hablar muy deprisa.

    -Bueno, en realidad no hay mucho que contar. La hierba mortal es lo que me lo ha hecho recordar, aunque yo lo llamo salvia y dedalera.

    -¿Salvia y dedalera? -preguntó el doctor Lloyd.

    La señora Bantry asintió.

    -Así es como sucedió. Arthur y yo estábamos en casa de don Ambrose Bercy, en Clodderham Court, y un día, por error (un error que siempre consideré muy estúpido), cogieron un montón de hojas de dedalera entre la salvia. Aquella noche cenamos pato relleno con salvia y todos se sintieron mal, y una pobre muchacha, la pupila de don Ambrose, murió.

    Se detuvo.

    -Vaya, vaya -dijo la señorita Marple-, qué tragedia.

    -¿Verdad?

    -Bien -replicó don Henry-, ¿y qué pasó luego?

    -Pues nada más -contestó la señora Bantry-, eso es todo.

    Todos se quedaron sorprendidos. Aunque ya habían sido advertidos, no esperaban una brevedad semejante.

    -Pero, mi querida señora -insistió don Henry-, tiene que haber algo más. Lo que usted acaba de contarnos es un caso trágico, pero no tiene nada de problema.

    -Bueno, claro que hay algo más -dijo la señora Bantry-. Pero si se lo dijera, ya sabrían de qué se trata.

    Y mirando desafiadoramente a los reunidos les dijo con sencillez:

    -Ya les dije que yo no sabía adornar las cosas y convertirlas en una verdadera historia.

    -¡Aja! -exclamó don Henry ajustándose las gafas-. ¿Sabe, Scherezade, que es muy ingenioso su modo de desafiar nuestro ingenio? No estoy seguro de que no lo haya hecho a propósito para estimular nuestra curiosidad. Propongo una ronda de preguntas. Señorita Marple, ¿quiere usted empezar?

    -Me gustaría saber algo de la cocinera -dijo la señorita Marple-. Debía de ser una mujer muy tonta o muy inexperta.

    -Era muy tonta -replicó la señora Bantry-. Después se lamentaba un montón y decía que le habían llevado las hojas como si fueran de salvia, ¿y cómo iba ella a saber que no lo eran?

    -Cualquiera lo hubiera visto -dijo la señorita Marple.

    -¿Probablemente era una mujer mayor y buena cocinera?

    -Excelente -contestó la señora Bantry.

    -Ahora le toca a usted, señorita Helier -dijo don Henry.

    -¡Oh! ¿Se refiere a que me toca preguntar? -hubo una pausa mientras Jane reflexionaba y al fin dijo-: La verdad es que no sé qué preguntar.

    Sus hermosos ojos miraron suplicantes a don Henry.

    -¿Por qué no pregunta por los personajes del drama? -le sugirió con una sonrisa.

    Jane seguía mirándolo desorientada.

    -Que haga la presentación de los personajes por orden de aparición -continuó don Henry en tono amable.

    -¡Ah, sí! -exclamó Jane-. Es una buena idea.

    La señora Bantry empezó a contarlos con los dedos.

    -Don Ambrose, Sylvia Keene (la joven que murió), una amiga suya que pasaba unos días allí llamada Maud Wye, una de esas muchachas morenas y feas que no sé cómo se las arreglan para resultar atractivas, nunca he sabido cómo lo consiguen. Luego un tal señor Curie, que había ido a discutir acerca de algunos libros con don Ambrose, libros raros con títulos en latín, todos ellos mohosos pergaminos. Jerry Lorimer, una especie de vecino. Su finca, Firlies, lindaba con la de don Ambrose. Y una tal señora Carpenter, una de esas gatas de mediana edad que siempre se las arreglan para instalarse cómodamente en cualquier parte. Supongo que en cierto modo hacía de dame de compagnie de Sylvia.

    -Ahora me toca a mí -dijo don Henry-, puesto que estoy sentado junto a la señorita Helier. Y quiero saber muchas cosas. Quiero que nos haga una breve descripción, señora Bantry, de todos los personajes.

    -¡Oh! -la señora Bantry vacilaba.

    -Empiece por don Ambrose -continuó don Henry-. ¿Qué tal era?

    -¡Oh! Era un anciano de aspecto distinguido y en realidad no muy viejo, supongo que no tendría más de sesenta años. Pero estaba muy delicado, tenía el corazón muy débil y no podía subir la escalera. Tuvieron que ponerle ascensor y por eso parecía mayor de lo que era en realidad. De modales refinados... cortés, sí, creo que ésa es la palabra que mejor lo definiría. Nunca se enfadaba o se mostraba molesto. Tenía unos hermosos cabellos blancos y una voz particularmente agradable.

    -Bien -dijo don Henry-. Ya conozco a don Ambrose. Ahora pasemos a Sylvia. ¿Cómo dijo que se llamaba?

    -Sylvia Keene. Era muy bonita, mucho. Rubia y con un cutis precioso. Tal vez no muy inteligente, mejor dicho, bastante estúpida.

    -¡Oh, vamos, Dolly! -protestó su esposo.

    -Es natural que Arthur no piense así -dijo la señora Bantry en tono seco-. Pero era estúpida. En realidad nunca decía nada que valiera la pena escuchar.

    -Era una de las criaturas más agraciadas que he visto nunca -dijo el coronel Bantry acaloradamente-. Si la hubiesen visto jugando al tenis: encantadora, realmente encantadora. Y rebosaba simpatía. Era divertidísima y muy bonita. Apuesto a que todos los jóvenes pensaban así.

    -Ahí es donde te equivocas -dijo la señora Bantry-. Las jóvenes así no tienen encanto para los muchachos de hoy en día. Sólo a los viejos chapados a la antigua como tú, Arthur, les gustan las chicas jóvenes.

    -Ser joven no lo es todo -intervino Jane-. Hay que tener C.S.

    -¿Qué es C.S.? -quiso saber exactamente la señorita Marple.

    -Carisma sexual -replicó Jane.

    -¡Ah, sí! -dijo la señorita Marple-. Lo que en mis tiempos se llamaba "encanto".

    -No es mala descripción -comentó don Henry-. Creo haber entendido que ha descrito usted a la dama de compañía como una gata, señora Bantry.

    -No me refería a una gata, sino a algo muy distinto -exclamó la señora Bantry-. Adelaida Carpenter era una persona muy dulce.

    -¿Qué edad tendría?

    -¡Oh! Yo diría que unos cuarenta años. Llevaba algún tiempo en la casa, creo que desde que Sylvia tenía once años. Era una persona de mucho tacto. Una de esas viudas que quedan en una situación económica delicada, con muchos parientes aristócratas, pero sin dinero. A mí no me gustaba mucho, pues nunca me han gustado las personas de manos blancas y largas, ni tampoco los gatos.

    -¿Y el señor Curie?

    -¡Oh! Era uno de esos ancianos encorvados. Hay tantos como él, que apenas se distinguen unos de otros. Demostraba gran entusiasmo cuando se hablaba de sus librejos, pero ninguno por otras cosas. No creo que don Ambrose lo conociera muy bien.

    -¿Y Jerry, el vecino?

    -Era un muchacho realmente encantador y estaba prometido a Sylvia. Por eso fue tan triste.

    -Quisiera saber... -empezó a decir la señorita Marple, y luego se calló.

    -¿Qué?

    -Nada, querida.

    Don Henry contempló a la anciana con curiosidad y al cabo dijo pensativo:

    -De modo que esa joven pareja estaba prometida. ¿Hacía mucho tiempo que eran novios?

    -Cosa de un año. Don Ambrose se había opuesto a su noviazgo pretextando que Sylvia era demasiado joven. Pero tras un año de relaciones se prometieron y la boda debía haberse celebrado muy pronto.

    -¡Ah! ¿Tenía alguna propiedad esa joven?

    -Casi nada, sólo unas cien o doscientas libras al año.

    -Ahí no hay gato encerrado, Clithering -dijo el coronel Bantry riendo.

    -Ahora le toca preguntar al doctor -dijo don Henry-. Yo me reservo por ahora.

    -Mi curiosidad es principalmente profesional -dijo el doctor Lloyd-. Quisiera saber el informe médico que se presentó en la encuesta oficial, es decir, si nuestra anfitriona lo recuerda o lo sabe.

    -Creo que lo recuerdo, más o menos -replicó la señora Bantry-. Dijeron que la muerte fue debida a envenenamiento por digitalina. ¿Lo digo bien?

    El doctor Lloyd asintió.

    -El principio activo de la dedalera, la digitalina, actúa sobre el corazón. Por cierto, que es una droga muy valiosa para ciertas afecciones cardíacas. Es un caso muy curioso. Nunca hubiera pensado que tomar una infusión de hojas de dedalera pudiera resultar fatal. Se han exagerado mucho los daños producidos por comer hojas venenosas y bayas. Muy pocas personas comprenden que el principio vital o alcaloide ha de ser extraído con mucho cuidado y elaboración.

    -La señora McArthur envió el otro día unos bulbos especiales a la señora Toomie -explicó la señorita Marple-. La cocinera los tomó por cebollas y, al comerlos, toda la familia se puso enferma.

    -Pero no murió nadie -dijo convencido el doctor Lloyd

    -No, no se murió nadie -admitió la señorita Marple.

    -Una amiga mía murió envenenada por alimentos en mal estado -dijo Jane Helier.

    -Debemos continuar con nuestro crimen -intervino don Henry.

    -¿Crimen? -exclamó Jane sobresaltada-. Creía que se trataba de un accidente.

    -Si fuera un accidente -respondió don Henry en tono amable-, no creo que la señora Bantry nos hubiera contado esta historia. No, por lo que deduzco, fue accidente sólo en apariencia, detrás se escondía algo más siniestro. Recuerdo un caso: varios invitados a una fiesta charlaban después de cenar. Las paredes estaban adornadas con toda clase de armas antiguas. Bromeando, uno de los reunidos cogió una vieja pistola y apuntó a otro simulando disparar. La pistola estaba cargada, se disparó y mató al otro hombre. Tuvimos que averiguar primero quién había preparado secretamente la pistola y, segundo, quién había dirigido la conversación para obtener el resultado final, pues el hombre que había disparado el arma era completamente inocente.

    "Me parece que en este caso se nos presenta el mismo problema. Esas hojas de dedalera fueron mezcladas deliberadamente con las de salvia sabiendo cuál sería el resultado. Puesto que descartamos a la cocinera... la descartamos, ¿verdad...?, la pregunta es: '¿Quién cogió las hojas y las llevó a la cocina?'."

    -Eso es fácil de responder -dijo la señora Bantry-. Por lo menos la última parte de la pregunta. Fue la propia Sylvia quien las llevó a la cocina. Formaba parte de sus ocupaciones diarias recoger la ensalada, las hierbas, los manojos de zanahorias, todas esas cosas que los jardineros nunca escogen bien. No les gusta coger nada tierno, esperan hasta que maduran demasiado. Sylvia y la señora Carpenter solían ir a buscarlas ellas mismas, y había una mata de dedalera entre las de salvia en una esquina y por ello la equivocación era bastante natural.

    -Pero ¿las cogió la propia Sylvia?

    -Eso nadie lo sabe, se dio por supuesto.

    -Las suposiciones son siempre muy peligrosas -comentó don Henry.

    -Pero sé que no fue la señora Carpenter -replicó la señora Bantry-, porque dio la casualidad de que estuvo toda la mañana paseando conmigo por la terraza. Salimos después de desayunar. Hacía un día extraordinariamente cálido y espléndido para estar tan a principios de primavera. Sylvia bajó sola al jardín, pero más tarde la vi paseando del brazo de Maud Wye.

    -De modo que eran grandes amigas, ¿verdad? -preguntó la señorita Marple.

    -Sí -contestó la señora Bantry y pareció querer añadir algo más, pero no lo hizo.

    -¿Llevaba muchos días en la casa? -quiso saber la señorita Marple.

    -Unos quince días -dijo la señora Bantry con voz preocupada.

    -¿No le gustaba la señorita Wye? -insinuó don Henry.

    -Sí, eso es lo malo, que sí.

    La preocupación de su voz se trocó en disgusto.

    -Usted nos oculta algo, señora Bantry -dijo don Henry en tono acusador.

    -Sí, hace un momento también yo he querido preguntarle algo -dijo la señorita Marple-, pero he preferido callar.

    -¿El qué?

    -Cuando usted dijo que esa joven pareja se había prometido y que por eso resultaba tan triste. Su voz no me sonó del todo convencida cuando lo dijo, no sé si me comprende.

    -Qué temible es usted -replicó la señora Bantry-. Parece que siempre sabe las cosas. Sí, pensaba en algo, pero en realidad no sé si debo decirlo o no.

    -Tiene que decirlo, déjese de escrúpulos de una vez -intervino don Henry.

    -Bien, pues era sólo esto -continuó la señora Bantry-. Una noche, precisamente la anterior a la tragedia, salí a la terraza antes de cenar. La ventana del salón estaba abierta y por casualidad vi a Jerry Lorimer y a Maud Wye. Él... bueno, la estaba besando. Claro que yo ignoraba si se trataba de un flirteo sin importancia, o si... bueno, quiero decir que nunca se sabe. Yo sabía que a don Ambrose nunca le había gustado Jerry Lorimer, tal vez porque sabía que era de ese estilo. Pero de una cosa estoy segura: esa chica, Maud Wye, estaba realmente interesada por él. Sólo había que ver cómo lo miraba cuando no se creía observada. Y, además, hacían mejor pareja que él y Sylvia.

    -Voy a hacerle rápidamente una pregunta antes de que se me adelante la señorita Marple -dijo don Henry-. Quiero saber si, después de la tragedia, Jerry Lorimer se casó con Maud Wye.

    -Sí -dijo la señora Bantry-, seis meses después.

    -¡Oh! Scherezade, Scherezade -dijo don Henry-. ¡Y pensar en cómo nos presentó su historia al principio! Nos dio los huesos pelados y hay que ver la carne que vamos encontrando ahora en ellos.

    -No hable usted así, no sea tan macabro -dijo la señora Bantry-. Y no emplee la palabra carne. Los vegetarianos siempre lo hacen. Dicen "yo nunca como carne" de un modo que le quitan a uno las ganas de comerse la chuleta que tiene delante. El señor Curie era vegetariano y solía desayunar una especie de mejunje parecido al salvado. Los ancianos encorvados que llevan barba suelen tener muchas manías y llevan ropa interior muy particular.

    -¿Qué sabes tú de la ropa interior que llevaba el señor Curie? -preguntó su marido.

    -Nada -replicó la señora Bantry muy digna-. Sólo lo imagino.

    -Voy a rectificar mi declaración -dijo don Henry-. Debo reconocer que los personajes de este drama son muy interesantes. Empiezo a conocerlos a todos. ¿Verdad, señorita Marple?

    -La naturaleza humana es siempre interesante, don Henry. Y es curioso ver cómo cierto tipo de personas tiende a actuar siempre del mismo modo.

    -Dos mujeres y un hombre -dijo don Henry-. El eterno triángulo. ¿Es ésa la base de nuestro problema? Yo creo que sí.

    El doctor Lloyd se aclaró la garganta.

    -He estado pensando -empezó con bastante dificultad-. ¿Dice usted, señora Bantry, que usted también se sintió indispuesta?

    -¡Por supuesto! ¡Y Arthur! ¡Y todos!

    -Eso es, todos -dijo el médico-. ¿Comprenden lo que quiero decir? En la historia que don Henry acaba de contarnos, un hombre disparó contra otro, pero no contra todos los que se encontraban reunidos en la habitación.

    -No comprendo -replicó Jane-. ¿Quién disparó contra quién?

    -Lo que quiero decir es que quienquiera que planease el crimen lo hizo de un modo muy particular. O bien con una fe ciega en la casualidad o con un desprecio absoluto de la vida humana. Apenas puedo creer que exista un hombre capaz de envenenar deliberadamente a ocho personas con el objeto de suprimir a una de ellas.

    -Ya veo por dónde va -dijo don Henry pensativo-. Confieso que debiera haber pensado en esto.

    -¿Y no pudo haberse envenenado él también? -preguntó Jane.

    -¿Faltó alguien a la mesa aquella noche? -quiso saber la señorita Marple.

    La señora Bantry meneó la cabeza.

    -Excepto el señor Lorimer, supongo, querida. Él no vivía en la casa, ¿no es cierto?

    -No, pero aquella noche cenaba con nosotros -respondió la señora Bantry.

    -¡Oh! -exclamó la señorita Marple-. Eso cambia mucho las cosas.

    Y agregó frunciendo el entrecejo y como para sus adentros:

    -He sido una tonta.

    -Confieso que sus palabras me han desconcertado, Lloyd -dijo don Henry-. ¿Cómo asegurarse de que la muchacha y sólo ella tomase la dosis fatal?

    -No era posible -replicó el doctor-. Eso nos plantea otra cuestión. Supongamos que la joven no fuera la víctima pretendida.

    -¿Qué?

    -En todos los casos de envenenamiento por vía oral el resultado es muy incierto. Varias personas se sirven del mismo plato, ¿y qué ocurre? Una o dos enferman ligeramente, otras dos, digamos, de gravedad, y otra fallece. Así es como ocurre siempre, no es posible tener plena seguridad. Pero hay casos en los que puede intervenir otro factor. La digitalina es una droga que afecta directamente al corazón, y como les he dicho se receta en ciertos casos. Ahora bien, en la casa había una persona que sufría del corazón. Supongamos que fuese la víctima escogida. Lo que no sería fatal para el resto, lo iba a ser para él, o eso es lo que pudo suponer el asesino. Que todo resultara distinto es sólo una prueba de lo que acabo de decirles: la incertidumbre y relatividad de los efectos de las drogas en los seres humanos.

    -¿Cree usted que la víctima tenía que haber sido don Ambrose? -preguntó don Henry.

    -Sí, sí, y la muerte de la joven fue un error.

    -¿Quién heredó su dinero después de su muerte? -preguntó Jane.

    -Una pregunta muy sensata, señorita Helier. Una de las primeras que hacía siempre en mi antigua profesión -dijo don Henry.

    -Don Ambrose tenía un hijo -replicó lentamente la señora Bantry-. Se había peleado con él durante muchos años anteriormente. Creo que era muy rebelde. No obstante, no estaba en manos de don Ambrose poder desheredarlo ya que Clodderham Court pasaba de padres a hijos. Martin Bercy heredó el título y la hacienda. Sin embargo, don Ambrose tenía bastantes propiedades más que podía dejar a quien quisiera y que dejó a su pupila Sylvia. Sé que don Ambrose falleció al cabo de medio año de haber sucedido lo que les estoy contando y no se tomó la molestia de hacer nuevo testamento después de la muerte de Sylvia. Creo que el dinero pasó a la Corona, o tal vez a su hijo como pariente más cercano, no lo recuerdo exactamente.

    -De modo que los únicos que podían realmente beneficiarse de la muerte de don Ambrose eran un hijo que no estaba allí y la muchacha que falleció -resumió don Henry, pensativo-. No resulta muy prometedor.

    -¿La otra mujer no heredó nada? -preguntó Jane-. Ésa que la señora Bantry califica de "gata".

    -En el testamento no constaba su nombre -dijo la señora Bantry.

    -Señorita Marple, no nos escucha usted -le dijo don Henry-, parece estar muy lejos.

    -Estaba pensando en el anciano señor Badger, el farmacéutico -contestó la aludida-. Tenía un ama de llaves muy joven, lo suficiente no sólo para ser su hija, sino para ser su nieta. No dijo una palabra a nadie, y su familia y un montón de sobrinos abrigaban la esperanza de heredarlo. Y cuando falleció, ¿quieren ustedes creerlo?, llevaba dos años casado con ella en secreto. Claro que el señor Badger era farmacéutico y también un hombre muy rudo y vulgar, y don Ambrose Bercy un caballero muy fino, según dice la señora Bantry, pero en conjunto la naturaleza humana es la misma en todas partes.

    Hubo una pausa, durante la cual don Henry miró fijamente a la señorita Marple, quien no apartó sus ojos azules e inteligentes hasta que Jane Helier rompió el silencio con una pregunta.

    -¿La señora Carpenter era bien parecida? -preguntó.

    -Sí, pero sencilla, nada llamativa.

    -Tenía una voz muy agradable -dijo el coronel Bantry.

    -Ronroneante, así es como yo la llamo -intervino la señora Bantry-. ¡Ronroneante!

    -A ti también van a llamarte "gata" cualquier día de estos, Dolly.

    -Me gusta serlo en mi casa -replicó ella-. De todas formas, ya sabes que no me gustan mucho las mujeres. Sólo los hombres y las flores.

    -Un gusto excelente -exclamó don Henry-. Especialmente por haber nombrado a los hombres en primer lugar.

    -Eso fue por delicadeza -respondió la señora Bantry-. Bueno, ¿qué me dicen de mi problemita? Me parece que he jugado limpio, Arthur. ¿No crees que he jugado muy limpio?

    -Sí, querida. Pero no creo que haya una investigación sobre la limpieza de la carrera por los comisarios del Jockey Club.

    -Usted primero -dijo la señora Bantry señalando a don Henry.

    -Tal vez me extienda excesivamente en mis deducciones, ya que no tengo ninguna seguridad en este caso. Primero consideremos a don Ambrose. No creo que empleara un método tan original para suicidarse, y por otro lado no ganaba nada con la muerte de su pupila. Descartado don Ambrose. Ahora el señor Curie. No tenía motivos para matar a la joven. De haber sido don Ambrose su presunta víctima, posiblemente hubiera robado un par de manuscritos raros que nadie hubiera echado de menos. Es una teoría muy cogida por los pelos y poco probable. De modo que considero que, a pesar de las sospechas de la señora Bantry en cuanto a su ropa interior, el señor Curie queda eliminado. La señorita Wye. ¿Motivos para matar a don Ambrose? Ninguno. ¿Motivos para matar a Sylvia? Poderosos. Ella quería al prometido de Sylvia con locura, según dice la señora Bantry. Aquella mañana estuvo en el jardín con Sylvia, de modo que tuvo oportunidad de coger las hojas. No, no podemos descartar a la señorita Wye así como así y tampoco al joven Lorimer. Existen motivos en ambos casos. Si se deshace de su novia puede casarse con la otra. No obstante, me parece excesivo asesinarla. ¿Qué significa hoy en día la ruptura de un compromiso? Si muere don Ambrose, se casará con una mujer rica en vez de con una pobre. Eso puede tener importancia o no, depende de su situación económica. Si descubro que sus propiedades estaban hipotecadas y la señora Bantry nos ha ocultado deliberadamente este detalle, no habrá sido juego limpio. Ahora la señora Carpenter. Sospecho de la señora Carpenter. Esas manos tan blancas y su magnífica coartada en el momento en que fueron cogidas las hojas. Siempre desconfío de las coartadas. Y tengo otra razón para sospechar de ella, que me reservo. No obstante, a grosso modo, si tuviera que acusar a alguien sería a la señorita Maud Wye ya que tenemos más pruebas contra ella que contra nadie.

    -Ahora usted -dijo la señora Bantry señalando al doctor Lloyd.

    -Creo que se equivoca usted, Clithering, al aferrarse a la teoría de que la muerte de la joven fuese intencionada. Estoy convencido de que el asesino intentaba deshacerse de don Ambrose. No creo que el joven Lorimer tuviera los conocimientos necesarios y me siento inclinado a creer que la culpa fue de la señora Carpenter. Llevaba mucho tiempo en la casa, conocía el estado de salud de don Ambrose y pudo disponer con facilidad que esa joven Sylvia (que usted misma dice que era bastante estúpida) cogiera las hojas adecuadas. Confieso que no veo qué motivos pudo tener, pero me aventuro a suponer que, en otro tiempo, don Ambrose hizo un testamento en que era mencionada. Es lo mejor que se me ocurre.

    La señora Bantry pasó a señalar a Jane Helier.

    -Yo no sé qué decir -dijo Jane-, excepto esto: ¿Por qué no pudo haberlo hecho la propia muchacha? Después de todo, ella llevó las hojas a la cocina. Y usted dice que don Ambrose se había opuesto al noviazgo. Al morir él, conseguiría el dinero para poder casarse en seguida. Debía conocer el estado de salud de don Ambrose tan bien como la señora Carpenter.

    El índice de la señora Bantry señaló a la señorita Marple.

    -Ahora usted, la profesora -le dijo.

    -Don Henry lo ha expresado todo claramente, muy claramente -dijo la señorita Marple-. Y el doctor Lloyd también tuvo razón en lo que dijo. Entre los dos lo han dejado todo bien claro. Sólo que no creo que el doctor Lloyd haya comprendido lo que implica algo que él mismo ha dicho. Veamos, al no ser el médico habitual de don Ambrose, no podía saber exactamente qué clase de afección cardiaca padecía, ¿no les parece?

    -No acabo de comprender lo que quiere usted decir, señorita Marple -dijo el doctor Lloyd.

    -Usted supone que don Ambrose tenía un corazón al que le afectaría la digitalina, pero no hay nada que lo pruebe. Pudo ser todo lo contrario.

    -¿Lo contrario?

    -Sí, usted dijo que a menudo se receta digitalina para ciertas afecciones del corazón.

    -Aunque así sea, señorita Marple, no veo adónde quiere usted ir a parar.

    -Pues significaría que podía tener digitalina en su poder con toda naturalidad, sin dar explicaciones. Lo que trato de decir (siempre me expreso tan mal), es esto: Supongamos que usted deseara envenenar a alguien con una dosis mortal de digitalina. ¿No sería lo más sencillo y el medio más fácil procurar que todos sufrieran un envenenamiento producido por hojas de dedalera, que contienen digitalina? No sería fatal para ninguno de los otros, pero nadie se sorprendería de que hubiera una víctima ya que, como ha dicho el doctor Lloyd, estas cosas son muy imprecisas. Nadie se molestaría en averiguar si la joven había tomado ya previamente una dosis fatal de digitalina. Pudo ponérsela en un combinado, en el café o incluso hacérselo beber simplemente como un tónico.

    -¿Quiere usted decir que don Ambrose envenenó a su pupila, la encantadora joven a la que tanto apreciaba?

    -Exactamente -replicó la señorita Marple-. Igual que el señor Badge y su joven ama de llaves. No me digan que es absurdo que un hombre de sesenta años se enamore de una joven de veinte. Sucede cada día, y me atrevo a decir que un autócrata como don Ambrose pudo tomárselo muy a pecho. Esas cosas a veces se convierten en una obsesión. No podía soportar la idea de verla casada. Hizo cuanto pudo por evitarlo y fracasó. Sus celos crecieron de tal modo que prefirió matarla antes de dejar que se casara con el joven Lorimer. Debía haberlo planeado bastante antes, ya que las semillas de dedalera tuvieron que ser sembradas entre la salvia. Cuando llegó la ocasión, él mismo las cogió y envió a Sylvia con ellas a la cocina. Es horrible pensarlo, pero supongo que debemos juzgarle con toda la benevolencia que podamos. Los hombres de edad son algunas veces muy suyos en lo que se refiere a las chicas jovencitas. Nuestro último organista... pero no hablemos más de los escándalos.

    -Señora Bantry -preguntó don Henry-. ¿Fue así?

    La señora Bantry asintió.

    -Sí, yo no tenía la menor idea, nunca pensé que pudiera tratarse de otra cosa más que de un accidente. Luego, después de la muerte de don Ambrose, recibí una carta. Había dejado instrucciones para que me fuera enviada y en ella me contaba la verdad. No sé por qué, pero él y yo siempre nos habíamos llevado muy bien.

    Durante el momentáneo silencio percibió una crítica callada y se apresuró a agregar:

    -Ustedes creen que estoy traicionando una confidencia, pero no es así. He cambiado todos los nombres. En realidad, no se llamaba don Ambrose Bercy. ¿No se dieron cuenta de la extrañeza con que me miró Arthur cuando dije el nombre por primera vez? Al principio no me entendía. Lo he cambiado todo. Como dicen en las revistas y al principio de las novelas: "Todos los personajes que aparecen en esta historia son puramente imaginarios". Nunca sabrán ustedes quiénes fueron en realidad.
     
  14. traviata

    traviata

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Espero que no está subido ya



    Una broma extraña
    [Cuento. Texto completo]
    Agatha Christie

    -Y ésta -dijo Juana Helier completando la presentación- es la señorita Marple.

    Como era actriz, supo darle entonación a la frase, una mezcla de respeto y triunfo.

    Resultaba extraño que el objeto tan orgullosamente proclamado fuese una solterona de aspecto amable y remilgado. En los ojos de los dos jóvenes que acababan de trabar conocimiento con ella gracias a Juana, se leía incredulidad y una ligera decepción. Era una pareja muy atractiva; ella, Charmian Straud, esbelta y morena... él era Eduardo Rossiter, un gigante rubio y afable.

    Charmian dijo, algo cortada:

    -¡Oh!, estamos encantados de conocerla.

    Mas sus ojos no corroboraban tales palabras y los dirigió interrogadores a Juana Helier.

    -Querida -dijo ésta, respondiendo a la mirada-, es maravillosa. Déjenselo todo a ella. Te dije que la traería aquí y eso he hecho -se dirigió a la señorita Marple-. Usted lo arreglará. Le será fácil.

    La señorita Marple volvió sus ojos de un color azul porcelana hacia el señor Rossiter.

    -¿No quiere decirme de qué se trata? -le dijo.

    -Juana es amiga nuestra -intervino Charmian, impaciente-. Eduardo y yo estamos en un apuro. Y Juana nos dijo que si veníamos a su fiesta nos presentaría a alguien que era... que haría... que podría...

    Eduardo acudió en su ayuda.

    -Juana nos dijo que era usted la última palabra en sabuesos, señorita Marple.

    Los ojos de la solterona parpadearon de placer, mas protestó con modestia:

    -¡Oh, no, no! Nada de eso. Lo que pasa es que viviendo en un pueblecito como vivo yo, una aprende a conocer a sus semejantes. ¡Pero la verdad es que ha despertado usted mi curiosidad! Cuénteme su problema.

    -Me temo que sea algo vulgar... Se trata de un tesoro enterrado -explicó Eduardo Rossiter.

    -¿De veras? ¡Pues me parece muy interesante!

    -¿Sí? ¡Como la Isla del Tesoro! Nuestro problema carece de detalles románticos. No hay un mapa señalado con una calavera y dos tibias cruzadas, ni indicaciones como por ejemplo..., «cuatro pasos a la izquierda; dirección noroeste». Es terriblemente prosaico... Ni tan solo sabemos dónde hemos de escarbar.

    -¿Lo ha intentado ya?

    -Yo diría que hemos removido dos acres cuadrados. Todo el terreno lo hemos convertido casi en un huerto, y sólo nos falta decidir si sembramos coles o papas.

    -¿Podemos contárselo todo? -dijo Charmian con cierta brusquedad.

    -Pues claro, querida.

    -Entonces busquemos un sitio tranquilo. Vamos, Eduardo.

    Y abrió la marcha en dirección a una salita del segundo piso, luego de abandonar aquella estancia tan concurrida y llena de humo.

    Cuando estuvieron sentados, Charmian comenzó su relato.

    -¡Bueno, ahí va! La historia comienza con tío Mathew, nuestro tío... o mejor dicho, tío abuelo de los dos. Era muy viejo. Eduardo y yo éramos sus únicos parientes. Nos quería y siempre dijo que a su muerte repartiría su dinero entre nosotros. Bien, murió (el mes de marzo pasado) y dejó dispuesto que todo debía repartirse entre Eduardo y yo. Tal vez por lo que he dicho le parezca a usted algo dura... no quiero decir que hizo bien en morirse... los dos lo queríamos..., pero llevaba mucho tiempo enfermo. El caso es que ese «todo» que nos había dejado resultó ser prácticamente nada. Y eso, con franqueza, fue un golpe para los dos, ¿no es cierto, Eduardo?

    El bueno de Eduardo asintió:

    -Habíamos contado con ello -explicó-. Quiero decir que cuando uno sabe que va a heredar un buen puñado de dinero..., bueno, no se preocupa demasiado en ganarlo. Yo estoy en el ejército... y no cuento con nada más, aparte de mi paga... y Charmian no tiene un peso. Trabaja como directora de escena de un teatro... cosa muy interesante... pero que no da dinero. Teníamos el propósito de casarnos, pero no nos preocupaba la parte monetaria, porque ambos sabíamos que llegaría un día en que heredaríamos.

    -¡Y ahora resulta que no heredamos nada! -exclamó Charmian-. Lo que es más, Ansteys... que es la casa solariega, y que tanto queremos Eduardo y yo, tendrá que venderse. ¡Y no podemos soportarlo! Pero si no encontramos el dinero de tío Mathew, tendremos que venderla.

    -Charmian, tú sabes que todavía no hemos llegado al punto vital -dijo el joven.

    -Bien, habla tú entonces.

    Eduardo se volvió hacia la señorita Marple.

    -Verá usted -dijo-. A medida que tío Mathew iba envejeciendo, se volvía cada vez más suspicaz, y no confiaba en nadie.

    -Muy inteligente por su parte -replicó la señorita Marple-. La corrupción de la naturaleza humana es inconcebible.

    -Bueno, tal vez tenga usted razón. De todas formas, tío Mathew lo pensó así. Tenía un amigo que perdió todo su dinero en un Banco, y otro que se arruinó por confiar en su abogado, y él mismo perdió algo en una compañía fraudulenta. De este modo se fue convenciendo de que lo único seguro era convertir el dinero en barras de oro y plata y enterrarlo en algún lugar adecuado.

    -¡Ah! -dijo la señorita Marple-. Empiezo a comprender algo.

    -Sí. Sus amigos discutían con él, haciéndole ver que de este modo no obtendría interés alguno de aquel capital, pero él sostenía que eso no le importaba. «El dinero -decía- hay que guardarlo en una caja debajo de la cama o enterrarlo en el jardín». Y cuando murió era muy rico. Por eso suponemos que debió enterrar su fortuna. Descubrimos que había vendido valores y sacado grandes sumas de dinero de vez en cuando, sin que nadie sepa lo que hizo con ellas. Pero parece probable que fiel a sus principios comprara oro para enterrarlo y quedar tranquilo -explicó Charmian.

    -¿No dijo nada antes de morir? ¿No dejó ningún papel? ¿O una carta?

    -Esto es lo más enloquecedor de todo. No lo hizo. Había estado inconsciente durante varios días, pero recobró el conocimiento antes de morir. Nos miró a los dos, se rió... con una risita débil y burlona, y dijo: «Estarán muy bien, pareja de tortolitos.» Y señalándose un ojo... el derecho... nos lo guiñó. Y entonces murió...

    -Se señaló un ojo -repitió la señorita Marple, pensativa.

    -¿Saca alguna consecuencia de esto? -le preguntó Eduardo con ansiedad-. A mí me hace pensar en el cuento de Arsenio Lupin. Algo escondido en un ojo de cristal. Pero nuestro tío Mathew no tenía ningún ojo de cristal.

    -No -dijo la señorita Marple meneando la cabeza-. No se me ocurre nada, de momento.

    -¡Juana nos dijo que usted nos diría en seguida dónde teníamos que buscar! -se lamentó Charmian, contrariada.

    -No soy precisamente una adivina -la señorita Marple sonreía-. No conocí a su tío, ni sé la clase de hombre que era, ni he visto la casa que les legó ni sus alrededores.

    -¿Y si visitase aquello, lo sabría? -preguntó Charmian.

    -Bueno, la verdad es que entonces resultaría bastante sencillo -replicó la señorita Marple.

    -¡Sencillo! -repitió Charmian-. ¡Venga usted a Ansteys y vea si descubre algo!

    Tal vez no esperaba que la señorita Marple tomara en serio sus palabras, pero la solterona repuso con presteza:

    -Bien, querida, es usted muy amable. Siempre he deseado tener ocasión de buscar un tesoro enterrado. ¡Y, además, en beneficio de una pareja de enamorados! -concluyó con una sonrisa resplandeciente.



    -¡Ya ha visto usted! -exclamó Charmian con gesto dramático.

    Acababan de realizar el recorrido completo de Ansteys. Estuvieron en la huerta, convertida en un campo atrincherado. En los bosquecillos, donde se había cavado al pie de cada árbol importante, y contemplaron tristemente lo que antes fuera una cuidada pradera de césped. Subieron al ático, contemplando los viejos baúles y cofres con su contenido esparcido por el suelo. Bajaron al sótano, donde cada baldosa había sido levantada. Midieron y golpearon las paredes y la señorita Marple inspeccionó todos los muebles que tenían o pudieran tener algún cajón secreto.

    Sobre una mesa había un montón de papeles... todos los que había dejado el fallecido Mathew Straud. No se destruyó ninguno y Charmian y Eduardo repasaban una y otra vez las facturas, invitaciones y correspondencia comercial, con la esperanza de descubrir alguna pista.

    -Cree usted que nos hemos olvidado de mirar en algún sitio? -le preguntó Charmian a la señorita Marple.

    -Me parece que ya lo han mirado todo, querida -dijo la solterona moviendo la cabeza-. Tal vez si me permiten decirlo, han mirado demasiado. Siempre he pensado que hay que tener un plan. Es como mi amiga la señorita Eldritch, que tenía una doncella estupenda que enceraba el linóleo a las mil maravillas, pero era tan concienzuda que incluso enceró el suelo del cuarto de baño, y cuando la señora Eldritch salía de la ducha, la alfombrita se escurrió bajo sus pies, y tuvo tan mala caída que se rompió una pierna. Fue muy desagradable, pues naturalmente la puerta del cuarto de baño estaba cerrada y el jardinero tuvo que coger una escalera y entrar por la ventana... con gran disgusto de la señora Eldritch, que era una mujer muy pudorosa.

    Eduardo se removió, inquieto.

    -Por favor, perdóneme -apresuró a decir la señorita Marple-. Siempre tengo tendencia a salirme por la tangente. Pero es que una cosa me recuerda otra, y algunas veces me resulta provechoso. Lo que quise decir es que tal vez si intentáramos aguzar nuestro ingenio y pensar en un lugar apropiado...

    -Piénselo usted, señorita Marple -dijo Eduardo, contrariado-. Charmian y yo tenemos el cerebro en blanco.

    -Vamos, vamos. Claro... es una dura prueba para ustedes. Si no les importa voy a repasar bien estos papales. Es decir, si no hay nada personal... no me gustaría que pensaran ustedes que me meto en lo que no me importa.

    -Oh, puede hacerlo. Pero me temo que no va a encontrar nada.

    Se sentó a la mesa y metódicamente fue mirando el fajo de documentos... y clasificándolos en varios montoncitos. Cuando hubo concluido se quedó mirando al vacío durante varios minutos.

    Eduardo le preguntó, no sin cierta malicia:

    -¿Y bien, señorita Marple?

    Miss Marple se rehizo con un ligero sobresalto.

    -Le ruego me perdone. Estos documentos me han servido de gran ayuda.

    -¿Ha descubierto algo importante?

    -¡Oh!, no, nada de eso. Pero creo que ya sé qué clase de hombre era su tío Mathew... bastante parecido a mi tío Enrique, que era muy aficionado a las bromas. Un solterón sin duda... me pregunto por qué... ¿tal vez a causa de un desengaño prematuro? Metódico hasta cierto punto, pero poco amigo de sentirse atado..., como casi todos los solterones.

    A espaldas de la señorita Marple, Charmian hizo un gesto a Eduardo que significaba: «Está loca del todo.»

    Miss Marple seguía hablando de su difunto tío Enrique.

    -Era muy aficionado a las charadas -explicaba-. Para algunas personas las charadas resultan muy difíciles y les molestan. Un mero juego de palabras puede irritarles. También era un hombre receloso. Siempre pensaba que los criados le robaban. Y algunas veces era verdad, aunque no siempre. Se convirtió en su obsesión. Hacia el fin de su vida pensó que envenenaban su comida, y se negó a comer otra cosa que huevos pasados por agua. Decía que nadie podía alterar el contenido de un huevo. Pobre tío Enrique, ¡era tan alegre en otros tiempos! Le gustaba mucho tomar café después de cenar. Solía decir: «Este café es muy negro», y con ello quería significar que deseaba otra taza.

    Eduardo pensó que si oía algo más sobre el tío Enrique se volvería loco.

    -Le gustaban mucho las personas jóvenes -proseguía la señorita Marple-, pero se sentía inclinado a atormentarlos un poco... no sé si me entenderán... Solía poner bolsas de caramelos donde los niños no pudieran alcanzarlas.

    Dejando los cumplidos a un lado, Charmian exclamó:

    -¡Me parece horrible!

    -¡Oh, no, querida!, sólo era un viejo solterón, y no estaba acostumbrado a los pequeños. Y la verdad es que no era nada tonto. Acostumbraba a guardar mucho dinero en la casa, y tenía un escondite seguro. Armaba mucho alboroto por ello... diciendo lo bien escondido que estaba. Y por hablar demasiado, una noche entraron los ladrones y abrieron un boquete en el escondrijo.

    -Le estuvo muy bien empleado -exclamó Eduardo.

    -Pero no encontraron nada -replicó la señorita Marple-. La verdad es que guardaba su dinero en otra parte... detrás de unos libros de sermones, en la biblioteca. ¡Decía que nadie los sacaba nunca de aquel estante!

    -Oiga, es una idea -interrumpió Eduardo, excitado-. ¿Qué le parece si miráramos en la biblioteca?

    Charmian meneó la cabeza.

    -¿Crees que no he pensado en eso? El martes pasado miré todos los libros cuando tú fuiste a Portsmouth. Los saqué uno por uno y los sacudí. Tampoco en la biblioteca hay nada.

    Eduardo exhaló un suspiro. Levantándose de su asiento se dispuso a deshacerse con tacto de su insoportable visitante.

    -Ha sido usted muy amable al intentar ayudarnos. Siento que no haya servido de nada. Comprendo que hemos abusado de su tiempo. No obstante... sacaré el coche y podrá alcanzar el tren de las tres treinta...

    -¡Oh! -repuso la señorita Marple-, pero antes tenemos que encontrar el dinero, ¿verdad? No debe darse por vencido, señor Rossiter. Si la primera vez no tiene éxito, hay que intentarlo otra y otra, y otra vez.

    -¿Quiere decir que va a continuar intentándolo?

    -Pues para hablar con exactitud -replicó la solterona- todavía no he empezado. Primero se coge la liebre... como dice la señora Beeton en su libro de cocina... un libro estupendo, pero terriblemente imposible... la mayoría de sus recetas empiezan diciendo: «Se toma una docena de huevos y una libra de mantequilla.» Déjeme pensar..., ¿por dónde iba? Oh, sí. Bien, ya tenemos, por así decirlo, nuestra liebre, que es, naturalmente, el tío Mathew, y ahora sólo nos falta decidir dónde podría haber escondido el dinero. Puede que sea bien sencillo.

    -¿Sencillo? -se extrañó Charmian.

    -Oh, sí, querida. Estoy segura de que habrá utilizado el medio más fácil. Un cajón secreto... ésa es mi solución.

    Eduardo dijo con sequedad:

    -No pueden guardarse muchos lingotes de oro en un cajoncito secreto.

    -No, no, claro que no. Pero no hay razón para creer que el dinero fuese convertido en oro.

    -Él siempre decía...

    -¡Y mi tío Enrique siempre hablaba de su escondrijo! Por eso creo firmemente que lo dijo para despistar. Los diamantes pueden esconderse con facilidad en un cajón secreto.

    -Pero ya lo hemos mirado todo. Hicimos venir a un técnico para que examinase los muebles.

    -¿De veras, querida? Hizo usted muy bien. Yo diría que el escritorio de su tío es el lugar más apropiado. ¿Es aquél que está apoyado contra la pared?

    -Sí. Voy a enseñárselo.

    Charmian se acercó al mueble y lo abrió. En su interior aparecieron varios casilleros y cajoncitos. Luego, accionando una puertecita que había en el centro, tocó un resorte situado en el interior del cajón de la izquierda, El fondo de la caja del centro se adelantó y la joven la sacó dejando un hueco descubierto. Estaba vacío.

    -¿No es casualidad? -exclamó la señorita Marple-. Mi tío Enrique tenía un escritorio igual que éste sólo que era de madera de nogal y éste es de caoba.

    -De todas maneras -dijo Charmian-, como puede usted ver, aquí no hay nada.

    -Me imagino -replicó la señorita Marple- que ese experto que trajeron ustedes sería joven..., y no lo sabía todo. La gente era muy mañosa para construir sus escondrijos en aquellos tiempos. A veces hay un secreto dentro de otro secreto.

    Y quitándose una horquilla de entre sus cuidados cabellos grises, la enderezó y apretó con ella un punto de la caja secreta en el que parecía haber un diminuto agujero tal vez producido por la carcoma, y sin grandes dificultades sacó un cajón pequeñito. En él apareció un fajo de cartas descoloridas y un papel doblado.

    Eduardo y Charmian se apoderaron del hallazgo. Eduardo desplegó el papel con dedos temblorosos, mas lo dejó caer con una exclamación de disgusto.

    -¡Una receta de cocina! ¡Jamón al horno! ¡Bah!

    Charmian estaba desatando la cinta que sujetaba el fajo de cartas. Y sacando una exclamó:

    -¡Cartas de amor!

    -¡Qué interesante! -exclamó la señorita Marple-. Tal vez nos explique la razón de que no se casara su tío.

    Charmian leyó:

    «Mi querido Mathew, debo confesarte que el tiempo se me ha hecho muy largo desde que recibí tu última carta. Trato de ocuparme en las distintas tareas que me fueron encomendadas, y me digo a menudo lo afortunada que soy al poder ver tantas partes del globo, aunque bien poco pensaba, cuando me fui a América, que iba a viajar hasta estas lejanas islas.»

    Charmian hizo una pausa.

    -¿Dónde está fechado esto? ¡Oh, en Hawai!

    «Cielos, estos nativos están todavía muy lejos de ver la luz. Viven semidesnudos y en un estado completamente salvaje; pasan la mayor parte del tiempo nadando o bailando, y adornándose con guirnaldas de flores. El señor Gray ha conseguido convertir a algunos, pero es una tarea difícil y él y su esposa se sienten muy descorazonados. Yo procuro hacer lo que puedo para animarlo, mas yo también me siento triste a menudo por la razón que puedes adivinar, querido Mathew. La ausencia es una dura prueba para un corazón enamorado. Tus renovadas promesas de amor me causaron gran alegría. Ahora y siempre te pertenecerá mi corazón, querido Mathew, y seré siempre tuya,

    betty martin

    P. D.: Dirijo mi carta a nuestra mutua amiga Matilde Graves, como de costumbre. Espero que el Cielo perdone este subterfugio.»

    Eduardo lanzó un silbido.

    -¡Una misionera! Conque ése fue el amor de tío Mathew. Me pregunto por qué no se casaron.

    -Al parecer recorrió casi todo el mundo -dijo Charmian examinando las misivas-. Mauricio... toda clase de sitios. Probablemente moriría víctima de la fiebre amarilla o algo así.

    Una risa divertida les sobresaltó. La señorita Marple lo estaba pasando en grande.

    -Vaya, vaya -dijo-. ¡Fíjense en esto ahora!

    Estaba leyendo para sí la receta de jamón al horno, y al ver sus miradas interrogadoras, prosiguió en voz alta:

    «Jamón al horno con espinacas. Se toma un pedazo bonito de jamón, rellénese de dientes de ajo y cúbrase con azúcar moreno. Cuézase a fuego lento. Servirlo con un borde de puré de espinacas.»

    -¿Qué opinan de esto?

    -Yo creo que debe resultar un asco -dijo Eduardo.

    -No, no, tiene que resultar muy bueno..., pero, ¿qué opinan de todo esto?

    -¿Usted cree que se trata de una clave... o algo parecido? -exclamó Eduardo con el rostro iluminado y cogiendo el papel-. Escucha, Charmian, ¡podría ser! Por otra parte, no hay razón para guardar una receta de cocina en un lugar secreto.

    -Exacto -repuso la señorita Marple.

    -Ya sé lo que puede ser... una tinta simpática -dijo Charmian-. Vamos a calentarlo. Enciende una bombilla.

    Pero hecha la prueba, no apareció ningún signo de escritura invisible.

    -La verdad -dijo la señorita Marple, carraspeando-, creo que lo están complicando demasiado. Esta receta es sólo una indicación, por así decir. Según mi parecer, son las cartas lo significativo.

    -¿Las cartas?

    -Especialmente la firma.

    Mas Eduardo apenas la escuchaba, y gritó excitado:

    -¡Charmian! ¡Ven aquí! Tiene razón... Mira... los sobres son bastante antiguos, pero las cartas fueron escritas muchos años después.

    -Exacto -repuso la señorita Marple.

    -Sólo se ha tratado de que parezcan antiguas. Apuesto a que el propio tío Mathew lo hizo...

    -Precisamente -confirmó la solterona.

    -Todo esto es un engaño. Nunca existió esa misionera. Debe tratarse de una clave.

    -Mis queridos amigos... no hay necesidad de complicar tanto las cosas. Su tío en realidad era un hombre muy sencillo. Quería gastarles una pequeña broma. Eso es todo.

    Por primera vez le dedicaron toda su atención.

    -¿Qué es exactamente lo que quiere usted decir, señorita Marple? -preguntó Charmian.

    -Quiero decir que en este preciso momento tiene usted el dinero en la mano.

    Charmian miró el papel.

    -La firma, querida. Ahí es donde está la solución. La receta es sólo una indicación. Ajos, azúcar moreno y lo demás, ¿qué es en realidad? Jamón y espinacas. ¿Qué significa? Una tontería. Así que está bien claro que lo importante son las cartas. Y entonces si consideran lo que su tío hizo antes de morir... guiñarles un ojo, según dijeron ustedes. Bien... eso, como ven, les da la pista.

    -¿Está usted loca o lo estamos todos? -exclamó Charmian.

    -Sin duda, querida, debe haber oído alguna vez la expresión que se emplea para significar que algo no es cierto, ¿o es que ya no se utiliza hoy en día? Tengo más vista que Betty Martin.

    Eduardo susurró mirando la carta que tenía en la mano:

    -Betty Martin...

    -Claro, señor Rossiter. Como usted acaba de decir, no existe... no ha existido jamás semejante persona. Las cartas fueron escritas por su tío, y me atrevo a asegurar que se debió divertir de lo lindo. Como usted dice, la escritura de los sobres es mucho más antigua... en resumen, los sobres no corresponden a las cartas, porque el matasello de una de ellas data de 1851.

    Hizo una pausa y repitió con énfasis.

    -Mil ochocientos cincuenta y uno. Y eso lo explica todo, ¿verdad?

    -A mí no me dice nada absolutamente -repuso Eduardo.

    -Pues está bien claro -replicó la señorita Marple-. Confieso que no se me hubiera ocurrido, a no ser por mi sobrino-nieto Lionel. Es un muchacho encantador y un apasionado coleccionista de sellos. Sabe todo lo referente a la filatelia. Fue él quien me habló de ciertos sellos raros y rarísimos, y de un nuevo hallazgo que había sido vendido en subasta. Y ahora recuerdo que mencionó uno... de 1851 de 2 céntimos y color azul. Creo que vale unos veinticinco mil dólares. ¡Imagínese! Me figuro que los demás también serán ejemplares raros y de precio. No dudo de que su tío los compraría por medio de intermediarios y tendría buen cuidado en «despistar», como se dice en los relatos de detectives.

    Eduardo lanzó un gemido y, sentándose, escondió el rostro entre las manos.

    -¿Qué te ocurre? -quiso saber Charmian.

    -Nada. Es sólo de pensar que a no ser por la señorita Marple, pudimos haber quemado esas cartas para no profanar los recuerdos sentimentales de nuestro tío.

    -¡Ah! -replicó la señorita Marple-. Eso es lo que no piensan nunca esos viejos aficionados a las bromas. Recuerdo que mi tío Enrique envió a su sobrina favorita un billete de cinco libras como regalo de Navidad. Los metió dentro de una felicitación que pegó de modo que el billete quedara dentro y escribió encima: «Con cariño y mis mejores augurios. Esto es todo lo que puedo mandarte este año.» La pobre chica se disgustó mucho porque lo creyó un tacaño y arrojó al fuego la felicitación. Y claro, entonces él tuvo que darle otro billete.

    Los sentimientos de Eduardo hacia tío Enrique habían sufrido un cambio radical.

    -SeñoritaMiss Marple -dijo-, voy a buscar una botella de champaña; brindemos a la salud de su tío Enrique.

    FIN
     
  15. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola a tod@s :beso:

    Traviata muy buenos los cuentos de Agatha :5-okey:

    Hoy he empezado a leer El misterioso caso de Styles a ver que tal. Creo que es el primer libro que escribió Agatha, ¿alguien lo a leído?

    Saludos :beso: :beso: