Agatha Christie

Tema en 'Temas de interés (no de plantas)' comenzado por Malee, 7/3/12.

  1. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola a tod@s :beso:

    Os cuento que acabé de leer El misterioso caso de Styles un libro como siempre bueno, al final no adiviné quien era el asesino :-? :icon_rolleyes:

    Ahora he cambiado un poco de lectura, a ver si luego me decido a por otro de Agatha.

     
  2. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    He aqui un juego:

    Me gustaria saber donde se encuentra la nueva estatua de Agatha Christie. Echad un visto a la foto que sale a continuación. ¿Dónde podría estar? Venga animaos a participar será divertido, espero vuestras respuestas :razz:


    [​IMG]
     
  3. traviata

    traviata

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Pues lo he leído hace unos días en la prensa, será en Westminster (Londres)... ¿Te refieres a eso? :11risotada: igual te estoy chafando el juego de búsqueda... ¿Subo la noticia?

    ¿Escribo la dirección exacta?

    Estará entre las calles Great Newport y Cranbourn, en Covent Garden, zona de los teatros.

    Yo me pregunto y yo me contesto :11risotada:

    Un :beso: Malee
     
  4. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Correcto Traviata :52aleluya: :52aleluya:

    Que rapidez !!!

    :beso: :beso: :beso: :beso: :beso: :beso:
     
  5. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    He estado pensando en comentar un libro de Agatha durante el mes de septiembre. ¿Alguien se anima?

    Estas son las reglas:

    Libro de lectura: La casa torcida :razz:

    Mes de lectura y comentarios: Septiembre 2012.

    Día de comentario: Todos los jueves del mes y dias siguientes si alguien ese dia no puede.

    Observaciones: Por favor no comentar más de lo que toca, para así no fastidiar a las que no han llegado todavia.

    Guión de lectura:

    Jueves, 06 - 09 - 2012

    Capítulos del I al VI ambos inclusive.

    Jueves, 13 - 09 - 2012

    Capítulos del VII al XII ambos inclusive.

    Jueves, 20 - 09 - 2012

    Capítulos del XIII al XVII ambos inclusive.

    Jueves, 27 - 09 - 2012

    Capítulos del XVIII al XXVI ambos inclusive.

    Si alguien no lo tiene que me mande un mensaje privado con su e-mail y se lo enviaré con mucho gusto.

    Saludos y a disfrutar de la lectura :happy:
     
  6. traviata

    traviata

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    :94-bienvenida:

    Venga, vale...me apunto.

    Ya me descargué el libro y lo leeré, según las fechas que marcas para asegurame de que no me voy de la lengua
     
  7. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    :52aleluya: :52aleluya: :52aleluya: :52aleluya: :52aleluya:

    Esperemos que nos divirtamos comentando el libro.

    A ver si alguien más se apunta ........

    Saludos :beso: :beso: :beso: :beso:
     
  8. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola a tod@s !!!!

    Buenas tardes !!!!

    Os cuento que este domingo me voy a Valencia y luego a Zaragoza y después vuelta a Valencia antes de volver aqui, estaré fuera unos 20 días más o menos.
    Así que no podré comentar el libro de Agatha que ya lo he empezado. Me lo llevaré de vacaciones y lo iré leyendo pero lo que pasa es que no sé si podré conectarme a internet para poder dejar el comentario.....

    Cuando regrese dejaré mi comentario general.

    Espero que no os importe, y quiero que las demás vayais dejando los comentarios en las fechas señaladas o siguientes para así cuando regrese pueda leerlos y así dejar mi opinión.

    Saludos :beso: :beso: :beso: :beso:
     
  9. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola a tod@s :beso:

    Buenos días !!!!!

    ¿Dónde están los comentarios :sorprendido: :-? ?

    Yo sigo de viaje, tampoco he leído mucho ya que aún me falta más de la mitad :icon_redface: En octubre cuando llegue a casa pondré los comentarios.
    Por ahora el libro me parece interesante y misterioso, bueno como todos los de Agatha :13mellado:

    Hasta luego !!!
    Saludos :beso: :beso:
     
  10. traviata

    traviata

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola Malee, la verdad es que te estoy esperando...yo ya lo he acabado
     
  11. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola a tod@s :beso:

    Sigo de vacaciones, me he leído la mitad del libro de Agatha, así que pongo los comentarios:

    Jueves, 06-09-2012

    - Ahora como en todos los libros de Agatha nos está poniendo en conocimiento de los hechos, los personajes, etc. Es cuestión de hacerse una idea de la trama. A ver como continúa.....


    Jueves, 13-09-2012

    - Leyendo esta parte se descubren unas pistas, que los propios protagonistas no cuentan, como la quiebra de la empresa del hijo del Sr. Leónides, creo que debería de haberlo dicho desde un principio, ahora por haberlo ocultado recaen más sospechas sobre él, aunque me desconcierta la última frase del libro: "Pero, claro, mirábamos el asunto desde un ángulo equivocado", ¿cuál es el ángulo equivocado? Yo ando super despistada de quien puede ser el asesino la verdad.

    Esto es todo lo que he leído por ahora :icon_redface: :icon_redface: a ver si puedo adelantar algo más.

    Saludos
    Hasta pronto :beso: :beso: :beso:
     
  12. sandybell

    sandybell Soñadora

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    ARGENTILANDIA
    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    La señorita de compañía

    Agatha Christie


    -Ahora usted, doctor Lloyd -dijo la señorita Helier-, ¿no conoce alguna historia espeluznante?Le sonrió con aquella sonrisa que cada noche embrujaba al público que acudía al teatro. Jane Helier era considerada la mujer más hermosa de Inglaterra y algunas de sus compañeras de profesión, celosas de ella, solían decirse entre ellas: Claro que Jane no es una artista. No sabe actuar, en el verdadero sentido de la palabra. ¡Son esos ojos...!
    Y esos ojos estaban en aquel momento mirando suplicantes al solterón y anciano doctor que durante los cinco últimos años había atendido todas las dolencias de los habitantes del pueblo de St. Mary Mead.
    Con un gesto inconsciente, el médico tiró hacia abajo de las puntas de su chaleco (que empezaba a quedársele estrecho) y buscó afanosamente en su memoria algún recuerdo para no decepcionar a la encantadora criatura que se dirigía a él con tanta confianza.
    -Esta noche me gustaría sumergirme en el crimen -dijo Jane con aire soñador.
    -Espléndido -exclamó su anfitrión, el coronel Bantry-. Espléndido, espléndido. -Y lanzó su potente risa militar-. ¿No te parece, Dolly?
    Su esposa, reclamada tan bruscamente a las exigencias de la vida social (mentalmente estaba planeando qué flores plantaría la próxima primavera), convino con entusiasmo:
    -Claro que es espléndido -dijo de corazón, aunque sin saber de qué se trataba-. Siempre lo he pensado.
    -¿De veras, querida? -preguntó la señorita Marple cuyos ojos parpadearon rápidamente.
    -En St. Mary Mead no tenernos muchos casos espeluznantes... y menos en el terreno criminal, señorita Helier -dijo el doctor Lloyd.
    -Me sorprende usted -dijo don Henry Clithering, ex comisionado de Scotland Yard, vuelto hacia la señorita Marple-. Siempre he pensado, por lo que he oído decir a nuestra amiga, que St. Mary Mead es un verdadero nido de crímenes y perversión.
    -¡Oh, don Henry! -protestó la señorita Marple mientras sus mejillas enrojecían-. Estoy segura de no haber dicho nunca semejante cosa. Lo único que he dicho alguna vez es que la naturaleza humana es la misma en un pueblo que en cualquier parte, sólo que aquí uno tiene oportunidad y tiempo para estudiarla más de cerca.
    -Pero usted no ha vivido siempre aquí -dijo Jane Helier dirigiéndose al médico-. Usted ha estado en toda clase de sitios extraños y en diversas partes del mundo, lugares donde sí ocurren cosas.
    -Es cierto, desde luego -dijo el doctor Lloyd pensando desesperadamente-. Sí claro, sí... ¡Ah! ¡Ya lo tengo!
    Y se reclinó en su butaca con un suspiro de alivio.
    -De esto hace ya algunos años y casi lo había olvidado. Pero los hechos fueron realmente extraños, muy extraños. Y también la coincidencia que me ayudó a desvelar finalmente el misterio.
    La señorita Helier acercó su silla un poco más hacia él, se pintó los labios y aguardó impaciente. Los demás también volvieron sus rostros hacia el doctor.
    -No sé si alguno de ustedes conoce las Islas Canarias -empezó a decir el médico.
    -Deben de ser maravillosas -dijo Jane Helier-. Están en los Mares del Sur, ¿no? ¿O están en el Mediterráneo?
    -Yo las visité camino de Sudáfrica -dijo el coronel-. Es muy hermosa la vista del Teide, en Tenerife, iluminado por el sol poniente.
    -El incidente que voy a referirles -continuó el médico- sucedió en la isla de Gran Canaria, no en Tenerife. Hace ahora muchos años ya. Mi salud no era muy buena y me vi obligado a dejar mi trabajo en Inglaterra y marcharme al extranjero. Estuve ejerciendo en Las Palmas, que es la capital de Gran Canaria. En cierto modo, allí disfruté mucho. El clima es suave y soleado, excelente playa (yo soy un bañista entusiasta) y la vida del puerto me atraía sobremanera. Barcos de todo el mundo atracan en Las Palmas. Yo acostumbraba a pasear por el muelle cada mañana, más interesado que una dama que pasara por una calle de sombrererías.
    "Corno les decía, barcos procedentes de todas las partes del mundo atracan en Las Palmas. Algunas veces hacían escala unas horas y otras un día o dos. En el hotel principal, el Metropol, se veían gentes de todas razas y nacionalidades, aves de paso. Incluso los que se dirigían a Tenerife se quedaban unos días antes de pasar a la otra isla.
    "Mi historia comienza allí, en el hotel Metropol, un jueves por la noche del mes de enero. Se celebraba un baile y yo contemplaba la escena sentado en una mesa con un amigo mío. Había algunos ingleses y gentes de otras nacionalidades, pero la mayoría de los que bailaban eran españoles. Cuando la orquesta inició los compases de un tango, sólo media docena de parejas de esta nacionalidad permanecieron en la pista. Todos bailaban admirablemente mientras nosotros los contemplábamos. Una mujer en particular despertó vivamente nuestra admiración. Alta, hermosa e insinuante, se movía con la gracia de una pantera. Había algo peligroso en ella. Así se lo dije a mi compañero, que se mostró de acuerdo conmigo.
    "-Las mujeres como ésta -me dijo- suelen tener historia. No pasan por la vida con más pena que gloria.
    "-La hermosura es quizá la riqueza más peligrosa -repliqué.
    "-No es sólo su belleza -insistió-. Hay algo más. Mírela de nuevo. A esa mujer han de sucederle cosas o sucederán por su causa. Como le digo, la vida no pasa de largo junto a una mujer así. Estoy seguro de que se verá rodeada de sucesos extraños y excitantes. Sólo hay que mirarla para comprenderlo.
    "Hizo una pausa y luego agregó con una sonrisa.
    "-Igual que sólo hay que mirar a esas dos mujeres de ahí, para saber que nada extraordinario puede sucederles a ninguna de ellas. Han nacido para llevar una existencia segura y tranquila.
    "Seguí su mirada. Las dos mujeres a las que se refería eran dos viajeras que acababan de llegar. Un buque holandés había entrado en el puerto aquella noche y sus pasajeros llegaban al hotel.
    "Al mirarlas comprendí en el acto lo que quiso decir mi amigo. Eran dos señoras inglesas, el tipo clásico de viajera inglesa que se encuentra en el extranjero. Las dos debían rayar los cuarenta años. Una era rubia y un poco... sólo un poco llenita. La otra era morena y un poco... también sólo un poco exageradamente delgada. Estaban lo que se ha dado en llamar bien conservadas: vestían trajes de buen corte poco ostentosos y no llevaban ninguna clase de maquillaje. Tenían la tranquila prestancia de la mujer inglesa, bien educada y de buena familia. Ninguna de las dos tenía nada de particular. Eran iguales a miles de sus compatriotas: verían lo que quisieran ver, asistidas por sus guías Baedeker, y estarían ciegas a todo lo demás. Acudirían a la biblioteca inglesa y a la iglesia anglicana en cualquier lugar donde se encontrasen, y era probable que una de las dos pintara de vez en cuando. Como mi amigo había dicho, nada excitante o extraordinario habría de ocurrirle nunca a ninguna de las dos por mucho que viajaran alrededor de medio mundo. Aparté mis ojos de ellas para mirar de nuevo a nuestra sensual española de provocativa mirada y sonreí."
    -¡Pobrecillas! -dijo Jane Helier con un suspiro-. Me parece estúpido que las personas no saquen el mayor partido posible de sí mismas. Esa mujer de Bond Street, Valentine, es realmente maravillosa. Audrey Denman es cliente suya, ¿y la han visto ustedes en La Pendiente? En el primer acto, en el papel de una colegiala está realmente maravillosa. Y sin embargo, Audrey tiene más de cincuenta años. En realidad, da la casualidad de que sé de muy buena tinta que anda muy cerca de los sesenta.
    -Continúe -dijo la señora Bantry al doctor Lloyd-. Me encantan las historias de sensuales bailarinas españolas. Me hacen olvidar lo gorda y vieja que soy.
    -Lo siento -dijo el doctor Lloyd a modo de disculpa-, pero, a decir verdad, mi historia no se refiere a la española.
    -¿No?
    -No. Como suele suceder, mi amigo estaba equivocado. A la belleza española no le ocurrió nada excitante. Se casó con un empleado de una compañía naviera y, cuando yo abandoné la isla, tenía ya cinco hijos y estaba engordando mucho.
    -Igual que la hija de Israel Peters -comentó la señorita Marple-. La que se hizo actriz y tenía unas piernas tan bonitas que no tardó en lograr el papel de protagonista. Todo el mundo decía que acabaría mal, pero se casó con un viajante de comercio y sentó la cabeza.
    -El paralelismo pueblerino -murmuró don Henry.
    -Efectivamente -continuó el médico-, mi historia se refiere a las dos damas inglesas.
    -¿Les ocurrió algo? -preguntó la señorita Helier.
    -Sí, y precisamente al día siguiente.
    -¿Sí? -dijo la señora Bantry intrigada.
    -Al salir aquella noche, sólo por curiosidad, miré el libro de registro del hotel y encontré sus nombres con facilidad. Eran la señora Mary Barton y la señorita Amy Durrant, de Little Paddocks, Caughton Weir, Bucks. Poco imaginaba entonces lo pronto que iba a encontrar de nuevo a las propietarias de aquellos nombres y en qué trágicas circunstancias.
    "Al día siguiente había planeado ir de excursión con unos amigos. Teníamos que atravesar la isla en automóvil, llevándonos la comida hasta un lugar llamado (apenas lo recuerdo, ¡ha pasado tanto tiempo!) Las Nieves, una bahía resguardada donde podíamos bañarnos si ése era nuestro deseo. Seguimos el programa tal como habíamos pensado, si exceptuamos el hecho de que salimos más tarde de lo previsto y nos detuvimos por el camino para comer, por lo que llegamos a Las Nieves a tiempo para bañarnos antes de la hora del té.
    "Al aproximarnos a la playa, percibimos en seguida una gran conmoción. Todos los habitantes del pequeño pueblecito parecían haberse reunido en la orilla y, en cuanto nos vieron, corrieron hacia el coche y empezaron a explicarnos lo ocurrido con gran excitación. Como nuestro español no era demasiado bueno, me costó bastante entenderlo, pero al fin lo logré.
    "Dos de esas chaladas inglesas habían ido allí a bañarse y una se alejó demasiado de la orilla y no pudo volver. La otra acudió en su auxilio para intentar traerla a la playa, pero le fallaron las fuerzas y se hubiera ahogado también de no ser porque un hombre salió en un bote y las recogió, aunque la primera estaba más allá de toda ayuda.
    "Tan pronto como supe lo que ocurría, aparté a la multitud y corrí hasta la playa. Al principio no reconocí a las dos mujeres. El traje de baño negro en que se enfundaba la figura rolliza y la apretada gorra de baño verde me impidieron reconocerla cuando alzó la cabeza mirándome con ansiedad. Estaba arrodillada junto al cuerpo de su amiga tratando de hacerle unos torpes remedos de respiración artificial. Cuando le dije que era médico lanzó un suspiro de alivio y yo le mandé que fuera en seguida a una de las casas a darse una buena fricción y a ponerse ropa seca. Una de las señoras que venía con nosotros la acompañó. Me puse a trabajar para devolver la vida a la ahogada, pero fue en vano. Era evidente que había dejado de existir y al fin tuve que darme por vencido.
    "Me reuní con los otros en la casita de un pescador, donde tuve que dar la mala noticia. La superviviente se había vestido ya y entonces la reconocí inmediatamente como una de las recién llegadas de la noche anterior. Recibió la mala nueva con bastante calma y era evidente que el horror de lo ocurrido la había impresionado más que cualquier otro sentimiento personal.
    "-Pobre Amy -decía-. Pobre, pobrecita Amy. Había deseado tanto poderse bañar aquí. Y era muy buena nadadora, no lo comprendo. ¿Qué cree usted que puede haber sido, doctor?
    "-Posiblemente un calambre. ¿Quiere contarme exactamente lo que ha ocurrido?
    "-Habíamos estado nadando las dos durante un rato, unos veinte minutos. Entonces dije que iba a salir ya, pero Amy quiso nadar un poco más. Luego la oí gritar y, al comprender que pedía ayuda, nadé hacia ella tan deprisa como pude. Cuando llegué a su lado aún flotaba, pero se agarró a mí con tanta fuerza que nos hundimos las dos. De no haber sido por ese hombre que se acercó con el bote, me hubiera ahogado yo también.
    "-Suele ocurrir muy a menudo -dije-. Salvar a una persona que se está ahogando no es tarea fácil.
    "-Es horrible -continuó la señorita Barton-. Llegamos ayer y estábamos encantadas con el sol y nuestras vacaciones. Y ahora ocurre esta horrible tragedia.
    "Le pedí los datos personales de la difunta, explicándole que haría cuanto pudiese por ella, pero que las autoridades españolas necesitarían disponer de cuanta información tuviera. Ella me dio todos los datos que pudo con presteza.
    "La fallecida era la señorita Amy Durrant, su señorita de compañía, que había entrado a su servicio cinco meses atrás. Se llevaban muy bien, pero la señorita Durrant le habló muy poco de su familia. Se había quedado huérfana desde muy tierna edad y fue educada por un tío, ganándose la vida desde los veintiún años."
    -Y eso fue todo -continuó el doctor.
    Hizo una pausa y volvió a decir, esta vez con cierta intención:
    -Y eso fue todo.
    -No lo comprendo -dijo Jane Helier-. ¿Es eso todo? Quiero decir que es muy trágico, pero no... bueno, no es precisamente lo que yo llamo espeluznante.
    -Yo creo que la historia no acaba ahí -intervino don Henry.
    -Sí -replicó el doctor Lloyd-, sí que continúa. Desde el principio me di cuenta de que había algo extraño. Desde luego interrogué a los pescadores sobre lo que habían visto. Ellos eran testigos presenciales. Y una de las mujeres me contó una historia bastante curiosa a la que entonces no presté atención, pero que recordé más tarde. Insistió en que la señorita Durrant no se encontraba en ningún apuro cuando gritó. La otra nadadora se había acercado a ella, según esta mujer, y deliberadamente le sumergió la cabeza debajo del agua. Como les digo, no le presté mucha atención. Era una historia fantástica y las cosas pueden verse de manera muy distinta desde la playa. Tal vez la señorita Barton había tratado de dejarla inconsciente al ver que la otra, presa del pánico, se agarraba a ella con desesperación y que podían ahogarse las dos. Y según la historia de aquella mujer española, parecía como... como si la señorita Barton hubiera intentado en aquel momento ahogar deliberadamente a su compañera.
    "Como les digo, presté poca atención a aquella historia por aquel entonces, pero más tarde acudió a mi memoria. Nuestra mayor dificultad fue averiguar algo de aquella mujer, Amy Durrant. Al parecer no tenía parientes. La señorita Barton y yo revisamos juntos sus cosas. Encontramos una dirección a la que escribimos, pero resultó ser la de una habitación que había alquilado para guardar algunas de sus pertenencias. La patrona nada sabía y sólo la vio al alquilarle la habitación. La señorita Durrant había comentado entonces que le gustaba tener un lugar al que poder llamar suyo y al que poder regresar en un momento dado. Había allí un par de muebles antiguos, algunos cuadros y un baúl lleno de esas cosas que se adquieren en las subastas, pero nada personal. Había mencionado a la patrona que sus padres habían muerto en la India cuando ella era una niña y que fue educada por un tío sacerdote, pero no dijo si era hermano de su padre o de su madre, de modo que el nombre no nos sirvió en absoluto de guía.
    "No es que fuese un caso precisamente misterioso, pero sí poco satisfactorio. Debe de haber muchas mujeres solas y orgullosas, en su misma posición. Entre sus cosas encontramos en Las Palmas un par de fotografías, bastante antiguas y desvaídas y que fueron recortadas para que cupieran en sus marcos respectivos, de modo que no constaba en ellas el nombre del fotógrafo, y también había un daguerrotipo antiguo que pudo haber sido de su madre o con más probabilidad de su abuela.
    "La señorita Barton tenía, según dijo, la dirección de dos personas que le dieron referencias suyas. Una la había olvidado, pero la otra logró recordarla tras algunos esfuerzos. Resultó ser la de una señora que ahora vivía en Australia. Se le escribió y su respuesta, que naturalmente tardó bastante en llegar, no sirvió de gran ayuda. Decía que la señorita Durrant había sido señorita de compañía suya por un determinado espacio de tiempo, cumpliendo su cometido del modo más eficiente, que era una mujer encantadora, pero nada sabía de sus asuntos particulares ni de sus parientes.
    "De modo que, como les digo, no era nada extraordinario en realidad, pero fueron las dos cosas juntas las que despertaron mis recelos. Aquella Amy Durrant de quien nadie sabía nada y la curiosa historia de la española que presenció la escena. Sí, y añadiré otra cosa: cuando me incliné por primera vez sobre el cuerpo de la ahogada y la señorita Barton se dirigía hacia las casetas de los pescadores, se volvió a mirar con una expresión en su rostro que sólo puedo calificar de intensa ansiedad, una especie de duda angustiosa que se me quedó grabada en la mente.
    "Entonces no me pareció extraño. Lo atribuí a la terrible pena que sentía por su amiga, pero más tarde comprendí que no era por eso. Entre ellas no existía relación alguna y por ello no podía sentir un hondo pesar. La señorita Barton apreciaba a Amy Durrant y su muerte la había sobresaltado, eso era todo.
    "Pero entonces, ¿a qué se debía aquella inmensa angustia? Ésa es la pregunta que me atormentaba. No me equivoqué al interpretar aquella mirada y, casi contra mi voluntad, una respuesta comenzó a tomar forma en mi mente. Supongamos que la historia de la mujer española fuese cierta. Supongamos que Mary Barton hubiera intentado ahogar a sangre fría a Amy Durrant. Consigue mantenerla bajo el agua mientras simula salvaría y es rescatada por un bote. Se encuentra en una playa solitaria, lejos de todas partes, y entonces aparezco yo, lo último que ella esperaba. ¡Un médico! ¡Y un médico inglés! Sabe muy bien que personas que han permanecido sumergidas en el agua más tiempo que Amy Durrant han vuelto a la vida gracias a la respiración artificial. Pero ella tiene que representar su papel y marcharse dejándome solo con su víctima. Y cuando se vuelve a mirar por última vez, una terrible angustia se refleja en su rostro. ¿Volverá a la vida Amy Durrant y contará lo que sabe?"
    -¡Oh! -exclamó Jane-. Estoy emocionada.
    -Desde este punto de vista, el caso parece más siniestro y la personalidad de Amy Durrant se hace más misteriosa. ¿Quién era Amy Durrant? ¿Por qué habría de ser ella, una insignificante señorita de compañía a quien se paga por su trabajo, asesinada por su ama? ¿Qué historia se escondía tras la fatal excursión a la playa? Había entrado al servicio de Mary Barton unos pocos meses antes. Ésta la lleva consigo al extranjero y, al día siguiente de su llegada, ocurre la tragedia. ¡Y ambas eran dos refinadas inglesas de lo más corriente! La sola idea resultaba fantástica y tuve que reconocer que me estaba dejando llevar por la imaginación.
    -Entonces, ¿no hizo nada? -preguntó la señorita Helier.
    -Mi querida jovencita, ¿qué podía hacer yo? No existían pruebas. La mayoría de los testigos refirieron la misma historia que la señorita Barton. Yo había basado mis sospechas en una mera expresión pasajera que bien pude haber imaginado. Lo único que podía hacer, y lo hice, era procurar que se continuasen las pesquisas para encontrar a los familiares de Amy Durrant. La siguiente vez que estuve en Inglaterra fui a ver a la patrona que le alquiló la habitación, con los resultados que ya les he referido.
    -Pero usted presentía que había algo extraño -dijo la señorita Marple.
    El doctor Lloyd asintió.
    -La mitad del tiempo me avergonzaba pensar así. ¿Quién era yo para sospechar que aquella dama inglesa simpática y de trato amable hubiera cometido un crimen a sangre fría? Hice cuanto me fue posible por mostrarme cortés con ella durante el corto espacio de tiempo que permaneció en la isla. La ayudé a entenderse con las autoridades españolas e hice todo lo que pude como inglés para ayudar a una compatriota en un país extranjero. No obstante tengo el convencimiento de que ella sabía que me desagradaba y que sospechaba de ella.
    -¿Cuánto tiempo permaneció allí? -preguntó la señorita Marple.
    -Creo que unos quince días. La señorita Durrant fue enterrada allí y, unos días después, la señorita Barton tomó un barco de regreso a Inglaterra. El golpe la había trastornado tanto que no se sentía capaz de pasar el invierno allí, como había planeado. Eso es lo que dijo.
    -¿Y parecía afectada? -quiso saber la señorita Marple.
    -Bueno, no creo que aquello la afectara personalmente -replicó el doctor con cierta reserva.
    -¿No engordaría por casualidad? -insistió la señorita Marple.
    -¿Sabe? Es curioso que diga eso. Ahora que lo pienso, creo que tiene razón. Sí, si en algo cambió, fue en que pareció engordar un poco.
    -Qué horrible -dijo Jane Helier con un estremecimiento-. Es como... como engordar con la sangre de la propia víctima.
    -Y a pesar de todo, en cierto modo, no podía dejar de sentir que tal vez la estaba haciendo víctima de una injusticia -prosiguió el doctor Lloyd-. Sin embargo, antes de marcharse me dijo algo que parecía indicar lo contrario. Debe de haber, y yo creo que las hay, conciencias que obran muy lentamente y que tardan algún tiempo en despertar de la monstruosidad del delito cometido.
    "Fue la noche antes de que partiera de las Canarias. Me había pedido que fuera a verla y me agradeció calurosamente todo lo que había hecho por ella. Yo, como es de suponer, quité importancia al asunto diciéndole que había hecho únicamente lo normal dadas las circunstancias, etc. etc. Después hubo una pausa y, de pronto, me hizo una pregunta.
    "-¿Usted cree -me dijo- que alguna vez puede estar justificado tomarse la justicia por propia mano?
    "Le respondí que era una pregunta difícil de contestar, pero que en principio yo pensaba que no, que la ley era la ley y que debíamos someternos a ella.
    "-¿Incluso cuando es impotente?
    "-No la comprendo.
    "-Es difícil de explicar, pero uno puede hacer algo que esté considerado como completamente equivocado, que sea considerado incluso un crimen, por una razón buena y justificada.
    "Le repliqué secamente que algunos criminales habían pensado eso al cometer sus crímenes y se horrorizó.
    "-Pero eso es horrible -murmuró-, horrible.
    "Y luego, cambiando de tono, me pidió que le diera algo que la ayudara a dormir, ya que no había podido hacerlo últimamente desde... desde que sufrió aquel terrible golpe.
    "-¿Está segura de que es eso? ¿No le ocurre nada? ¿No hay algo que torture su mente?
    "-¿Qué supone usted que puede torturar mi mente? -me contestó furiosa y con recelo.
    "-Las preocupaciones son muchas veces la causa del insomnio -dije sin darle importancia.
    "Pareció reflexionar unos momentos.
    "-¿Se refiere a las preocupaciones del porvenir o a las del pasado que ya no tienen remedio?
    "-A cualquiera de ellas.
    "-Sería inútil preocuparse por el pasado. No puede volver... ¡Oh!, ¿de qué sirve? No debemos pensar más, no se debe pensar en ello.
    "Le receté un somnífero y me despedí. Cuando me iba pensé en lo que acababa de decirme. «No puede volver...» ¿Qué? ¿O quién?
    "Creo que esta última entrevista me predispuso en cierto modo para lo que iba a suceder después. Yo no lo esperaba, por supuesto, pero cuando ocurrió no me sorprendí. Porque Mary Barton me había dado la impresión de ser una mujer consciente, no una débil pecadora, sino una mujer de convicciones firmes, que actuaría según ellas y que no cejaría mientras siguiera creyendo en ellas. Imaginé que durante nuestra última conversación empezó a dudar de sus propias convicciones. Sus palabras me hicieron creer que empezaba a sentir la comezón de ese terrible hostigador del alma: el remordimiento.
    "Lo siguiente sucedió en Cornualles, en un pequeño balneario bastante desierto en aquella época del año. Debía ser, veamos, a finales de marzo, y lo leí en los periódicos. Una señora se había hospedado en un pequeño hotel de aquella localidad, una tal la señorita Barton, cuyo comportamiento fue muy extraño, cosa que fue observada por todos. Por la noche paseaba de un lado a otro de su habitación, hablando sola y sin dejar dormir a las personas de los dormitorios contiguos al suyo. Un día llamó al vicario y le dijo que tenía que comunicarle algo de la mayor importancia y que había cometido un crimen. Y luego, en vez de continuar, se puso en pie violentamente diciéndole que ya regresaría otro día. El vicario la consideró una perturbada mental y no tomó en serio su grave auto acusación.
    "A la mañana siguiente se descubrió que había desaparecido de su habitación, donde había dejado una nota dirigida al coronel y que decía lo siguiente:
    Ayer intenté hablar con el vicario para confesarme, pero no pude. Ella no me deja. Sólo puedo remediarlo de una manera: dando mi vida por la suya, y debo perderla del mismo modo que ella. Yo también debo ahogarme en el mar. Creí que lo hacía justificadamente. Ahora comprendo que no era así. Si quiero obtener el perdón de Amy debo ir con ella. No se culpe a nadie de mi muerte.
    MARY BARTON

    "Sus ropas fueron encontradas en una cueva cercana a la playa. Al parecer se había desnudado allí y nadado resueltamente mar adentro, donde la corriente era peligrosa ya que la arrastraría a los acantilados.
    "El cadáver no fue recuperado, pero al cabo de un tiempo se la dio por muerta. Era una mujer rica, resultó tener más de cien mil libras. Puesto que murió sin hacer testamento, todo fue a parar a manos de sus parientes más próximos, unos primos que vivían en Australia. Los periódicos hicieron alguna discreta alusión a la tragedia ocurrida en las Islas Canarias y expusieron la teoría de que la muerte de la señorita Durrant había trastornado la razón de su amiga. En la encuesta judicial se pronunció el acostumbrado veredicto de «suicidio cometido en un ataque de locura».
    "Y de este modo cayó el telón sobre la tragedia de Amy Durrant y Mary Barton."
    Hubo una larga pausa y luego Jane Helier dijo con expresión agitada:
    -Oh, pero no debe detenerse ahí, precisamente en el momento más interesante. Continúe.
    -Pero comprenda, señorita Helier, esto no es un folletín, sino la vida real, y en la vida real las cosas se detienen inesperadamente.
    -Pero yo no quiero que se detengan -dijo Jane-, quiero saber.
    -Ahora es cuando debe hacer uso de su inteligencia, señorita Helier -explicó don Henry-. ¿Por qué asesinó Mary Barton a su señorita de compañía? Ése es el problema que nos ha planteado el doctor Lloyd.
    -Oh, bueno -replicó la aludida-, pudo ser asesinada por muchísimas razones. Quiero decir... oh, no lo sé. Tal vez se saliera de sus casillas o tuviera celos, aunque el doctor Lloyd no haya mencionado a ningún hombre, pero es posible que durante el viaje en barco... bueno, ya sabe usted lo que dice todo el mundo de los cruceros y los viajes por mar.
    La señorita Helier se detuvo por falta de aliento, mientras todo su auditorio pensaba que el exterior de su encantadora cabeza superaba en mucho a lo que tenía dentro.
    -A mí me gustaría hacer mil sugerencias -dijo la señora Bantry-, pero supongo que debo limitarme a una. Yo creo que el padre de la señorita Barton haría fortuna arruinando al de Amy Durrant y Amy determinó vengarse. ¡Oh, no! Tendría que haber sido al revés. ¡Qué fastidio! ¿Por qué la rica dama asesinó a su humilde señorita de compañía? Ya lo tengo. La señorita Barton tenía un hermano menor que se enamoró perdidamente de Amy Durrant. La señorita Barton espera su oportunidad. Cuando Amy sale al mundo, la toma como señorita de compañía y la lleva a Canarias para llevar a cabo su venganza. ¿Qué tal?
    -Excelente -dijo don Henry-. Sólo que ignoramos que la señorita Barton tuviera un hermano.
    -Eso lo he deducido -replicó la señora Bantry-. A menos que tuviera un hermano menor, no veo el motivo. De modo que debía tener uno. ¿No lo ve usted así, Watson?
    -Todo esto está muy bien, Dolly -dijo su esposo-, pero es solo una mera conjetura.
    -Claro -respondió la señora Bantry-. Es todo lo que podemos hacer, conjeturar. No tenemos la menor pista. Adelante, querido, ahora te toca a ti.
    -Les doy mi palabra de que no sé qué decir, pero creo que es acertada la sugerencia de la señorita Helier acerca de que debía haber un hombre de por medio. Mira, Dolly, seguramente debía ser un párroco. Por un decir, las dos le tejen una capa a medida, pero él acepta la de la señorita Durrant primero. Puedes estar segura de que tuvo que ser algo así. Es muy significativo que al final acudiera también a un párroco, ¿no? Ese tipo de mujeres siempre pierden la cabeza por los párrocos bien parecidos. Se oyen casos continuamente.
    -Creo que debemos tratar de encontrar una explicación un poco más plausible -dijo don Henry-, aunque admito que también es sólo una conjetura. Yo sugiero que la señorita Barton fue siempre una desequilibrada mental. Hay muchos más casos así de los que pueden imaginar. Su manía fue agudizándose y empezó a creer que su obligación era librar al mundo de ciertas personas, posiblemente de las «mujeres desgraciadas». No sabemos gran cosa del pasado de la señorita Durrant. De modo que es muy posible que tuviera un pasado «desgraciado». La señorita Barton lo averigua y decide exterminarla. Más tarde, su crimen empieza a preocuparle y se siente abrumada por los remordimientos. Su fin demuestra que estaba completamente desequilibrada. Ahora dígame si está de acuerdo conmigo, señorita Marple.
    -Me temo que no, don Henry -replicó la señorita Marple sonriendo para disculparse-. Creo que su final demuestra que había sido una mujer inteligente y resuelta.
    Jane Helier la interrumpió lanzando un grito.
    -¡Oh! ¡Qué tonta he sido! ¿Puedo probar otra vez? Claro que debió ser eso. ¡Chantaje! La señorita de compañía le estaba haciendo victima de su chantaje. Sólo que no comprendo por qué dice la señorita Marple que fue una mujer inteligente por el hecho de que se suicidara. No lo comprendo en absoluto.
    -¡Ah! -exclamó don Henry-. Seguro que la señorita Marple conoce un caso exactamente igual ocurrido en St. Mary Mead.
    -Usted siempre se burla de mí, don Henry -contestó la señorita Marple con tono de reproche-. Debo confesar que me recuerda un poco, sólo un poco, a la anciana Trout. Cobró las pensiones de tres ancianas fallecidas en distintas parroquias.
    -Me parece un crimen muy complicado y muy provechoso -dijo don Henry-, pero no veo que arroje ninguna luz sobre el problema que nos ocupa.
    -Claro que no -replicó la señorita Marple-. Usted no, pero algunas de las familias eran muy pobres y la pensión de las ancianas representaba mucho para los niños. Sé que es difícil de entender para los extraños, pero lo que quiero hacer resaltar es que el fraude se apoyaba en el hecho de que una anciana se parece mucho a cualquier otra.
    -¿Cómo? -preguntó don Henry intrigado.
    -Siempre me explico mal. Lo que quiero decir es que, cuando el doctor Lloyd describió a esas dos señoras, no sabía quién era quién y supongo que tampoco lo sabía nadie del hotel. Desde luego, lo hubieran sabido al cabo de uno o dos días, pero al día siguiente una de las dos pereció ahogada y si la superviviente dijo que era la señorita Barton, no creo que a nadie se le ocurriera dudarlo.
    -Usted cree... ¡Oh! Ya comprendo -dijo don Henry despacio.
    -Es lo único que tendría un poco de sentido. Nuestra querida señora Bantry ha llegado a la misma conclusión hace tan solo unos momentos. ¿Por qué habría de matar una mujer rica a su humilde acompañante? Es mucho más lógico que fuera lo contrario. Quiero decir que es así como suelen suceder las cosas.
    -¿Sí? -comentó don Henry-. Me sorprende usted.
    -Pero claro -prosiguió la señorita Marple-, luego tuvo que usar la ropa de la señorita Barton, que probablemente debía quedarle un tanto estrecha, por lo que daría la impresión de haber engordado un poco. Por eso hice esa pregunta. Un caballero seguramente pensaría que estaba aumentando de peso y no que la ropa le quedaba pequeña, aunque no sea éste el modo correcto de explicarlo.
    -Pero si Amy Durrant asesinó a la señorita Barton, ¿qué ganaba con ello? -quiso saber la señorita Bantry-. No podía mantener la ficción indefinidamente.
    -Sólo la mantuvo por espacio de un mes aproximadamente -indicó la señorita Marple-. Y durante este tiempo supongo que viajaría, manteniéndose alejada de todo el que pudiera conocerla. Eso es lo que quise dar a entender al decir que una mujer de cierta edad resultaba muy parecida a cualquier otra. No creo siquiera que notaran que la fotografía del pasaporte era distinta, ya saben ustedes lo malas que son. Y luego, en marzo, se marchó a ese balneario de Cornualles donde comenzó a actuar de un modo extraño, a atraer la atención de la gente para que cuando encontrasen sus ropas en la playa y leyeran su última carta no repararan en lo obvio.
    -¿Que era? -preguntó don Henry.
    -Que no había cuerpo -replicó la señorita Marple-. Eso es lo que hubiera saltado más a la vista de no ser por la cantidad de pistas falsas puestas para apartarlos de la verdadera pista, incluyendo el detalle de la comedia del arrepentimiento: No había cuerpo, ése era el hecho más importante.
    -¿Quiere usted decir...? -preguntó la señorita Bantry-. ¿Quiere decir que no hubo tal arrepentimiento? ¿Y que... que no se ahogó?
    -¡Ella no! -replicó la señorita Marple-. Igual que la señora Trout. Ella también supo preparar muchas pistas falsas, pero no había contado conmigo. Yo sé ver a través del fingido remordimiento de la señorita Barton. ¿Ahogada ella? Se marchó a Australia y no temo equivocarme.
    -No se equivoca, señorita Marple -dijo el doctor Lloyd-. Tiene razón. Otra vez me deja usted sorprendido. Vaya, aquel día en Melbourne casi me caigo redondo de la impresión.
    -¿Era eso a lo que se refería usted al hablar de una coincidencia?
    El doctor Lloyd asintió.
    -Sí, tuvo muy mala suerte la señorita Barton o la señorita Amy Durrant o como quieran llamarla. Durante algún tiempo fui médico de un barco y, al desembarcar en Melbourne, la primera persona que vi cuando paseaba por allí fue a la señora que yo creía que se había ahogado en Cornualles. Ella comprendió que su juego estaba descubierto por lo que a mí se refería e hizo lo más osado que se le ocurrió, convertirme en su confidente. Era una mujer extraña, desprovista de toda moral. Era la mayor de nueve hermanos, todos muy pobres. En una ocasión pidieron ayuda a su prima rica, que vivía en Inglaterra, pero fueron rechazados y la señorita Barton se peleó con su padre. Necesitaban dinero desesperadamente, ya que los tres niños más pequeños estaban delicados y necesitaban un costoso tratamiento médico. Parece ser que entonces Amy Barton planeó su crimen a sangre fría. Se marchó a Inglaterra, ganándose el pasaje como niñera, y obtuvo su empleo de señorita de compañía de la señorita Barton haciéndose llamar Amy Durrant. Alquiló una habitación en la que puso algunos muebles para crearse una cierta personalidad. El plan del ahogamiento fue una inspiración repentina. Había estado esperando que se le presentara alguna oportunidad. Después de representar la escena final del drama, regresó a Australia y, a su debido tiempo, ella y sus hermanos heredaron todo el dinero de la señorita Barton como parientes más próximos.
    -Un crimen osado y perfecto -dijo don Henry-. Casi el crimen perfecto. De haber sido la señorita Barton quien muriera en las Canarias, las sospechas hubieran recaído en Amy Durrant y se hubiese descubierto su parentesco con la familia Barton. Pero el cambio de identidad y el doble crimen, como podemos llamarlo, evitó esa posibilidad. Sí, casi fue un crimen perfecto.
    -¿Qué fue de ella? -preguntó la señora Bantry-. ¿Cómo actuó en el asunto, doctor Lloyd?
    -Me encontraba en una posición muy curiosa, señora Bantry. Pruebas, tal como las entiende la ley, tenía muy pocas todavía. Y también, como médico, me di cuenta de que, a pesar de su aspecto vigoroso y robusto, aquella mujer no iba a vivir mucho. La acompañé a su casa y conocí al resto de los hermanos, una familia encantadora que adoraba a su hermana mayor, completamente ajenos al crimen que había cometido. ¿Por qué llenarlos de pena si no podía probar nada? La confesión de aquella mujer no fue oída por nadie más que por mí y dejé que la naturaleza siguiera su curso. La señorita Amy Barton falleció seis meses después de mi último encuentro con ella. Y a menudo me he preguntado si vivió alegre y sin arrepentimiento hasta que le llegó su fin.
    -Seguramente no -dijo la señora Bantry.
    -Yo creo que sí -dijo la señorita Marple-. Como la señora Trout.
    Jane Helier se estremeció.
    -Vaya -dijo-, es muy emocionante. Aunque aún no entiendo quién ahogó a quién y qué tiene que ver esa señora Trout con todo eso.
    -No tiene nada que ver, querida -replicó la señorita Marple-. Fue sólo una persona, y no precisamente agradable, que vivía en el pueblo.
    -¡Oh! -exclamó Jane-. En el pueblo. Pero si en los pueblos nunca ocurre nada, ¿no es cierto? -suspiró-. Estoy segura de que si viviera en un pueblo sería tonta de remate.
    FIN
     
  13. sandybell

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    Nido de avispas

    Agatha Christie

    John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo. Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire.
    Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba.
    -¡Qué alegría! -exclamó Harrison-. ¡Si es monsieur Poirot!
    En efecto, allí estaba Hércules Poirot, el sagaz detective.
    -¡Yo en persona. En cierta ocasión me dijo: "Si alguna vez se pierde en aquella parte del mundo, venga a verme." Acepté su invitación, ¿lo recuerda?
    -¡Me siento encantado -aseguró Harrison sinceramente-. Siéntese y beba algo.
    Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico, donde había diversas botellas.
    -Gracias -repuso Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre-. ¿Por casualidad no tiene jarabe? No, ya veo que no. Bien, sírvame un poco de soda, por favor whisky no -su voz se hizo plañidera mientras le servían-. ¡Cáspita, mis bigotes están lacios! Debe de ser el calor.
    -¿Qué le trae a este tranquilo lugar? -preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón-. ¿Es un viaje de placer?
    -No, mon ami; negocios.
    -¿Negocios? ¿En este apartado rincón?
    Poirot asintió gravemente.
    -Sí, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas.
    Harrison se rió.
    -Imagino que fui algo simple. ¿Qué clase de delito investiga usted por aquí? Bueno, si puedo preguntar.
    -Claro que sí. No sólo me gusta, sino que también le agradezco sus preguntas.
    Los ojos de Harrison reflejaban curiosidad. La actitud de su visitante denotaba que le traía allí un asunto de importancia.
    -¿Dice que se trata de un delito? ¿Un delito grave?
    -Uno de los más graves delitos.
    -¿Acaso un ...?
    -Asesinato -completó Poirot.
    Tanto énfasis puso en la palabra que Harrison se sintió sobrecogido. Y por si esto fuera poco las pupilas del detective permanecían tan fijamente clavadas en él, que el aturdimiento lo invadió. Al fin pudo articular:
    -No sé que haya ocurrido ningún asesinato aquí.
    -No -dijo Poirot-. No es posible que lo sepa.
    -¿Quién es?
    -De momento, nadie.
    -¿Qué?
    -Ya le he dicho que no es posible que lo sepa. Investigo un crimen aún no ejecutado.
    -Veamos, eso suena a tontería.
    -En absoluto. Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después. Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse.
    Harrison lo miró incrédulo.
    -¿Habla usted en serio, monsieur Poirot?
    -Sí, hablo en serio.
    -¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo!
    Hércules Poirot, sin hacer caso de la observación, dijo:
    -A menos que usted y yo podamos evitarlo. Sí, mon ami.
    -¿Usted y yo?
    -Usted y yo. Necesitaré su cooperación.
    -¿Esa es la razón de su visita?
    Los ojos de Poirot le transmitieron inquietud.
    -Vine, monsieur Harrison, porque ... me agrada usted -y con voz más despreocupada añadió-: Veo que hay un nido de avispas en su jardín. ¿Por qué no lo destruye?
    El cambio de tema hizo que Harrison frunciera el ceño. Siguió la mirada de Poirot y dijo:
    -Pensaba hacerlo. Mejor dicho, lo hará el joven Langton. ¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la cena en que nos conocimos usted y yo. Viene esta noche expresamente a destruir el nido.
    -¡Ah! -exclamó Poirot-. ¿Y cómo piensa hacerlo?
    -Con petróleo rociado con un inyector de jardín. Traerá el suyo que es más adecuado que el mío.
    -Hay otro sistema, ¿no? -preguntó Poirot-. Por ejemplo, cianuro de potasio.
    Harrison alzó la vista sorprendido.
    -¡Es peligroso! Se corre el riesgo de su fijación en la plantas.
    Poirot asintió.
    -Sí; es un veneno mortal -guardó silencio un minuto y repitió-: Un veneno mortal.
    -Útil para desembarazarse de la suegra, ¿verdad? -se rió Harrison. Hércules Poirot permaneció serio.
    -¿Está completamente seguro, monsieur Harrison, de que Langton destruirá el avispero con petróleo?
    -¡Segurísimo. ¿Por qué?
    -¡Simple curiosidad. Estuve en la farmacia de Bachester esta tarde, y mi compra exigió que firmase en el libro de venenos. La última venta era cianuro de potasio, adquirido por Claude Langton.
    Harrison enarcó las cejas.
    -¡Qué raro! Langton se opuso el otro día a que empleásemos esa sustancia. Según su parecer, no debería venderse para este fin.
    Poirot miró por encima de las rosas. Su voz fue muy queda al preguntar:
    -¿Le gusta Langton?
    La pregunta cogió por sorpresa a Harrison, que acusó su efecto.
    -¡Qué quiere que le diga! Pues sí, me gusta ¿Por qué no ha de gustarme?
    -Mera divagación -repuso Poirot-. ¿Y usted es de su gusto?
    Ante el silencio de su anfitrión, repitió la pregunta.
    -¿Puede decirme si usted es de su gusto?
    -¿Qué se propone, monsieur Poirot? No termino de comprender su pensamiento.
    -Le seré franco. Tiene usted relaciones y piensa casarse, monsieur Harrison. Conozco a la señorita Moly Deane. Es una joven encantadora y muy bonita. Antes estuvo prometida a Claude Langton, a quien dejó por usted.
    Harrison asintió con la cabeza.
    -Yo no pregunto cuáles fueron las razones; quizás estén justificadas, pero ¿no le parece justificada también cualquier duda en cuanto a que Langton haya olvidado o perdonado?
    -Se equivoca, monsieur Poirot. Le aseguro que está equivocado. Langton es un deportista y ha reaccionado como un caballero. Ha sido sorprendentemente honrado conmigo, y, no con mucho, no ha dejado de mostrarme aprecio.
    -¿Y no le parece eso poco normal? Utiliza usted la palabra "sorprendente" y, sin embargo, no demuestra hallarse sorprendido.
    -No lo comprendo, monsieur Poirot.
    La voz del detective acusó un nuevo matiz al responder:
    -Quiero decir que un hombre puede ocultar su odio hasta que llegue el momento adecuado.
    -¿Odio? -Harrison sacudió la cabeza y se rió.
    -Los ingleses son muy estúpidos -dijo Poirot-. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañarlos a ellos. El deportista, el caballero, es un Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio, piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca.
    -Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton -exclamó Harrison-. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado.
    Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie.
    -¿Está usted loco, monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca.
    -La vida de una mosca no es asunto mío -repuso Poirot plácidamente-. No obstante, usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas.
    Harrison no replicó, y el detective, puesto en pie a su vez, colocó una mano sobre el hombro de su amigo, y lo zarandeó como si quisiera despertarlo de un mal sueño.
    -¡Espabílese, amigo, espabílese! Mire aquel hueco en el tronco del árbol. Las avispas regresan confiadas a su nido después de haber volado todo el día en busca de su alimento. Dentro de una hora habrán sido destruidas, y ellas lo ignoran, porque nadie les advierte. De hecho carecen de un Hércules Poirot. Monsieur Harrison, le repito que vine en plan de negocios. El crimen es mi negocio, y me incumbe antes de cometerse y después. ¿A qué hora vendrá monsieur Langton a eliminar el nido de avispas?
    -Langton jamás...
    -¿A qué hora? -lo atajó.
    -A las nueve. Pero le repito que está equivocado. Langton jamás...
    -¡Estos ingleses! -volvió a interrumpirlo Poirot.
    Recogió su sombrero y su bastón y se encaminó al sendero, deteniéndose para decir por encima del hombro.
    -No me quedo para no discutir con usted; sólo me enfurecería. Pero entérese bien: regresaré a las nueve.
    Harrison abrió la boca y Poirot gritó antes de que dijese una sola palabra:
    -Sé lo que va a decirme: "Langton jamás...", etcétera. ¡Me aburre su "Langton jamás"! No lo olvide, regresaré a las nueve. Estoy seguro de que me divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. ¡Otro de los deportes ingleses!
    No esperó la reacción de Harrison y se fue presuroso por el sendero hasta la verja. Ya en el exterior, caminó pausadamente, y su rostro se volvió grave y preocupado. Sacó el reloj del bolsillo y los consultó. Las manecillas marcaban las ocho y diez.
    -Unos tres cuartos de hora -murmuró-. Quizá hubiera sido mejor aguardar en la casa.
    Sus pasos se hicieron más lentos, como si una fuerza irresistible lo invitase a regresar. Era un extraño presentimiento, que, decidido, se sacudió antes de seguir hacia el pueblo. No obstante, la preocupación se reflejaba en su rostro y una o dos veces movió la cabeza, signo inequívoco de la escasa satisfacción que le producía su acto.

    Minutos antes de las nueve, se encontraba de nuevo frente a la verja del jardín. Era una noche clara y la brisa apenas movía las ramas de los árboles. La quietud imperante rezumaba un algo siniestro, parecido a la calma que antecede a la tempestad.
    Repentinamente alarmado, Poirot apresuró el paso, como si un sexto sentido lo pusiese sobre aviso. De pronto, se abrió la puerta de la verja y Claude Langton, presuroso, salió a la carretera. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot.
    -¡Ah...! ¡Oh...! Buenas noches.
    -Buenas noches, monsieur Langton. ¿Ha terminado usted?
    El joven lo miró inquisitivo.
    -Ignoro a qué se refiere -dijo.
    -¿Ha destruido ya el nido de avispas?
    -No.
    -¡Oh! -exclamó Poirot como si sufriera un desencanto-. ¿No lo ha destruido? ¿Qué hizo usted, pues?
    -He charlado con mi amigo Harrison. Tengo prisa, monsieur Poirot. Ignoraba que vendría a este solitario rincón del mundo.
    -Me traen asuntos profesionales.
    -Hallará a Harrison en la terraza. Lamento no detenerme.
    Langton se fue y Poirot lo siguió con la mirada. Era un joven nervioso, de labios finos y bien parecido.
    -Dice que encontraré a Harrison en la terraza -murmuró Poirot-. ¡Veamos!
    Penetró en el jardín y siguió por el sendero. Harrison se hallaba sentado en una silla junto a la mesa. Permanecía inmóvil, y no volvió la cabeza al oír a Poirot.
    -¡Ah, mon ami! -exclamó éste-. ¿Cómo se encuentra?
    Después de una larga pausa, Harrison, con voz extrañamente fría, inquirió:
    -¿Qué ha dicho?
    -Le he preguntado cómo se encuentra.
    -Bien. Sí; estoy bien. ¿Por qué no?
    -¿No siente ningún malestar? Eso es bueno.
    -¿Malestar? ¿Por qué?
    -Por el carbonato sódico.
    Harrison alzó la cabeza.
    -¿Carbonato sódico? ¿Qué significa eso?
    Poirot se excusó.
    -Siento mucho haber obrado sin su consentimiento, pero me vi obligado a ponerle un poco en uno de sus bolsillos.
    -¿Que puso usted un poco en uno de mis bolsillos? ¿Por qué diablos hizo eso?
    Poirot se expresó con esa cadencia impersonal de los conferenciantes que hablan a los niños.
    -Una de las ventajas o desventajas del detective radica en su conocimiento de los bajos fondos de la sociedad. Allí se aprenden cosas muy interesantes y curiosas. Cierta vez me interesé por un simple ratero que no había cometido el hurto que se le imputaba, y logré demostrar su inocencia. El hombre, agradecido, me pagó enseñándome los viejos trucos de su profesión. Eso me permite ahora hurgar en el bolsillo de cualquiera con solo escoger el momento oportuno. Para ello basta poner una mano sobre su hombro y simular un estado de excitación. Así logré sacar el contenido de su bolsillo derecho y dejar a cambio un poco de carbonato sódico. Compréndalo. Si un hombre desea poner rápidamente un veneno en su propio vaso, sin ser visto, es natural que lo lleve en el bolsillo derecho de la americana.
    Poirot se sacó de uno de sus bolsillos algunos cristales blancos y aterronados.
    -Es muy peligroso -murmuró- llevarlos sueltos.
    Curiosamente y sin precipitarse, extrajo de otro bolsillo un frasco de boca ancha. Deslizó en su interior los cristales, se acercó a la mesa y vertió agua en el frasco. Una vez tapado lo agitó hasta disolver los cristales. Harrison los miraba fascinado.
    Poirot se encaminó al avispero, destapó el frasco y roció con la solución el nido. Retrocedió un par de pasos y se quedó allí a la expectativa. Algunas avispas se estremecieron un poco antes de quedarse quietas. Otras treparon por el tronco del árbol hasta caer muertas. Poirot sacudió la cabeza y regresó al pórtico.
    -Una muerte muy rápida -dijo.
    Harrison pareció encontrar su voz.
    -¿Qué sabe usted?
    -Como le dije, vi el nombre de Claude Langton en el registro. Pero no le conté lo que siguió inmediatamente después. Lo encontré al salir a la calle y me explicó que había comprado cianuro de potasio a petición de usted para destruir el nido de avispas. Eso me pareció algo raro, amigo mío, pues recuerdo que en aquella cena a que hice referencia antes, usted expuso su punto de vista sobre el mayor mérito de la gasolina para estas cosas, y denunció el empleo de cianuro como peligroso e innecesario.
    -Siga.
    -Sé algo más. Vi a Claude Langton y a Molly Deane cuando ellos se creían libres de ojos indiscretos. Ignoro la causa de la ruptura de enamorados que llegó a separarlos, poniendo a Molly en los brazos de usted, pero comprendí que los malos entendidos habían acabado entre la pareja y que la señorita Deane volvía a su antiguo amor.
    -Siga.
    -Nada más. Salvo que me encontraba en Harley el otro día y vi salir a usted del consultorio de cierto doctor, amigo mío. La expresión de usted me dijo la clase de enfermedad que padece y su gravedad. Es una expresión muy peculiar, que sólo he observado un par de veces en mi vida, pero inconfundible. Ella refleja el conocimiento de la propia sentencia de muerte. ¿Tengo razón o no?
    -Sí. Sólo dos meses de vida. Eso me dijo.
    -Usted no me vio, amigo mío, pues tenía otras cosas en qué pensar. Pero advertí algo más en su rostro; advertí esa cosa que los hombres tratan de ocultar, y de la cual le hablé antes. Odio, amigo mío. No se moleste en negarlo.
    -Siga -apremió Harrison.
    -No hay mucho más que decir. Por pura casualidad vi el nombre de Langton en el libro de registro de venenos. Lo demás ya lo sabe. Usted me negó que Langton fuera a emplear el cianuro, e incluso se mostró sorprendido de que lo hubiera adquirido. Mi visita no le fue particularmente grata al principio, si bien muy pronto la halló conveniente y alentó mis sospechas. Langton me dijo que vendría a las ocho y media. Usted que a las nueve. Sin duda pensó que a esa hora me encontraría con el hecho consumado.
    -¿Por qué vino? -gritó Harrison-. ¡Ojalá no hubiera venido!
    -Se lo dije. El asesinato es asunto de mi incumbencia.
    -¿Asesinato? ¡Suicidio querrá decir!
    -No -la voz de Poirot sonó claramente aguda-. Quiero decir asesinato. Su muerte seria rápida y fácil, pero la que planeaba para Langton era la peor muerte que un hombre puede sufrir. Él compra el veneno, viene a verlo y los dos permanecen solos. Usted muere de repente y se encuentra cianuro en su vaso. ¡A Claude Langton lo cuelgan! Ese era su plan.
    Harrison gimió al repetir:
    -¿Por qué vino? ¡Ojalá no hubiera venido!
    -Ya se lo he dicho. No obstante, hay otro motivo. Lo aprecio monsieur Harrison. Escuche, mon ami; usted es un moribundo y ha perdido la joven que amaba; pero no es un asesino. Dígame la verdad: ¿Se alegra o lamenta ahora de que yo viniese?
    Tras una larga pausa, Harrison se animó. Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha logrado salvar su propia alma. Tendió la mano por encima de la mesa y dijo:
    -Fue una suerte que viniera usted.
    FIN
     
  14. sandybell

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Tragedia navideña

    Agatha Christie

    -Debo presentar una queja -dijo don Henry Clithering, mientras sus ojos chispeantes contemplaban a los reunidos. El coronel Bantry, con las piernas estiradas, tenía el entrecejo fruncido y los ojos fijos en la repisa de la chimenea, como si fuera un soldado culpable, mientras su esposa hojeaba recelosa un catálogo de bulbos que acababa de llegarle en el último correo. El doctor Lloyd observaba con franca admiración a Jane Helier, y la joven y hermosa actriz sus uñas rojas. Sólo aquella anciana solterona, la señorita Marple, estaba sentada muy erguida y sus ojos azules se encontraron con los de don Henry con un guiño interrogador:
    -¿Una queja?
    -Unas queja muy seria. Nos hallamos reunidos seis personas, tres representantes de cada sexo, y yo protesto en nombre de los caballeros. Esta noche hemos contado tres historias, una cada uno de nosotros. Protesto porque las señoras no cumplen con su parte.
    -¡Oh! -exclamó la señora Bantry indignada-. Estoy segura de que hemos cumplido. Hemos escuchado con toda atención, adoptando la actitud más femenina, la de no querer exhibirnos ante las candilejas.
    -Es una excusa excelente -replicó don Henry-, pero no sirve. ¡Y eso que tiene un buen precedente en Las mil y una noches! De modo que adelante, Scherezade.
    -¿Se refiere a mí? -preguntó la señora Bantry-. ¡Pero si yo no tengo nada que contar! Nunca me he visto rodeada de sangre ni de misterios.
    -No ha de tratarse necesariamente de un crimen sangriento -dijo don Henry-. Pero estoy seguro de que una de nuestras tres damas tiene algún misterio pequeñito. Vamos, señorita Marple, cuéntenos “La extraña coincidencia de la asistenta”, o “El misterio de la reunión de madres”. No me decepcione usted en St. Mary Mead.
    La señorita Marple meneó la cabeza.
    -Nada que pudiera interesarle, don Henry. Tenemos nuestros pequeños misterios, por supuesto: un kilo de camarones que desapareció de la manera más incomprensible, pero eso no puede interesarle porque resultó ser muy trivial, aunque arrojara mucha luz acerca de la naturaleza humana.
    -Usted me ha enseñado a creer en la naturaleza humana -replicó don Henry en tono solemne.
    -¿Y qué nos cuenta usted, señorita Helier? -le preguntó el coronel Bantry-. Debe de haber tenido algunas experiencias interesantes.
    -Sí, desde luego -intervino el doctor Lloyd.
    -¿Yo? -dijo Jane-. ¿Es que... es que quieren que les cuente algo que me haya ocurrido?
    -A usted o a alguno de sus amigos -rectificó decididamente don Henry.
    -¡Oh! -dijo Jane con aire ausente-. No creo que nunca me haya ocurrido nada. Me refiero a nada parecido. He recibido muchas flores, por supuesto, y extraños mensajes, pero eso es propio de los hombres, ¿no les parece? No creo... -y haciendo una pausa se quedó absorta en sus recuerdos.
    -Veo que tendremos que resignarnos al relato del kilo de camarones -dijo don Henry-. Vamos, señorita Marple.
    -Es usted tan aficionado a las bromas, don Henry. Lo de los camarones es una tontería. Pero ahora que lo pienso, recuerdo un incidente... en realidad, no se trata de un incidente sino de algo mucho más serio, una tragedia. Y yo, en cierto modo, me vi mezclada en ella. Y nunca me he arrepentido de lo que hice. No, en absoluto. Pero no ocurrió en St. Mary Mead.
    -Eso me decepciona -dijo don Henry-, pero procuraré sobreponerme. Sabía que podíamos confiar en usted.
    Y adoptó la posición del oyente, mientras la señorita Marple enrojecía ligeramente.
    -Espero que sabré contarlo como es debido -se disculpó preocupada-. Siempre tengo tendencia a divagar. Me voy de una cosa a otra sin darme cuenta de que lo hago. Y es tan difícil recordarlo todo con el debido orden. Tienen que perdonarme si les cuento mal la historia. Ocurrió hace tanto tiempo. Como digo, no tiene relación alguna con St. Mary Mead. A decir verdad, ocurrió en un hidro...
    -¿Se refiere a uno de esos aviones que van por el mar? -preguntó Jane con los ojos muy abiertos.
    -No, querida -dijo la señora Bantry, que le explicó que se trataba de un balneario hidrotermal, y su esposo agregó este comentario:
    -¡Unos lugares horribles, horribles! Hay que levantarse temprano para beber un vaso de agua que sabe a demonios. Hay montones de ancianas sentadas por todas partes e intercambiando todo el día malvadas habladurías. Cielos, cuando pienso...
    -Vamos, Arthur -dijo su esposa en tono amable-. Sabes que te sentó admirablemente.
    -Montones de ancianas comentando escándalos -gruñó el coronel Bantry.
    -Me temo que eso es cierto -dijo la señorita Marple-. Yo misma...
    -Mi querida señorita Marple -exclamó el coronel horrorizado-. No quise decir ni por un momento...
    Con las mejillas sonrosadas y un ademán de la mano, la señorita Marple lo hizo callar.
    -Pero si es cierto, coronel Bantry. Sólo quería decirle esto. Déjeme ordenar mis ideas. Sí, hablan de escándalos, como usted dice, y casi todo el tiempo. La gente es muy aficionada a eso. Especialmente los jóvenes. Mi sobrino, que escribe libros, y muy buenos según creo, ha dicho cosas terribles sobre el hábito de difamar a otras personas sin tener la menor clase de pruebas, de lo malvado que es eso y demás. Pero lo que yo digo es que ninguna persona joven se para a pensar. En realidad, no examinan los hechos. Y sin duda el problema es éste: ¡Cuántas veces son ciertas las habladurías, como usted las llama! ¡Y como les digo, yo creo que, si en realidad examinaran los hechos, descubrirían que son ciertas nueve veces de cada diez! Por eso la gente se molesta tanto por ellas.
    -Inspiradas presunciones -dijo don Henry.
    -¡No!, ¡nada de eso! En realidad, se trata de una cuestión de práctica y experiencia. Tengo entendido que, si a un egiptólogo se le enseña uno de esos escarabajos tan curiosos, con sólo mirarlo puede decir si data de antes de Jesucristo o se trata de una vulgar imitación. Y no puede dar una regla definitiva de cómo lo consigue. Lo sabe. Se ha pasado toda la vida manejando esas piezas.
    "Y eso es lo que estoy tratando de decir (muy mal, ya lo sé). Esas mujeres a quienes mi sobrino califica de “ociosas” disponen de mucho tiempo y su principal interés por lo general es ocuparse de la gente. Y por eso llegan a convertirse en expertas. Ahora los jóvenes hablan con toda libertad de cosas que ni siquiera se mencionaban en mis días, pero, en cambio, tienen una mentalidad absolutamente inocente. Creen en todo y en cualquiera. Y si alguien intenta prevenirlos, aunque sea con prudencia, le dicen que tiene una mentalidad victoriana, y eso, según ellos, es como estar en un pozo."
    -¿Y qué tienen de malo los pozos? -dijo don Henry.
    -Exacto -respondió la señorita Marple-, es lo más necesario en una casa. Pero desde luego, no es nada romántico. Ahora debo confesarles que yo también tengo mis sentimientos como cualquiera, y en determinadas ocasiones me han herido profundamente con comentarios hechos sin pensar. Sé que a los caballeros no les interesan las cuestiones domésticas, pero debo mencionar a una doncella que tuve, Ethel, una muchacha muy atractiva y cumplidora. Ahora bien, en cuanto la vi, me di cuenta de que era como Annie Webb y la hija de la pobre señora Bruitt. Si se le presentara ocasión, eso de lo mío y de lo tuyo no significaría nada para ella. De modo que la despedí a final de mes, dándole una carta de recomendación en la que decía que era honrada y sensata, pero por mi cuenta advertí a la señora Edwards para que no la contratara, y mi sobrino Raymond se puso furioso y dijo que nunca había visto una maldad semejante, sí, maldad. Pues bien, entró en casa de la señora Ashton, a quien yo no tenía obligación de advertir, ¿y qué ocurrió? Desaparecieron todos los encajes de su ropa interior y dos broches de brillantes. La muchacha se marchó en medio de la noche y nadie ha vuelto tener noticias de ella.
    La señorita Marple hizo una pausa para tomar aliento y luego continuó:
    -Ustedes dirán que esto no tiene nada que ver con lo que ocurrió en el balneario de Keston Spa, pero lo tiene en cierto modo. Explica que yo no tuviera la menor duda, desde el momento en que vi juntos a los Sanders, de que él pretendía deshacerse de ella.
    -¿Eh? -exclamó don Henry, inclinándose hacia delante.
    La señorita Marple volvió su apacible rostro hacia él.
    -Como le decía, don Henry, no me cupo la menor duda. El señor Sanders era un hombre corpulento, bien parecido, de rostro coloradote, muy franco en su trato y popular entre todos. Y nadie podía ser más amable con su esposa. ¡Pero yo sabía que trataba de deshacerse de ella!
    -Mi querida señorita Marple...
    -Sí, lo sé. Eso es lo que diría mi sobrino, Raymond West, que no tenía la menor prueba, pero yo recuerdo a Walter Hones. Una noche que volvía paseando con su esposa, ella se cayó al río y él cobró el dinero del seguro. Y también recuerdo a un par de personas que andan sueltas por ahí hasta la fecha. Por cierto que una de ellas pertenece a nuestra misma esfera social. Se marchó a Suiza para hacer excursiones durante el verano con su esposa. Yo le aconsejé que no fuera. La pobre ni siquiera se enfadó conmigo, se limitó a reírse. Le parecía tan gracioso que una viejecita como yo le dijera semejantes cosas de su Harry.
    "Bien, bien, sufrió un accidente y ahora Harry está casado con otra, pero, ¿qué podía hacer yo? Lo sabía, pero no tenía la menor prueba."
    -¡Oh, señorita Marple! -exclamó la señora Bantry-. No querrá decir que...
    -Querida, estas cosas son muy corrientes, ya lo creo que lo son. Y los caballeros se sienten especialmente tentados por ser mucho más fuertes. Es tan fácil que parezca un accidente. Como les digo, en cuanto vi a los Sanders, lo supe. Fue en un tranvía. Estaba lleno y tuve que subir al piso superior. Nos levantamos los tres para apearnos y el señor Sanders perdió el equilibrio, se cayó hacia su esposa y la hizo caer escaleras abajo. Por fortuna, el cobrador era un hombre muy fuerte y logró sujetarla.
    -Pero pudo tratarse muy bien de un accidente.
    -Desde luego que lo fue, nada pudo ser más accidental. Pero el señor Sanders había pertenecido a la marina mercante, según me dijo, y un hombre que es capaz de conservar el equilibrio en uno de esos barcos que se inclinan tanto, no lo pierde en la imperial de un tranvía, cuando no lo perdió una vieja como yo. ¡No me diga eso!
    -Y fue entonces cuando se convenció, ¿no es cierto, señorita Marple? -manifestó don Henry.
    La anciana asintió.
    -Estaba bastante segura, pero otro incidente ocurrido al cruzar la calle no mucho después me convenció todavía más. Ahora le pregunto a usted, don Henry, ¿qué podía hacer yo? Allí estaba una mujercita casada y feliz que no tardaría en ser asesinada.
    -Mi querida amiga, me deja usted sin respiración.
    -Eso le pasa porque, como la mayoría de la gente de hoy en día, no se enfrenta usted a los hechos. Prefiere pensar que ciertas cosas son imposibles. Pero son así y yo lo sabía. ¡Pero una se ve atada de pies y manos! Por ejemplo, no podía acudir a la policía; advertir a la joven hubiera sido inútil. Estaba enamorada de aquel hombre. De modo que me dispuse a averiguar todo lo que pudiera acerca de ellos. Hay un sinfín de oportunidades mientras se hace labor alrededor del fuego. La señora Sanders, Gladys era su nombre de pila, estaba deseosa de hablar. Al parecer no llevaban mucho tiempo casados. Su esposo debía heredar algunas propiedades, pero por el momento estaban bastante mal de dinero. En resumen, vivían de la pequeña renta de ella. Ya había oído la misma historia otras veces. Se lamentaba de no poder tocar el capital. ¡Al parecer, alguien había tenido un poco de sentido común! Pero el dinero era suyo y podía dejárselo a quien quisiera, según averigüé. Ella y su esposo habían hecho testamento, poco después de su matrimonio, uno a favor del otro. Muy conmovedor. Claro que cuando a Jack le fueran bien las cosas... Esa era la carga que debían soportar y entretanto andaban bastante apurados. Por aquel entonces tenían una habitación en el piso más alto, entre las del servicio, y muy peligrosa en caso de incendio, aunque tenían una escalera de incendios precisamente delante de la ventana. Me informé prudentemente de si tenían balcón. Son tan peligrosos los balcones... un empujoncito y...
    "Le hice prometer a ella que no se asomaría al balcón, que había tenido un sueño. Esto la impresionó. A veces se puede hacer algún favor aprovechándose de la superstición. Era una joven rubia, de facciones un tanto desdibujadas, que llevaba los cabellos recogidos en un moño sobre la nuca. Y muy crédula. Le contó a su marido lo que yo le había dicho y observé que él me miraba con curiosidad un par de veces. Él no era crédulo y sabía que yo iba en aquel tranvía.
    "Pero yo estaba preocupada, muy preocupada, porque no veía cómo podría engañarle. Podía impedir que ocurriese algo en el balneario con sólo decir unas palabras que le demostraran mis sospechas, pero eso únicamente significaría aplazar su plan hasta más tarde. No, empecé a creer que la única política aconsejable era una más osada y, de un modo u otro, tenderle una trampa. Si consiguiera inducirle a atentar contra la vida de su esposa por algún medio escogido por mí, entonces quedaría desenmascarado y ella se vería obligada a enfrentarse con la verdad por mucho que le sorprendiera."
    -Me deja usted sin habla -dijo el doctor Lloyd-. ¿Qué plan podía usted seguir?
    -Hubiera encontrado alguno, no tema -replicó la señorita Marple-. Pero aquel hombre era demasiado listo para mí y no esperó. Pensó que yo podía sospechar y, por ello, actuó antes de que pudiera asegurarme. Sabía que yo recelaría de un accidente, así que cometió el crimen.
    Un murmullo recorrió la habitación, y la señorita Marple asintió con los labios apretados.
    -Temo haberlo expuesto con bastante brusquedad. Debo tratar de explicarles exactamente lo ocurrido. Siempre he experimentado un sentimiento de amargura al recordarlo. Siempre me he sentido como si hubiera debido evitarlo a toda costa, pero quién conoce los designios del señor. De todas formas hice lo que pude.
    "Se respiraba una atmósfera extraña, como si flotara una amenaza en el aire oprimiéndonos a todos: el presentimiento de una desgracia. Para empezar, primero murió George, el jefe de porteros, que llevaba años en el balneario y conocía a todo el mundo. Cogió una neumonía complicada con bronquitis y falleció en cuatro días. Fue muy triste para todos. Y, además, cuatro días antes de Navidad. Y luego una de las doncellas, una chica muy simpática; se le infectó un dedo y murió a las veinticuatro horas.
    "Yo me encontraba en el salón con la señorita Trollope y la anciana señora Carpenter, y ésta se mostraba terriblemente pesimista.
    "-Fíjense bien en lo que les digo -anunció-. Seguro que la cosa no acaba aquí. ¿Conocen el refrán? No hay dos sin tres. Siempre resulta cierto. Tendremos otra muerte, no me cabe la menor duda. Y no habrá que esperar mucho. No hay dos sin tres.
    "Cuando dijo estas últimas palabras, moviendo afirmativamente la cabeza y haciendo tintinear sus agujas de punto, yo alcé la vista un momento y mis ojos se encontraron con el señor Sanders, que permanecía de pie junto a la puerta. Por un momento le pillé desprevenido y pude leer en su rostro con la misma facilidad que en un libro abierto. Creeré hasta el fin de mis días que las palabras de la señora Carpenter le dieron la idea. Vi que trabajaba su cerebro. Y penetró en la estancia con su habitual sonrisa.
    "-¿Puedo hacer alguna compra de Navidad por ustedes, señoras? -preguntó-. Voy a ir ahora a Keston.
    "Permaneció en nuestra compañía durante un par de minutos, riéndose y charlando, y luego se marchó. Como les digo, yo estaba preocupada y dije inmediatamente:
    "-¿Dónde está la señora Sanders? ¿Alguien lo sabe?
    "La señorita Trollope dijo que había ido a jugar al bridge con unos amigos suyos, los Mortimer, y me tranquilicé momentáneamente, pero seguía preocupada, pues no sabía qué hacer. Media hora más tarde, subí a mi habitación y por el camino me encontré al doctor Coler, mi médico, y como quería consultarle acerca de mi reuma, lo llevé a mi habitación. Fue entonces cuando me habló (confidencialmente, según dijo) de la muerte de la pobre Mary, la doncella. El gerente no quería que se supiera y por ello me aconsejó que no se lo dijera a nadie. Desde luego yo no le dije que no hablábamos de otra cosa desde hacía una hora, cuando la pobre joven exhaló su último suspiro. Esas noticias corren en seguida y un hombre de su experiencia debía saberlo bastante bien. Pero el doctor Coler fue siempre un individuo confiado que creía lo que quería creer, y eso fue lo que me alarmó un minuto más tarde, al decirme que Sanders le había pedido que echara un vistazo a su esposa, pues últimamente no hacía bien las digestiones, etc.
    "Y aquel mismo día Gladys Sanders me había dicho que había hecho maravillosamente la digestión y que estaba muy contenta.
    "¿Comprenden? Todas mis sospechas volvieron a mí centuplicadas. Estaba preparando el camino... ¿para qué? El doctor Coler se marchó antes de que yo me hubiera decidido a hablarle, aunque, de haberlo hecho, no hubiera sabido qué decir. Cuando salí de la habitación, Sanders en persona bajaba del piso de arriba. Iba vestido para salir y me preguntó si quería algo de la ciudad. ¡Hice un esfuerzo terrible para contestarle amablemente! Y luego fui al vestíbulo para pedir un té. Recuerdo que eran más de las cinco y media.
    "Ahora quisiera explicarles claramente lo que ocurrió a continuación. A las siete menos cuarto seguía aún en el vestíbulo cuando vi entrar a el señor Sanders acompañado de dos caballeros. Los tres venían muy 'alegres'. El señor Sanders, dejando a sus amigos, vino hacia donde yo me encontraba sentada con la señorita Trollope para pedirnos consejo acerca del regalo de Navidad que pensaba hacerle a su esposa. Se trataba de un bolso de noche muy elegante.
    "-Comprenderán, señoras -nos dijo-, que yo soy simplemente un rudo lobo de mar. ¿Qué entiendo yo de estas cosas? Me han dejado tres para que escoja y deseo contar con una opinión experta.
    "Por supuesto, nosotras le dijimos que le ayudaríamos encantadas, y nos pidió que le acompañáramos a su habitación, ya que si los bajaba temía que su esposa pudiera llegar en cualquier momento. De modo que subimos con él. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego, aún tiemblo al pensarlo.
    "El señor Sanders abrió la puerta de su dormitorio y encendió la luz. No sé cuál de nosotras la vio primero.
    "La señora Sanders estaba tendida en el suelo, boca abajo, muerta.
    "Yo fui la primera en llegar junto a ella. Me arrodillé y le cogí la mano para tomarle el pulso, pero era inútil, su brazo estaba frío y rígido. Junto a su cabeza había un calcetín lleno de arena, el arma con la que la habían golpeado. La señorita Trollope, una criatura estúpida, gemía en la puerta con las manos en la cabeza. Sanders gritó: “Mi esposa, mi esposa”, y corrió hacia ella. Yo le impedí tocarla. Comprendan, en aquel momento estaba segura de que había sido él, y tal vez quisiera quitar u ocultar alguna cosa.
    "-No hay que tocar nada -le dije-. Domínese, señor Sanders. Señorita Trollope, haga el favor de ir a buscar al gerente.
    "Yo permanecí arrodillada junto al cadáver. No quería que Sanders se quedara a solas con él. Y no obstante tuve que admitir que, si el hombre estaba fingiendo, lo hacía maravillosamente. Daba la impresión de estar completamente fuera de sí.
    "El gerente no tardó en reunirse con nosotros y, tras inspeccionar rápidamente la habitación, nos hizo salir a todos y cerró la puerta con una llave que se guardó. Luego fue a telefonear a la policía. Tardaron un siglo en aparecer. Luego supimos que la línea estaba estropeada y que había tenido que enviar a un mozo al puesto de policía, y el balneario está fuera de la ciudad, junto a los páramos. La señora Carpenter estaba muy satisfecha de que su profecía “No hay dos sin tres” se hubiera cumplido tan rápidamente. Oí decir que Sanders paseaba por los alrededores con las manos en la cabeza, gimiendo y demostrando un gran pesar.
    "Finalmente llegó la policía y subieron a la habitación con el gerente y el señor Sanders. Más tarde enviaron a buscarme. El inspector escribía sentado ante una mesa. Era un hombre inteligente y me gustó.
    "-¿Señorita Marple? -preguntó.
    "-Sí.
    "-Tengo entendido que estaba usted presente cuando fue encontrado el cadáver de la difunta.
    "Respondí que sí y pasé a contarle lo ocurrido. Creo que para el buen hombre fue un alivio encontrar a alguien que respondiera a sus preguntas con coherencia, después de haber tenido que tratar con Sanders y Emily Trollope, que estaba completamente desmoronada, es natural, la pobrecilla. Recuerdo que mi querida madre me enseñó que una señora ha de saberse dominar siempre en público, por mucho que se descomponga en privado.
    "-Un principio admirable -dijo don Henry con admiración.
    "-Cuando hube terminado, el inspector me dijo:
    "-Gracias, señora. Ahora lamento tener que pedirle que vuelva a mirar el cadáver. ¿Era ésa exactamente su posición cuando usted entró en la habitación? ¿No ha sido movido?
    "Le expliqué que había impedido que lo hiciera el señor Sanders y el inspector asintió con aire de aprobación.
    "-El caballero parece muy afectado -observó.
    "-Sí, lo parece -repliqué.
    "No pensaba haber puesto ningún énfasis especial en el “lo parece”, pero el inspector me miró con interés.
    "-¿De modo que el cadáver se encuentra exactamente igual a como estaba cuando lo encontraron? -me dijo.
    "-Sí, con la excepción del sombrero -repliqué.
    "El inspector me miró sorprendido.
    "-¿Qué quiere usted decir? ¿El sombrero?
    "Le expliqué que la pobre Gladys lo llevaba puesto, mientras que ahora estaba junto a ella. Yo supuse que había sido cosa de la policía, pero, sin embargo, el inspector lo negó rotundamente. Hasta el momento nada había sido movido o tocado, y permaneció unos instantes contemplando la figura de la difunta con expresión preocupada. Gladys iba vestida como si se dispusiera a salir: llevaba un abrigo de lana rojo oscuro con cuello de piel, y el sombrero, un modelo barato de fieltro rojo, estaba caído junto a su cabeza.
    "El inspector se quedó nuevamente en silencio con el entrecejo fruncido. Luego se le ocurrió una idea.
    "-¿Recuerda usted por casualidad si la difunta llevaba pendientes o si solía llevarlos?
    "Por suerte tengo la costumbre de ser muy observadora. Recordaba haber visto brillar una perla bajo el ala del sombrero, aunque entonces no le presté atención especial, pero pude contestar afirmativamente a la primera pregunta.
    "-Entonces concuerda. El contenido del joyero de esta señora ha sido robado, aunque no había en él gran cosa de valor según tengo entendido, y le quitaron los anillos de los dedos. El asesino debió olvidar los pendientes y regresó por ellos después de descubierto el crimen. ¡Qué sangre fría! O tal vez... -miró a su alrededor y continuó despacio-... es posible que haya estado escondido en esta habitación todo el tiempo.
    "Pero yo me negué a aceptar la idea. Le expliqué que yo misma había mirado debajo de la cama y que el gerente abrió las puertas del armario, y no existía ningún otro lugar donde pudiera esconderse un hombre. Es cierto que la parte central del armario estaba cerrada con llave, pero era sólo un espacio lleno de estantes y nadie pudo haberse escondido allí.
    "El inspector asintió mientras yo le iba explicando todo aquello.
    "-Tiene usted razón, señora -me dijo-. En ese caso, como ya le he dicho antes, debió regresar. ¡Un asesino de tremenda sangre fría!
    "-¡Pero el gerente cerró la puerta y se guardó la llave!
    "-Eso no significa nada. Queda el balcón y la escalera de incendios, por ahí entró el asesino. Es bastante probable que ustedes lo sorprendieran, se deslizara por la ventana y luego, al marcharse ustedes, regresara para continuar su trabajo.
    "-¿Está usted seguro -le pregunté- de que era un ladrón?
    "Me contestó secamente:
    "-Bueno, eso parece, ¿no?
    "Pero algo en su tono me tranquilizó. Comprendí que no le convencía el papel de viudo inconsolable que intentaba representar el señor Sanders.
    "Admito con toda franqueza que me encontraba bajo lo que nuestros vecinos los franceses llaman ideé fixe. Sabía que aquel hombre, Sanders, intentaba matar a su esposa. Y no cabía desde mi punto de vista la extraña y fantástica posibilidad de una coincidencia. Estaba segura de que mi presentimiento acerca del señor Sanders era absolutamente justificado. Aquel hombre era un malvado. Y a pesar de que todos sus fingimientos hipócritas no habían conseguido engañarme, recuerdo haber pensado que fingía su sorpresa y aflicción maravillosamente bien. Parecían tan espontáneas, ya saben lo que quiero decir. Debo admitir que, después de mi conversación con el inspector, empecé a sentirme invadida por la duda. Porque si Sanders había sido el autor de aquel horrible crimen, yo no podía imaginar razón alguna por la que debiera haber vuelto por la escalera de incendios a llevarse los pendientes de su esposa. No hubiera sido lógico, y Sanders era un hombre muy sensato, por eso lo consideré siempre tan peligroso."
    La señorita Marple contempló unos instantes a su audiencia.
    -¿Ven tal vez adonde quiero ir a parar? En este caso creo que estaba tan segura que eso me cegó y el resultado me causó profunda sorpresa ya que se probó, sin la menor duda posible, que el señor Sanders no pudo cometer el crimen.
    La señora Bantry exclamó un “oh” de sorpresa y la señorita Marple se volvió hacia ella.
    -Ya sé, querida, que no era eso lo que usted esperaba cuando empecé mi historia. Yo tampoco lo esperaba. Pero los hechos son los hechos y, si se demuestra que uno se ha equivocado, hay que ser humilde y volver a empezar de nuevo. Yo sabía que el señor Sanders era un asesino en potencia y nunca ocurrió nada que destruyera esta opinión.
    "Y ahora supongo que le gustará saber lo que ocurrió en realidad. La señora Sanders, como ya saben, pasó la tarde jugando al bridge con unos amigos, los Mortimer, a los que dejó a eso de las seis y cuarto. De la casa de sus amigos al balneario había un cuarto de hora paseando y algo menos a buen paso. Debió regresar a las seis y media. Nadie la vio entrar, de modo que debió hacerlo por la puerta lateral y subir directamente a su habitación. Allí se cambió (el traje chaqueta que llevaba para jugar al bridge estaba colgado en el armario) y se disponía a salir otra vez cuando la golpearon. Es muy posible que no llegara a enterarse de quién la golpeó. Tengo entendido que un calcetín relleno de arena es un arma eficiente. Eso hace pensar que su agresor debía estar escondido en la habitación, posiblemente en uno de los armarios, el que no abrió.
    "Ahora pasemos a relatar los movimientos del señor Sanders. Salió, como ya he dicho, a eso de las cinco y media o un poco después. Realizó algunas compras en un par de tiendas y, cerca de las seis, entró en el Gran Hotel Spa, donde se reunió con dos amigos, los mismos que más tarde lo acompañaron al balneario. Estuvieron jugando al billar y deduzco que también bebieron bastante whisky. Esos dos hombres (se llamaban Hitchcock y Spender) estuvieron con él desde las seis en adelante. Vinieron caminando con él hasta el balneario y sólo se separó de ellos para venir a hablar conmigo y la señorita Trollope, y eso, como les dije, fue cerca de las siete menos cuarto, hora en que su esposa ya debía de estar muerta.
    "Debo decirles que yo misma hablé con esos dos amigos y no me gustaron. No eran ni simpáticos ni caballeros, pero tuve la certeza de que decían absolutamente la verdad al declarar que Sanders había pasado todo el tiempo en su compañía.
    "Luego se averiguó otra cosa. Al parecer, durante la partida de bridge, llamaron por teléfono a la señora Sanders. Un tal señor Littleworth deseaba hablar con ella. Pareció excitada y satisfecha por algo. Casualmente, cometió un par de errores importantes y se marchó antes de lo que esperaban.
    "Le preguntaron al señor Sanders si sabía si aquel señor Littleworth era una de las amistades de su esposa, mas declaró que nunca había oído aquel nombre. Y a mí me pareció, por la actitud de su esposa, que ella tampoco debía saber gran cosa de aquel Littleworth. Sin embargo, volvió del teléfono sonriente y ruborizada, lo cual hace suponer que quienquiera que fuese no dio su verdadero nombre, y eso en sí parece sospechoso, ¿no creen?
    "De todas formas, el problema quedaba planteado así: O bien era cierta la historia del ladrón, cosa improbable, o bien la teoría de que la señora Sanders se estaba preparando para ir a reunirse con alguien. ¿Ese alguien entró en su habitación por la escalera de incendios? ¿Hubo una pelea? ¿O la atacó a traición?"
    La señorita Marple se detuvo.
    -¿Y bien? -preguntó don Henry-. ¿Cuál es la solución?
    -Me estaba preguntando si la habría adivinado alguno de ustedes.
    -Nunca he sido buena adivina -contestó la señora Bantry-. Me parece una lástima que Sanders tuviera una coartada tan maravillosa. Pero si a usted le satisfizo, tenía que ser cierta.
    Jane Helier hizo una pregunta moviendo su hermosa cabecita.
    -¿Por qué estaba cerrada una puerta del armario?
    -Qué inteligente es usted, querida -dijo la señorita Marple con el rostro resplandeciente-. Eso es lo que yo me pregunté, aunque la explicación era bien sencilla. En su interior había un par de zapatillas bordadas y unos pañuelos de bolsillo que la pobrecilla bordaba para su esposo como regalo de Navidad. Por eso estaba cerrado y la llave fue encontrada en su bolso.
    -¡Oh! -dijo Jane Helier-. Entonces, al fin y al cabo, no tiene interés.
    -¡Oh, claro que sí! -replicó la señorita Marple-. Es precisamente la única cosa interesante, lo que hizo fracasar los planes del asesino.
    Todos miraron a la anciana.
    -Yo no lo comprendí hasta al cabo de dos días -dijo la señorita Marple-. Le estuve dando vueltas y más vueltas, y de pronto lo vi todo claro. Fui a ver al inspector para pedirle que probara una cosa y lo hizo. Le pedí que le pusiera el sombrero a la pobre difunta, y no pudo, por supuesto. No le cabía. ¿Comprenden?, no era suyo.
    La señora Bantry se sobresaltó.
    -Pero, ¿no lo tenía puesto al principio?
    -En su cabeza no.
    La señorita Marple se detuvo un momento para dejar que sus palabras hicieran efecto, y luego continuó:
    -Dimos por hecho que aquel cadáver era el de la pobre Gladys, pero no le miramos la cara. Recuerden que estaba boca abajo y el sombrero le tapaba completamente la cabeza.
    -Pero, ¿fue asesinada?
    -Sí, más tarde. En el momento en que nosotros avisábamos a la policía, Gladys Sanders estaba viva.
    -¿Quiere decir que otra persona fingió ser la muerta? Pero sin duda cuando usted la tocó...
    -Era un cadáver lo que yo toqué, desde luego -replicó la señorita Marple en tono grave.
    -Pero válgame el cielo -dijo el coronel Bantry-, no es posible deshacerse de un cadáver con tanta facilidad. ¿Qué hicieron después con el primero?
    -Lo devolvió -dijo la señorita Marple-. Fue una idea malvada, pero muy inteligente, y se la dieron las palabras que nos oyó decir en el salón. ¿Por qué no utilizar el cadáver de la pobre Mary, la doncella? Recuerden que la habitación de los Sanders estaba entre las de los criados. Y la de Mary estaba dos puertas más allá, y los de la funeraria no irían a recoger el cadáver hasta después de que anocheciera. Él contaba con ello. Se llevó el cadáver por el balcón (a las cinco era ya de noche) y lo vistió con un traje de su esposa y su abrigo encarnado. ¡Y entonces encontró cerrada con llave la puerta del armario donde su esposa guardaba los sombreros! Sólo podía hacer una cosa: coger uno de los sombreros de la doncella. Nadie habría de notarlo. Dejó el calcetín relleno de arena junto a ella y fue en busca de sus amigos para establecer su coartada.
    "Telefoneó a su esposa dando el nombre de el señor Littleworth. Ignoro lo que le diría, ella era tan crédula, pero consiguió que abandonara su partida de bridge y regresara antes para encontrarse con él a las siete, junto a la escalera de incendios del balneario. Probablemente diciéndole que le reservaba una sorpresa.
    "Regresó al balneario con sus amigos y se las arregló de modo que la señorita Trollope y yo descubriéramos el crimen con él. Incluso hizo ademán de querer dar la vuelta al cadáver ¡y yo lo detuve! Luego se avisó a la policía y él salió a lamentarse por los alrededores.
    "Nadie le pidió que presentara una coartada después del crimen. Se reúne con su esposa, la hace subir por la escalera de incendios y entrar en su dormitorio. Tal vez le ha contado ya alguna historia para explicar la presencia del cadáver. Ella se inclina junto a él y Sanders la golpea con el calcetín relleno de arena. ¡Oh, Dios mío! ¡Todavía me estremezco! Y la chaqueta la cuelga en el armario y la viste con las ropas del otro cadáver.
    "Pero el sombrero no le entra. La cabeza de Mary es pequeña y, en cambio, Gladys Sanders, como ya he dicho, llevaba un gran moño en la nuca. Por ello se ve obligado a dejarlo junto a ella con la esperanza de que nadie lo note. Luego vuelve a llevar el cuerpo de la pobre Mary a su habitación, donde la coloca de nuevo decorosamente."
    -Parece increíble -dijo el doctor Lloyd-. Los riesgos que llegó a correr. La policía podía haber llegado demasiado pronto.
    -Recuerde que la línea telefónica estaba averiada -replicó la señorita Marple-. Eso fue parte de su obra. No podía arriesgarse a que la policía se presentara demasiado pronto y, cuando llegaron, estuvieron un buen rato en el despacho del gerente antes de subir al dormitorio. Ésa era la parte más peligrosa de su plan: que alguien notara la diferencia entre un cuerpo que llevaba dos horas muerto y otro que sólo llevaba media hora. Pero confiaba en que las personas que habían descubierto el crimen no fueran expertas en la materia.
    El doctor Lloyd asintió.
    -Se supuso que el crimen había sido cometido a las siete menos cuarto poco más o menos. Y en realidad lo fue a las siete o pocos minutos después. Cuando el forense examinó el cadáver, debían ser cuanto menos las siete y media, y no podía precisarlo.
    -Yo era la única que podía haberse dado cuenta -dijo la señorita Marple-. Cogí la mano de la muchacha y estaba fría como el hielo. ¡Poco después el inspector dijo que el crimen debía haberse cometido poco antes de nuestra llegada y yo no me di cuenta!
    -Creo que se dio usted cuenta de muchas cosas, señorita Marple -replicó don Henry-. Ese caso ocurrió antes de que yo ocupara mi cargo. Ni siquiera recuerdo haberlo oído. ¿Qué ocurrió?
    -Sanders fue ahorcado -explicó la señorita Marple-. Nunca me arrepentiré de haber ayudado a hacer justicia. No tengo esos escrúpulos humanitarios que rechazan la pena capital.
    Su rostro se dulcificó.
    -Pero me he reprochado a menudo amargamente no haber sabido salvar la vida de aquella pobre joven. ¿Pero quién hubiera escuchado a una pobre vieja? Vaya, vaya, ¿quién sabe? Tal vez fuera mejor para ella morir cuando era feliz que vivir luego desgraciada y desilusionada en un mundo que de pronto le hubiera parecido horrible. Ella amaba a aquel canalla y confiaba en él. Nunca llegó a descubrirlo.
    -Bueno, entonces -dijo Jane Helier- todo terminó bien. Muy bien, quiero decir... -Se detuvo.
    La señorita Marple miró a la hermosa y célebre Jane Helier y dijo asintiendo hacia ella amablemente:
    -Comprendo, querida, comprendo.
    FIN
     
  15. Malee

    Malee MARISA

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    Re: AGATHA CHRISTIE'S CLUB

    Hola a tod@s :beso:

    Buenas tardes !!!!

    Os traigo la sala de estar de Miss Marple, ¿os la imaginábais asi?

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